Capítulo 23 · Hora cuarenta y nueve #2
—No sabes nada de mí.
—Sé que llevas meses copiando documentos.
Silencio.
Mi respiración se detuvo.
En el despacho de Celia, doce días después de aquella discusión y cuarenta y nueve horas después de la muerte de Damián, sentí otra vez el mismo frío.
—¿Cómo lo sabía? —preguntó mi abogada.
—Encontró la maleta.
—Antes dijiste que no estabas segura.
—Después de esto, sí.
—¿La movió?
—No.
—¿Faltaba algo?
—No que yo viera.
—¿Entonces?
—Quería que supiera que podía entrar cuando quisiera.
En el audio, Damián continuaba.
—Sé lo que guardas. Los correos. Las facturas. Las grabaciones.
—No puedes tocar mis cosas.
—Son documentos de mi empresa.
—Con mi firma.
—Otra vez.
—¿Has entrado en la maleta?
—No existe ninguna maleta.
—Damián.
—Estás hablando sola.
—Si has borrado algo—
—¿Qué harás?
—Te denunciaré.
—¿Con qué pruebas?
—Las tengo.
—¿Las mismas que has obtenido entrando en mis cuentas?
—Son mis cuentas.
—No.
—Deja de decir que nada es mío.
—Es la realidad.
—Lía es mía.
—Lía no pertenece a nadie.
—Sabes lo que quiero decir.
—Sé que estás empezando a hablar de nuestra hija como si fuera un objeto que puedes esconder.
—No la voy a esconder.
—Acabas de decir que es tuya.
—Porque vas a intentar quitármela.
—Eso lo estás diciendo tú.
—Porque es verdad.
—¿Te das cuenta de cómo suenas?
Mi voz tardó.
—Sí.
—¿Y aun así continúas?
—Porque no me importa cómo suene.
—Debería.
—Antes de dejar que utilices a Lía para enterrarme, prefiero verte muerto.
Celia detuvo el audio.
No necesitaba hacerlo.
La frase había llenado el despacho.
No se parecía a lo que Nuria había repetido.
Era peor.
No porque dijera muerto.
Porque decía antes.
Antes de dejar que utilices a Lía.
Una condición.
Un límite.
—Continúa —dije.
—Podemos parar.
—No.
Mi abogada pulsó.
Damián no respondió inmediatamente.
Después preguntó:
—¿Qué has dicho?
—Lo has oído.
—Repítelo.
—No.
—Has dicho que prefieres verme muerto.
—He dicho que antes de dejar que me quites a mi hija.
—No cambia la frase.
—Lo cambia todo.
—No para un juez.
—Ahí está.
—¿Qué?
—Eso querías.
—No quería que amenazaras con matarme.
—No te he amenazado.
—Acabas de decir que prefieres verme muerto.
—También prefiero que desaparezcas, que te vayas con Ariadna y no vuelvas a entrar por esa puerta. No significa que vaya a hacerte nada.
—Estás descontrolada.
—Y tú estás disfrutando.
—Voy a conservar esto.
—Por supuesto.
—Necesitas ayuda.
—Necesito que dejes de grabarme.
—Necesitas un médico.
—Necesito un abogado que no sea el tuyo.
—Adelante.
—Y voy a contar todo.
—¿A quién?
—A la policía.
Damián se rio.
No alto.
Apenas un soplido.
—¿Qué vas a contarles? ¿Que has firmado documentos sin leer? ¿Que has accedido a mis correos? ¿Que llevas meses reuniendo información? ¿Que acabas de decir que prefieres verme muerto?
—Que me agarras.
—No tienes marcas.
—Porque sabes dónde hacerlo.
—Eso es absurdo.
—Que me empujas.
—Has tropezado.
—Que me amenazas con Lía.
—Jamás.
—Lo acabas de hacer.
—He dicho que haré lo mejor para ella.
—Sin mí.
—Si sigues así, puede que sea necesario.
Mi respiración volvió a acelerarse.
—No te la vas a llevar.
—No depende solo de ti.
—No.
—Mara.
—No.
—Baja la voz.
—No te la vas a llevar.
—La niña está en el colegio.
—No me importa.
—A los vecinos sí.
—Que escuchen.
—Perfecto.
Pasos.
La puerta abriéndose.
El sonido cambiaba al pasar del despacho al pasillo.
La acústica abierta de la casa devolvía cada palabra.
—No vuelvas a tocar mis cosas —dije.
—No vuelvas a entrar en mi despacho.
—Es mi casa.
—Ya veremos durante cuánto tiempo.
—Eres un cabrón.
—Y tú necesitas calmarte.
Se escucharon varios peldaños.
Damián bajaba.
O yo lo seguía.
No lo recordaba con claridad.
—La barandilla sigue suelta —dije en el audio.
—Llamaré a Iván.
—Llevas meses diciendo lo mismo.
—No voy a pagar lo que pide por apretar dos tornillos.
—Un día se va a caer alguien.
—Entonces no corras.
—Tú corres.
—Yo sé bajar una escalera.
—Claro. Tú sabes hacerlo todo.
—Más que tú, por lo visto.
—Un día te vas a romper el cuello ahí.
Los peldaños dejaron de sonar.
Celia me miró.
Yo no aparté la vista del ordenador.
En el audio, Damián preguntó:
—¿Eso es lo que esperas?
—No.
—¿Lo que prefieres?
—He dicho que arregles la barandilla.
—Has dicho que prefieres verme muerto.
—Porque me estabas provocando.
—Ahora dices que voy a romperme el cuello.
—Porque esa escalera es una trampa.
—La diseñé yo.
—Precisamente.
Mi voz se rio.
No recordaba haberlo hecho.
—Un día vas a caer por ella —continué—. Y no voy a correr detrás de ti para salvarte.
Damián permaneció en silencio.
Después dijo:
—Eso también ha quedado grabado.
La puerta del despacho se cerró a lo lejos.
La grabación continuó seis segundos más.
Solo mi respiración.
Después terminó.
Celia no dijo nada.
El patio interior devolvía el ruido de un aparato de aire acondicionado. En algún despacho cercano, una impresora empezó a trabajar.
—Lo provocó —dije.
—Sí.
—Me agarró.
—Sí.
—Me amenazó con quitarme a Lía.
—Sí.
—La frase de la escalera salió porque acabábamos de pasar junto a la barandilla suelta.
—Sí.
—Entonces el contexto me ayuda.
—También.
—¿También qué?
Mi abogada cerró el reproductor.
—También dijiste doce días antes de su muerte que un día caería por esa escalera y que no correrías a salvarlo.
—No lo planeé.
—No he dicho eso.
—Es lo que piensa Leire.
—Sí.
—¿Y usted?
—Pienso que Damián construyó el audio para presentarte como inestable y peligrosa.
—Entonces estamos de acuerdo.
—También pienso que le entregaste exactamente las frases que necesitaba.
—Porque llevaba años haciéndome eso.
—Lo sé.
—No puede utilizarse como una amenaza real.
—Puede.
—No dije que lo empujaría.
—No.
—Ni que lo mataría.
—Dijiste que preferías verlo muerto.
—En una discusión.
—Y que no lo salvarías si caía por la escalera.
—Una frase.
—Doce días después tardaste más de dos minutos en llamar a emergencias.
Me levanté.
—No tiene derecho a decirme eso.
—Soy la persona que tendrá que explicar por qué no significa lo que parece.
—Damián estaba abajo.
—Antes estuvo en el descansillo.
—Ya lo he contado.
—Y tú te marchaste sin llamar.
—Porque me agarró.
—Sí.
—Me amenazó.
—Sí.
—No podía llegar al teléfono.
—Podías pedirle a Lía que llamara.
—No pensé.
—Eso diremos.
Celia recogió el ordenador.
—¿Qué parte escuchó Nuria?
—Desde «antes de dejar que utilices a Lía» hasta «prefiero verte muerto». Damián detuvo el fragmento ahí.
—No le enseñó lo de la barandilla.
—No.
—¿Por qué?
—Porque en ese momento quería convencerla de que podías hacer algo imprevisible, no demostrar un plan concreto.
—No había ningún plan.
—Lo sé.
—Dígalo sin esa cara.
Mi abogada metió el ordenador en el bolso.
—No existe una cara jurídica para creer.
—Siempre responde lo mismo.
—Porque siempre me haces la misma pregunta.
—¿Qué dirá Leire?
—Que el audio prueba tres cosas: que Damián te agredía o, al menos, te sujetaba durante las discusiones; que estaba reuniendo material para la custodia; y que tú habías verbalizado su muerte en la escalera menos de dos semanas antes.
—La primera parte importa más.
—Para la opinión pública, sí.
—Para un juez también.
—Depende.
—¿De qué?
—De si considera la muerte un accidente, una reacción durante un episodio violento o el cumplimiento de una amenaza.
—No fue ninguna de las dos últimas.
Celia se puso la chaqueta.
—Entonces mantendremos la versión.
—La verdad.
—No empecemos.
Nos trasladamos a comisaría poco antes de las ocho.
Esta vez no había periodistas en el aparcamiento subterráneo. Habían colocado una valla junto a la rampa y dos agentes impedían el acceso.
Leire nos esperaba en una sala distinta.
No había cámara visible.
Celia pidió que se aclarara el carácter de la reunión antes de sentarnos.
—Comunicación de resultados —respondió la inspectora—. La señora Sanz puede guardar silencio.
—Lo hará.
Leire colocó una transcripción del audio sobre la mesa.
Varias frases estaban resaltadas.
PREFIERO VERTE MUERTO.
UN DÍA TE VAS A ROMPER EL CUELLO AHÍ.
NO VOY A CORRER DETRÁS DE TI PARA SALVARTE.
Ninguna de las frases de Damián aparecía destacada.
—Qué selección tan equilibrada —dijo Celia.
—No la hice yo. Procede del material que Damián preparó para su abogado.
—Precisamente. Es una acusación diseñada por el fallecido.
—Una acusación anterior a su muerte.
—Contra una mujer a la que pretendía despojar económicamente y disputar la custodia.
—Sí.
La inspectora se sentó.
—¿Mara sabía que existía este audio?
Celia respondió:
—Descubrió durante la discusión que Damián estaba grabando.
—¿Conservó una copia?
—No responderá.
Leire abrió otra carpeta.
—No necesito que lo haga.
Sacó una hoja.
—El archivo completo apareció también en la cuenta secreta de Mara.
No sentí sorpresa.
—Ya lo había dicho —dije.
Mi abogada me miró.
—No expresamente.
—Guardaba pruebas.
Leire deslizó la hoja.
—Se subió la misma noche de la discusión, a las veintitrés dieciocho.
—Porque necesitaba conservar el contexto antes de que Damián lo editara.
—Eso tiene sentido.
—Entonces ¿cuál es el problema?
—El nombre.
En la parte superior aparecía la ruta del archivo.
INCIDENTES / ESCALERA / 12-06 / DAMIÁN AMENAZA LÍA
—Lo organizaba por lugares —dije.
—Hay otras carpetas: cocina, coche, dormitorio y despacho.
—Exacto.
—Esta es la única titulada escalera.
—Porque ocurrió allí.
—Parte ocurrió en el despacho.
—Terminó junto a la escalera.
—¿Por qué no lo guardó como despacho?
—Porque la frase importante fue la de la barandilla.
Leire apoyó un dedo sobre la transcripción.
—¿Importante para qué?
—Para demostrar cómo me provocaba.
—La provocación principal se produjo en el despacho.
—Pero habló de la custodia mientras bajábamos.
—Usted fue quien mencionó que se rompería el cuello.
—Porque la barandilla estaba suelta.
—Y lo archivó como incidente de escalera.
—Sí.
Celia intervino:
—Es una clasificación doméstica, no una planificación criminal.
—No he dicho que lo sea.
—Lo está insinuando.
—Estoy preguntando.
—Y mi clienta no responderá más.
Leire sacó una segunda hoja.
—Existe otro dato.
Siempre existía otro.