Capítulo 25 · Hora cincuenta y seis
La fiscal llevó quince puntos ante la jueza.
Celia solo necesitó uno para responder.
El que faltaba.
Llegamos al juzgado a las siete y veintidós de la mañana.
Había dormido menos de una hora y seguía llevando el mismo jersey azul.
Nuria había preparado más ropa, pero la bolsa permanecía cerrada sobre una silla del hotel.
Cambiarme habría significado elegir qué aspecto debía tener una mujer acusada de planear la muerte de su marido.
De negro parecía culpable.
De colores, insensible.
Con el jersey triste al menos parecía cansada.
No tuve que fingirlo.
Esta vez entramos por el aparcamiento. Dos agentes revisaron el coche y nos acompañaron hasta el ascensor. No llevaba esposas. La jueza había rechazado la detención preventiva durante la noche, pero la fiscal podía conseguirla antes de que terminara la mañana.
—No respondas si Olmedo te pregunta por los hechos —dijo Celia.
—La última vez responder me ayudó.
—La última vez admitiste que adaptabas tu relato para explicar pruebas.
—No dije eso.
—No vamos a discutirlo otra vez.
—Si pregunta por Lía, contestaré.
—Solo sobre tu compromiso de respetar las medidas.
—¿Y si pregunta por el premio?
—No.
—¿Las zapatillas?
—No.
—¿La grabación?
—No.
—Entonces parecerá que oculto algo.
Celia pulsó el botón del ascensor.
—Ya parece que ocultaste muchas cosas. Hablar no arreglará esa impresión.
—Callar tampoco.
—Callar impide que la empeores.
Las puertas se abrieron.
Leire estaba en el pasillo.
No vestía uniforme. Llevaba pantalón oscuro, una camisa gris y la misma carpeta fina que había utilizado durante la primera comparecencia. Parecía descansada. Aquello me molestó más de lo razonable.
—Señora Sanz —saludó.
—Inspectora.
Celia se colocó ligeramente delante.
—Cualquier comunicación, a través de mí.
—Solo iba a darle los buenos días.
—Ya lo ha hecho.
Leire miró mi mano.
La abrasión estaba cubierta con una gasa pequeña.
—¿Le duele?
—No.
—¿Se la ha curado alguien?
—Yo.
—¿Con qué?
—Agua y antiséptico.
—¿Conserva el envase?
Celia soltó una risa seca.
—¿También quiere intervenir el botiquín del hotel?
—No. Solo preguntaba.
—Usted nunca solo pregunta.
Leire no lo negó.
Un funcionario abrió la puerta de la sala.
Entramos.
La jueza Irene Olmedo ya estaba sentada. A su derecha, Patricia Mares organizaba varias carpetas. Detrás se encontraba un técnico del juzgado y, junto a la pared, un representante del ministerio fiscal que no había visto antes.
Sobre la mesa central estaban las fotografías de la escalera.
La escultura.
Mi mano.
El dibujo de Lía.
La lista completa de una vida reducida a indicios.
La jueza pidió que confirmaran si mantenía mi decisión de no declarar.
—Sí —respondió Celia.
Olmedo me miró.
—¿Es también su decisión, señora Sanz?
—Sí.
—¿Comprende que puede intervenir si lo desea, pero que no está obligada?
—Sí.
—Bien.
La fiscal comenzó.
Esta vez sí utilizó la palabra.
—La investigación ha superado la hipótesis de una reacción improvisada durante una discusión. Los nuevos datos permiten considerar una planificación previa.
No dijo asesinato.
Todavía.
Primero reconstruyó los meses anteriores.
Mi cuenta secreta.
Las grabaciones.
Las copias de contratos.
Las fotografías de Ariadna.
Las transferencias.
Según la fiscal, yo no me había limitado a preparar una defensa ante el divorcio. Había construido un archivo capaz de proporcionar motivos alternativos, sospechosos externos y una explicación posterior para cada elemento de la noche.
—Eso es absurdo —murmuré.
Celia me tocó la rodilla.
La jueza levantó la vista.
—Señora Sanz.
Bajé los ojos.
Patricia Mares continuó.
Habló de Iván.
La llamada desde el teléfono azul.
La amenaza con una caída.
La presencia de la furgoneta junto a la urbanización.
—La llegada del señor Corbacho colocó en las inmediaciones a una persona con un motivo económico, antecedentes de amenazas y conocimiento del acceso trasero.
—También lo colocó en las inmediaciones de forma real —intervino Celia—. No es un sospechoso inventado.
—No he dicho que lo sea.
—Está insinuando que mi clienta lo utilizó como tal.
—Eso sostengo.
La jueza consultó el documento.
—¿La pericial de voz identifica a la señora Sanz?
La fiscal hizo una pausa.
—No de manera concluyente.
—¿Qué grado de correspondencia ofrece?
—El informe habla de similitud relevante, pero la calidad del archivo impide una identificación categórica.
—¿Puede excluirse que sea otra mujer?
—No.
—¿Puede excluirse que el señor Llorca utilizara el teléfono y una grabación, o que otra persona imitara la voz?
—No.
Olmedo anotó.
La fiscal no perdió el ritmo.
Pasó a Ariadna.
Mi llamada al control de acceso demostraba que conocía su presencia. La carpeta marrón demostraba que Ariadna me había enviado documentos aquella tarde. La testigo me situaba en el descansillo antes de que yo lo admitiera.
—La señora Vives ha mentido sobre la relación, el robo de la carpeta y su aproximación a la vivienda —dijo Celia.
—Después corrigió su declaración.
—Después de saber qué pruebas había encontrado la policía.
La frase produjo un breve silencio.
Leire me miró.
Yo no lo hice.
—La credibilidad de la testigo se valorará en su momento —respondió la fiscal—. Lo relevante ahora es que una huella exterior y fibras de su abrigo confirman que estuvo junto al ventanal.
—Confirman que estuvo en el jardín. No qué vio a través de un cristal de noche, desde un ángulo parcial y después de consumir alcohol.
—Describe la posición de la investigada.
—Una posición conocida por la policía cuando amplió su declaración.
—No era pública.
—Tampoco era pública la entrevista de una niña y terminó en televisión.
La jueza levantó una mano.
—No discutiremos filtraciones no acreditadas. Continúe.
La fiscal habló del archivo digital.
Demanda.
Premio.
Barandilla.
Grabación.
Cuatro documentos agrupados minutos antes de la muerte.
—No se trata de elementos reunidos por la investigación después de los hechos —dijo—. La señora Sanz ya los había seleccionado antes de la llegada de Damián Llorca.
—Seleccionó pruebas de una operación destinada a despojarla de su patrimonio y de la custodia de su hija —respondió Celia.
—Incluyó fotografías de la escultura.
—Porque acreditaban que el fallecido se había apropiado del proyecto de Ariadna Vives.
—Incluyó un informe sobre la escalera.
—Porque formaba parte de la vivienda y demostraba un defecto que Damián se negaba a reparar.
—Incluyó una grabación en la que verbalizaba que el señor Llorca moriría allí.
—Una grabación hecha por él para provocarla y utilizarla en un procedimiento de custodia.
—Y la reprodujo cuatro veces inmediatamente antes de su llegada.
Celia se levantó.
—Quiero que conste que durante esas cuatro reproducciones también escuchó cómo Damián la agarraba, negaba la agresión mientras ocurría, manipulaba su percepción y amenazaba con apartarla de su hija.
—Consta.
—La acusación no puede recortar el mismo audio de la forma que reprocha al fallecido.
—No lo hago. Digo que el contenido completo proporciona un estado emocional, un conflicto inmediato y una verbalización previa.
—Proporciona una víctima enfrentándose a su agresor.
—También puede proporcionar un motivo.
—Todo sufrimiento se convierte en motivo si después muere quien lo causó.
La jueza miró a Celia.
—Letrada.
—Termino, señoría.
Patricia Mares colocó la fotografía de mi mano junto a la escultura.
—La conexión física más reciente refuerza el conjunto. La lesión de la investigada contiene partículas y células compatibles con una manipulación intensa del objeto. Su sangre se encuentra en la base antes de la transferencia del fallecido.
—El orden de las manchas no fecha la manipulación —dijo Celia.
—No.
—Sonia confirma que Mara levantó la escultura esa mañana después de ser limpiada.
—Sí.
—Entonces la sangre y las huellas tienen una explicación anterior.
—Posible.
—No menos posible que la que sostiene la fiscalía.
—Debe valorarse junto a los demás indicios.
La fiscal proyectó la imagen de la onda sonora.
Noventa y cuatro segundos.
—Durante este intervalo, la investigada estaba con Damián Llorca en el descansillo.
Lo negó hasta que la evidencia técnica lo hizo insostenible.
El fallecido dijo su nombre. Ella respondió.
Se escuchó una petición para que la soltara, un impacto metálico y la segunda caída.
El archivo fue eliminado desde su teléfono mientras solicitaba asistencia.
—No existe recuperación de un empujón —dijo Celia.
—No.
—Ni de una amenaza.
—No.
—Ni de la frase atribuida por Ariadna.
—No.
—Ni de la investigada tocando el objeto.
—No sonora.
—Ni de la investigada diciendo que no llamará.
—No.
—Entonces el contenido recuperado confirma una discusión y una caída, no una acción homicida.
La fiscal se volvió hacia la jueza.
—Confirma que la señora Sanz mintió desde el primer minuto sobre el único intervalo en que pudo producirse esa acción.
Olmedo no anotó.
Permaneció mirando la onda.
—¿Se ha podido recuperar el momento exacto del segundo desplazamiento? —preguntó.
—Solo el sonido final.
—¿Alguna voz inmediatamente antes?
—No inteligible.
—¿Un contacto físico?
—Un roce prolongado.
—¿Puede distinguirse entre ropa, madera, calzado o cuerpo?
—No.
—¿El especialista mantiene que la segunda caída pudo producirse sin intervención externa?
Patricia Mares miró a Leire.
La inspectora se levantó.
—Sí, señoría.
Era la primera vez que hablaba.
—La posibilidad física existe. Damián podía intentar incorporarse, perder el equilibrio y precipitarse por el segundo tramo.
—¿Es compatible con sus lesiones?
—Sí.
—¿Con la posición final?
—Sí, si inicia el segundo desplazamiento desde una zona concreta del descansillo.
—¿La sangre y las marcas demuestran que estuvo en esa zona?
—No de forma absoluta. La reconstrucción la considera la más probable.
—¿Y una intervención externa?
—También es compatible.
—¿Más probable?
Leire tardó.
—En mi valoración conjunta, sí.
—No le pregunto por el conjunto. Le pregunto por la física.
La inspectora miró las fotografías.
—La física por sí sola no permite establecerlo.