La segunda caída Capítulo 22 · Hora cuarenta y seis #3
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Capítulo 22 · Hora cuarenta y seis #3

—Tenía una demanda preparada. Fotos, mensajes, audios. Quería decir que estaba inestable.

—Lo sé.

Sentí un frío lento.

—¿Cómo que lo sabes?

—La policía me enseñó una parte.

—¿Cuándo?

—Esta mañana.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—No podía hablar contigo de los documentos.

—Podías decirme que Damián pensaba quitarme a Lía.

—Tú ya lo sabías.

—No todo.

—Mara.

—¿Qué?

Mi hermana respiró al otro lado.

—Él habló conmigo.

—¿Cuándo?

—Hace dos semanas.

—¿Sobre qué?

—Sobre ti.

Miré a Celia.

Mi abogada se acercó.

—¿Qué te dijo?

—Que estabas guardando documentos. Que revisabas sus cosas. Que habías empezado a hablar de llevarte a Lía sin decirle dónde.

—Mentía.

—Eso pensé.

—¿Pensaste?

—Le dije que si quería separarse debía hacerlo sin convertirte en una enemiga.

—¿Qué más?

—Me preguntó si yo me haría cargo de Lía durante unas semanas.

La habitación se inclinó ligeramente.

—¿Por qué iba a hacer eso?

—Dijo que estabas pasando una mala época.

—¿Y tú qué respondiste?

—Que no iba a ayudarlo a quitártela.

—¿Me lo contaste?

—No.

—¿Por qué?

—Porque sabía que entrarías en pánico.

—Tenía derecho.

—Sí.

—Era mi hija.

—Sigue siéndolo.

La frase me hizo apretar el teléfono.

—¿Damián te enseñó los audios?

—Uno.

—¿Cuál?

—Gritabas que preferías verlo muerto antes que permitir que se llevara a Lía.

Celia me quitó el teléfono antes de que pudiera responder.

—Nuria, no continúe —dijo—. Esa conversación deberá tratarse conmigo y, si corresponde, en declaración formal.

Mi hermana preguntó algo que no escuché.

Celia colgó.

—Devuélvamelo.

—No.

—No recuerdo ese audio.

—Precisamente.

—Pudo editarlo.

—Sí.

—Pudo provocarme.

—Sí.

—No significa nada.

—Dependerá del contexto completo.

—¿Lo tiene la policía?

—Probablemente está en la memoria de la carpeta.

Me levanté.

—¿Por qué Nuria no me defendió?

—Lo hizo.

—Escuchó a Damián preparar una custodia y no me avisó.

—Creyó que evitaría que entraras en pánico.

—Eso no es defenderme.

—A veces las personas toman decisiones equivocadas pensando que protegen a otra.

La frase era para mí.

No para Nuria.

Me acerqué a la ventana.

Abajo, una cámara apuntaba hacia la entrada del hotel.

—Ariadna me vio en el descansillo —dije.

—Eso afirma.

—Nuria escuchó un audio en el que deseaba que Damián muriera.

—Sí.

—La carpeta demuestra que tenía motivos.

—También demuestra lo que él estaba haciendo.

—Nadie va a mirar esa parte.

—Nosotras sí.

—La fiscal dirá que descubrí la demanda y lo maté.

—No hay prueba de que hubieras visto el documento antes de la muerte.

—La carpeta estaba en su coche.

—Exacto.

—Entonces no podía saberlo.

—Conocías la amenaza general.

—No los detalles.

—Eso nos ayuda.

—¿Y si Damián me lo contó durante la discusión?

Celia me observó.

—¿Lo hizo?

Había preguntado demasiado rápido.

—Dijo que Jorge me explicaría cómo iba a hacerse.

—Eso ya lo declaraste.

—No mencionó la demanda.

—¿Estás segura?

—Sí.

—No recuerdes otra cosa mañana.

—No lo haré.

La frase volvió a sonar como una orden.

Mi abogada guardó la carpeta marrón.

—Tengo que irme. La policía va a volver a interrogar a Nuria y solicitará el audio completo.

—Quiero escucharlo.

—Cuando lo obtengamos.

—¿Podrán editar también lo que dijo Damián?

—Si conservan el archivo original, lo sabremos.

—¿Y Ariadna?

—Permanece en libertad.

—Miró cómo caía Damián y no llamó.

—Dice que, cuando escuchó el segundo impacto, creyó que tú pedirías ayuda.

—Dos minutos después.

Celia se detuvo junto a la puerta.

—Hay algo que no figura todavía en televisión.

—¿Qué?

—Ariadna vio que bajabas después de la segunda caída.

—Claro.

—Dice que no lo hiciste inmediatamente.

—¿Cuánto esperé, según ella?

—No puede precisarlo.

—Entonces no sabe nada.

—Afirma que permaneciste inmóvil en la parte superior durante varios segundos.

—Estaba en shock.

—Sí.

—¿Qué más?

—Dice que miraste hacia el ventanal.

Sentí que la piel de la nuca se tensaba.

—No la vi.

—Ella cree que sí.

—No.

—Se apartó porque pensó que la habías descubierto.

—No vi a nadie.

—Eso dirás.

—Es verdad.

Celia abrió la puerta.

—Mara.

—¿Qué?

—¿Por qué miraste hacia el ventanal?

—No lo hice.

—Ariadna describe el momento antes de que se publicara su posición.

—Miente.

—¿Habías escuchado algo fuera?

—No.

—¿Un movimiento?

—No.

—¿Una rama?

—No.

—¿Sabías que ella estaba allí?

—No.

Mi abogada esperó.

—Bien.

Se marchó.

El televisor continuaba mostrando la frase.

“MARA, DAME LA MANO”.

Bajé el volumen hasta dejarlo mudo.

No recordaba que Damián dijera aquellas palabras.

Recordaba su mano extendida.

La derecha, lesionada.

Los dedos temblando.

La sangre en la sien.

Podía haber pedido ayuda.

Podía haber dicho mi nombre.

Podía haber intentado utilizarme para levantarse.

Pero no fue por eso por lo que miré hacia el ventanal.

Miré porque escuché algo entre los arbustos.

Un roce.

Una respiración.

La certeza breve de que alguien estaba observándonos.

No vi a Ariadna.

Solo mi propio reflejo sobre el cristal.

Una mujer de pie en el descansillo.

Damián de rodillas detrás.

Y la casa de bronce en el suelo, colocada entre los dos como una decisión que todavía no había tomado nadie.