La segunda caída Capítulo 26 · Hora cincuenta y nueve #3
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Capítulo 26 · Hora cincuenta y nueve #3

Celia permaneció de espaldas a mí.

—No iba a utilizar esas fotografías.

—Las renombraste.

—Para ordenarlas.

—Les pusiste el nombre de Damián.

—Porque me recordaban a él.

—Una era anterior a que lo conocieras.

—No recordaba la fecha.

—Los archivos sí.

Me senté en el sofá.

—No cambia lo que ocurrió esa noche.

—Cambia cómo interpretarán todo lo demás.

—No maté a Damián.

—No estoy hablando de eso.

—Siempre hablamos de eso.

Celia se volvió.

—La defensa del maltrato sostenía que tus revelaciones tardías podían explicarse por vergüenza, trauma y miedo. Ahora la fiscal dirá que preparaste una narrativa falsa seis meses antes.

—La narrativa no era falsa.

—Parte de las pruebas sí.

—Nunca las presenté.

—¿Pensabas hacerlo durante el divorcio?

—No sé.

—¿Durante la custodia?

—No sé.

—¿Si Damián utilizaba los audios?

—Tal vez.

Mi abogada se sentó frente a mí.

—¿La carpeta ANTES era anterior a qué?

Miré las fotografías impresas.

La rodilla.

El labio.

La muñeca.

—A irme.

—¿O a que muriera?

—A irme.

—¿Por qué no la llamaste DIVORCIO?

—Porque no sabía si tendría valor.

—¿Para marcharte?

—Sí.

—¿Y después de preparar esa carpeta te quedaste seis meses?

—Tenía que proteger a Lía.

—Otra vez.

—¿Qué quiere que diga?

—Algo que no termine utilizándola como explicación.

—No existe.

—Eso es lo que me preocupa.

La fiscal pediría acceso completo a la cuenta.

Encontrarían cumpleaños, vídeos, fotografías del colegio y mensajes que no tenían nada que ver con la muerte. También encontrarían la carpeta DESPUÉS.

No sabía si seguía allí.

No recordaba haberla visto en la tableta.

Quizá estaba sincronizada.

Quizá no.

Celia observó mi cara.

—¿Qué más hay?

—Nada.

—Acabas de pensar en algo.

—No.

—Mara.

—Son fotografías familiares.

—¿Otra carpeta oculta?

—No.

—¿Audios?

—No.

—¿Documentos?

—No.

—¿Algo titulado de una manera que no podré explicar mañana?

—No.

Mi abogada se levantó y abrió la bolsa de comida que habían dejado en la cocina. Sacó una botella de agua y la colocó delante de mí.

—Bebe.

—No tengo sed.

—Bebe.

Lo hice.

La mano tembló lo suficiente para que el agua golpeara el plástico.

—¿Podré ver a Lía?

—No lo sé.

—La jueza ya lo autorizó.

—Condicionado a que no aparecieran nuevos elementos.

—Esto no tiene relación con ella.

—Las fotografías se prepararon para un posible proceso de custodia.

—No lo saben.

—Acabas de admitirlo.

—A usted.

—Soy tu abogada. Lo que me digas está protegido, pero la fiscal puede deducirlo sin ayuda.

—No pueden quitarme la visita por pensar algo.

—No. Pueden hacerlo si creen que la menor corre el riesgo de quedar atrapada en una narrativa que llevas meses preparando.

—No hablaré del caso.

—No necesitas hablar para influir en ella.

La frase de Eva regresó.

Lía cree que algo de lo que diga puede impedir el regreso de su madre.

—Solo quiero abrazarla.

—Lo sé.

—Treinta minutos.

—Lo sé.

—No voy a decir nada.

Celia miró la botella entre mis manos.

—La tercera vez que te pregunto algo, cambias la respuesta.

—No con Lía.

—Especialmente con Lía.

Me levanté.

—No permita que cancelen la visita.

—Haré lo posible.

—No es suficiente.

—Es lo que hay.

La misma frase de la celda.

La puerta sonó.

Tres golpes.

Celia hizo una señal para que no me acercara. Miró por la mirilla y abrió.

Era un agente uniformado con un sobre.

—Notificación del juzgado.

Mi abogada firmó.

El hombre se marchó.

Celia abrió el documento allí mismo.

Leyó la primera página.

Después la segunda.

—¿Qué ocurre?

No respondió.

—Celia.

—La fiscal solicita suspender temporalmente el contacto con Lía.

El apartamento perdió el aire.

—No.

—Todavía no está resuelto.

—¿Por las fotografías?

—Por la carpeta, las correcciones durante la llamada y el riesgo de construcción de un relato de violencia anterior.

—No.

—La jueza escuchará al equipo infantil esta tarde.

—Quiero estar.

—No es una comparecencia de las partes.

—Es mi hija.

—Precisamente.

La palabra ya no pertenecía a Damián.

Pertenecía a todos.

Me acerqué a la ventana.

El cristal daba a un patio interior estrecho. No había calle, coches ni personas. Solo otras ventanas cerradas.

—El botón no era una amenaza —dije.

—No.

—Nadie entró.

—No.

—Estuvo en mi bolsillo todo el tiempo.

—Sí.

Apoyé la frente contra el cristal.

—Entonces me he asustado de algo que yo misma llevaba encima.

Celia no respondió.

Detrás de mí, las fotografías de lesiones permanecían sobre la mesa. Heridas reales. Nombres falsos. Una verdad construida con imágenes que pertenecían a otros días.

La policía creía que aquello demostraba que yo podía convertir cualquier cosa en una historia útil.

Un golpe en el gimnasio.

Un labio roto años antes.

Un botón perdido.

Una segunda caída.

—No importa cómo llegó al bolsillo —dije.

—Importa.

—No demuestra que empujara a Damián.

—No.

—Entonces seguimos igual.

—No.

Me volví.

—¿Qué ha cambiado?

Celia sostuvo el documento entre las manos.

—Hasta hoy, el mayor problema era que nadie podía demostrar el punto dieciséis.

—Sigue sin poder.

—Sí.

—Entonces ¿qué?

Mi abogada miró las fotografías.

—Ahora saben que llevabas meses ensayando los otros quince.