Capítulo 21 · Hora cuarenta y tres #3
—Que la he recordado tarde.
—No.
Se sentó frente a mí.
—Que es demasiado perfecta.
—Nada de esto es perfecto.
—Has esperado a conocer cada prueba para construir una escena en la que todas encajan y ninguna te hace culpable.
—No la construí.
—Primero no saliste de la habitación. Después saliste al pasillo.
Después hablaste con Damián desde arriba.
Después te agarró en la planta baja. Después quizá te agarró al pie de la escalera y otra vez abajo.
Ahora estabas en el descansillo, pero no lo tocaste; él te agarró, tú te apartaste y cayó solo cuando ya no podías verlo.
—Estaba aterrorizada.
—¿De Damián?
—De que pensaran que lo había empujado.
—Antes de que nadie te preguntara.
—Sabía cómo parecía.
—Porque estabas allí.
—Sí.
—¿Por qué dijiste «yo estaba aquí contigo» a Lía antes del segundo impacto?
La pregunta llegó sin preparación.
—Para tranquilizarla.
—No.
—Sí.
—No se tranquiliza a una niña explicándole dónde estaba su madre cuando su padre se cae.
—Estaba confusa.
—Todavía no había ocurrido el segundo golpe.
—Había ocurrido el primero.
—Y tú necesitabas que recordara que no habías salido.
—No.
—Mara.
—No.
—¿La estabas preparando?
Me levanté.
—No vuelva a decir eso.
—¿Para qué?
—Era mi hija.
—Sigue siéndolo.
—Entonces compórtese como si importara.
—Importa tanto que no voy a permitir que presentes esta versión ante la policía hasta saber si puede sostenerse.
—Leire va a pedir prisión.
—Probablemente.
—Entonces tenemos que contarla.
—¿Toda?
—Sí.
—¿Incluido que mentiste desde la llamada?
—No mentí desde la llamada.
—Dijiste que estabas con Lía cuando acababas de volver del descansillo.
—Estaba con ella en el momento de la segunda caída.
—Llegabas a la puerta.
—Es lo mismo.
—No.
—A pocos metros.
—No.
—¿Qué quiere que diga?
—La verdad.
—Ya se la he dado.
Celia se levantó también.
—¿Por qué estaba la escultura en el descansillo?
—Cayó con Damián.
—¿La viste caer durante el primer impacto?
—No.
—¿La viste junto a él cuando llegaste?
—Sí.
—¿A qué distancia?
—No sé. Cerca de la pared.
—La marca de bronce está en esa pared.
—Entonces chocó allí.
—¿Tenía sangre antes del golpe metálico que registra el archivo?
—No me fijé.
—¿Damián la tocó?
—Puede.
—¿Tú?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Completamente?
—Sí.
Mi abogada sostuvo mi mirada.
—Esta es la última versión que presentarás.
—Es lo que ocurrió.
—No puedes recordar otra cosa mañana.
—No lo haré.
—Ni cuando aparezca una nueva prueba.
—No.
—Ni cuando recuperen más sonido.
—No hay más.
—¿Cómo lo sabes?
La pregunta quedó entre las dos.
—Cid ha dicho que el archivo fue sobrescrito.
—No ha dicho que sea imposible recuperar otros fragmentos.
—No encontrarán nada diferente.
—¿Porque no existe o porque sabes qué se escucha?
—Porque no hice nada.
Celia recogió su carpeta.
—Voy a pedir una declaración voluntaria.
—¿Ahora?
—Antes de que Leire solicite revocar la libertad.
—¿Dirá que actué en defensa propia?
—No.
—Damián me agarró.
—Sí.
—Estaba herido y enfadado.
—Sí.
—Intentó seguirme.
—Según tú.
—Y cayó.
—Según tú.
—Entonces es un accidente.
—Esa será la versión.
—No una versión.
Celia abrió la puerta.
—No vuelvas a corregirme esa palabra.
Fuimos a comisaría en su coche.
Los periodistas nos siguieron desde el hotel.
Dos motocicletas, un coche y una furgoneta con una cámara asomando por la ventanilla. Celia no encendió la radio.
—¿Qué ocurrirá con Lía? —pregunté.
—No hablemos de ella.
—Necesito saberlo.
—La nueva versión confirma que la corregiste después de volver del descansillo. La fiscal pedirá mantener la prohibición.
—Pero demuestra que no vio nada.
—Demuestra que escuchó lo suficiente.
—¿Podré verla?
—No inmediatamente.
—Entonces no sirve.
Celia frenó en un semáforo.
—La verdad no sirve para conseguir lo que quieres. Sirve porque es la verdad.
La miré.
—Eso no lo cree ni usted.
La comisaría estaba rodeada de cámaras.
Entramos por el aparcamiento.
Leire nos esperaba en la misma sala donde había comenzado todo. Sobre la mesa había una grabadora, dos vasos de agua y una fotografía de la escalera.
Mi abogada dejó constancia de que comparecía voluntariamente.
Leire activó la cámara.
Dijo la hora.
Mi nombre.
La condición de investigada.
Mis derechos.
Después me pidió que contara lo ocurrido sin interrupciones.
Respiré.
Empecé por el primer ruido.
Damián cayendo hasta el descansillo.
Yo saliendo de la habitación.
Las zapatillas grises.
La sangre.
El premio sobre el suelo.
Su mano agarrándome el brazo.
Su voz amenazando con quitarme a Lía incluso después de romperse la cabeza.
Yo pidiéndole que me soltara.
Mi regreso hacia la habitación.
La segunda caída.
No lloré.
No añadí nada que Celia no hubiera escrito.
Cuando terminé, Leire permaneció en silencio.
—¿Eso es todo? —preguntó.
—Sí.
—¿Por qué no lo contó antes?
—Porque pensé que me acusarían.
—La acusaron igualmente.
—Sí.
—¿Por qué no lo contó cuando apareció la huella de las zapatillas?
—Todavía tenía miedo.
—¿Cuando escuchó a su hija situarla en el descansillo?
—No quería convertirla en testigo.
—Ya lo era.
—Es una niña.
—¿Por qué no lo contó después de la reconstrucción?
—Porque cada vez que cambiaba una cosa parecía más culpable.
—Y ahora cambia toda la secuencia.
—Porque existe una grabación.
—¿La grabación le devolvió la memoria?
—Me obligó a dejar de esconderme.
La frase salió mejor que durante los ensayos.
Leire lo notó.
—¿Esconderse de qué?
—De la verdad sobre Damián.
—¿Qué verdad?
—Que estaba herido y aun así me agarró. Que incluso en el descansillo utilizó a Lía para hacerme obedecer.
—¿Qué palabras exactas empleó?
—Dijo que yo era peligrosa. Que diría que lo había empujado. Que iba a quitarme a la niña.
—¿Después de sufrir un traumatismo craneal?
—Sí.
—¿Hablaba con claridad?
—Lo suficiente.
—¿Cuánto tiempo duró esa conversación?
—No sé.
—El archivo completo duraba noventa y cuatro segundos.
—Entonces menos.
—¿Por qué menos?
—Antes de que yo llegara ya podía estar activado.
—La voz femenina aparece pronto.
—No sabemos cuándo.
—¿Damián intentó levantarse una vez o varias?
—Dos.
—¿Lo ayudó?
—No.
—¿Por qué?
—Me agarró.
—Antes de agarrarla, ¿extendió la mano para ayudarlo?
—No recuerdo.
—¿Tocó su hombro?
—No.
—¿La cabeza?
—No.
—¿La escultura?
—No.
—¿La barandilla?
—Sí.
—¿Dónde?
—Al bajar.
—¿Con qué mano?
—La derecha.
—¿Llevaba sangre?
—No sé.
—¿Vio sangre en la escultura?
—No.
—¿Escuchó el golpe metálico?
—Sí.
—¿Qué fue?
—Damián moviendo el premio.
—¿Lo vio?
—No.
—Entonces no sabe qué fue.
—No.
—¿Por qué afirma que lo movió él?
—Porque yo no lo hice.
Leire acercó la fotografía.
—Cuando usted se apartó, ¿Damián perdió el equilibrio?
—No.
—¿Está segura?
—Sí.
—¿Se tambaleó?