La segunda caída Capítulo 22 · Hora cuarenta y seis #2
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Capítulo 22 · Hora cuarenta y seis #2

—Ariadna dice que no.

—Iván dice lo mismo.

—Sí.

—Los dos mienten.

—Probablemente sobre algunas cosas.

—¿Qué vio?

Celia abrió su libreta.

No la necesitaba.

Sabía la declaración casi de memoria.

—Afirma que llegó al lateral de la casa pocos segundos después del primer estruendo.

—¿Cómo sabía que había sido un estruendo dentro de la casa?

—Lo escuchó desde el coche.

—Iván no.

—Estaba más lejos y dentro de una furgoneta.

—Conveniente.

—Mara.

—Siga.

—Dice que vio luz en el hueco de la escalera. Damián estaba en el descansillo.

—¿De pie?

—De rodillas o inclinado.

—Entonces confirma mi versión.

—En parte.

—¿Me vio?

—Sí.

—¿Dónde?

—Dos o tres peldaños por encima.

La habitación se volvió demasiado silenciosa.

—Eso es lo que declaré.

—Después de conocer la grabación.

—Porque ocurrió.

—Ariadna afirma que te vio antes de que hicieras esa declaración.

—Pero lo contó después.

—Sí.

—Entonces puede haberlo escuchado en la prensa.

—La prensa solo informó de que estuviste entre las dos caídas. No de la posición exacta.

—La policía pudo decírselo.

—Lo niegan.

—La policía niega muchas filtraciones mientras mi hija aparece dibujando en televisión.

Celia pasó una página.

—Dice que llevabas las zapatillas grises.

Me volví.

—Eso también estaba publicado.

—Sí.

—Entonces no prueba nada.

—No.

—¿Vio la escultura?

—No con claridad.

—¿Qué significa?

—Afirma que había algo oscuro junto a tu pierna derecha.

—La escultura es de bronce.

—En la penumbra podía parecer oscura.

—También podía ser sangre, sombra o parte de la barandilla.

—Sí.

—¿Me vio tocar a Damián?

—No.

El alivio fue inmediato.

—Entonces no vio nada.

—Te vio en el descansillo.

—Eso ya lo he admitido.

—Y afirma que te quedaste allí más tiempo del que dices.

—¿Cuánto?

—No sabe calcularlo.

—Lía tampoco.

—Pero Ariadna es adulta.

—Una adulta que mintió durante dos días.

Celia asintió.

—Eso reduce su credibilidad.

—La elimina.

—No.

—Robó una carpeta del coche de un hombre que acababa de morir. Ocultó una relación. Se marchó sin llamar a emergencias. Mintió sobre dónde estuvo. ¿Qué más necesita?

—La carpeta demuestra que Damián estaba cometiendo delitos y preparando una acusación falsa contra ti.

—Porque ella también necesitaba protegerse.

—Sí.

—Entonces construyó una historia para parecer la mujer que traía la verdad.

—Es posible.

—No me vio.

—Mara.

—No me vio bien.

—Te identifica.

—Sabía que estaba dentro.

—Describe tu ropa.

—La habían mostrado en televisión.

—Describe las zapatillas.

—También.

—Describe el lugar exacto.

—La policía.

—Y una frase.

No quería preguntar.

Lo hice.

—¿Qué frase?

Celia miró la libreta.

—Dice que Damián te pidió que lo ayudaras.

Sentí un peso detrás del esternón.

—¿Palabras exactas?

—«Mara, dame la mano».

No aparecía en el audio recuperado.

No aparecía en la declaración de Lía.

No aparecía en la cámara exterior.

Solo en la voz de Ariadna.

—Miente.

—¿Dijo eso?

—No.

—¿Te pidió ayuda?

—No.

—¿Intentó cogerte la mano?

—Me agarró el brazo.

—¿Para impedir que te marcharas o para levantarse?

—Para impedir que me marchara.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque lo conocía.

—También estaba lesionado.

—Seguía siendo Damián.

Celia cerró la libreta.

—Ariadna dice que extendió la mano hacia ti.

—No.

—Y que tú diste un paso atrás.

—Me soltaba.

—Que él quedó inclinado hacia el tramo inferior.

—No.

—Después ella se apartó del ventanal porque creyó que podías verla.

—Muy útil.

—Escuchó el golpe metálico.

—La escultura.

—Puede.

—¿Y la segunda caída?

—Sí.

—¿Me vio empujarlo?

—No.

—¿Me vio tocarlo?

—No.

—Entonces vio a un hombre herido perder el equilibrio después de que yo me alejara.

—Esa es nuestra lectura.

—Es lo que ocurrió.

—También puede leerse de otra manera.

—Solo si se inventa un movimiento que no vio.

—Sí.

—Entonces no lo vio.

—No.

—Y no puede acusarme.

—No directamente.

Volví a sentarme.

La carpeta marrón estaba abierta sobre la mesa. Mi vida se encontraba distribuida en páginas: firmas, fotografías, insultos recortados, decisiones tomadas por otros.

—¿Por qué esperó hasta ahora? —pregunté.

—Porque temía que la acusaran de robar la carpeta y de participar en el fraude.

—Y porque pensó que yo acabaría en prisión sin que ella tuviera que hablar.

—Puede.

—Cuando salí, cambió de estrategia.

—Eso dirá la defensa si llega a juicio.

—No llegará.

—No lo sabemos.

Abrí uno de los recipientes de comida.

El olor me produjo náuseas.

Volví a cerrarlo.

—¿Leire la cree?

—Cree que estuvo junto al ventanal.

—¿Por qué?

—Han encontrado una huella de barro compatible con su calzado.

—Compatible.

—Y fibras de su abrigo en un rosal.

—Podían ser antiguas.

—El abrigo es nuevo.

—Podía haber estado allí anteayer.

—Dice que no salió de la planta baja anteayer.

—Entonces miente otra vez.

—Sí.

—Perfecto.

—No tanto.

—¿Qué más?

Celia dejó una fotografía sobre la mesa.

El ventanal lateral.

Un rectángulo alto, estrecho, junto al hueco de la escalera. En la parte inferior aparecía una mancha clara.

—La policía utilizó reactivo —dijo.

—¿Para qué?

—Había una impresión de mano en el exterior del cristal.

—De Ariadna.

—Sí.

—Entonces se apoyó allí.

—Sí.

—Y pudo ver.

—Parte del descansillo.

Me acerqué a la fotografía.

Desde aquel ángulo se veía la barandilla, dos peldaños superiores y una esquina del rellano. No todo.

No la zona donde Damián había quedado de rodillas.

No mis manos.

No la casa de bronce si estaba junto a la pared.

—No podía ver a Damián entero.

—No.

—Ni si yo lo tocaba.

—No.

—Ni cómo cayó.

—No.

—Entonces solo vio mi espalda.

—Tu perfil, según ella.

—A través de un cristal, de noche, desde el jardín y después de beber vino.

—Sí.

—Celia.

—Es una testigo problemática.

—Es una mentirosa.

—Las dos cosas pueden ser ciertas.

—¿Qué hará la fiscal?

—Utilizará la carpeta para reforzar el motivo y a Ariadna para situarte en el descansillo antes de que lo admitieras.

—Ya me situaban las zapatillas.

—Ahora hay una persona.

—Una persona que robaba pruebas.

—Sí.

—¿La han detenido?

—No.

—¿Por qué?

—Ha entregado la carpeta y colaborado.

—Después de ocultarla cuarenta y seis horas.

—La fiscal considera que su conducta puede responder al miedo a quedar vinculada con los delitos empresariales.

—Mi conducta también responde al miedo.

—Lo argumentaremos.

—A mí me detuvieron.

—Porque estabas dentro de la casa.

—Y ella miraba cómo moría mi marido desde una ventana.

Celia no respondió.

El televisor se encendió solo al recuperar otra vez la señal. Esta vez no aparecía mi cara.

Aparecía Ariadna.

Una fotografía profesional. Traje oscuro. Fondo blanco. Debajo, el titular:

LA AMANTE ENTREGA DOCUMENTOS CLAVE Y CAMBIA EL RUMBO DEL CASO LLORCA.

Subí el volumen.

Una periodista hablaba frente a comisaría.

—Fuentes próximas a la investigación confirman que Ariadna Vives habría aportado documentación relativa a presuntas irregularidades empresariales, así como nuevos datos sobre los minutos anteriores a la muerte del arquitecto.

Después mostraron la carpeta marrón.

No la original.

Una imagen de archivo.

—Apágalo —dijo Celia.

No lo hice.

—La declaración de Vives podría confirmar que Mara Sanz estuvo junto a su marido durante el intervalo entre ambas caídas, extremo que la propia investigada admitió finalmente tras la recuperación de un archivo sonoro.

Mi fotografía apareció junto a la de Ariadna.

Esposa y amante.

Una al lado de la otra.

—Según fuentes no oficiales —continuó la periodista—, la testigo habría escuchado al fallecido pedir ayuda antes del segundo impacto.

La frase ocupó la parte inferior de la pantalla.

“MARA, DAME LA MANO”.

—No lo dijo.

—Lo discutiremos —respondió Celia.

—No puede permitirse que eso quede así.

—No podemos dar una rueda de prensa cada vez que filtran una frase.

—Parece que lo dejé caer.

—Sí.

—Yo no lo dejé caer.

—Lo sé.

—No lo sabe.

Celia bajó el volumen.

—¿Quieres que te diga que te creo?

—Sí.

—No cambiará las pruebas.

—Cambiará algo.

Mi abogada miró la carpeta.

—Creo que Damián te hizo daño. Creo que estaba preparando una operación cruel para dejarte sin recursos y utilizar tus propias firmas contra ti. Creo que intentó controlar la separación de la misma manera que controlaba todo.

—No es lo que he preguntado.

—También creo que has mentido cada vez que la verdad te acercaba al descansillo.

—Porque tenía miedo.

—Sí.

—Entonces créame.

—No funciona así.

—¿Cómo funciona?

—Te creo en las cosas que puedo sostener. En las demás, te defiendo.

La respuesta era honesta.

Por eso dolió.

—¿Puedo hablar con Nuria?

—Sí. Sin mencionar a Lía ni la declaración.

—Quiero que sepa lo de la demanda.

—Puede saberlo por mí.

—No. Quiero contárselo.

Celia me entregó su teléfono.

Nuria contestó enseguida.

—¿Qué pasa?

—Damián iba a pedirme la custodia.

Mi hermana guardó silencio.

—No deberías hablarme del caso.

—No es el caso. Es mi matrimonio.

—Ahora todo es el caso.