Capítulo 21 · Hora cuarenta y tres #2
—Entonces me agarró antes —dije—. En la planta baja.
—El archivo se activa después de la primera secuencia.
—Podía haberse confundido con otro ruido.
—La cámara registra la primera caída a las veintitrés cincuenta y cinco y dieciséis segundos. El asistente se activa dos segundos después.
—No significa que Damián estuviera en el descansillo.
—¿Dónde estaba?
Celia se puso delante de mí.
—Mi clienta no responderá.
Leire miró a Cid.
Él señaló el último pico de la onda.
—El tramo final contiene un sonido de alta intensidad.
No necesitaba escucharlo.
Sabía qué era.
Aun así lo reprodujo.
Primero un roce largo.
La madera crujiendo.
Un jadeo.
Después la segunda caída.
El cuerpo de Damián golpeando los ocho escalones inferiores.
Más clara que en la cámara exterior.
Más cercana.
El último impacto hizo vibrar el altavoz de la tableta.
Durante dos segundos nadie habló.
La línea continuaba después.
Muy pequeña.
Una respiración.
Un sollozo o una exhalación.
Después terminaba.
—¿No hay más? —preguntó Celia.
—El archivo concluye cuatro segundos después del impacto.
—¿Se escucha alguna llamada a emergencias?
—No. Se realizó casi dos minutos después.
—¿Alguna voz?
—No recuperable.
—¿Pasos?
—Hay actividad, pero no podemos clasificarla.
Leire cerró la pantalla.
—Durante esos noventa y cuatro segundos, Damián estaba vivo en el descansillo.
Mara estaba lo bastante cerca para decirle que no intentara levantarse.
Él la agarró o ella le pidió a alguien que la soltara.
Se produjo un impacto metálico, una voz masculina dijo «no» y después ocurrió la segunda caída.
—Eso no es lo que ha demostrado el audio —dijo Celia.
—Es lo que muestran en conjunto la grabación, la cámara, las lesiones y la sangre.
—Ha unido fragmentos con hipótesis.
—Como la defensa.
—La diferencia es que usted pretende utilizarlo para encarcelarla.
Leire se volvió hacia mí.
—¿Quiere contarme ahora qué ocurrió en esos noventa y cuatro segundos?
Celia respondió:
—No.
—Mara.
—No hablará.
—Es la última oportunidad de explicar el archivo antes de que solicitemos una nueva comparecencia.
—Eso es una presión improcedente.
—Es información.
—¿Va a pedir prisión?
Leire tardó.
—Dependerá de lo que hagamos con esto.
—Entonces es una amenaza.
—No. La amenaza sería decirle qué versión necesita para evitarla.
Celia recogió la tableta y se la devolvió a Cid.
—La reunión ha terminado.
El técnico guardó sus cosas. No parecía satisfecho ni decepcionado. Para él, los noventa y cuatro segundos eran datos dañados. No una muerte.
Leire permaneció junto a la puerta.
—El archivo fue eliminado a las cero cero tres —dijo—. La solicitud salió del teléfono de Mara mientras hablaba con emergencias.
—Ya estaba en manos de los sanitarios cuando terminó la llamada —respondí.
—Los sanitarios llegaron después.
—Entonces estaba intentando reanimarlo.
—Con el teléfono en altavoz.
—Sí.
—Podía utilizar la pantalla.
—No lo hice.
—¿Desbloqueó el teléfono durante la llamada?
—No recuerdo.
—El registro indica dos desbloqueos.
Cid miró su libreta.
—A las cero cero dos y cincuenta y nueve segundos y a las cero cero tres y doce.
—¿Con qué método? —preguntó Celia.
—Reconocimiento facial fallido. Después código numérico.
—Tenía sangre en las manos —dije—. El teléfono podía no reconocerme.
—Introdujo el código.
—Para qué iba a hacerlo si ya estaba hablando.
—Para eliminar el audio.
—No sabía que existía.
—¿Tenía notificaciones del asistente?
No respondí.
Las había tenido otras veces.
No he entendido la solicitud.
Se ha detectado una activación.
A veces aparecían sobre la pantalla después de que el sistema escuchara una palabra parecida al nombre del dispositivo.
—No lo recuerdo —dije.
—Si apareció una notificación, pudo abrirla.
—No borré nada.
—¿Quién conocía su código?
—Damián.
—Estaba al pie de la escalera.
—Lía.
—Estaba arriba.
—Nuria.
—Aún no había llegado.
—Entonces nadie.
Leire asintió.
—Esa es la parte más sencilla.
—No para mí.
—El teléfono estaba en su mano.
—También estaba haciendo compresiones.
—Según la operadora, hay un periodo de treinta y dos segundos en que deja de realizarlas.
—Me pidió que buscara pulso.
—Durante doce.
—No cronometraba.
—El segundo desbloqueo coincide con el momento en que le pregunta si existe alguna medicación en la casa.
Recordé abrir la aplicación de notas.
O quizá el navegador.
Zolpidem.
La caja.
El cajón de la mesilla.
—Busqué el nombre de las pastillas.
—Eso explica uno.
—El otro sería un error.
—Y durante ese error se eliminó exactamente el único archivo que registraba la pausa.
Celia abrió la puerta.
—Se acabó.
Leire no se movió.
—La jueza sabrá que ha colaborado entregando el dispositivo.
—No lo entregué yo —dije.
—No.
—Celia se lo llevó.
—Sí.
—Entonces no intente convertirlo en una confesión voluntaria.
—No necesito hacerlo.
La inspectora salió con Cid.
La puerta se cerró.
Celia esperó hasta que escuchó el ascensor.
Después se volvió hacia mí.
—Ahora me vas a contar la verdad.
—Ya la sabes.
—No.
—Damián cayó.
—La verdad de los noventa y cuatro segundos.
—No los recuerdo completos.
—Recuerdas decirle que no se levantara.
—Por la grabación.
—Recuerdas pedirle que te soltara.
—Porque me agarraba.
—¿Dónde?
—Abajo.
Celia golpeó la mesa con la palma.
—El archivo empieza después de la primera caída.
—La sincronización puede fallar.
—Tres segundos. No tres minutos.
—Entonces no sé.
—Sí sabes.
Su voz no era alta.
Nunca la había oído así.
—Has conseguido salir porque la reconstrucción permitía que Damián hubiera caído dos veces solo. Ahora sabemos que estabas hablando con él durante la pausa.
—Desde arriba.
—Él te agarró.
—Antes.
—Tu huella está en el descansillo.
—La zapatilla.
—La llevaba tu hija cuando te vio entrar.
—Está confundida.
—Tus fibras estaban bajo las uñas de Damián. El hematoma coincide con su mano izquierda. Le dijiste que no se levantara. Pediste que te soltara. ¿Cuántas coincidencias necesitas antes de recordar dónde estabas?
Me senté.
Las piernas habían empezado a temblar.
—Fui al descansillo.
Celia no respiró.
O no la vi hacerlo.
—¿Cuándo?
—Después del primer ruido.
—¿Llevabas las zapatillas?
—Sí.
—¿Por qué dijiste que estabas descalza?
—Porque me las quité después.
—¿La casa de bronce estaba allí?
—Sí.
—¿En la mano de Damián?
—No.
—¿Dónde?
—En el suelo.
—¿Tenía sangre?
—No lo sé.
—¿Damián estaba herido?
—Sí.
—¿Consciente?
—Sí.
—¿Qué hiciste?
Cerré los ojos.
El descansillo volvió.
No como un recuerdo.
Como una versión que llevaba cuarenta y tres horas esperando que le permitiera existir.
Damián de lado.
Una rodilla contra el suelo.
La mano derecha agarrada a la barandilla.
Sangre en la sien.
El zapato derecho todavía puesto.
El izquierdo arriba, junto al dormitorio.
—Bajé —dije—. Dos o tres escalones.
—¿Hasta el descansillo?
—Sí.
—¿Lía estaba en su habitación?
—Sí.
—¿Qué le dijiste?
—Que no intentara levantarse.
—¿Por qué?
—Porque había sangre.
—¿Llamaste a emergencias?
—Mi teléfono estaba abajo.
—Podías gritarle a Lía que lo trajera.
—No quería asustarla.
Celia soltó una risa breve, incrédula.
—Su padre acababa de caer por una escalera.
—No sabía lo grave que era.
—¿Qué hizo Damián?
—Intentó ponerse de pie.
—¿Con ayuda?
—Me agarró.
—¿Del brazo?
—Sí.
—¿Dijo algo?
—Mi nombre.
—¿Y «para»?
—Puede.
—¿Por qué?
—Porque me aparté.
—¿Cómo?
—Tiré del brazo.
—¿Lo empujaste?
—No.
—¿Lo tocaste?
—No.
—Si él te agarraba, había contacto.
—No puse las manos sobre él.
—¿La escultura?
—No la cogí.
—¿Cómo llegó hasta allí?
—Debió de caer con él.
—¿Lo golpeó en el descansillo?
—No lo vi.
—El archivo registra metal.
—Pudo darle al intentar levantarse.
—¿Cómo?
—Estaba en el suelo. La rozó. La empujó.
—¿Y después?
—Me soltó.
—En la grabación eres tú quien dice «suéltame».
—Me soltó porque tiré.
—¿Y cayó?
—No inmediatamente.
—¿Qué ocurrió?
Me llevé una mano al hematoma.
—Se quedó de rodillas.
—¿Tú dónde estabas?
—Subiendo.
—¿Por qué no te quedaste con él?
—Estaba enfadado.
—Estaba herido.
—También estaba borracho y me había agarrado.
—¿Te amenazó?
—Dijo que me iba a quitar a Lía.
—¿En el descansillo?
—Sí.
—¿Después de golpearse la cabeza?
—Sí.
—¿Palabras exactas?
—Dijo que aquello demostraba que yo era peligrosa. Que iba a decir que lo había empujado.
Celia me miró durante varios segundos.
—Eso no aparece en ningún fragmento.
—No lo recuperaron.
—Claro.
—Ocurrió.
—¿Y tú?
—Volví hacia la habitación.
—¿Le dijiste algo a Lía?
—Que su padre se había caído.
—¿Que tú habías estado con ella?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque estaba asustada.
—¿Ella o tú?
No respondí.
—¿Damián cayó por segunda vez mientras estabas en la habitación?
—Cuando llegaba a la puerta.
—¿Lo viste?
—No.
—¿Escuchaste pasos?
—Sí.
—¿Intentaba seguirte?
—Creo.
—¿Te llamó?
—No sé.
—¿Se apoyó en la barandilla?
—Supongo.
—¿Y cayó solo?
—Sí.
Celia caminó hacia la ventana.
Abrió la cortina apenas un dedo. Las cámaras seguían en la calle.
—Después bajaste.
—Sí.
—Con las zapatillas.
—Sí.
—Pisaste sangre en el descansillo.
—No me di cuenta.
—Llegaste hasta abajo.
—Sí.
—¿Por qué te las quitaste?
—Resbalaban.
—¿Y por qué las guardaste dentro del armario?
—No las guardé.
—Aparecieron juntas.
—Las dejé delante.
—¿Quién las metió?
—No sé.
—No había nadie.
—Pude empujarlas al abrir la puerta.
—La puerta del armario abre hacia fuera.
—Entonces las puse yo.
—¿Por qué?
—Para que no estorbaran a los sanitarios.
—Antes de llamarlos.
—Mientras hablaba.
—¿Y eliminaste el audio?
—No.
—¿Desbloqueaste el teléfono?
—Sí.
—¿Viste la notificación?
—No recuerdo.
—Mara.
—Puede que sí.
—¿La abriste?
—Buscaba el nombre de la medicación.
—¿La borraste?
—No.
—¿Pudiste tocar eliminar sin darte cuenta?
—Puede.
—Eso no ocurre por accidente después de abrir una notificación, seleccionar el archivo y confirmar.
—No sabemos cómo funcionaba la aplicación.
—Cid sí.
—Entonces pregúntaselo.
Celia volvió a la mesa.
—Esta versión explica casi todo.
—Porque es la verdad.
—Explica la huella, las zapatillas, el hematoma, las fibras, la voz, la frase de Lía, la pausa y por qué sabías que Damián seguía vivo.
—Sí.
—¿Sabes cuál es el problema?