La segunda caída Capítulo 24 · Hora cincuenta y dos #3
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Capítulo 24 · Hora cincuenta y dos #3

Celia me tocó el brazo.

—No.

—Damián cayó con el premio. Quedó en el descansillo. Intentó levantarse. Me agarró. La escultura se movió, me raspó la mano y lo golpeó. Yo me aparté. Después él volvió a caer.

Mi abogada cerró los ojos.

Leire permaneció inmóvil.

—Acaba de admitir que tocó el premio en el descansillo —dijo.

La habitación quedó en silencio.

Había intentado explicar la herida.

Otra vez.

—No he dicho que lo cogiera.

—Ha dicho que la escultura se movió y le raspó la mano.

—Podía estar en el suelo.

—¿La rozó al apoyarse?

—Sí.

—¿Con la palma?

—Sí.

—¿Por qué no lo contó en su nueva declaración?

—No lo recordaba.

—Ayer afirmó varias veces que no tocó el objeto.

—Porque no lo cogí.

—Tocar y coger no son lo mismo.

—Exacto.

—Pero le preguntamos ambas cosas.

—Estaba cansada.

—Siempre está cansada cuando una respuesta cambia.

Celia se levantó.

—Terminamos.

—La comparecencia es mañana a las ocho —dijo Leire—. La fiscal incorporará el informe.

—Y nosotras la explicación de la manipulación matinal.

—Por supuesto.

Me levanté también.

Leire seguía sosteniendo la réplica.

—No lo golpeé —dije.

—No creo que lo golpeara.

La respuesta me detuvo.

—¿Entonces?

La inspectora apoyó el objeto sobre la mesa.

—Golpear implica levantar el brazo, ganar distancia y producir un movimiento visible. No encaja bien con la pared, con el sonido ni con la lesión.

—¿Qué cree que hice?

Celia abrió la puerta.

—No respondas.

Pero Leire ya estaba hablando.

—Creo que Damián estaba de rodillas, intentando incorporarse. Creo que usted sujetó la casa por la base y por el tejado, como había hecho aquella mañana. No necesitó levantarla.

Deslizó la réplica unos centímetros.

—Solo necesitó empujar.

El plástico rozó la mesa.

Un sonido pequeño.

Casi insignificante.

—Después él dijo que no —continuó—. Usted volvió hacia la habitación. Y cuando intentó seguirla, decidió que no iba a correr detrás para salvarlo.

—No.

—Eso es lo que lleva dos días evitando contar.

—No.

—No necesitaba preparar cada segundo —dijo Leire—. Solo necesitaba preparar las condiciones para que, cuando llegara el momento, cualquier resultado pareciera un accidente.

—No planeé nada.

—Escalera defectuosa. Medicación. Alcohol. Una hija arriba. Dos personas esperando fuera. Un teléfono imposible de atribuir. Una grabación eliminada.

La lista.

Otra vez.

—No fui yo quien trajo a Ariadna.

—No.

—Ni quien discutió con Iván.

—No.

—Ni quien dejó la barandilla rota.

—No.

—Entonces no preparé las condiciones.

Leire me miró.

—No creó las piezas.

—Exacto.

—Solo las colocó.

Celia se interpuso.

—Nos vamos.

Salimos del laboratorio.

El pasillo estaba vacío, pero sentía la presencia de cámaras incluso allí. En el ascensor, mi abogada pulsó el botón del aparcamiento y se quedó mirando los números descender.

—No vuelvas a explicar una prueba sin hablar conmigo.

—La escultura podía rasparme sin que la cogiera.

—Sí.

—Entonces no he admitido nada.

—Has situado tu mano sobre ella en el descansillo.

—Porque ahora sé que contenía metal.

—Ese es exactamente el problema.

—No voy a permitir que conviertan una partícula en un asesinato.

—Tú acabas de convertirla en un recuerdo.

Las puertas se abrieron.

Entramos en el aparcamiento.

—¿Qué dirá mañana?

—Que la herida pudo producirse por la mañana. Que no existe datación exacta. Que el patrón de agarre es compatible con una manipulación doméstica. Que la teoría de presión es una posibilidad, no una certeza.

—¿Y la lista?

—Desmontaremos cada punto.

—Entonces saldré.

Celia no respondió.

—¿Volveré con Lía?

—No mañana.

—¿Cuándo?

—La especialista ha recomendado una primera visita supervisada dentro de cuarenta y ocho horas, si mantienes la libertad.

Me detuve.

—¿Podré verla?

—Durante treinta minutos.

—¿Dónde?

—En un centro familiar.

—¿Con una cámara?

—Probablemente.

—¿Podré abrazarla?

—Sí.

Por primera vez desde que había salido del juzgado, la palabra libertad volvió a significar algo.

Treinta minutos.

Una habitación vigilada.

Sin hablar de Damián.

Sin corregir recuerdos.

Sin pedirle que dijera dónde estaba yo.

—No pueden volver a detenerme —dije.

—Pueden.

—No lo permitiré.

—Eso no depende de ti.

Miré mi palma.

La línea rojiza parecía insignificante.

Una herida pequeña.

Metal dentro de la piel.

Sangre sobre un objeto.

Dos explicaciones posibles.

Todo el caso cabía allí.

La fiscal necesitaba que aquella herida hubiera ocurrido en el descansillo.

Nosotras necesitábamos que hubiera ocurrido por la mañana.

La diferencia eran unas horas que ningún laboratorio podía medir.

Cerré la mano.

La piel tiró sobre la abrasión.

Recordé el peso.

No el de la réplica.

El verdadero.

Tres kilos y medio sostenidos entre las palmas.

Leire se equivocaba en algo.

No hacía falta empujar con fuerza.

Damián ya estaba inclinado.

La barandilla ya cedía.

La sangre ya le entraba en los ojos.

Pero que una muerte hubiera sido fácil no significaba que yo la hubiera elegido.

Eso era lo que diría la mañana siguiente.

Y, por primera vez, ya no sabía si la jueza escucharía una explicación.

O el punto dieciséis de la lista.