La segunda caída Capítulo 22 · Hora cuarenta y seis
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Capítulo 22 · Hora cuarenta y seis

Ariadna me salvó a las seis y doce de la tarde.

A las seis y veintiuna declaró que me había visto en el descansillo.

Entre una cosa y otra hubo nueve minutos, una carpeta marrón y la cantidad exacta de verdad necesaria para destruir dos versiones al mismo tiempo.

Celia llegó al hotel sin avisar. Llevaba el cabello mojado por la lluvia, una bolsa de comida y una copia del nuevo auto judicial.

—No han revocado la libertad —dijo antes de cerrar la puerta.

—¿La jueza ha escuchado el audio?

—Sí.

—¿Y la nueva declaración?

—También.

—Entonces me cree.

—No.

Dejó los papeles sobre la mesa.

—Considera que no existe un riesgo nuevo de fuga y que el acceso al sistema fue comunicado inmediatamente. Pero añade una advertencia expresa: cualquier intento de entrar en cuentas, dispositivos o archivos vinculados a Damián puede llevarte otra vez a prisión.

—No intenté alterar nada.

—Eso ya no importa. No vuelvas a tocar un ordenador.

—¿Puedo encender la televisión?

—Preferiría que no.

—No era una pregunta jurídica.

—Contigo todas terminan siéndolo.

Colocó la bolsa de comida junto al televisor. Había dos recipientes de plástico, cubiertos de vaho, y una botella de agua.

—Come.

—No tengo hambre.

—Llevas dos días diciendo lo mismo.

—Y sigo viva.

—Por ahora.

La miré.

—No utilice esa expresión.

—No pretendía—

—Sí pretendía. Todos la utilizan para recordarme que algo puede empeorar.

Celia se quitó la chaqueta.

—Algo ha empeorado.

La carpeta marrón estaba dentro de su bolso.

No era la original. La policía había retenido el documento entregado por Ariadna y había permitido a mi abogada obtener una copia parcial. Aun así, reconocí las manchas del borde, el elástico negro y la etiqueta escrita por Damián.

VALDEMORA. RESERVADO.

—La tenía ella —dije.

—Sí.

—Mintió.

—Sí.

—Dijo que Damián se marchó con la carpeta.

—Se marchó con ella.

—Entonces ¿cómo terminó en manos de Ariadna?

Celia se sentó.

—La cogió de su coche.

—¿Cuándo?

—Anoche.

No necesitaba precisar cuál.

La última noche ya era siempre la misma.

—¿Entró en nuestro garaje?

—Damián dejó el vehículo en la entrada.

—Lo dejó dentro.

—Según las fotografías policiales, estaba parcialmente fuera. La puerta del garaje no llegó a cerrarse porque había una caja junto al sensor.

Recordé las luces de la ambulancia sobre el coche.

La puerta levantada.

Las cajas de muestras que Damián llevaba semanas prometiendo devolver a la oficina.

—¿Cómo abrió el vehículo?

—Tenía una copia de la llave.

Sentí una mezcla de asco y cansancio.

—Claro.

—Damián se la había dado meses antes.

—¿Para qué?

—Para encuentros discretos.

—En mi coche.

—El coche estaba a nombre de la empresa.

—Yo llevaba a Lía al colegio allí.

Celia no respondió.

Abrí la carpeta.

Las primeras páginas eran contratos de Valdemora. Había informes técnicos, correos impresos, presupuestos y fotografías de la placa de hormigón que había lesionado a Moussa Diallo. Algunas hojas llevaban notas manuscritas de Damián.

Rehacer fecha.

Sustituir firma.

No incluir a Llorca Proyectos.

—Esto lo hunde —dije.

—Está muerto.

—A la empresa.

—Sí.

—Y demuestra que utilizaba a Iván.

—También.

Pasé varias páginas.

Encontré una relación de trabajadores sin contrato. Nombres, cantidades semanales, nacionalidades. Junto a tres aparecía una cruz roja.

—¿Qué significa?

—No lo sabemos.

—Damián lo sabía.

—Ya no puede explicarlo.

—Iván sí.

—Iván afirma que la lista la preparó Damián para responsabilizarlo del empleo irregular.

—¿Y es cierto?

—En parte.

—Otra vez.

—Iván contrataba a algunas personas. Damián conocía el sistema, lo financiaba y después lo documentaba como si actuara a sus espaldas.

—Entonces lo estaba preparando.

—Sí.

—Igual que a mí.

Celia no contestó.

Más adelante aparecía una copia de mi poder notarial.

Mi firma.

Una nota amarilla.

Responsabilidad directa Mara.

La siguiente hoja era un correo dirigido a Melero.

Conviene consolidar la trazabilidad antes de comunicar la separación. Si se niega a firmar la renuncia, las operaciones de Solmer y Mareta deben bastar para solicitar bloqueo patrimonial.

—Renuncia —dije.

—Probablemente a tus derechos dentro de la sociedad.

—No tenía derechos.

—Tenías participaciones.

—¿Cuántas?

—El treinta y cinco por ciento.

Levanté la vista.

—Eso es imposible.

—Las adquiriste hace cuatro años.

—No.

—Tu firma está en la escritura.

—No sabía qué firmaba.

—Lo sé.

—¿Por qué iba a darme una parte de la empresa para después quitármela?

—Porque necesitaba una segunda socia para determinadas operaciones. También podía utilizarte como pantalla.

—Y ahora parecía que yo había robado.

—Sí.

La palabra ya no me sorprendía.

Damián había diseñado mi culpa como diseñaba sus edificios. Primero la estructura. Después los acabados. Al final, una fachada limpia para que nadie preguntara qué sostenía el peso.

Pasé otra hoja.

Era un borrador de demanda de divorcio.

No estaba firmado.

En la primera página figuraban nuestros nombres completos, la fecha del matrimonio y el domicilio familiar. En la segunda, Damián solicitaba la atribución temporal de la vivienda.

En la tercera, la custodia exclusiva de Lía.

Seguí leyendo.

La señora Sanz presenta episodios de inestabilidad emocional, reacciones desproporcionadas, tendencia a la manipulación de la menor y dificultades para separar el conflicto conyugal del vínculo paterno-filial.

—¿De dónde sacó esto?

—Hay anexos.

Encontré fotografías.

Una taza rota en la cocina.

Un cajón abierto.

Mi bolso volcado sobre la cama.

La caja de zolpidem en mi mesilla.

—Las pastillas eran suyas.

—La receta también.

—¿Cómo llegaron a mi cajón?

Celia no respondió.

Había capturas de mensajes enviados por mí.

No vuelvas a casa.

Si intentas llevarte a Lía, te juro que te arrepentirás.

No sabes de qué soy capaz.

Recordaba haberlos escrito.

No juntos.

No en una misma discusión.

El primero, después de que Damián llegara borracho a una cena familiar.

El segundo, cuando amenazó con recoger a Lía del colegio sin avisarme.

El tercero no estaba completo.

La conversación original decía:

No sabes de qué soy capaz para evitar que sigas utilizando mi nombre en tus facturas.

En la captura solo aparecía la primera parte.

—Lo recortó.

—Sí.

—Eso es ilegal.

—Puede discutirse en un proceso.

—Pensaba presentarme como una loca.

—Como una madre inestable.

—Es lo mismo cuando quieren quitarte a tu hija.

En la última sección había audios transcritos.

Mi voz.

Fechas.

Duraciones.

Frases destacadas.

Te odio.

Ojalá desaparecieras.

Un día vas a conseguir que haga una locura.

No recordaba haber dicho la última.

O sí.

En una discusión se dicen cosas que no sobreviven a la noche. Damián las había conservado, ordenado y numerado.

—¿Tiene los audios? —pregunté.

—La carpeta contiene un dispositivo de memoria.

—¿Los han escuchado?

—La policía está analizándolos.

—Solo estarán mis gritos.

—Probablemente también la voz de Damián.

—Él sabía que grababa.

—Sí.

—Entonces no diría nada que pudiera perjudicarlo.

Celia pasó varias páginas hasta llegar a un correo impreso.

—Esto es importante.

Remitente: Damián.

Destinatario: Ariadna.

Fecha: seis días antes.

Mara ha empezado a copiar documentos. Cree que no lo sé. Si intenta utilizar Valdemora, activaré todo antes de la separación. No puede quedarse con Lía después de lo que lleva meses haciendo.

Debajo, Ariadna respondía:

Lo que lleva meses haciendo es descubrirte.

Damián:

No sabes cómo es en casa.

Ariadna:

Sé cómo eres tú.

El último mensaje no tenía respuesta.

—Ariadna me defendía.

—En ese momento.

—Mientras se acostaba con él.

—Una cosa no impide la otra.

—Todo el mundo repite eso cuando necesita mantener dos versiones incompatibles.

—No son incompatibles. Podía traicionarte y saber que Damián estaba preparando una mentira.

—¿Por qué no me avisó?

—Dice que pensaba hacerlo.

—Siempre pensaba hacerlo después de acostarse con mi marido, supongo.

Celia sacó una hoja aparte.

—Hay un audio.

—¿De la carpeta?

—Del teléfono de Ariadna. Damián se lo envió después de la cena.

—¿A qué hora?

—Veintidós cincuenta y siete.

Un minuto antes de entrar en casa.

Mi abogada reprodujo la grabación.

La voz de Damián se escuchaba limpia. Dentro del coche. Sin música.

—No vuelvas a amenazarme con Mara. Esta noche firmará lo que falta y mañana hablaré con Jorge. Después puedes contarle lo que quieras. No tendrá casa, empresa ni motivos para seguir jugando.

El audio terminaba con el sonido de una puerta.

La del coche.

Quizá la nuestra.

—Eso demuestra que iba a obligarme a firmar —dije.

—Sí.

—Y que pensaba quitármelo todo.

—Sí.

—Entonces tenía razón al tener miedo.

—Sí.

—¿Por qué pone esa cara?

Celia retiró el teléfono.

—Porque también establece el momento exacto en que supiste que podías perder la casa, la empresa y a Lía.

—Ya lo había contado.

—Ahora está documentado.

—Me ayuda.

—Te proporciona un motivo inmediato.

—No maté a Damián por una casa.

—Lo sé.

—Ni por la empresa.

—Lo sé.

—Ni por Ariadna.

—Mara.

—Dígalo.

—¿Qué?

—Que lo sabe.

Celia sostuvo mi mirada.

—Sé que eso es lo que declaras.

Cerré la carpeta.

—¿Cuándo me vio Ariadna?

Mi abogada no respondió enseguida.

La pregunta llevaba esperando desde que entró.

—Después de coger la carpeta del coche, se acercó a la vivienda.

—¿Por qué?

—Quería que Damián saliera. Le había enviado mensajes.

—Él no contestó.

—No.

—Entonces pudo marcharse.

—No lo hizo.

—Porque quería escuchar.

—Porque quería la memoria externa que Damián llevaba en el bolsillo.

—¿Cómo sabía que la tenía?

—Él se lo dijo durante la cena.

—¿La policía la encontró?

—Sí. En el pantalón.

—Entonces Ariadna no la consiguió.

—No.

Me puse de pie.

—¿Desde dónde dice que miró?

—Desde el lateral de la casa. Junto al ventanal del pasillo.

—Ese ventanal tiene una cortina.

—Estaba parcialmente abierta.

—Yo la cerraba siempre.

—Esa noche no.

—¿Cómo puede saberlo?

—Porque vio el interior.

Caminé hasta la ventana del hotel.

Cerré la cortina aunque ya estaba cerrada.

—Miente.

—Puede.

—No podía acercarse sin que la cámara trasera la grabara.

—La cámara estaba desconectada con la alarma.

—Entonces cualquiera podía entrar.

—Sí.

—Iván también.

—Sí.

—¿Se vieron?