Capítulo 27 · Hora sesenta y dos
Me permitieron ver a Lía para decidir si debía dejar de verla.
No lo llamaron visita.
Lo llamaron evaluación de interacción maternofilial.
Celia me explicó la diferencia durante el trayecto al centro familiar, como si cambiar el nombre pudiera convertir aquellos treinta minutos en algo menos cruel.
—Habrá una psicóloga, una educadora y dos cámaras —dijo—. No puedes hablar de Damián, la escalera, la policía, las declaraciones, los dibujos, las zapatillas, el hotel ni las medidas judiciales.
—¿Puedo preguntarle cómo está?
—Sí.
—¿Puedo decirle que la quiero?
—Sí.
—¿Puedo decirle que voy a volver?
Mi abogada tardó.
—No prometas fechas.
—No he preguntado por fechas.
—Tampoco asegures que vivirá contigo pronto.
—Soy su madre.
—Y están evaluando si el contacto contigo modifica su relato.
—No voy a modificar nada.
—Si menciona los hechos, debes decir que no podéis hablar de eso y dirigirla hacia la profesional.
—No voy a mandar a mi hija con una desconocida cada vez que tenga miedo.
—Entonces suspenderán la visita.
—Ya quieren suspenderla.
—Precisamente.
El centro ocupaba la planta baja de un edificio municipal. No había periodistas en la entrada. Solo una placa azul, una puerta de cristal y un pequeño patio con un tobogán húmedo por la lluvia.
Nos recibieron dos mujeres.
Una era Eva, la especialista que había entrevistado a Lía.
La otra se presentó como Mónica. Llevaba una tarjeta identificativa colgada del cuello y una expresión que no cambiaba al hablar.
—La niña llegará en unos minutos con su tía —dijo—. Entrará sola en la sala.
—Quiero ver a Nuria.
—No forma parte de la evaluación.
—Necesito saber cómo está.
—Nos ha entregado un informe sobre las últimas horas.
—Un informe.
—Una descripción de sueño, alimentación, estado emocional y comportamiento.
—Es mi hermana, no una cuidadora contratada.
Mónica no respondió.
Eva señaló una puerta.
—Antes de entrar debemos recordar las condiciones.
—Ya lo ha hecho mi abogada.
—Necesito escucharlo de usted. ¿Comprende que no puede hacer preguntas sobre el fallecimiento ni corregir lo que Lía recuerde?
—Sí.
—¿Comprende que no puede pedirle que transmita mensajes a su tía, a la policía o al juzgado?
—Sí.
—¿Comprende que no debe explicarle por qué no viven juntas?
—¿Qué le han dicho?
—Que los adultos están organizando dónde estará más segura mientras se aclaran algunas cosas.
—Eso suena como si no estuviera segura conmigo.
—No se ha utilizado esa expresión.
—Acaba de utilizarla.
Celia tocó mi espalda.
—Mara.
Eva mantuvo la calma.
—También se le ha explicado que usted está bien y que no ha desaparecido.
—¿Le han dicho que estoy en libertad?
—No conoce el significado procesal.
—Sabe lo que es estar encerrada.
—Ha preguntado si dormía en una cárcel.
Sentí una presión bajo las costillas.
—¿Qué le respondieron?
—Que estuvo en una comisaría y que ahora se encuentra en otro lugar.
—Eso no es una respuesta.
—Es la adecuada para su edad.
—La adecuada sería decirle que no hice nada.
Celia me agarró del codo.
—No empieces.
Las dos profesionales se miraron.
Mónica tomó una nota.
—¿Eso va al informe? —pregunté.
—Todo lo relevante.
—¿Que quiero que mi hija sepa que no soy culpable?
—Que le preocupa qué interpretación ha recibido la niña antes de verla.
—Claro que me preocupa.
—Lo entendemos.
—No. Lo escriben.
La puerta de entrada sonó.
Escuché la voz de Nuria.
Después los pasos de Lía.
No corría.
Mi hija siempre corría cuando sabía que yo estaba al otro lado de una puerta.
Esta vez caminó.
Apareció en el pasillo con el conejo apretado contra el pecho. Llevaba un pantalón rosa, botas amarillas y una sudadera azul que no reconocí. Nuria se quedó al fondo, fuera del marco de la puerta.
Lía me vio.
Durante un segundo no hizo nada.
Después soltó el conejo.
Corrió.
Me arrodillé antes de que llegara y me golpeó con todo el cuerpo. La abracé. Su pelo me cubrió la cara. Olía al champú de Nuria, demasiado dulce.
—Mamá.
—Mi amor.
La palabra se rompió.
No quería llorar.
Celia me había advertido que no lo hiciera demasiado porque podía cargar a Lía con la obligación de consolarme. También me había dicho que no contuviera toda emoción porque parecería fría.
Debía llorar como una madre inocente.
Nunca me explicó cuánto era eso.
Lía se aferró a mi cuello.
—¿Te hicieron daño?
—No.
Eva se acercó.
—Vamos a entrar en la sala.
Mi hija no me soltó.
—No quiero.
—Tu madre estará contigo.
—¿Y la tía?
—Te esperará fuera.
Lía miró hacia el pasillo.
Nuria seguía allí.
Nuestros ojos se encontraron.
No sonrió.
Tampoco yo.
Entramos.
La sala era distinta a la de la entrevista. Había una mesa baja, dos sillones, juguetes, lápices, una cocina de plástico y una alfombra con carreteras. En una pared se veía un espejo grande.
No necesitaba preguntar qué había detrás.
Las cámaras estaban en las esquinas.
Mónica se sentó cerca de la puerta. Eva permaneció junto a una mesa con papeles.
—Podéis jugar —dijo.
Lía seguía abrazada a mí.
Me senté en la alfombra con ella encima.
—Estás muy grande —dije.
—Han sido dos días.
—Lo sé.
—La tía dice que parece más.
—A veces los días parecen más largos.
—¿Tú dormiste?
—Un poco.
—¿Dónde?
—En una habitación.
Mónica levantó la vista.
—¿Con una cama?
—Sí.
—¿Y televisión?
—Sí.
—Yo no puedo ver la tele.
—Ahora es mejor descansar.
—La tía escondió la tableta.
—Seguro que tiene una razón.
La respuesta me costó.
No quería defender a Nuria.
No delante de Lía.
No mientras mi hija llevaba una sudadera que yo no había elegido.
—¿Te gustó el dibujo? —preguntó.
—Muchísimo.
—¿Te lo dieron?
—Sí.
Mónica volvió a mirar.
Hablar del dibujo no estaba prohibido, pero formaba parte de la habitación del hotel y había sido intervenido después del botón. Elegí la frase más pequeña.
—Lo vi.
—Puse que volvieras.
—Lo leí.
—Pero no volviste.
—Estoy aquí.
—No es volver.
No supe qué responder.
Eva intervino.
—Podéis hacer algo juntas. Hay plastilina, piezas de construcción o pinturas.
—Quiero pintar —dijo Lía.
Se sentó junto a la mesa.
Yo ocupé la silla pequeña a su lado. Las rodillas me quedaban demasiado altas.
Lía eligió un lápiz negro.
Dibujó una casa.
No la nuestra.
Una casa cuadrada, con tejado triangular, humo y cuatro ventanas. Después hizo dos figuras junto a la puerta.
—¿Quiénes son? —pregunté.
—Nosotras.
—¿Y dónde está?
—No sé.
—Podemos inventar un sitio.
—No quiero inventar.
Mónica volvió a anotar.
Cada palabra equivocada adquiría una vida detrás del espejo.
Lía dibujó una tercera figura.
Más lejos.
—¿Es la tía?
Negó.
—¿Papá?
El lápiz se detuvo.
Eva levantó la mirada.
Había sido yo.
Yo había pronunciado su nombre.
—No tenéis que hablar de eso —dijo.
—Mamá preguntó —respondió Lía.
—Sí —admití—. Me he equivocado.
La palabra estaba preparada.
Celia me la había hecho repetir antes de entrar.
Si cruzaba un límite, debía reconocerlo sin justificarme.
—No pasa nada —dijo Eva—. Podemos seguir dibujando.
Lía tachó la tercera figura.
Lo hizo con fuerza, una línea sobre otra hasta romper la punta del lápiz.
—Se ha roto —dijo.
—Cogemos otro.
—No.
Dejó el lápiz.
—¿Por qué no puedo ir contigo?
La pregunta había llegado demasiado pronto.
—Los adultos están organizando algunas cosas.
—Eso dice la tía.
—Es verdad.
—¿Porque papá se cayó?
El aire cambió.
Mónica dejó el bolígrafo.
Eva se acercó un poco.
—Lía, ahora no vamos a hablar de lo que ocurrió —dije.
Era la frase exacta.
—¿Por qué?
—Porque hay personas que te ayudarán a hablar de eso.
—Tú estabas allí.
—Lía —intervino Eva—, podemos guardar esa pregunta para otro momento.
Mi hija no la miró.
—Papá te pidió la mano.
Celia había dicho que, si mencionaba algo, no lo negara.
No lo confirmara.
No lo corrigiera.
Debía mantener una expresión tranquila y dirigirla hacia la especialista.
Lía esperaba.
Yo conocía cada movimiento de su cara. La pequeña tensión en la nariz cuando temía haber hecho algo mal. El pulgar apretado contra el índice. La forma de bajar la barbilla antes de llorar.
—No podemos hablar de eso ahora —repetí.
—La señora dijo que sí.
Miró a Eva.
—Dije que puedes contar lo que recuerdas cuando te sientas preparada —aclaró ella.
—Yo recuerdo.
—Puedes hablar conmigo después.
—Quiero hablar con mamá.
Mónica anotó.
Yo miré el espejo.
Mi propia cara me devolvió una expresión que no sabía controlar.
—Papá dijo «dame la mano» —continuó Lía.
—No lo sé —respondí.
—Sí sabes.
—Lía.
—Estabas allí.
—No vamos a hablar de eso.
—Entonces es verdad.
—No he dicho eso.
Eva dio un paso.
—Mara.
Me había corregido.
No a Lía.
A mí.
—No he corregido su recuerdo —dije.
—Acaba de responder al contenido.
—Me ha preguntado.
—Debe remitirla.
—No es una máquina.
—Tampoco usted.
Lía empezó a llorar.
No con ruido.
Las lágrimas le bajaron mientras seguía mirando el papel.
—Cariño.
Intenté tocarle el hombro.
Se apartó.
Aquello dolió más que cualquier medida judicial.
—Estás enfadada —dijo.
—No.
—Pones la voz tranquila.
Mónica escribió.
—No estoy enfadada contigo.
—Con la señora.
—Tampoco.
—Sí.
—Lía —intervino Eva—, tu madre está haciendo un esfuerzo para respetar unas normas.
—Siempre hay normas.
—Hoy sí.
—Papá también tenía.
No sabía qué significaba.
Quizá horarios.
Zapatos fuera del salón.
No comer en el sofá.
No entrar en el despacho.
No tocar el teléfono.
O quizá algo peor.
—¿Qué normas? —preguntó Eva.
Lía miró hacia mí antes de responder.
—No decir cosas cuando mamá está triste.
No me moví.
—¿Quién te enseñó esa norma? —preguntó la especialista.
—Nadie.
—¿Mamá te pidió alguna vez que no contaras algo?
—No.
El alivio me hizo respirar demasiado fuerte.
—¿Papá?
—Sí.
—¿Qué?
—Lo de la señora.
Ariadna.
—¿Cuándo?
—Cuando la vi en el coche.
Miré a Eva.
Aquello no aparecía en ninguna entrevista.
—¿Viste a Ariadna con tu padre? —preguntó ella.
Lía asintió.
—¿Cuándo?
—Hace mucho.
—¿Mamá lo sabía?
Mi hija volvió a mirarme.
—No.
—Lía, no tienes que proteger a nadie —dijo Eva.
—Ya sé.
—¿Por qué miras a mamá antes de responder?
—Porque es mi mamá.
La simplicidad de la frase dejó a todos callados.
Lía volvió al dibujo.
Cogió un lápiz rojo y pintó una puerta entre las dos figuras.
—¿Eso qué es? —pregunté.