La segunda caída Capítulo 20 · Hora cuarenta #2
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Capítulo 20 · Hora cuarenta #2

—Váyase.

—Tenemos que hablar de la maleta.

—No ahora.

—Precisamente ahora. Si existe documentación útil, debemos localizarla antes que la policía o explicar por qué no la entregaste.

—No sé dónde está.

—¿La escondiste?

—No.

—¿La destruiste?

—No.

—¿Se la diste a alguien?

—No.

—¿La utilizaste para preparar una defensa contra Damián?

—Sí.

La respuesta la detuvo.

—¿Desde cuándo?

—Cinco meses.

—Desde que descubriste la relación con Ariadna.

—Sí.

—¿Guardabas únicamente pruebas de infidelidad y fraude?

—También discusiones.

—¿Grababas a tu marido?

—A veces.

—¿Él lo sabía?

—No.

—¿Grabaste la noche de su muerte?

—No.

—¿Estás segura?

—Sí.

Celia me observó.

—¿Había alguna grabadora activa en la casa?

—No.

—¿El teléfono azul?

—No lo tenía yo.

—La tableta de Lía.

—No.

—El asistente de voz del salón.

Sentí una presión leve detrás de los ojos.

Damián había instalado el dispositivo dos años antes. Controlaba las luces, la calefacción y parte del sistema de sonido. Yo casi nunca lo utilizaba.

—No graba todo.

—Conserva órdenes y activaciones accidentales.

—La policía ya lo habrá revisado.

—No figura en el inventario.

—Entonces no se lo llevaron.

—¿Seguía conectado?

—Creo.

—¿Podía registrar voces cerca de la escalera?

—Estaba en el salón.

—Sí o no.

—Sí.

Celia sacó el teléfono.

—Voy a comunicarlo.

—No.

Su dedo se detuvo sobre la pantalla.

—¿Por qué?

—Porque también puede haber grabado a Lía.

—Eso no importa.

—A mí sí.

—Mara, si existe audio de la caída, puede resolver el caso.

—O puede registrar una discusión privada.

—Eso ya está admitido.

—No toda.

—¿Qué parte no has contado?

—Nada.

—Entonces ¿qué temes que se escuche?

—A Damián insultándome.

—Eso nos ayuda.

—A mí no me ayuda escucharla.

Celia sostuvo el teléfono.

—Voy a informar de la existencia del dispositivo. Si la policía descubre después que lo conocías y callaste, solicitarán otra vez tu detención.

—No lo recordaba.

—Ahora sí.

—Espere.

—¿Para qué?

No tenía una respuesta que pudiera pronunciar.

El asistente de voz estaba vinculado a la cuenta principal de la casa. Damián controlaba la aplicación. Yo no sabía cuánto conservaba ni si las activaciones se almacenaban en la nube. Podían existir segundos de la discusión.

La primera caída.

La voz.

El segundo golpe.

Tal vez mi respiración.

Tal vez nada.

—Quiero escuchar antes —dije.

—No puedes acceder a los sistemas de la vivienda.

—No es la empresa.

—La policía ha precintado la casa y puede considerar cualquier acceso remoto una alteración de pruebas.

—Solo quiero comprobar si existe algo.

—Eso es exactamente lo que no debes hacer.

El teléfono nuevo seguía sobre la cama, dentro de la caja.

—¿Está instalada la aplicación?

—En tu teléfono intervenido, probablemente.

—Puedo entrar desde un navegador.

—No.

—La cuenta es mía.

—No.

—Puede demostrar que digo la verdad.

—Entonces la policía la recuperará.

—¿Y si la borra Damián automáticamente?

Celia me miró.

—Damián está muerto.

—El sistema. Los archivos. Algunas grabaciones duran poco.

—¿Cuánto?

—No sé.

—Lo averiguaremos sin acceder.

—Para entonces pueden desaparecer.

—No toque nada.

Se dirigió hacia la puerta.

—¿Adónde va?

—A informar a Leire.

—No quiero hablar con ella.

—No necesitas hacerlo.

—La jueza me ha prohibido acceder a la empresa, no a mi casa.

—La jueza también ha advertido del riesgo de destrucción de pruebas.

—No voy a destruir nada.

—Entonces no debería preocuparte que lo revise la policía.

Abrió la puerta.

—Celia.

Se volvió.

—La voz de la grabación del teléfono azul no era mía.

—Eso dices.

—Y el asistente puede demostrar que yo estaba con Lía.

—O puede demostrar otra cosa.

No respondió a mi mirada.

Se marchó.

Esperé diez segundos.

Veinte.

Treinta.

Después abrí la caja del teléfono.

Era un aparato barato, sin contactos, sin aplicaciones y con la batería a medias. La tarjeta con el número estaba pegada a la tapa.

No conocía la contraseña de la cuenta principal de la casa.

Conocía las que Damián utilizaba.

El nombre de Lía.

El año del proyecto de Los Olivos.

La matrícula del primer coche.

Probé la primera.

Incorrecta.

La segunda.

Incorrecta.

La tercera.

La cuenta se abrió.

El panel mostraba luces, temperatura, cámaras exteriores y dispositivos conectados.

El asistente del salón aparecía sin conexión.

Última actividad: la noche de la muerte.

23:56.

El pecho se me cerró.

Había un historial.

Abrí la pestaña.

Decenas de órdenes antiguas.

Enciende el salón.

Baja la calefacción.

Pon música.

Llamar a Silvia.

Después, la última entrada.

23:55:18 — Activación no reconocida.

Pulsé.

El archivo duraba siete segundos.

Primero se escuchaba un roce.

Después la voz de Damián.

Lejana.

Dolorida.

—Mara.

Un golpe de aire.

Mi voz.

Más cerca.

—No intentes levantarte.

El archivo terminó.

Me quedé mirando la pantalla.

Siete segundos.

No podían demostrar dónde estaba yo.

Podía haber hablado desde arriba.

Podía haber bajado después del primer ruido.

Podía estar intentando ayudarlo.

Pero Damián no se encontraba al pie de la escalera cuando dijo mi nombre.

La hora lo colocaba dentro de los dos minutos y medio anteriores a la llamada.

Vivo.

Consciente.

Y yo había respondido.

La puerta de la habitación se abrió.

Celia entró con la tarjeta todavía en la mano.

Miró el teléfono.

Después mi cara.

—¿Qué has hecho?

Bloqueé la pantalla.

Demasiado tarde.

—Nada.

—Te he dicho que no accedieras.

—Había una grabación.

Mi abogada cerró la puerta.

—Dame el teléfono.

—No.

—Mara.

—Solo son siete segundos.

—Dámelo.

—Puede demostrar que intentaba ayudarlo.

—¿Qué se escucha?

—Damián dice mi nombre.

—¿Y tú?

No respondí.

Celia extendió la mano.

—¿Qué dices?

—Que no se levante.

La expresión de mi abogada cambió.

—¿Dónde estaba?

—No se sabe.

—¿A qué hora?

—Las once cincuenta y cinco.

—Antes de la segunda caída.

—No sabemos eso.

—La cámara exterior sitúa la primera secuencia antes.

—Pude hablar desde el pasillo.

—¿Por qué le dijiste que no se levantara si no lo veías?

—Porque había escuchado el golpe.

—No sabías que estaba herido.