La segunda caída Capítulo 26 · Hora cincuenta y nueve #2
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Capítulo 26 · Hora cincuenta y nueve #2

—Una cámara corporal no sirve para detectar cantidades microscópicas.

—No.

—Entonces no lo saben.

—Sabemos que después aparece sangre concentrada en el fondo y no en la entrada.

Celia se acercó a la pantalla.

—Eso puede ocurrir si la mano sangraba y permaneció dentro.

—Sí.

—Otra vez.

—Otra vez qué —preguntó Leire.

—Otra prueba con dos explicaciones.

La inspectora cerró el vídeo.

—Hay una tercera.

No quería escucharla.

Celia sí.

—¿Cuál?

—Mara encontró el botón en su ropa o en el suelo, comprendió que podía vincularla con el contacto del descansillo y lo guardó.

—Ya había admitido el contacto —dijo mi abogada.

—No entonces.

—Aún no conocía la relevancia forense de las fibras.

—Pero sabía que había estado con Damián.

—Lo sabía desde el principio.

—Precisamente.

Me aparté de la mesa.

—No vi ningún botón.

—¿Por qué lo reconoció inmediatamente en el hotel?

—Porque era igual a los de la camisa.

—Había visto uno en la bolsa del coche de Ariadna.

—Sí.

—Podía haber pensado que se trataba de cualquier botón oscuro.

—Tenía el hilo azul.

—Desde varios metros.

—Lo vi de cerca.

—Se acercó después de decir que era de Damián.

—Reconocí la forma.

—¿Había cosido alguna vez esa camisa?

—No.

—¿Comprado los botones?

—No.

—¿Sabía que faltaban tres?

—Vi cómo los sanitarios la cortaban.

—La cortaron por el centro sin desprender los botones superiores.

—Entonces cayeron durante la reanimación.

—Uno, probablemente.

—¿Y los otros?

—Eso investigamos.

Celia cerró la tableta.

—No continuaremos respondiendo.

Leire permaneció junto a la puerta.

—No he venido a interrogarla.

—Lleva diez minutos haciéndolo.

—He venido a comunicarle que no hubo una amenaza en el hotel y que el botón estaba entre sus efectos personales.

—Queda comunicado.

—También necesito la contraseña de la segunda cuenta.

Miré a Celia.

—No la recuerdo.

—El juzgado ha emitido un requerimiento.

—Cuando me den acceso, intentaré recuperarla.

—No hace falta.

—¿Entonces?

—La hemos recuperado mediante una sesión activa en un dispositivo intervenido.

La sangre me bajó de la cara.

—¿Qué dispositivo?

—La tableta antigua de la casa.

—No la utilizaba.

—La cuenta permanecía abierta.

—Dije que solo contenía fotografías de Lía.

—Eso es cierto.

Celia se volvió hacia mí.

—¿Qué más?

—Nada.

Leire abrió su carpeta.

—Hay cuatro mil trescientas imágenes. La mayoría son familiares.

—Entonces ya está.

—También hay una carpeta oculta.

—No.

—Se llama ANTES.

No recordaba haber utilizado ese nombre.

O lo recordaba demasiado bien.

—¿Qué contiene? —preguntó Celia.

La inspectora me miró.

—Veintisiete fotografías de lesiones.

Mi abogada se quedó quieta.

—¿De Mara?

—Sí.

Sentí alivio.

No era la reacción que Leire esperaba.

—Eso demuestra que Damián me pegaba.

—Puede contribuir a demostrar episodios de violencia.

—Entonces ¿por qué lo dice como si fuera malo?

—Porque algunas imágenes presentan problemas.

—¿Qué problemas?

—Los metadatos no coinciden con las fechas escritas en los nombres.

—Las renombré después.

—Sí.

—Para ordenarlas.

—Varias corresponden a lesiones deportivas, accidentes domésticos o episodios documentados antes de que conociera a Damián.

Celia se volvió completamente hacia mí.

—¿Qué?

—No.

Leire dejó tres impresiones sobre la mesa.

Mi rodilla con un hematoma grande.

Nombre del archivo:

DAMIÁN ESCALERA 2024.

—Ese moratón me lo hice bajando la escalera después de que me empujara.

—La fotografía original apareció en una conversación con Nuria de 2018. Le dijo que se había golpeado haciendo una mudanza.

—Podía haber otro igual.

—Es la misma imagen. Coinciden el fondo, la iluminación y los datos internos.

Segunda fotografía.

Un corte en el labio.

DAMIÁN COCINA 2025.

—Eso sí fue él.

—El archivo original estaba en una copia de seguridad anterior a su matrimonio.

—Me partí el labio más de una vez.

—La misma fotografía.

Tercera.

Mi muñeca enrojecida.

DAMIÁN ME AGARRA 2026.

Reconocí el baño del gimnasio.

La marca de una correa de levantamiento demasiado ajustada.

—No las enseñé a la policía —dije.

—No.

—Entonces no he intentado utilizarlas.

—Las preparó.

—Para mí.

—¿Para recordarse algo que no ocurrió?

—Damián sí me agarraba.

—Eso no responde.

—Necesitaba una forma de ordenar cómo me sentía.

Celia cerró los ojos.

—Mara.

—Las lesiones eran reales.

—Pero no las causó Damián —dijo Leire.

—No esas.

—Sin embargo las renombró con su nombre y lugares de la casa.

—Porque se parecían a otras que sí me había hecho.

—¿Cuándo creó la carpeta?

No quería preguntar.

Ya conocía la respuesta.

Leire la dijo de todas formas.

—Hace seis meses.

Poco antes de descubrir a Ariadna.

Poco después de empezar a copiar documentos.

—Estaba preparando una separación —dije.

—¿Con fotografías falsas?

—No son falsas.

—La atribución sí.

—No pensaba entregarlas.

—¿Qué pensaba hacer?

—Recordar.

—¿Qué?

—Lo que se sentía al vivir con él.

La inspectora me observó durante varios segundos.

—No necesitaba que Damián le produjera cada marca para decidir que era un maltratador.

—Lo era.

—Puede.

—Lo era.

—Pero usted ya estaba fabricando pruebas antes de que muriera.

Celia levantó la mano.

—Las fotografías no se entregaron, no se denunciaron y no se utilizaron en ninguna actuación. Una carpeta privada, por desagradable que sea, no constituye fabricación procesal.

—No todavía.

—No utilice esa palabra.

—Se presentó públicamente como víctima después de la muerte.

—Porque existía violencia.

—Y guardaba un archivo preparado para respaldarla.

—No lo utilizó.

—Porque no lo habíamos encontrado.

Me acerqué a la mesa.

—No necesito fotografías falsas para demostrar cómo era Damián.

—Entonces ¿por qué las creó?

No respondí.

—Mara —dijo Celia.

—Porque él tenía audios.

La frase salió baja.

—¿Qué significa? —preguntó mi abogada.

—Sabía que estaba grabándome. Sabía que iba a presentarme como inestable. Necesitaba algo.

—¿Algo verdadero?

—Algo que se pareciera a la verdad.

Leire no apartó los ojos de mí.

—Eso es una definición bastante precisa de una prueba fabricada.

—No las entregué.

—Pero las preparó.

—Para defenderme de una mentira.

—Con otras.

—No eran mentiras. Damián me hacía daño.

—Las fotografías no lo muestran.

—Muestran lo que podía hacerme.

—No lo que hizo.

—La diferencia no importa cuando llevas años esperando a que ocurra.

Celia se puso entre nosotras.

—Se terminó.

—La fiscal recibirá el informe esta tarde —dijo Leire.

—Y la defensa explicará que la carpeta nunca se utilizó, que las imágenes no fueron aportadas y que existe corroboración independiente del control y los agarres.

—Sí.

—No justifica prisión.

—Eso decidirá la jueza.

El miedo regresó.

La visita con Lía.

Treinta minutos.

Dos días.

—Dijo que no había nuevos incumplimientos.

—Esto es anterior.

—Entonces no pueden castigarme ahora.

—No se trata de castigo.

—Todo es castigo cuando impide que vea a mi hija.

Leire guardó las fotografías.

—Eso es exactamente lo que preocupa a la fiscal.

—¿Qué?

—Que cada decisión termine justificándose con Lía.

—Es mi hija.

—También era la de Damián.

—Él iba a quitármela.

—No había presentado la demanda.

—La tenía preparada.

—Sí.

—Entonces no me diga que era una posibilidad imaginaria.

—No lo hago.

—¿Qué quiere de mí?

La inspectora se quedó quieta.

—Que deje de convertir en verdad lo que necesita que sea verdad.

Celia abrió la puerta.

—Fuera.

Leire no se movió inmediatamente.

—La mujer del hotel colocó el botón sobre el dibujo porque era el único papel que encontró despejado —dijo—. Usted vio una amenaza. Después acusó mentalmente a Ariadna, a Iván, a su hermana y al personal.

—No acusé a nadie formalmente.

—No.

—Entonces ¿por qué importa?

—Porque no necesitó pruebas para construir una intención.

—Tenía miedo.

—Como con las fotografías.

—No es lo mismo.

—Convirtió un accidente deportivo en una agresión porque se parecía a algo que Damián podía haber hecho. Convirtió un botón perdido en un mensaje porque se parecía a algo que alguien podía querer decirle.

—Damián me maltrataba.

—Puede.

—Deje de responder así.

—¿Cómo?

—Como si fuera una teoría.

Leire sostuvo mi mirada.

—Todo lo es hasta que puede demostrarse.

Salió.

La puerta se cerró.