Capítulo 21 · Hora cuarenta y tres #4
—Estaba de rodillas.
—¿Tiró de su camisón?
—Sí.
—¿Usted tiró en dirección contraria?
—Sí.
—¿Con fuerza?
—La suficiente para soltarme.
—¿Él cayó hacia atrás?
—No.
—¿Se apoyó en la barandilla?
—Sí.
—¿La barandilla cedió?
—No mientras yo estaba allí.
—¿Lo dejó solo, lesionado, junto a una escalera defectuosa?
—Fui hacia mi hija.
—No llamó a emergencias.
—Mi teléfono estaba abajo.
—Podía bajar por el otro lado.
—Solo hay una escalera.
—Podía pasar junto a él.
—Me daba miedo.
—¿De un hombre arrodillado con la muñeca lesionada?
—De mi marido.
Leire se quedó quieta.
—¿Cayó cuando intentó seguirla?
—Creo.
—¿Lo escuchó ponerse de pie?
—Escuché pasos.
—¿Cuántos?
—Dos o tres.
—¿Y no se volvió?
—No.
—¿Por qué?
—Porque Lía estaba llamándome.
—La niña no recuerda haberla llamado.
—Podía estar llorando.
—Tampoco recuerda llorar hasta después.
—Tiene siete años.
—Sí.
Leire cerró la fotografía.
—Esta versión explica la marca del brazo.
—Porque ocurrió así.
—Las fibras bajo las uñas.
—Sí.
—La huella en el descansillo.
—Sí.
—Las zapatillas.
—Sí.
—La frase de su hija.
—Sí.
—El audio.
—Sí.
—La demora en llamar.
—Estaba en shock.
—Y la segunda caída.
—Damián perdió el equilibrio.
—Sin que usted lo tocara.
—Sí.
La inspectora apagó la grabadora.
Celia se inclinó.
—¿Ha terminado?
—Por ahora.
—¿Va a solicitar prisión?
Leire miró la cámara apagada.
—Voy a informar a la jueza de la nueva declaración y del acceso al sistema.
—Mara ha entregado voluntariamente una explicación completa compatible con las pruebas.
—Después de que cada prueba la obligara a acercarse un poco más al descansillo.
—Eso puede interpretarse como una víctima revelando de manera progresiva un episodio traumático.
—Puede.
—Y también como una mujer aterrorizada ante la posibilidad de que se confundiera un accidente con un homicidio.
—Sí.
Celia se levantó.
—Entonces no hay motivo nuevo para detenerla.
Leire no respondió.
Yo permanecí sentada.
—¿Me cree? —pregunté.
Mi abogada cerró los ojos.
La inspectora me miró.
—Es la primera versión que encaja con casi todos los indicios.
—Entonces sí.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no la recordó.
—La oculté.
—Exacto.
—Tenía miedo.
—No de Damián. Ya estaba muerto.
—De perder a Lía.
—Y cada decisión que tomó para no perderla la hizo parecer más culpable.
—Eso no significa que lo sea.
—No.
Leire recogió la carpeta.
—Pero significa que comprendió desde el primer segundo qué parte de la noche debía desaparecer.
La frase quedó grabada aunque la cámara estuviera apagada.
Salimos de comisaría una hora después.
No me detuvieron.
Tampoco me devolvieron el teléfono.
La jueza decidiría si mantenía la libertad cuando recibiera el informe.
Celia condujo hacia el hotel sin hablar.
La prensa volvió a seguirnos.
En la pantalla luminosa de una farmacia apareció mi rostro junto a un titular:
MARA ADMITE QUE ESTUVO CON SU MARIDO ENTRE LAS DOS CAÍDAS.
—¿Cómo lo saben? —pregunté.
—Alguien ha filtrado la declaración.
—Acabo de hacerla.
—Por eso esperaban fuera.
—¿Qué van a decir ahora?
Celia encendió la radio.
Una mujer hablaba de revelación decisiva.
Otra decía que mi nueva versión reforzaba la hipótesis de defensa propia.
Un hombre insistía en que ninguna víctima debía ser juzgada por no contar todo desde el principio.
—Apáguelo.
Celia lo hizo.
—La historia del maltrato va a protegerte —dijo.
—No necesito que me proteja.
—Sí.
—Necesito que crean que fue un accidente.
—Las dos cosas pueden coexistir.
—No me defendí.
—Entonces no digas esa palabra delante de una cámara.
Llegamos al hotel.
Antes de bajar, mi abogada me agarró suavemente de la muñeca.
—Mara.
—¿Qué?
—Si existe algo más dentro de esos noventa y cuatro segundos, este es el momento de decírmelo.
—No existe.
—¿Empujaste a Damián al apartarte?
—No.
—¿Lo tocaste aunque fuera para quitártelo de encima?
—No.
—¿Cogiste la escultura?
—No.
—¿La utilizaste?
—No.
—¿Eliminaste el archivo?
—No.
Celia soltó mi mano.
—Bien.
No dijo que me creyera.
Entré en el hotel por la puerta trasera.
En el ascensor me miré en el espejo.
No parecía una mujer que acabara de confesar que había estado junto a su marido entre dos caídas.
Parecía alguien que llevaba dos días sin dormir.
En la habitación, la cama seguía deshecha. El televisor estaba apagado. El dibujo de Lía permanecía sobre la almohada.
MAMÁ VUELVE.
Me senté a su lado.
La nueva versión era mejor.
No porque fuera más inocente.
Porque explicaba todo.
El hematoma.
Las fibras.
Las zapatillas.
La sangre.
La voz.
El silencio.
Incluso la frase que le dije a Lía antes de que Damián terminara de caer.
Solo exigía una diferencia pequeña.
Que, al arrancar mi brazo de su mano, yo hubiera seguido caminando.
Que él hubiera intentado levantarse.
Que el segundo movimiento perteneciera únicamente a su cuerpo.
Noventa y cuatro segundos podían contener muchas cosas.
Un hombre herido.
Una mujer asustada.
Una amenaza.
Una decisión.
La diferencia entre apartarse de una mano y empujar un cuerpo duraba menos de un segundo.
Y ese segundo era el único que nadie había conseguido recuperar.