La segunda caída Capítulo 23 · Hora cuarenta y nueve #4
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Capítulo 23 · Hora cuarenta y nueve #4

—Permaneció abierto seis minutos.

—Estaba cocinando.

—También abrió el informe de la barandilla.

—Ya sabía que estaba rota.

—Y las fotografías de la escultura.

—El proyecto era de Ariadna.

—Guardó los cuatro elementos juntos.

—Porque demostraban lo que Damián estaba haciendo.

—Una amenaza de custodia, una discusión sobre su muerte, un objeto pesado y una escalera defectuosa.

—No los vi así.

—¿Cómo los vio?

—Como pruebas contra él.

—¿Por qué movió el archivo a destacados después de que llegara?

—No recuerdo hacerlo.

—El teléfono estaba desbloqueado.

—Podía haberlo tocado sin querer.

—Seleccionó cuatro archivos.

—Antes.

—La operación se confirmó a las veintitrés uno.

—Entonces la aplicación tardó.

Leire me observó sin expresión.

—Mara.

—¿Qué?

—A las veintitrés uno, Damián estaba en la cocina discutiendo con usted.

—Sí.

—Y en su teléfono quedaron agrupados exactamente los cuatro elementos que, menos de una hora después, formarían la escena de su muerte.

Celia recogió los papeles.

—Eso no demuestra que mi clienta hiciera nada.

—No.

—Ariadna le envió la información. Damián la provocó. La barandilla llevaba meses defectuosa. La escultura estaba en la casa desde hacía años.

—Sí.

—No existe planificación.

—Todavía no he utilizado esa palabra.

—No necesita hacerlo.

Leire se levantó.

—La jueza recibirá el informe esta noche.

—¿Solicitará prisión?

—La fiscal lo está valorando.

—Por organizar archivos.

—Por ocultar que conocía la demanda antes de la muerte, por reproducir cuatro veces una amenaza relacionada con la escalera y por agrupar pruebas que después intentó presentar como descubrimientos posteriores.

—No eran descubrimientos posteriores —dije.

—Dijo que no conocía los detalles de la demanda.

—No los leí.

—Dijo que no recordaba cuándo había tocado el premio.

—Las fotografías no significan que lo tocara esa noche.

—Dijo que no sabía que Damián podía quedar vivo en el descansillo.

—No lo sabía.

—Pero llevaba cuarenta y siete minutos escuchándose decir que no correría a salvarlo si caía.

Me puse de pie.

—No dejé morir a mi marido.

Leire se acercó lo suficiente para que Celia se colocara entre nosotras.

—No —dijo—. Eso no es lo que creo.

La frase fue peor que una acusación.

—¿Qué cree?

La inspectora miró la transcripción.

Después las fotografías.

Después mi brazo.

—Creo que aquella noche no improvisó una salida.

Celia abrió la puerta.

—Nos vamos.

Leire continuó:

—Creo que llevaba meses construyéndola.

Salimos de la sala.

No me detuvieron.

Todavía.

En el coche, Celia no arrancó.

Tenía las manos apoyadas sobre el volante y los ojos cerrados.

—¿Leíste la demanda antes de que llegara Damián?

—Solo la primera parte.

—¿Sabías que pedía la custodia exclusiva?

—Sí.

—Hace una hora dijiste que no conocías los detalles.

—No sabía todo lo demás.

—¿Viste las fotografías del premio?

—Ariadna las envió.

—¿Por qué?

—Para demostrar que Damián le había robado el proyecto.

—¿Y el informe de la barandilla?

—Formaba parte de los documentos de la casa.

—¿Por qué los agrupaste?

—Para enseñárselos a Damián.

—¿Juntos?

—Sí.

—Una demanda, una grabación, el premio y la barandilla.

—No lo pensé así.

Celia abrió los ojos.

—Necesito saber si existe algo más que todavía no me has contado.

—No.

—¿Moviste esos archivos después de que Damián entrara?

—Puede.

—¿Por qué?

—Quería tenerlos a mano durante la discusión.

—¿Para qué?

—Para demostrarle que lo sabía.

—¿Le mostraste alguno?

—No.

—¿Entonces por qué los necesitabas a mano?

No respondí.

—Mara.

—Porque quería grabarlo admitiendo todo.

—¿Activaste una grabación?

—No llegué.

—¿Por qué?

—La discusión empezó demasiado rápido.

—¿Llevabas el auricular?

—Sí.

—¿Podía grabar?

—No.

—¿El teléfono azul?

—No.

—¿El asistente de voz?

—No lo activé.

Celia arrancó.

—La fiscal va a decir que seleccionaste el motivo, el lugar, el arma y la coartada antes de que Damián muriera.

—No había una coartada.

—Lía.

—No.

—Estaba arriba, viendo una película, después de que tú misma permitieras que la terminara en la cama.

—Era viernes.

—La película ocultaba ruidos.

—No.

—La acostaste antes de que llegara Damián.

—Siempre lo hacía.

—Sabías que Ariadna e Iván estaban cerca.

—No sabía lo de Iván.

—Lo llamaron desde una línea a tu nombre.

—No fui yo.

—Y la alarma estaba desconectada.

—Damián la desconectó.

—Todo tiene una explicación.

—Porque no lo planeé.

—Sí.

El coche empezó a moverse.

—Ese es el problema —dijo Celia—. Que cada elemento tiene una explicación inocente por separado.

—Entonces no pueden acusarme.

—Pero juntos parecen una lista.

Miré por la ventanilla.

La lluvia convertía las luces de la calle en manchas largas. Los peatones corrían bajo los toldos. Nadie miraba el coche.

—No hice una lista.

—No.

—Solo guardé pruebas.

—Sí.

—Para protegerme.

—Sí.

—Entonces ¿por qué parece que no me cree?

Celia frenó frente a un paso de peatones.

—Porque ya no sé si estabas reuniendo pruebas contra Damián por si te dejaba.

La lluvia golpeaba el parabrisas.

—¿O?

Mi abogada esperó a que cruzara una mujer con un paraguas rojo.

—O por si moría.