La segunda caída Capítulo 25 · Hora cincuenta y seis #3
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Capítulo 25 · Hora cincuenta y seis #3

—¿Qué contiene?

—Fotografías de Lía.

—Entonces está relacionada con el entorno familiar.

—No.

—Entrégala.

—La jueza ha dicho cuentas relacionadas con el domicilio, la empresa o Damián.

—Si la descubren después, dirán que ocultaste otra vez.

—No tiene nada del caso.

—Entonces no te perjudica entregarla.

El funcionario esperaba.

Escribí la dirección.

No la contraseña.

—No la recuerdo.

Celia me miró.

—La recuperaré desde el hotel.

—No puedes acceder a ninguna cuenta sin comunicarlo.

—Entonces que me den un ordenador delante de ellos.

El funcionario anotó.

—Se la requeriremos formalmente.

Firmé otra vez.

La puerta del pasillo se abrió.

Leire estaba fuera.

Celia se adelantó.

—La comparecencia ha terminado.

—Lo sé.

La inspectora miró el documento de claves.

—¿Ha entregado todo?

—Sí —respondí.

—Eso espero.

—La jueza acaba de decir que no tienen pruebas para encerrarme.

—Ha dicho que no hay prueba suficiente para la prisión provisional.

—Es lo mismo hoy.

—Hoy.

Celia abrió la puerta de la sala lateral.

—No hable con mi clienta.

—No iba a preguntarle nada.

Leire me tendió una bolsa transparente.

Dentro estaba mi auricular derecho.

—¿Dónde lo encontraron? —pregunté.

—En el descansillo.

Sentí que el pasillo se inclinaba.

—No.

—Debajo del borde inferior de la barandilla.

—Lo perdí antes.

—La batería registró desconexión a las veintitrés cincuenta y seis.

Celia tomó la bolsa antes de que pudiera tocarla.

—¿Tiene sangre?

—No.

—¿Huellas?

—De Mara.

—Era suyo.

—Sí.

—¿Alguna conexión con la muerte aparte de la ubicación?

—Todavía estamos analizándolo.

—Entonces comuníquelo por escrito.

Leire seguía mirándome.

—Dijo que se lo quitó al escuchar el coche.

—Eso creía.

—Apareció donde estuvo con Damián.

—Pudo quedar enganchado en el jersey.

—Sí.

—Y caer cuando me agarró.

—Sí.

—Entonces explica otra cosa.

—También.

La palabra se había convertido en su forma de no conceder nada.

—¿Grababa? —pregunté.

La inspectora tardó.

—No lo sabemos todavía.

Celia guardó la bolsa dentro de su carpeta.

—La policía debe conservarlo.

—Es una copia de la evidencia. El original sigue en laboratorio.

—¿Por qué se lo enseña ahora?

—Porque la jueza preguntó qué diligencias quedaban pendientes.

—Ya ha resuelto.

—Puede volver a resolver.

Mi abogada cerró la carpeta.

—Nos vamos.

Caminamos hacia el ascensor.

Leire nos siguió hasta la puerta, pero no entró.

Antes de que se cerrara, dijo mi nombre.

—Mara.

Celia pulsó el botón.

—No responda.

Miré a la inspectora.

—¿Qué?

—Su abogada tiene razón.

Celia se volvió.

—¿Sobre qué?

—Falta el punto dieciséis.

Las puertas empezaron a cerrarse.

Leire mantuvo los ojos en mí.

—Pero no necesito demostrar los quince.

—No puede demostrar el último —respondí.

—Todavía no.

El ascensor descendió.

En la planta baja había periodistas, aunque habíamos entrado por el aparcamiento. Alguien había avisado de que la jueza no ordenaría prisión.

Las cámaras se levantaron cuando aparecimos.

—¡Mara!

—¡La jueza la mantiene en libertad!

—¿Se considera inocente?

—¿Fue una caída accidental?

—¿Planificó la presencia de Iván?

—¿Qué ocurrió durante los noventa y cuatro segundos?

Celia intentó abrir paso.

Una periodista acercó un micrófono.

—¿Empujó a su marido?

Me detuve.

Mi abogada pronunció mi nombre.

No miré hacia ella.

Miré la cámara.

—No.

Los micrófonos se acercaron.

—¿Entonces fue un accidente?

La respuesta debía ser sencilla.

La había repetido durante cincuenta y seis horas.

Damián cayó.

Yo no lo empujé.

La escalera estaba rota.

Había bebido.

Había tomado medicación.

Intentó levantarse.

Perdió el equilibrio.

—Sí —dije—. Fue un accidente.

—¿Por qué mintió?

—Porque tenía miedo.

—¿De la policía?

—De que nadie creyera a una mujer que llevaba años viviendo con miedo.

Celia me tomó del brazo.

—No habrá más declaraciones.

Entramos en el coche.

Las cámaras siguieron golpeando el cristal.

Una mujer levantaba el cartel del día anterior.

YO TAMBIÉN TARDÉ EN CONTARLO.

Detrás de ella, un hombre sostenía otro.

JUSTICIA PARA DAMIÁN.

Dos historias.

Dos grupos.

Dos formas de utilizar mi cara.

Celia arrancó.

—No vuelvas a hablar.

—He dicho la verdad.

—Has unido públicamente el accidente con el maltrato.

—Porque estaban unidos.

—Ahora todos interpretarán que cayó durante una agresión.

—Me agarró.

—Y tú te apartaste.

—Sí.

—Nada más.

—Nada más.

Mi abogada condujo dos calles antes de hablar.

—El auricular puede contener datos.

—No grababa.

—Puede haber activado el asistente del teléfono.

—No.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque estaba escuchando el audio.

—La reproducción terminó antes de que llegara Damián.

—Entonces no hacía nada.

—Seguía conectado hasta la caída.

—Se me olvidó puesto.

—Dijiste que te lo quitaste.

—Creía que lo había hecho.

—¿Lo llevabas en el descansillo?

—Debía de llevarlo.

—¿Escuchabas algo?

—No.

—¿Podía oírse desde fuera?

—No sé.

—¿Podía registrar sonido?

—No lo activé.

Celia frenó.

—No te he preguntado eso.

—¿Qué quiere?

—Saber si existe otra grabación.

—No.

—¿Segura?

—Sí.

—¿Completamente?

—Sí.

El semáforo cambió.

No avanzó.

El coche de atrás tocó el claxon.

—Celia.

Arrancó.

—Si aparece otro archivo —dijo—, no habrá un tercer rechazo de prisión.

—No aparecerá.

—Eso dijiste de los noventa y cuatro segundos.

—Porque estaban eliminados.

—Sabías que existían.

—No.

—Mara.

—No sabía que el asistente había grabado.

—Pero sabías que había algo que no debía escucharse.

Miré por la ventanilla.

—Todo matrimonio tiene cosas que no deberían escucharse.

—No todos terminan con un cadáver en la escalera.

Llegamos al hotel.

En recepción había flores.

Ramos blancos, rosas, tarjetas y sobres. La recepcionista señaló una mesa.

—Han llegado para usted.

—¿De quién?

—No lo sé. Diferentes personas.

Celia tomó una tarjeta.

PARA QUE NUNCA VUELVAS A PEDIR PERDÓN POR SObrEVIVIR.

Otra:

MI MADRE NO PUDO SALIR. TÚ SÍ.

Otra:

TE CREEMOS.

Había también un sobre sin flores.

Dentro, una fotografía de Damián con Lía.

En la parte posterior alguien había escrito:

TU HIJA TAMBIÉN RECORDARÁ.

Celia guardó la fotografía.

—Esto se entrega a la policía.

—No.

—Es una amenaza.

—Es una frase.

—Sabe dónde estás.

—Todo el mundo sabe dónde estoy.

—Pediremos traslado.

—No quiero otro hotel.

—No es negociable.

—Quiero estar cerca de Lía.