La segunda caída Capítulo 23 · Hora cuarenta y nueve
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Capítulo 23 · Hora cuarenta y nueve

La voz de Damián sonaba más viva que él.

No más cercana.

Más viva.

Tenía aquella respiración controlada que utilizaba cuando sabía que alguien podía escucharlo después. No levantaba la voz. No insultaba. Dejaba espacios entre las palabras para que cualquier persona que encontrara la grabación pudiera imaginarlo tranquilo, razonable, casi paciente.

El audio empezaba con una puerta cerrándose.

Después, Damián decía:

—Has vuelto a entrar en mi despacho.

Celia detuvo la reproducción.

Estábamos en su oficina. No en la sala de reuniones donde Melero me había explicado que una firma podía significar cualquier cosa, sino en un despacho estrecho con dos estanterías, una mesa cubierta de expedientes y una ventana que daba a un patio interior.

Habíamos entrado por el garaje para evitar a los periodistas.

—La grabación es de hace doce días —explicó mi abogada—. La policía ha autorizado una copia porque forma parte de la carpeta entregada por Ariadna.

—Ya sé cuándo ocurrió.

—¿La recordabas?

—No completa.

—Nuria escuchó un fragmento.

—El que Damián quiso enseñarle.

—Sí.

—Entonces estaba editado.

—El archivo de la memoria contiene la grabación entera. Dura once minutos y cuarenta y dos segundos.

Miré el ordenador.

—¿La ha escuchado?

—Dos veces.

—¿Y?

—Necesito que la oigas antes de que volvamos a hablar con Leire.

—No tenemos que hablar con ella.

—Nos ha citado a las ocho.

—La jueza no me ha ordenado declarar todos los días.

—No te ha citado para declarar. Quiere comunicar nuevos resultados y preguntará si deseas ampliar.

—No deseo.

—Escucha primero.

Celia reanudó el audio.

—Has vuelto a entrar en mi despacho —repetía Damián.

Mi voz se escuchó más lejos.

—La puerta estaba abierta.

—Eso no te autoriza.

—Vivo aquí.

—No en mi despacho.

—También es mi casa.

—La casa pertenece a la sociedad.

—La sociedad lleva mi firma.

—Precisamente por eso deberías tener más cuidado.

Hubo un roce.

Recordé la habitación.

Damián sentado detrás de la mesa. Yo de pie junto al archivador.

La carpeta azul todavía no existía como una prueba policial, pero ya estaba en el cajón inferior.

Había encontrado una copia de los poderes, dos facturas de Solmer y un correo donde Melero preguntaba cuándo pensaba comunicarme la separación.

No leí la respuesta.

Damián entró antes.

—¿Qué estabas buscando? —preguntaba en el audio.

—Lo que haces con mi nombre.

—No hago nada con tu nombre que no hayas autorizado.

—No sé qué he autorizado.

—Eso no es problema mío.

—Claro que lo es.

—Eres adulta.

—Me dejas papeles marcados y me dices que, si no firmo, la gente no cobra.

—Porque es verdad.

—No. Porque sabes que no entiendo lo que escondes dentro.

—¿Insinúas que te engaño?

Mi risa quedó grabada.

Pequeña.

Cansada.

—Te acuestas con Ariadna.

Hubo tres segundos de silencio.

Damián cambió de respiración.

—No sé de qué hablas.

—Tienes una reserva en un hotel de Segovia. Dos personas. Habitación doble. El mismo fin de semana que dijiste que ibas a una convención.

—Has revisado mis correos.

—Mis tarjetas.

—Las tarjetas de la empresa.

—Yo aparezco como autorizada.

—Eso no te permite vigilarme.

—¿Desde cuándo?

—¿Desde cuándo qué?

—¿Desde cuándo te acuestas con ella?

Damián no respondió.

La silla crujió.

—Esta conversación ha terminado.

—No.

—Sal del despacho.

—¿Vas a irte con ella?

—Sal.

—¿Vas a pedirme el divorcio?

—No pienso hablar mientras te comportes así.

—¿Así cómo?

—Descontrolada.

El audio conservó otro silencio.

Recordaba aquel instante.

La palabra no me sorprendió. Me ordenó.

Damián llevaba meses construyéndola.

Descontrolada cuando levantaba la voz.

Descontrolada cuando revisaba una cuenta.

Descontrolada cuando preguntaba por Ariadna.

Descontrolada cuando intentaba averiguar por qué una sociedad que no conocía recibía dinero con mi firma.

—No estoy descontrolada —dije en la grabación.

—Estás registrando mi despacho y acusándome de cosas absurdas.

—He visto los mensajes.

—Has visto lo que querías ver.

—Hay una fotografía.

—¿Qué fotografía?

—Tú en una cama. Ella reflejada en el espejo.

Damián tardó dos segundos.

—Podía ser una reunión.

Mi voz soltó una carcajada.

—Estás desnudo.

—No se ve mi cuerpo.

—Se ve el de ella.

—Entonces quizá deberías preguntarte por qué guardas fotografías íntimas de otra mujer.

—Porque es la prueba de que me mientes.

—Es una prueba de que has entrado ilegalmente en mis dispositivos.

—Son nuestros dispositivos.

—No.

—Nuestra casa.

—No.

—Nuestra empresa.

—Mucho menos.

La silla volvió a moverse.

Después pasos.

—Dame el teléfono —dijo Damián.

—No.

—Mara.

—No.

—Has robado una fotografía privada.

—La has hecho tú.

—Dame el teléfono.

—No me toques.

Un golpe breve.

No fuerte.

El sonido de una mano contra madera.

Después mi respiración, más rápida.

Celia detuvo el audio.

—¿Qué ocurrió ahí?

—Intentó quitarme el teléfono.

—¿Te agarró?

—La muñeca.

—En la declaración dijiste que te agarraba del brazo y del pelo. Nunca mencionaste una lesión en la muñeca.

—No me dejó marca.

—¿Te empujó?

—Contra la mesa.

—¿Caíste?

—No.

—¿Por qué no contaste este episodio?

—Porque había muchos.

Mi abogada me observó.

—¿Cuántos audios guardaste?

—No sé.

—Necesito un número aproximado.

—Veinte.

—En la cuenta secreta hay treinta y siete archivos.

No respondí.

—¿Todos son de Damián?

—Casi todos.

—¿Qué significa casi?

—Algunos son llamadas con Melero, con Silvia o con Iván.

—¿Los grabaste sin que lo supieran?

—A veces el teléfono empezaba antes de que contestaran.

—Eso no ocurre solo.

—Pulsaba grabar.

—Entonces sí sabías cuántos.

—No llevaba una lista.

—Los organizaste por fecha y lugar.

—Para encontrarlos.

—Continúo.

Reprodujo otra vez.

Mi voz sonaba más cerca.

—Suéltame.

—Dame el teléfono.

—Me haces daño.

—No te estoy haciendo nada.

—Me estás retorciendo la mano.

—Porque te niegas a devolver lo que has robado.

—Es mío.

—Mara.

—Suéltame.

Hubo otro golpe.

Un objeto cayó.

Yo lancé un quejido.

Después silencio.

Damián habló primero.

—Mírate.

—No me toques.

—Estás temblando.

—Porque me has hecho daño.

—No te he hecho nada.

—Me has empujado.

—Has tropezado con la silla.

—Me empujaste.

—Lo que tú digas.

Aquella frase.

Lo que tú digas.

Damián la utilizaba cuando sabía que su versión sobreviviría mejor.

—¿Sabías que estaba grabando? —preguntó Celia.

—No.

—El audio procede de una aplicación instalada en su teléfono.

—Podía haberla activado antes de entrar.

—Eso hizo.

—¿Cómo lo saben?

—La grabación empieza treinta segundos antes de que cierre la puerta. Se escucha cómo deja el dispositivo sobre el escritorio.

—Entonces preparó todo.

—Sí.

El alivio fue inmediato.

—Eso demuestra que me provocaba.

—Demuestra que esperaba una discusión y quería conservarla.

—Es lo mismo.

—No necesariamente.

—Sabía lo que iba a decir.

—No podía saber tus respuestas.

—Sabía cómo llevarme hasta ellas.

Celia dejó que continuara.

—Voy a pedirte que salgas del despacho —decía Damián.

—Y yo voy a pedirte que me expliques qué estás haciendo con mi firma.

—Ya lo hemos hablado.

—No.

—Las operaciones son legales.

—Entonces ¿por qué aparecen sociedades falsas?

—No son falsas.

—¿Quién es Mareta?

Silencio.

—¿Qué?

—Mareta Consultores. Está a nombre de Nuria.

—No sé de qué hablas.

—Su dirección es el piso de mamá.

Damián respiró.

No parecía sorprendido.

—Has ido demasiado lejos.

—Tú has utilizado a mi hermana.

—Sal del despacho.

—¿Ha firmado algo?

—No hablaré contigo mientras estés así.

—¿Así cómo?

—Obsesiva.

—Contéstame.

—No.

—¿Has falsificado su firma?

—Cuidado.

—¿Eso es una amenaza?

—Es un consejo.

—No vuelvas a utilizar esa palabra conmigo.

—¿Cuál?

—Consejo.

—Estás entrando en documentos confidenciales, robando archivos y acusándome de delitos. Si sigues, tendré que protegerme.

—¿De mí?

—De lo que puedas hacer.

—¿Qué voy a hacer?

—No lo sé.

—Sí lo sabes. Vas a decir que estoy loca.

—Yo no he utilizado esa palabra.

—No te hace falta.

—Mara.

—Vas a quitarme la casa.

—La casa no es tuya.

—Vas a quitarme la empresa.

—Nunca fue tuya.

—Y después vas a intentar quitarme a Lía.

Damián guardó silencio.

Lo recordaba.

No había sido una pausa casual.

Había querido que yo llenara el hueco con miedo.

—No vas a contestar —dije.

—No voy a hablar de nuestra hija mientras te comportes de este modo.

—Eso significa que sí.

—Significa que no considero que estés en condiciones de mantener una conversación razonable.

—¿Vas a pedirme la custodia?

—Si llega el momento, haré lo que sea mejor para ella.

—No.

—No decides tú.

—No te la vas a llevar.

—Es mi hija.

—También es mía.

—Precisamente por eso deberías pensar antes de registrar despachos, robar fotografías y amenazar a su padre.

—No te he amenazado.

—Todavía.

La palabra sonó distinta en su boca.

No como la utilizaba Leire.

Como una invitación.

—¿Qué quieres que diga? —pregunté en el audio.

—Nada.

—Estás grabando.

Damián tardó demasiado.

—¿Por qué dices eso?

—Porque nunca hablas así cuando estamos solos.

Celia detuvo la reproducción.

—Lo descubriste.

—Sí.

—¿Viste el teléfono?

—No. Lo supe.

—¿Qué hiciste?

—Intenté buscarlo.

—¿Y él?

—Me agarró otra vez.

Mi abogada reanudó el archivo.

Los sonidos cambiaron.

Una silla arrastrándose.

Pasos.

Mi voz:

—¿Dónde está?

—¿Qué haces?

—Estás grabando.

—No seas ridícula.

—Dame el teléfono.

—No hay ningún teléfono.

—Siempre dejas el tuyo a la derecha.

—El mío está en el bolsillo.

—Tienes otro.

—Mara.

—¿Para Melero? ¿Para el juez? ¿Para enseñarles después cómo grito?

—No necesito hacerte gritar.

—No. Sabes hacerlo perfectamente.

Hubo un golpe más fuerte.

Respiraciones.

El escritorio moviéndose.

—Suéltame —dije.

—Deja de buscar.

—Suéltame.

—Vas a hacerte daño.

—Me lo estás haciendo tú.

—Mírate.

—¡Suéltame!

Aquella vez sí grité.

Después algo cayó al suelo.

El teléfono.

La grabación se saturó durante un instante.

Mis pasos se acercaron.

Damián dijo:

—No lo toques.

—Estabas grabando.

—Para protegerme.

—¿De qué?

—De ti.

—Eres un hijo de puta.

—Perfecto.

—Has preparado esto.

—No he preparado nada. Tú has entrado, has robado información y has perdido el control.

—Porque sabías lo que iba a encontrar.

—Porque sé cómo eres.