Capítulo 25 · Hora cincuenta y seis #4
—No sabes dónde será la visita.
—Nuria vive a diez minutos.
—Tienes prohibido acercarte.
—Lo sé.
Subimos.
La habitación estaba abierta.
No de par en par.
Apenas unos centímetros.
Celia levantó una mano para impedir que entrara. Llamó a seguridad. Dos empleados llegaron, revisaron el interior y dijeron que probablemente el personal de limpieza no había cerrado bien.
No faltaba nada.
La cama estaba hecha.
La bolsa de Nuria, sobre la silla.
El dibujo de Lía, en la mesilla.
MAMÁ VUELVE.
Pero alguien había colocado algo encima.
Una pieza pequeña de metal.
El botón negro de la camisa azul de Damián.
El mismo tipo que había aparecido bajo el asiento del coche de Ariadna.
Celia no lo tocó.
Llamó a Leire.
Yo me quedé junto a la puerta.
—No estaba ahí esta mañana —dije.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Tienes más botones?
—No.
—¿Guardaste ropa de Damián?
—No traje nada.
—¿Nuria?
—Solo metió ropa mía.
La pieza parecía insignificante sobre el papel.
Negra.
Plana.
Con un trozo de hilo azul todavía unido.
—Puede haberlo puesto el personal —dije.
—¿Por qué?
—Para asustarme.
—O alguien relacionado con Ariadna.
—Sí.
—O Iván.
—Sí.
—O la prensa.
—Sí.
Celia miró el dibujo.
—Alguien entró aquí sabiendo exactamente qué dejar.
Las sirenas se escucharon minutos después.
No me permitieron acercarme mientras fotografiaban la habitación, recogían el botón y revisaban la cerradura. Leire llegó en persona.
No me preguntó nada hasta que terminó el técnico.
—¿Reconoce el botón?
—De la camisa de Damián.
—¿Lo había visto después de la muerte?
—En la bolsa de pruebas.
—¿Tenía acceso?
—No.
—¿Ariadna?
—Tenía otro en su coche.
—Ese sigue intervenido.
—Entonces alguien encontró uno distinto.
—La camisa perdió tres botones durante las maniobras.
—¿Dónde están los otros?
—Uno apareció junto al cuerpo. Otro no fue localizado.
Miramos la bolsa.
—Ese puede ser el tercero —dije.
—Sí.
—Entonces alguien estuvo en nuestra casa.
—O lo recogió durante la reanimación.
—¿Quién?
—Sanitarios, agentes, su hermana, usted.
—Yo estaba con Damián.
—Precisamente.
Celia se interpuso.
—Mi clienta no responderá.
Leire observó la habitación.
—No creo que Mara lo haya dejado aquí.
Era la primera vez que decía algo que me favorecía sin añadir una condición.
—¿Quién, entonces?
—Alguien quiere que tenga miedo.
—¿Ariadna?
—No puede acercarse a usted.
—Eso no impide que lo haga.
—No.
—¿Iván?
—Sigue detenido.
—¿Nuria?
La palabra salió antes de pensarla.
Celia y Leire me miraron.
—¿Por qué su hermana? —preguntó la inspectora.
—No he dicho que fuera ella.
—La ha mencionado.
—Tiene acceso a mis cosas.
—¿Tendría motivos para amenazarla?
—No.
—¿Para recordarle algo?
Miré el botón.
—No.
Leire se acercó a la mesilla.
—Quien lo dejó sabía que la habitación quedaría sin vigilancia durante la comparecencia. Sabía el hotel, la planta y el número. No forzó la puerta.
—Personal del hotel —dijo Celia.
—O alguien con una tarjeta.
—Solicite el registro.
—Ya lo hemos hecho.
La inspectora miró el dibujo de Lía.
—No tocaron las flores, el dinero ni los documentos.
—Solo colocaron el botón.
—Sí.
—¿Qué significa?
Leire me observó.
—Eso depende de lo que usted recuerde cuando lo mira.
No respondí.
Recordaba el botón desprendiéndose.
No durante la segunda caída.
Antes.
Damián de rodillas.
Su mano en mi camisón.
Yo inclinada sobre él.
La camisa tirante contra su pecho.
El pequeño chasquido del hilo al romperse.
No había visto dónde cayó.
Podía haber quedado en el descansillo.
Podía haberlo recogido alguien.
Podía haberlo pisado.
Podía haber terminado en mi bolsillo.
No.
En mi bolsillo no.
—No significa nada —dije.
Leire inclinó la cabeza.
—Entonces alguien se arriesgó a entrar en su habitación para dejar algo que no significa nada.
—Quiere que parezca culpable.
—¿De qué?
—De matar a Damián.
—El botón no demuestra eso.
—No.
—Solo demuestra proximidad.
—Yo ya admití que estaba con él.
—Entonces tampoco añade nada al caso.
—Exacto.
—¿Por qué elegirlo?
No lo sabía.
O no quería saberlo.
Leire pidió que preparara mis cosas. La policía trasladaría mi alojamiento por seguridad. No me dijeron adónde hasta que estuvimos en el coche.
Antes de salir, recogí el dibujo de Lía.
La inspectora me detuvo.
—Déjelo.
—Es de mi hija.
—Alguien colocó evidencia encima. Debemos analizarlo.
—No es evidencia.
—Ahora sí.
—No pueden llevarse todo lo que toco.
—No nos lo llevamos por usted.
—Entonces ¿por quién?
Leire miró la frase escrita con lápiz.
MAMÁ VUELVE.
—Por la persona que quiere decidir qué tiene que recordar cuando vuelva.
Solté el papel.
Lo introdujeron en una bolsa.
Cuando salimos del hotel, las flores seguían en recepción.
Superviviente.
Víctima.
Asesina.
La jueza no había elegido ninguna.
Me había dejado en libertad porque faltaba una acción.
Un movimiento.
Un segundo.
El punto dieciséis.
Pero alguien acababa de entrar en mi habitación y dejar una pieza de la última camisa de Damián sobre el dibujo de nuestra hija.
Alguien que sabía que el caso no necesitaba una prueba nueva.
Solo necesitaba impedir que yo dejara de tener miedo.