La segunda caída Capítulo 23 · Hora cuarenta y nueve #3
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Capítulo 23 · Hora cuarenta y nueve #3

—El archivo permaneció en esa cuenta durante doce días sin actividad.

—¿Y?

—Fue descargado a un dispositivo a las veintidós cuarenta y uno de la noche en que murió Damián.

El despacho se quedó inmóvil.

—¿Qué dispositivo? —preguntó Celia.

—Mara-SM.

Mi antiguo teléfono.

—Pudo sincronizarse solo —dije.

—La cuenta no tenía sincronización automática.

—Entonces lo abrí.

—Catorce minutos antes de que Damián entrara en la casa.

—Quería enfrentarlo con la grabación.

—Nunca dijo eso.

—No me lo preguntaron.

—Ha contado la discusión de aquella noche seis veces.

—No cada detalle.

—¿Reprodujo el audio?

—Sí.

Celia giró la cabeza.

—Mara.

—Lo escuché una vez.

—¿Por qué?

—Porque Ariadna había entrado en la urbanización. Porque sabía que Damián iba a llegar. Porque estaba asustada.

—¿Pensaba grabar otra discusión? —preguntó Leire.

—No.

—¿Quería recordar exactamente qué había dicho sobre la escalera?

—No.

—¿Entonces?

—Necesitaba escuchar cómo me trataba para no volver a creerle cuando entrara.

La respuesta salió sin preparación.

Era buena.

Leire la dejó existir.

—¿Cuánto tiempo llevaba pensando en separarse? —preguntó.

Celia levantó la mano.

—No responderá.

—Cinco meses —dije.

Mi abogada cerró los ojos.

—¿Desde que descubrió a Ariadna?

—Sí.

—¿Había consultado a otro abogado?

—No.

—¿Preparado dinero?

—No tenía.

—¿Buscado vivienda?

—No.

—¿Pensado llevarse a Lía?

—Pensado, sí.

—¿Sin informar a Damián?

—No necesitaba informarlo para imaginar una vida sin él.

—¿Imaginó también su muerte?

—No.

Leire señaló la transcripción.

—Aquí sí.

—Durante una discusión.

—Y catorce minutos antes de verlo por última vez volvió a escucharla.

—Para recordar lo que me había hecho.

—¿Cuántas veces?

—Una.

La inspectora sacó otra hoja.

—El archivo se reprodujo cuatro veces.

Sentí que Celia se tensaba.

—Eso es imposible.

—La primera a las veintidós cuarenta y uno. Después a las veintidós cuarenta y seis, cincuenta y uno y cincuenta y cuatro.

—La aplicación pudo reiniciarse.

—Cada reproducción llegó hasta el final.

—No lo recuerdo.

—Once minutos y cuarenta y dos segundos por cuatro son casi cuarenta y siete minutos.

—Lo dejé sonando mientras hacía cosas.

—Su hija estaba arriba.

—Sí.

—¿Escuchó la grabación?

—No.

—¿Utilizaba auriculares?

—Uno.

—¿Cuál?

—El derecho.

—¿Dónde está?

—No sé.

—No apareció en la casa.

—Lo habré perdido.

—¿Lo llevaba cuando llegó Damián?

—No.

—¿Lo guardó?

—Supongo.

—¿Dónde?

—No recuerdo.

Leire pasó otra página.

—El dispositivo registró conexión con un auricular inalámbrico hasta las veintidós cincuenta y siete.

Un minuto antes de que Damián entrara.

—Entonces lo llevaba —dije.

—Sí.

—Me lo quité al escuchar el coche.

—¿Dónde lo dejó?

—En la cocina.

—No estaba.

—Pudo caer debajo de un mueble.

—La casa se registró.

—No desmontaron la cocina.

—¿Por qué importa el auricular? —preguntó Celia.

—Porque Mara pasó los cuarenta y siete minutos anteriores a la llegada de su marido escuchando repetidamente una discusión en la que decía que prefería verlo muerto y que algún día se rompería el cuello en la escalera.

—También escuchó cómo él la sujetaba, la provocaba y amenazaba con quitarle a su hija.

—Sí.

—Eso es lo que importa.

—Importa todo.

Leire me miró.

—¿Qué sentía mientras lo escuchaba?

—Miedo.

—¿Solo miedo?

—Rabia.

—¿Cuánta?

—No se mide.

—¿Pensó en enfrentarse a él?

—Sí.

—¿En mostrarle el audio?

—Sí.

—¿Lo hizo?

—No.

—¿Por qué?

—Porque cuando llegó ya sabía que yo había descubierto la carpeta.

—¿Cómo lo sabía?

—Por su forma de hablar.

—¿Le dijo que había escuchado la grabación?

—No.

—¿Llevaba el teléfono consigo durante la discusión?

—Estaba en la cocina.

—¿Junto al teléfono azul?

—No sé.

—¿Activó alguna grabación nueva?

—No.

—¿Estaba esperando que ocurriera algo?

—Esperaba que Damián llegara.

—Eso no es lo que he preguntado.

Celia se puso de pie.

—Terminamos.

Leire no intentó detenerla.

—Hay una última cuestión.

—Comuníquela a través del juzgado.

—La descarga del audio no fue la única actividad de esa noche.

Mi abogada permaneció de pie.

—¿Qué más?

Leire colocó una impresión sobre la mesa.

Era el historial de mi cuenta secreta.

A las veintidós treinta y ocho había accedido a la carpeta ESCALERA.

A las veintidós cuarenta y uno, descargado el audio.

Después de las reproducciones aparecía otra línea.

23:01 — Archivo movido a carpeta DESTACADOS.

Tres minutos después de que Damián entrara en casa.

—¿Qué significa destacados? —preguntó Celia.

—Una carpeta que Mara creó esa misma tarde.

—¿Qué contenía?

—Cuatro documentos.

Leire enumeró:

—El audio de la escalera. Una copia de la demanda de custodia, aunque afirma que no la había visto. Las fotografías del premio de Los Olivos. Y un informe sobre la barandilla defectuosa.

No pude hablar.

Celia tampoco.

—¿De dónde salió la demanda? —preguntó finalmente.

—La cuenta recibió una copia anónima a las dieciocho doce.

El mensaje.

Esta noche lo sabrás todo.

—Ariadna —dije.

—Probablemente.

—Entonces ella me envió los documentos.

—Sí.

—Yo no sabía que eran de la demanda.

—Abrió el archivo.

—No lo leí completo.