La segunda caída Capítulo 20 · Hora cuarenta
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Capítulo 20 · Hora cuarenta

A las cuatro de la tarde yo ya había sobrevivido a mi marido.

No lo decidí yo.

Lo decidió una presentadora de televisión con una chaqueta blanca, el cabello inmóvil y una fotografía de mi hematoma ampliada detrás de la cabeza.

—La pregunta que debemos hacernos —dijo— no es únicamente qué ocurrió en esa escalera, sino qué tuvo que soportar Mara Sanz durante los años anteriores.

Estaba sentada en la cama del hotel, todavía con la ropa que Nuria había metido en la bolsa. El jersey azul. El que me hacía parecer triste.

Había apagado el televisor tres veces.

Siempre volvía a encenderlo.

En otro canal mostraron la casa desde el exterior. Un reportero señalaba las ventanas, el acceso principal y el sendero trasero mientras explicaba que Damián había diseñado personalmente la vivienda donde murió.

—Una construcción de líneas puras —dijo— que ahora podría convertirse en la prueba principal contra su propia esposa.

Después apareció Carmen.

No delante de nuestra urbanización. En un estudio. Le habían maquillado las ojeras y peinado el cabello hacia atrás. Llevaba una blusa que nunca le había visto.

—Se escuchaban discusiones —contó—. No todos los días, claro. Pero había momentos. Yo alguna vez le pregunté a Mara si necesitaba ayuda.

Era mentira.

Nunca me había preguntado aquello.

Una vez me encontró llorando dentro del coche y dijo:

—Los hombres son todos iguales hasta que necesitan que les encuentres los calcetines.

Después encendió un cigarrillo.

En televisión, sin embargo, Carmen me había ofrecido ayuda.

—¿Ella le habló de agresiones? —preguntó el periodista.

—No directamente.

—¿Qué significa no directamente?

Carmen bajó los ojos.

Había aprendido rápido.

—Las mujeres que tienen miedo no siempre pueden decirlo.

La frase apareció escrita debajo de su cara.

“LAS MUJERES QUE TIENEN MIEDO NO SIEMPRE PUEDEN DECIRLO”.

Cambió la imagen.

Fotografías de Damián.

Entregando premios.

Inaugurando edificios.

Abrazando a Lía.

Después yo, saliendo del juzgado.

Parecíamos dos personas que nunca se habían conocido.

Un hombre perfectamente iluminado y una mujer escondiendo la cara.

Llamaron a la puerta.

Apagué el televisor.

—¿Quién es?

—Celia.

Abrí.

Mi abogada entró acompañada por una mujer que no conocía. Tendría mi edad, quizá un poco más. Llevaba pantalón negro, una chaqueta de punto y una carpeta de color verde pegada al pecho.

—Ella es Verónica Rivas —dijo Celia—. Trabaja con una asociación de asistencia a mujeres.

—No he pedido ninguna asociación.

—Se pusieron en contacto con el despacho después de la comparecencia.

Verónica no intentó estrecharme la mano.

Lo agradecí.

—Podemos marcharnos —dijo—. Solo quería ofrecerte ayuda jurídica y psicológica si la necesitas.

—Ya tengo abogada.

—No venimos a sustituirla.

—Entonces ¿para qué?

Celia cerró la puerta.

—Porque la fiscal está utilizando tus cambios de versión para cuestionar la existencia de violencia. Una evaluación independiente podría acreditar indicadores compatibles.

—¿Indicadores?

—Control económico, aislamiento, miedo, dependencia, alteración de la percepción de riesgo —explicó Verónica.

Hablaba despacio.

No como Eva con Lía.

Peor.

Como alguien que estaba acostumbrada a que las mujeres necesitaran tiempo para reconocer lo que les había ocurrido.

—No estoy aislada —dije.

—No he dicho que lo estés.

—Tengo una hermana.

—Sí.

—Amigas.

—¿Con qué frecuencia las veías?

La pregunta parecía casual.

Miré a Celia.

—No es un interrogatorio —aclaró.

—Todo es un interrogatorio.

Verónica dejó la carpeta sobre una silla.

—¿Prefieres que me vaya?

Sí.

La respuesta estaba preparada.

No salió.

—Cinco minutos.

—De acuerdo.

Celia se acercó a la ventana. Corrió apenas la cortina y volvió a cerrarla.

—Hay dos cámaras en la calle —dijo—. No salgas sola.

—La jueza no me lo ha prohibido.

—No. Pero cada periodista quiere una frase que pueda interpretar como confesión, justificación o ataque contra Damián.

—Ya tienen suficientes frases.

—Gracias a ti.

Verónica se sentó junto a la mesa. Yo permanecí de pie.

—No necesito que me cuentes los hechos —dijo—. Solo quiero saber si te sientes segura ahora.

La pregunta me desconcertó.

—Estoy en un hotel cuyo nombre conoce media ciudad.

—¿Temes que alguien pueda hacerte daño?

Pensé en Iván.

En Ariadna.

En los trabajadores de Damián.

En los hombres que gritaban frente al juzgado que las asesinas también mentían.

—No.

—¿Has recibido amenazas?

—No tengo teléfono.

—Celia te ha traído uno.

Mi abogada sacó una caja pequeña del bolso y la dejó sobre la cama.

—Una línea nueva. No llames a nadie relacionado con la investigación. No contactes con Lía. No accedas a las cuentas de la empresa.

—¿Puedo respirar sin autorización?

—Mientras no lo publiques.

Verónica no sonrió.

—¿Dormiste algo?

—Un poco.

—¿Tienes medicación?

—No.

—¿Damián controlaba lo que tomabas?

La miré.

—¿Por qué iba a hacerlo?

—Es una pregunta habitual.

—No.

—¿Controlaba tu dinero?

—Sí.

—¿Tenías una cuenta propia?

—Sí.

—¿Podías utilizarla libremente?

—Él revisaba los movimientos.

—¿Te pedía explicaciones?

—Por todo.

—¿Incluso cantidades pequeñas?

Recordé una compra de treinta y siete euros.

Una blusa.

La devolución dos días después.

—Sí.

—¿Podías trabajar fuera de la empresa?

—No quería que lo hiciera.

—¿Cómo te lo impedía?

—Decía que Lía me necesitaba. Que nadie cuidaría la casa. Que lo que yo ganara no compensaría contratar a alguien.

—¿Te prohibió aceptar algún empleo?

—No utilizaba la palabra prohibir.

Verónica asintió.

—No suele utilizarse.

Celia se volvió hacia la ventana.

Yo miré a la mujer.

—¿Qué pretende que diga?

—Nada concreto.

—Todas las preguntas tienen una respuesta correcta.

—No.

—Sí. Si digo que revisaba mis cuentas, era control económico. Si no quería que trabajara, aislamiento. Si me agarraba, violencia física. Si me insultaba, psicológica.

—Los nombres sirven para reconocer patrones.

—También para construirlos.

Verónica no se ofendió.

—¿Crees que estás construyendo algo que no existía?

La pregunta era demasiado buena.

—No.

—Entonces quizá los nombres solo te incomodan porque hasta ahora utilizabas otros.

—¿Qué otros?

—Mal carácter. Exigencia. Preocupación por el dinero. Discusiones normales. Una mala noche.

Me senté en el borde de la cama.

—No era una mala noche.

—¿Qué era?

Celia intervino:

—No hablemos de la muerte.

—No iba a hacerlo.

Verónica esperó.

—Era el final —dije.

—¿De la relación?

—De todo lo que Damián había decidido que me pertenecía.

—¿Te amenazó con quitarte a tu hija?

—Sí.

—¿Creías que podía hacerlo?

—Tenía documentos, abogados y dinero.

—¿Y tú?

—Una carpeta escondida en una maleta.

Celia me miró.

Había olvidado que todavía no le había enseñado el contenido.

—¿Qué carpeta? —preguntó Verónica.

—No importa.

—Sí importa —dijo mi abogada—. ¿Está en la casa?

—La policía no la encontró.

—¿Cómo lo sabes?

—No estaba en el inventario.

—¿Dónde la guardabas exactamente?

—En una maleta roja, en el vestidor.

Celia sacó su libreta.

—¿Qué contiene?

—Copias.

—¿De qué?

—Facturas, correos, fotografías.

—¿Pruebas de agresiones?

—Algunas cosas.

—¿Qué significa algunas cosas?

—Mensajes. Audios.

Verónica permanecía en silencio.

—¿Audios de Damián? —preguntó Celia.

—Sí.

—¿Amenazándote?

—A veces.

—¿Cuántos?

—No sé.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque la policía revisará la cuenta secreta si les damos la carpeta.

—La policía ya registra la casa. Si encuentran una maleta oculta llena de información sobre el fallecido y tú no la has mencionado, será peor.

—No la encontrarán.

Celia dejó de escribir.

—¿Por qué estás tan segura?

—Porque no estaba allí cuando me fui.

—¿Cuándo la viste por última vez?

—La tarde anterior.

—¿La abriste?

—Sí.

—¿Antes de que llegara Damián?

—Sí.

—¿Después?

—No.

—Entonces pudo cogerla él.

—Sí.

—O tú pudiste moverla durante la noche.

—No.

—Mara.

—No la moví.

—¿Está en otro sitio?

—No lo sé.

Verónica miró a Celia.

Mi abogada cerró la libreta.

—Necesito hablar con mi clienta a solas.

La mujer se levantó.

—Por supuesto.

—No hace falta que se vaya —dije.

Celia me miró como si acabara de cometer otro error.

Verónica recogió la carpeta verde.

—Antes de marcharme, quiero decirte algo. No tienes que demostrar que Damián era el peor hombre del mundo para que lo que te hizo importe.

—Está muerto.

—Eso no convierte en mentira lo anterior.

—Tampoco convierte todo en maltrato.

—No.

—Ariadna dice que nunca me pegó.

—Ariadna no vivía contigo.

—Pero la gente la cree.

—La gente cree la versión que mejor encaja con lo que ya desea pensar.

Miré el televisor apagado.

—Ahora quieren que sea una superviviente.

—Algunos.

—Otros quieren que sea una asesina.

—Sí.

—¿Y cuál soy?

Verónica abrió la puerta.

—Eso no me corresponde decidirlo.

—Entonces no puede ayudarme.

La mujer me observó un instante.

—Las supervivientes también pueden cometer delitos.

Celia bajó la vista.

—Y las investigadas también pueden haber sufrido violencia —añadió Verónica—. Una cosa no borra la otra.

Se marchó.

Esperé a que la puerta se cerrara.

—No vuelva a traer a nadie sin preguntarme.

—Necesitamos una evaluación.

—Necesitamos que salga inocente, no rota.

—No son categorías incompatibles.

—En televisión sí.

Celia cogió el mando y encendió el televisor sin sonido.

Aparecía otra vez Carmen.

Debajo, un rótulo nuevo:

EL ENTORNO DE MARA CONFIRMA AÑOS DE CONTROL Y HUMILLACIONES.

—El relato público puede ayudarnos —dijo.

—¿Desde cuándo le importa?

—Desde que la fiscal intenta presentar cada episodio de violencia como una invención tardía.

—No lo inventé.

—Entonces necesitamos corroboración anterior a la muerte.

—Nuria.

—Conoce dos agarres y comentarios. Sonia, humillaciones. Silvia, control económico. Ninguna acredita las bofetadas, los empujones repetidos ni el episodio del pelo.

—Ocurrieron.

—Lo sé.

—No lo parece.

Celia apagó otra vez el televisor.

—Yo no estaba allí.

La frase me hizo sonreír.

No porque fuera graciosa.

Porque todos terminaban diciendo lo mismo.

—Tampoco Leire.

—No.

—Ni Ariadna.

—No.

—Ni la jueza.

—No.

—Entonces mi palabra debería valer tanto como la de cualquiera.

—Tu palabra lleva cuarenta horas cambiando.

Me levanté.