La segunda caída Capítulo 26 · Hora cincuenta y nueve
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Capítulo 26 · Hora cincuenta y nueve

Nadie había entrado en la habitación del hotel.

La amenaza no existía.

La fotografía de Damián, las flores, las tarjetas y el dibujo de Lía seguían siendo reales, pero el botón no lo había colocado una persona que conociera la planta, el número de habitación y la hora exacta de mi comparecencia.

Había llegado conmigo.

Leire me lo explicó dentro del coche policial que nos trasladaba al nuevo alojamiento. Celia estaba sentada a mi lado. El agente conducía sin mirar por el retrovisor y Vega ocupaba el asiento delantero con una tableta apoyada sobre las rodillas.

—El registro electrónico de la cerradura solo muestra tres accesos —dijo la inspectora—. Usted, su abogada y la empleada de limpieza.

—Entonces fue la empleada.

—No.

—Entró.

—Sí.

—Encontró el dibujo y dejó el botón encima.

—También.

La miré.

—Eso es dejarlo.

—No lo llevó a la habitación.

—¿Cómo lo sabe?

Vega giró la tableta.

La imagen mostraba el pasillo del hotel.

La cámara no permitía ver el interior de la habitación, pero registraba la puerta.

A las ocho y cuarenta y siete de la mañana, Celia y yo salíamos hacia el juzgado.

A las nueve y doce, una mujer con uniforme gris entraba empujando un carro. Permanecía dentro dieciséis minutos.

Después no aparecía nadie hasta nuestro regreso.

—La limpiadora se llama María Pardo —continuó Leire—. Lleva siete años trabajando en el hotel. Ha declarado voluntariamente.

—¿Qué ha dicho?

—Que el botón cayó al suelo cuando levantó una prenda del respaldo de una silla.

—¿Qué prenda?

La inspectora abrió una fotografía.

Mi chaqueta de punto gris.

La había llevado durante la primera noche, cuando Nuria llegó a la casa y me la puso sobre los hombros porque yo no dejaba de temblar. Después quedó mezclada con las cosas que me devolvieron. Mi hermana la había metido en la bolsa del hotel.

—Eso no estaba sobre la silla —dije.

—La limpiadora dice que sí.

—Yo la dejé dentro de la bolsa.

—La bolsa estaba abierta sobre la silla.

—Entonces la sacó ella.

—Dice que la manga colgaba y rozaba el suelo. La levantó para colocarla sobre la cama.

—¿Y cayó el botón?

—Sí.

—Podía llevarlo en el bolsillo.

—Lo comprobamos.

La mano derecha se me movió hacia el bolsillo del jersey.

No hacia la chaqueta.

Leire lo vio.

—Estaba dentro del bolsillo derecho —dijo.

Celia se inclinó.

—¿Cómo puede saberlo si cayó al suelo?

—La trabajadora escuchó el objeto golpear la tarima cuando introdujo la mano para comprobar si había algo antes de enviar la prenda a lavandería. El bolsillo tenía una costura parcialmente abierta. Al moverla, el botón salió por el fondo.

—Eso no demuestra cómo llegó allí —dijo mi abogada.

—No.

—Podía haberse desprendido de cualquier camisa.

—Pertenece a Damián.

—La identificación todavía no es definitiva.

—La camisa perdió tres botones. Este coincide en material, diámetro, grosor y fabricación. El hilo conserva fibras azules compatibles.

—Compatibles no significa idénticas.

—No.

—Entonces no me diga que pertenece a él como un hecho.

Leire retiró la fotografía.

—Pertenece, con una probabilidad muy alta, a la camisa que llevaba Damián cuando murió.

El vehículo dobló hacia una avenida que no reconocí. Los cristales traseros estaban oscurecidos. No sabía en qué parte de la ciudad nos encontrábamos.

—Nuria pudo meterlo en la bolsa —dije.

Celia giró la cabeza.

—No acuses a tu hermana.

—No la acuso. Preparó la ropa.

—Después de que la policía registrara el dormitorio.

—Pudo encontrarlo en el suelo.

—El botón estaba en el recibidor o en la escalera —respondió Leire—. No en el dormitorio.

—Pudo llevarlo pegado a un zapato.

—¿Su hermana?

—Sí.

—Llegó después de que los sanitarios estuvieran trabajando abajo.

—Entonces cualquiera pudo arrastrarlo.

—Sí.

La respuesta debería haberme tranquilizado.

No lo hizo.

—También pudo llegar dentro de la chaqueta antes de que Nuria la guardara —añadió la inspectora.

—¿Cómo?

—Eso queremos saber.

Celia cruzó las manos.

—La señora Sanz vistió esa prenda después de la muerte. La contaminación por transferencia es evidente. Tenía sangre en las manos, en el camisón y en el antebrazo.

—Exacto —dije.

—Pudo introducir la mano en el bolsillo durante el estado de shock, llevando adherido el botón sin advertirlo.

—Sí.

Leire miró a mi abogada.

—Es una posibilidad.

—No una confesión de ocultación.

—No he dicho eso.

—Lo insinúa desde que subimos.

—Estoy explicando que no existió ninguna intrusión.

—Eso no tiene relación con la investigación del homicidio.

—Tiene relación con la reacción de su clienta.

Celia se volvió.

—¿Qué reacción?

—En cuanto vio el botón, afirmó que alguien había entrado sabiendo exactamente qué dejar.

—Era una conclusión lógica.

—No preguntó si podía haber llegado con sus cosas.

—Porque estaba sobre el dibujo de su hija.

—La limpiadora lo dejó allí para no perderlo.

—Podía colocarlo sobre la mesa.

—La mesa estaba cubierta por documentos de la defensa. No quiso tocarlos.

—Entonces eligió un dibujo infantil.

—Era la única superficie despejada de la mesilla.

Miré por la ventanilla.

No se veía el exterior, solo mi propio reflejo.

—No sabía que estaba en el bolsillo.

—Bien.

—No lo escondí.

—Bien.

—¿Por qué responde así?

—Porque, por el momento, no puedo demostrar que lo hiciera.

—Ni ahora ni nunca.

—Eso dependerá del análisis.

El coche entró en un aparcamiento subterráneo. La puerta se cerró detrás de nosotros antes de que el agente apagara el motor.

No parecía un hotel.

Había plazas numeradas, paredes de hormigón y una fila de trasteros al fondo.

—¿Dónde estamos? —pregunté.

—Un apartamento utilizado para protección de testigos y personas amenazadas —respondió Vega.

—No soy testigo.

—Tampoco está bajo un programa de protección —aclaró Leire—. Es una medida temporal mientras se determina si existe riesgo.

—Acaba de decir que no había amenaza.

—El botón no era una amenaza. La fotografía y las tarjetas anónimas pueden serlo.

—¿Quién pagará esto?

—El juzgado ha autorizado dos noches.

—¿Y después?

—Se valorará.

El agente abrió.

Subimos en un ascensor sin espejos hasta la tercera planta. El apartamento tenía una sala pequeña, una cocina abierta, un dormitorio y ventanas que daban a un patio. No había recepción, personal ni periodistas en la puerta.

Tampoco había flores.

Vega comprobó cada habitación. Leire permaneció junto a la entrada mientras Celia dejó mi bolsa sobre el sofá.

—Necesito ver la chaqueta —dije.

—Está intervenida —respondió la inspectora.

—Era mía.

—Se le devolverá.

—Quiero comprobar el bolsillo.

—El bolsillo tiene una abertura de dos centímetros en la costura inferior.

—Nunca estuvo roto.

—Las prendas se rompen.

—¿Hay sangre?

Leire tardó una fracción de segundo.

—Sí.

Celia dejó de abrir la maleta.

—¿Dónde?

—Dentro.

El apartamento pareció hacerse más pequeño.

—Yo tenía las manos manchadas —dije.

—Sí.

—Eso lo explica.

—Puede.

—¿De quién es la sangre?

—Damián.

—Claro.

—También hay una cantidad mínima de sangre de Mara.

—La tenía en la palma —dijo Celia.

—Sí.

—Entonces introdujo la mano en el bolsillo después de intentar reanimarlo y contaminó el interior.

—Es una explicación razonable.

—¿Qué más hay? —pregunté.

La inspectora se quitó el abrigo.

No se sentó.

—Fibras.

—Todas las prendas tienen fibras.

—Alrededor del hilo del botón aparecen fibras grises compatibles con su camisón.

—Damián me agarró.

—En el descansillo.

—Sí.

—Eso ya está declarado.

—Entonces el botón se desprendió cuando tiró de mi ropa.

—Es posible.

—Y quedó atrapado en el camisón.

—Sí.

—Después pasó al bolsillo de la chaqueta cuando me la puse.

—También es posible.

—Entonces todo encaja.

Leire miró a Celia.

Mi abogada respondió antes que ella:

—Encaja con la versión declarada. Damián agarró a Mara por el camisón, el botón se desprendió durante el contacto, quedó adherido a la ropa y se transfirió al bolsillo cuando Nuria le colocó la chaqueta.

—No fue así como llegó la chaqueta a Mara —dijo la inspectora.

Sentí que algo se tensaba.

—¿Qué significa?

—Hemos revisado las cámaras corporales.

—¿De quién?

—De los primeros agentes que acudieron.

Vega dejó la tableta sobre la mesa.

Apareció la entrada de nuestra casa.

La imagen se movía con el cuerpo de quien grababa. Se veía a un sanitario arrodillado junto a Damián, una mochila abierta, la alfombra arrugada y mis piernas desnudas a un lado.

No llevaba chaqueta.

El camisón gris estaba cubierto de sangre en la parte delantera.

La grabación avanzó.

Nuria entraba corriendo.

Me abrazaba.

Yo seguía en el suelo.

Mi hermana intentaba cubrirme con su abrigo, pero una sanitaria se lo impedía porque todavía debían examinarme.

Después me levantaban.

Me conducían a una silla.

Nuria traía la chaqueta de punto desde la planta superior.

No me la ponía.

La dejaba doblada sobre el respaldo.

—La vistió más tarde, después de que le retiraran el camisón —dijo Leire.

—¿Y?

—La chaqueta nunca estuvo en contacto directo con esa prenda.

—Me cambié cerca.

—Sí.

—El botón pudo caer al suelo y entrar en el bolsillo.

—La chaqueta estaba doblada.

—Alguien la abrió.

—Usted.

Vega avanzó el vídeo.

La cámara corporal mostraba el pasillo junto a la cocina. Yo aparecía de espaldas, ya con pantalón y camiseta prestados. Cogía la chaqueta del respaldo. Me la ponía.

La mano derecha desaparecía dentro del bolsillo.

Permanecía allí.

No durante un instante.

Durante once segundos.

La imagen era inestable, pero podía verse con claridad.

—Tenía frío —dije.

—Solo introdujo una mano.

—La otra estaba siendo examinada.

—La derecha era la lesionada.

—Entonces intentaba protegerla.

Leire no respondió.

La grabación continuó.

Yo retiraba la mano.

La mantenía cerrada.

Después me alejaba hacia la sala donde empezaron a preguntarme por la caída.

—No se ve ningún botón —dijo Celia.

—No.

—Ni que Mara guarde nada.

—No.

—Entonces una mano dentro de un bolsillo no prueba ocultación.

—No.

—¿Por qué nos enseña esto?

La inspectora pausó la imagen.

—Porque el bolsillo no tenía sangre antes de ese momento.

—¿Cómo pueden saberlo?

—La chaqueta aparece doblada con el interior parcialmente visible. No se aprecia ninguna mancha.