Capítulo 25 · Hora cincuenta y seis #2
—Gracias.
Volvió a sentarse.
La fiscal pasó al último bloque.
La demora.
Las zapatillas guardadas.
El archivo eliminado.
La negación espontánea.
—No estamos ante una persona que descubre gradualmente hechos traumáticos —concluyó—.
Estamos ante una investigada que revela cada fragmento únicamente cuando aparece una prueba que impide sostener la versión anterior.
La secuencia muestra conocimiento previo, control de la escena y ocultación posterior.
Solicitamos prisión provisional por riesgo de alteración de pruebas, reiteración de conductas de manipulación e influencia sobre la testigo menor.
La jueza se quitó las gafas.
—¿Qué pruebas quedan bajo control de la investigada?
—Puede conservar accesos, copias o dispositivos no localizados.
—¿Cuáles?
—Falta un auricular. No ha aparecido la maleta roja. Desconocemos si existen otras cuentas.
—¿Hay indicios de que haya intentado destruir algo después de la advertencia judicial?
—Accedió al sistema doméstico.
—Y lo comunicó su abogada inmediatamente.
—Después de ser descubierta.
Celia se levantó.
—Fui yo quien regresó a la habitación. Podía haber eliminado el historial, destruido el teléfono o negado el acceso. No hizo ninguna de esas cosas.
—Porque la conexión ya había quedado registrada.
—Mi clienta no sabía eso.
La jueza se volvió hacia mí.
—No responda.
No había abierto la boca.
Tal vez mi cara sí.
Llegó el turno de Celia.
No utilizó fotografías.
No proyectó audios.
Dejó las páginas sobre la mesa y habló de pie.
—La fiscalía ha presentado quince puntos. Parecen quince pruebas porque están numerados. No lo son.
Tomó la primera hoja.
—La recopilación de documentos, la carpeta digital y la reproducción del audio describen una sola conducta: una mujer reuniendo material ante una separación hostil.
Segunda hoja.
—El conocimiento de la barandilla, el correo donde pide repararla y el informe técnico también son un mismo hecho. Mara sabía que la escalera era peligrosa y pidió que se corrigiera. Convertir esa advertencia en preparación equivale a afirmar que quien denuncia un riesgo está planeando utilizarlo.
Tercera.
—La manipulación de la escultura, las huellas, las células, la sangre y las partículas proceden de un objeto doméstico que levantó delante de una testigo la mañana de los hechos. La acusación divide una única explicación inocente en cinco indicios para multiplicar su peso.
Miró a Patricia Mares.
—La presencia de Iván no es ficticia. Amenazó al fallecido, fue a la urbanización, mintió y destruyó documentación.
La presencia de Ariadna tampoco. Entró con un código facilitado por Damián, robó una carpeta, se acercó a la casa, observó la escena y se marchó sin pedir ayuda.
No son personajes colocados por Mara. Son personas reales con motivos reales, convocadas por una red de conflictos creada por el propio fallecido.
—Una fue convocada desde una línea a nombre de su clienta —intervino la fiscal.
—Sin identificación de voz concluyente.
Celia continuó.
—La menor estaba en la cama porque eran casi las once de la noche.
Ver una película no es una coartada preparada.
Es una rutina familiar. La alarma estaba desconectada por decisión de Damián y la investigada había pedido reactivarla.
La demora en llamar se produce después de una escena traumática en la que intentó comprobar el estado de su marido.
El archivo pudo eliminarse accidentalmente durante la manipulación del teléfono, y la fiscalía no ha demostrado lo contrario.
—Requirió varios pasos —dijo Patricia.
—Tampoco ha demostrado que se realizaran conscientemente. La aplicación estaba abierta, existían notificaciones y la señora Sanz buscaba información sobre la medicación mientras seguía instrucciones de emergencias.
Celia apoyó las manos sobre la mesa.
—Sí, Mara mintió.
La frase cayó sin protección.
La miré.
No volvió la cabeza.
—Mintió sobre haber estado en el descansillo. Mintió sobre las zapatillas. Minimizó el contacto físico y ocultó la infidelidad. No intentaremos convertir esas decisiones en algo admirable. Fueron equivocadas y han perjudicado gravemente su credibilidad.
La fiscal no esperaba que lo admitiera.
La jueza sí.
—Pero mentir después de una muerte no demuestra haberla causado.
Demuestra miedo a cómo se interpretaría una escena: una esposa engañada, amenazada con perder a su hija, junto a un marido herido que acababa de agarrarla.
Su temor no era irracional. La investigación hizo exactamente lo que ella temía.
Celia cogió la lista de quince puntos.
—La fiscalía ha descrito preparación, oportunidad, motivo y ocultación. Falta el punto dieciséis.
La jueza alzó la vista.
—¿Cuál?
Mi abogada señaló la fotografía de la escalera.
—La acción.
Nadie habló.
—No existe una prueba de que Mara golpeara a Damián con la escultura.
No existe una prueba de que lo empujara.
No existe una prueba de que moviera la barandilla, colocara el cuerpo, alterara el premio o provocara el segundo desplazamiento.
El especialista admite una caída autónoma.
El audio no recupera el momento. Ariadna no lo vio.
Lía no lo vio. No hay marca de manos sobre la ropa que indique una presión posterior, ni lesión defensiva nueva, ni sangre proyectada que sitúe a Mara ejecutando un golpe.
Se volvió hacia la fiscal.
—Quince circunstancias no sustituyen el movimiento que debe probarse.
Patricia Mares se levantó.
—Estamos en fase de instrucción, no de juicio. No se exige prueba plena.
—Tampoco basta una sospecha intensa para encarcelar a una persona cuando la hipótesis accidental sigue siendo pericialmente válida.
—La ocultación demuestra conciencia de culpabilidad.
—O conciencia de apariencia.
—La selección previa de elementos demuestra preparación.
—O defensa frente a un fraude.
—La grabación eliminada demuestra destrucción de pruebas.
—No demuestra intención.
La jueza levantó una mano.
Las dos se callaron.
Olmedo volvió a ponerse las gafas y leyó durante varios minutos.
Nadie se movió.
Escuché el teclado del funcionario.
El aire acondicionado.
Un coche en la calle.
La respiración de Leire.
Intenté no pensar en Lía.
Si mantenía la libertad, faltaban cuarenta y ocho horas para verla.
Treinta minutos.
Un abrazo.
No podía volver a una celda.
La jueza cerró el expediente.
—La prisión provisional no puede utilizarse para anticipar una respuesta penal ni compensar la gravedad mediática de un asunto.
Patricia Mares bajó la vista.
Celia no reaccionó.
—Los nuevos indicios refuerzan la sospecha sobre la señora Sanz —continuó Olmedo—. En particular, su presencia en el descansillo, la ocultación reiterada, el acceso al sistema doméstico y la relación temporal entre la lesión de su mano y el objeto compatible con la herida del fallecido.
El corazón comenzó a golpearme.
—No obstante, se mantienen abiertas hipótesis alternativas respecto de la dinámica final.
La pericial no excluye una segunda caída accidental.
La identificación de la voz del teléfono azul no es concluyente.
La declaración de Ariadna Vives presenta problemas relevantes de credibilidad y no existe, hasta el momento, prueba directa de una agresión o empujón.
Celia apoyó el pie contra el mío.
—La investigada ha incumplido instrucciones de su defensa, pero no una prohibición judicial expresa. El acceso remoto fue comunicado y no consta alteración posterior. Tampoco existe riesgo de fuga suficiente, dada su vinculación familiar y la entrega del pasaporte.
La jueza respiró.
—Se rechaza la prisión provisional.
Cerré los ojos.
Solo un segundo.
—Se mantienen las medidas anteriores y se añaden las siguientes: la señora Sanz deberá entregar cualquier dispositivo, clave o cuenta relacionada con el domicilio, la empresa o el fallecido; no podrá adquirir ni utilizar nuevos terminales sin comunicar el número a la representación judicial; y comparecerá dos veces al día, a las nueve y a las dieciocho horas.
—Señoría —dijo Celia—, dos comparecencias diarias resultan desproporcionadas.
—Se revisarán en setenta y dos horas.
—¿Y la visita con la menor? —preguntó.
Olmedo consultó otro informe.
—Se mantiene la recomendación del equipo. Podrá celebrarse una primera visita supervisada de treinta minutos, siempre que no se produzcan nuevos incumplimientos y que la señora Sanz respete de forma absoluta la prohibición de hablar de los hechos.
Me incliné hacia delante.
—¿Cuándo?
Celia me agarró la mano.
La jueza respondió:
—Pasado mañana a las diez.
Dos días.
—¿Puedo escribirle antes?
—No.
—¿Nuria puede decirle que voy a verla?
—El equipo se encargará.
—¿Puede decirle que estoy bien?
—Señora Sanz.
—Solo eso.
—No utilice esta comparecencia para negociar excepciones.
Me obligué a callar.
La fiscal pidió que constara su protesta y anunció recurso. La jueza lo admitió.
La sesión terminó.
No me detuvieron.
Por segunda vez en menos de un día, salí de una sala después de que una fiscal explicara por qué debía estar encerrada.
En el pasillo, Celia me llevó hacia una sala lateral mientras preparaban la salida.
—No llores aquí —dijo.
—No estoy llorando.
—Lo harás cuando baje la tensión.
—Voy a ver a Lía.
—Si no haces nada más.
—No haré nada.
—Entrega todas las contraseñas.
—Algunas son de cuentas personales.
—Todas las relacionadas con Damián.
—La cuenta secreta es mía.
—Está relacionada.
—Contiene cosas privadas.
—La policía ya tiene una orden.
—¿También los mensajes con Nuria?
—Probablemente.
—No pueden leer toda mi vida.
Celia me miró.
—Llevan cincuenta y seis horas haciéndolo.
Un funcionario apareció para recoger las claves.
Escribí la dirección de la cuenta secreta.
La contraseña.
La del sistema de casa.
La nube.
La aplicación de cámaras.
El antiguo correo compartido con Damián.
Cada palabra entregada parecía otra habitación abierta.
Cuando terminé, firmé al pie.
Mara Sanz.
—¿Es todo? —preguntó el funcionario.
—Sí.
Celia no dijo nada.
—¿Qué?
—La segunda cuenta.
—No hay otra.
—Mara.
—No está relacionada con Damián.