Capítulo 20 · Hora cuarenta #3
—Era evidente.
—¿Desde otra planta?
—La casa se escucha entera.
—Dame el teléfono.
Lo dejé sobre la cama.
Celia reprodujo el archivo.
Una vez.
Después otra.
Damián.
Mara.
Mi voz.
No intentes levantarte.
—Esto demuestra que estabas con él —dijo.
—No.
—Demuestra que sabías que estaba vivo durante la pausa.
—Sí.
—Has declarado que no escuchaste que pronunciara tu nombre.
—No lo recordaba.
—Y que no supiste que se había detenido en el descansillo hasta la reconstrucción.
—No sabía dónde estaba.
—Pero le dijiste que no se levantara.
—Podía haber caído en cualquier parte.
—¿Por qué no llamaste a emergencias en ese momento?
La pregunta llegó demasiado deprisa.
—Porque después volvió a caer.
—¿Cuánto después?
—No sé.
—El archivo termina a las veintitrés cincuenta y cinco y veinticinco segundos. Tu llamada empieza a las veintitrés cincuenta y ocho y cuarenta y uno.
Más de tres minutos.
No dos y medio.
—El reloj del dispositivo puede estar desajustado.
—Puede.
—Lo estaba.
—¿Cómo lo sabes?
—A veces se retrasaba.
—Mara.
—No sé.
Celia cogió el teléfono.
—Voy a entregarlo.
—No.
—Ya has accedido. El servidor registrará la conexión.
—Podemos decir que buscaba una prueba que me exculpara.
—Eso hiciste.
—Entonces espere.
—¿Para qué?
—Para pensar.
—Cada vez que piensas antes de entregar algo, empeoras la situación.
—La grabación no demuestra que lo empujara.
—No.
—Solo que le hablé.
—Y que mentiste otra vez.
—No mentí. No recordaba.
—¿No recordabas la última frase que dijiste a tu marido antes de que terminara de caer?
La habitación quedó en silencio.
El televisor apagado reflejaba nuestras figuras.
—No fue la última —dije.
Celia se quedó quieta.
—¿Qué?
Había hablado sin pensar.
—Después llamé a emergencias.
—No hablaste con Damián durante la llamada.
—Le decía que respirara.
—Eso no aparece hasta que ya está abajo.
—Entonces sí fue lo último.
Mi abogada seguía mirándome.
—Acabas de decir que no.
—Estoy cansada.
—¿Qué le dijiste después?
—Nada.
—Mara.
—Nada.
—¿Hay más grabaciones?
—No.
—¿Las has revisado todas?
—Solo abrí la última.
Celia desbloqueó el teléfono.
El historial seguía en la pantalla.
Debajo de la activación de las 23:55 aparecía una línea casi invisible.
1 elemento eliminado.
Mi abogada la vio.
—¿Qué es eso?
—No sé.
—¿Has borrado un archivo?
—No.
—¿Antes de que entrara?
—No.
—¿Quién lo eliminó?
—Damián podía borrar cosas desde su teléfono.
—¿Cuándo?
—No sé.
Celia pulsó la línea.
Apareció información del sistema.
Elemento eliminado a las 00:03. Duración: 1 min 34 s.
Un minuto y treinta y cuatro segundos.
Noventa y cuatro.
—¿A qué hora llamaste a emergencias? —preguntó.
—A las once cincuenta y ocho.
—Entonces se eliminó durante la llamada.
—Yo no estaba utilizando el sistema.
—¿Desde qué dispositivo se borró?
Celia abrió los detalles.
La pantalla tardó en cargar.
Eliminación solicitada desde dispositivo autorizado: Mara-SM.
Mi antiguo teléfono.
El que la policía había recogido junto a mí.
—No lo hice —dije.
Celia levantó la vista.
—El teléfono estaba contigo.
—Lo dejé en la cocina mientras intentaba ayudar a Damián.
—Después lo utilizaste para llamar.
—Sí.
—La eliminación ocurrió durante la llamada.
—Entonces no pude borrarlo.
—Podía ejecutarse con retraso.
—No sabía que existía.
—¿Qué contenía?
—No lo sé.
—Duraba noventa y cuatro segundos.
—Ya sé leer.
—Es exactamente el tiempo que falta entre las dos secuencias y el inicio de la llamada si se corrigen los relojes.
—No sabemos eso.
Celia apoyó el teléfono sobre la mesa como si pesara demasiado.
—La policía podrá recuperar el archivo.
—Quizá no.
—Eso no debería tranquilizarte.
—No me tranquiliza.
La abogada cerró los ojos.
—Voy a llamar a Leire.
—Espere.
—No.
—Celia.
—Has incumplido una indicación expresa y accedido a un sistema vinculado a la escena. Si ocultamos esto, volverás a prisión.
—No he ocultado nada.
—Todavía.
—El archivo eliminado puede ser cualquier cosa.
—Sí.
—La televisión.
—Sí.
—Lía hablando.
—Sí.
—Una activación accidental.
—De noventa y cuatro segundos.
—Sí.
—O la parte que llevas cuarenta horas intentando no recordar.
La frase me dejó inmóvil.
—No existe ninguna parte.
Celia tomó su bolso.
—Espero que tengas razón.
Salió de la habitación con el teléfono nuevo en la mano.
La puerta se cerró.
Me quedé sola frente al televisor apagado.
A los pocos segundos volvió a encenderse.
No lo toqué.
La imagen apareció porque el sistema del hotel recuperó la señal. Una presentadora hablaba de mí. Debajo de su rostro, una frase ocupaba toda la pantalla:
MARA SANZ: ¿VÍCTIMA, SUPERVIVIENTE O ASESINA?
Tres posibilidades.
Ninguna incluía esposa.
Ninguna incluía madre.
Ninguna incluía la mujer que había escuchado a Damián pronunciar su nombre desde el descansillo.
Me senté en la cama.
No intentes levantarte.
La frase volvió con la voz de la grabación.
Serena.
Cercana.
No sonaba como una mujer que hablara desde el piso superior.
Sonaba como alguien que estaba a menos de un metro.
Alguien que sabía exactamente dónde se encontraba Damián.
Y por qué no debía levantarse.