Capítulo 21 · Hora cuarenta y tres
Celia regresó al hotel acompañada por Leire y un hombre que llevaba guantes de nitrilo en el bolsillo de la camisa.
No llamó antes de entrar.
Utilizó la tarjeta que yo había dejado sobre la mesa y abrió la puerta mientras la presentadora del televisor seguía preguntándose si yo era víctima, superviviente o asesina.
—Apágalo —dijo mi abogada.
No se refería al televisor.
Se refería al teléfono nuevo, que Leire llevaba dentro de una bolsa transparente.
—Ya está apagado —respondí.
—No lo toque.
—Es mío.
El hombre de la camisa se acercó a la cama y recogió la caja, el cargador y la tarjeta donde aparecía escrito el número.
—Desde este momento queda intervenido —dijo Leire.
—La jueza no me ha prohibido utilizar un teléfono.
—No. Le ha prohibido destruir, alterar u ocultar pruebas.
—No he hecho ninguna de esas cosas.
—Ha accedido de manera remota a un dispositivo situado en una vivienda precintada.
—A mi cuenta.
—Vinculada a la escena.
—Solo escuché un archivo.
—Y abrió el historial de otro que había sido eliminado.
—No lo eliminé yo.
Leire señaló al hombre.
—Él es Mateo Cid, de delitos tecnológicos.
Cid hizo un gesto con la cabeza. No parecía policía. Tenía el cabello demasiado largo sobre las orejas, una camisa arrugada y una alianza gruesa. Podía haber venido a arreglar el wifi del hotel.
—Necesito que me diga exactamente qué hizo desde que encendió el dispositivo —explicó.
—Ya se lo he contado a Celia.
—Ahora me lo contará a mí.
Mi abogada dejó el bolso sobre la mesa.
—No prestará declaración formal. Puede explicar únicamente la secuencia técnica para preservar la evidencia.
Leire miró a Celia.
—La frontera empieza a ser bastante estrecha.
—Sigue existiendo.
Cid sacó una libreta.
—¿Abrió el navegador?
—Sí.
—¿Qué dirección introdujo?
Se la dije.
—¿Utilizó una contraseña guardada?
—No.
—¿Cuántas probó?
—Tres.
—¿Cuáles?
—No importa.
—Sí importa si alguna pertenecía a otra persona.
—Eran contraseñas que utilizaba Damián.
—¿Cuál funcionó?
—El año de un proyecto.
—¿Qué proyecto?
—Los Olivos.
Leire me observó.
—El mismo por el que recibió la escultura.
—Sí.
Cid anotó.
—¿Accedió al panel del asistente de voz?
—Sí.
—¿Reprodujo algún archivo?
—Uno.
—¿Cuántas veces?
—Una.
Celia me miró.
—Dos —corregí.
—¿Por qué ha dicho una?
—Porque no lo recordaba.
Nadie reaccionó.
Ya no merecía la pena.
—¿Descargó el audio? —preguntó Cid.
—No.
—¿Lo reenvió?
—No.
—¿Lo borró?
—No.
—¿Abrió otros registros?
—Vi la línea del elemento eliminado.
—¿Pulsó sobre ella?
—Celia lo hizo.
Mi abogada asintió.
—Sí. Para consultar los metadatos.
—¿Intentaron restaurarlo?
—No —respondió Celia.
—¿Modificaron alguna configuración?
—No.
—¿Cerraron sesión?
—No lo sé.
—Yo apagué el teléfono —dijo mi abogada.
Cid guardó el bolígrafo.
—El acceso ha quedado registrado. También la reproducción y la consulta del elemento eliminado. No aparece ninguna solicitud de borrado nueva.
—Entonces no he alterado nada —dije.
—No durante esta conexión.
Leire cerró la puerta.
Hasta ese momento había permanecido abierta unos centímetros. Como si todavía pudiera fingirse que aquello no era un interrogatorio.
—La jueza ha sido informada —dijo.
—¿Va a detenerme otra vez?
—Todavía no.
Otra vez aquella palabra.
—No he incumplido ninguna medida.
—Eso lo decidirá ella.
—No contacté con Lía. No me acerqué a la casa. No entré en la empresa.
—Accedió al sistema doméstico de la vivienda.
—Porque podía demostrar que decía la verdad.
—¿Lo demuestra?
Miré el teléfono dentro de la bolsa.
—Demuestra que Damián estaba vivo después del primer ruido.
—Eso ya lo sabíamos.
—Y que intenté ayudarlo.
—Dice: «No intentes levantarte».
—Sí.
—No: «¿Estás bien?». No: «Voy a llamar a una ambulancia». No: «No te muevas». Dice que no intente levantarse.
—Es lo mismo.
—No exactamente.
—Estaba herido.
—¿Cómo lo sabía?
—Había escuchado la caída.
—Desde la habitación de Lía.
—Sí.
Leire se acercó a la mesa.
—Hemos escuchado el archivo original.
—¿Cómo?
—Cid accedió al servidor mediante requerimiento urgente.
—Entonces no necesitaban mi teléfono.
—Lo necesitábamos para conservar el registro de su acceso.
Cid sacó una tableta del bolso y la colocó sobre la mesa.
—El archivo no se almacena únicamente en el dispositivo doméstico —explicó—. Se envía a un servidor, donde permanece asociado a la cuenta hasta su eliminación o al vencimiento del plazo de conservación.
—¿Pueden recuperar el otro?
—No completo.
El corazón golpeó una vez.
—¿Por qué?
—La solicitud de eliminación se procesó correctamente y el contenido principal fue sobrescrito. Se conservan metadatos, una representación de la onda sonora y fragmentos temporales utilizados por el sistema para reconocimiento automático.
—¿Fragmentos de cuánto?
—Milisegundos. Algunas unidades de audio algo mayores.
—¿Palabras?
Cid miró a Leire.
La inspectora respondió:
—Quizá.
Celia se interpuso entre la mesa y yo.
—Antes de reproducir o describir nada, quiero saber si mi clienta está siendo interrogada como investigada.
—No le hemos pedido que declare.
—Acaba de formularle seis preguntas sobre su posición durante los hechos.
—Y ha respondido.
—A partir de ahora no lo hará.
Leire me observó.
—Perfecto.
Pidió a Cid que reprodujera el archivo de siete segundos.
La voz de Damián llenó la habitación.
—Mara.
Después la mía.
—No intentes levantarte.
El televisor apagado reflejaba nuestras figuras alrededor de la cama.
Cid pulsó una tecla.
—El dispositivo que captó la grabación estaba en el salón, sobre una estantería situada a unos cuatro metros y medio del pie de la escalera.
—Lo sé —dije.
Celia me tocó el brazo.
—No responda.
—La reverberación de ambas voces es compatible con el espacio central de la vivienda —continuó él—. No podemos establecer una posición exacta, pero la voz femenina se percibe más próxima al micrófono que la masculina.
—Yo estaba en el pasillo superior —dije.
Mi abogada soltó el aire.
Cid no pareció molesto.
—El pasillo superior está más alejado del dispositivo.
—La voz podía bajar por el hueco.
—Sí.
—Entonces es posible.
—Sí.
—¿Probable?
—No hacemos una prueba de localización suficientemente precisa. La casa tiene superficies duras, cristal y un hueco abierto que genera reflexiones.
—Así que no saben dónde estaba.
—Sabemos que no hablaba desde dentro de la habitación con la puerta cerrada.
—La puerta estaba abierta.
—Eso es compatible.
Leire acercó la tableta.
—Pero su hija afirma que usted había salido.
—Al pasillo.
—Y regresó antes del segundo impacto.
—Sí.
—¿Cómo supo desde allí que Damián intentaba levantarse?
Celia levantó una mano.
—No responderá.
La inspectora no insistió.
Cid mostró la onda sonora. Una línea azul con picos pequeños. Después abrió otra.
Más larga.
Noventa y cuatro segundos convertidos en una franja silenciosa.
—Este es el archivo eliminado —dijo.
—No hay sonido.
—No tenemos el contenido completo. Solo la representación que el servidor utiliza para mostrar la duración y detectar actividad.
El clip de siete segundos y aquel registro no eran dos grabaciones independientes.
El asistente había conservado la activación reconocible; el segundo correspondía al búfer acústico que el sistema doméstico mantenía abierto después de detectar actividad.
Ese búfer empezó unos segundos más tarde y terminó cuatro segundos después del segundo impacto.
La línea tenía varias elevaciones.
Una al principio.
Dos grupos en el centro.
Un pico muy alto cerca del final.
—¿Qué significan? —pregunté.
—Volumen.
—¿Voces?
—Algunas zonas presentan características compatibles con voz humana.
—¿Cuántas personas?
—Al menos dos fuentes.
Celia miró la pantalla.
—¿Masculina y femenina?
—Probablemente.
—¿Puede identificarlas?
—No con la onda.
—Entonces podían ser sonidos de la televisión.
—La televisión estaba en la planta superior —dijo Leire.
—La casa tiene acústica abierta —respondió Celia—. Eso llevan repitiendo desde el principio.
Cid amplió el primer tramo.
—El sistema conservó un fragmento de algo menos de un segundo porque intentó transcribirlo.
Reprodujo.
Un ruido de respiración.
La voz de Damián, rota.
—…ra…
Nada más.
—Puede ser Mara —dijo Leire.
—Puede ser cualquier palabra que termine así —respondió Celia.
—La anterior grabación comienza con él pronunciando Mara.
—Eso no convierte cada sonido posterior en el mismo nombre.
Cid pasó al siguiente fragmento.
Un roce.
Una voz femenina.
—…arriba…
Mi espalda se tensó.
—¿Qué dice? —preguntó Celia.
—El sistema propone «arriba».
—¿Con qué nivel de confianza?
—Cuarenta y dos por ciento.
—Eso no es una transcripción.
—No.
—¿Puede ser «respira»?
—Sí.
—¿«Mira»?
—También.
Leire me observaba.
Yo no podía apartar la vista de la onda.
Lía está arriba.
La frase cabía allí.
También no mires arriba.
También respira.
Los sonidos eran generosos cuando alguien necesitaba una explicación.
—Hay otro fragmento —dijo Cid.
Esta vez se escuchó un golpe metálico.
Después una voz masculina.
—No…
El archivo se cortaba.
El sonido de metal era claro.
Pesado.
Un objeto contra madera o piedra.
—¿La escultura? —pregunté.
Leire no respondió.
Cid sí.
—Podría ser.
—También la barandilla.
—Sí.
—O las llaves.
—Es demasiado intenso para unas llaves.
—La botella.
—El timbre es metálico.
—La consola tenía piezas de metal.
—Sí.
Todo volvía a ser posible.
Hasta el siguiente fragmento.
Una respiración femenina.
Muy cerca del micrófono.
Y una palabra.
—Suéltame.
Celia giró la cabeza hacia mí.
Leire no se movió.
Cid repitió.
—Suéltame.
No podía discutirse.
Era mi voz.
No porque un sistema la hubiera identificado.
Porque yo sabía cómo sonaba cuando estaba asustada y trataba de que la palabra no pareciera un grito.
—Damián me agarró —dije.
Celia cerró los ojos.
—No responda.
—Eso demuestra el maltrato.
—Demuestra un contacto —dijo Leire.
—Me estaba sujetando.
—¿Dónde?
—En el brazo.
—¿En el descansillo?
—No.
—La grabación se produjo durante la pausa entre las dos caídas.
—No sabemos si los relojes están sincronizados.
Cid intervino:
—El margen de error entre el servidor, la cámara exterior y la llamada de emergencias es inferior a tres segundos.