Capítulo 19 · Hora treinta y seis #4
—¿Por qué no puede ver a su hija?
—¿Temen que influya en ella?
Celia avanzó delante.
—No habrá declaraciones.
Una periodista se colocó a mi lado.
—Mara, hay mujeres apoyándola. ¿Quiere decirles algo?
Seguí caminando.
—¿Damián la maltrataba?
No miré.
—¿Lo mató porque iba a quitarle a la niña?
El coche estaba a diez pasos.
—¿Se arrepiente de no haberlo denunciado?
Cinco.
—¿Su hija la vio golpearlo?
Me detuve.
Celia dijo mi nombre.
No la escuché.
Miré a la periodista.
Tenía unos treinta años, el pelo recogido y un micrófono rojo. Esperaba una frase. Cualquier frase. Una que pudiera repetirse debajo de mi fotografía.
—Mi hija no vio morir a su padre —dije.
Las cámaras se acercaron.
—¿Entonces qué vio?
—Vio lo que una niña no debería ver nunca.
—¿Violencia?
Celia me tomó del brazo.
—Se acabó.
—Mara, ¿actuó para protegerla?
No respondí.
Entré en el coche.
La puerta se cerró, pero las preguntas continuaron detrás del cristal.
Durante el trayecto al hotel, Celia no habló.
Yo tampoco.
La ciudad aparecía distinta desde el asiento trasero. Había gente comprando pan, sacando dinero, esperando autobuses. Nadie sabía que yo acababa de recuperar la libertad sin recuperar ninguna de las cosas que la hacían útil.
El hotel estaba a quince minutos del juzgado.
Nuria había dejado la bolsa.
La recepcionista la entregó sin mirarme directamente. En el vestíbulo había un televisor encendido. Mi rostro ocupaba la pantalla.
LIBERTAD PROVISIONAL PARA LA VIUDA DEL ARQUITECTO.
Debajo aparecía otra frase:
LA INVESTIGACIÓN APUNTA A UNA POSIBLE MUERTE EN CONTEXTO DE VIOLENCIA DOMÉSTICA.
—Apáguelo —dijo Celia.
La recepcionista buscó el mando.
Antes de que la pantalla quedara negra, apareció una fotografía de Damián sonriendo junto a Lía.
La cara de mi hija estaba pixelada.
Pero yo reconocí el vestido.
Su cumpleaños de seis años.
Damián le había comprado una bicicleta y había publicado la foto después de prometerme que no lo haría.
Subimos a la habitación.
Celia dejó la tarjeta sobre la mesa.
—Descanse.
—Quiero llamar a Nuria.
—Puede hablar con ella.
—Ahora.
—Desde mi teléfono. Con el altavoz activado y sin pedir que pase mensajes.
—No soy una delincuente.
—Está investigada por homicidio.
La frase sonó más dura fuera de la comisaría.
Celia marcó.
Nuria respondió enseguida.
—¿Ha salido?
—Está conmigo —dijo mi abogada—. La llamada debe respetar las medidas judiciales. No puede participar Lía ni escucharla.
—Está en su habitación.
Me acerqué al teléfono.
—¿Cómo está?
Mi hermana tardó.
—Pregunta por ti.
—Dile que la quiero.
Celia negó.
—No puedo transmitir mensajes —dijo Nuria.
—Decirle que su madre la quiere no es hablar del caso.
—La orden prohíbe comunicación indirecta.
—Es una niña.
—Lo sé.
—¿Ha comido?
—Un poco.
—¿Qué?
—Arroz.
—No le gusta el arroz solo.
—Le puse tomate.
—¿Ha dormido?
—Una siesta.
—¿Ha preguntado por la caída?
Nuria guardó silencio.
Celia me quitó el teléfono.
—No puede preguntar eso.
—Solo quiero saber si está angustiada.
—Está angustiada —respondió mi hermana—. Su padre está muerto y su madre no puede verla.
—No es culpa mía.
—No he dicho que lo sea.
—Lo has dicho así.
—No tengo otra manera de decirlo.
—¿Le enseñaron el dibujo en televisión?
—No.
—¿Está segura?
—Apagué todo.
—¿Y el teléfono?
—No tiene.
—La tableta.
—La guardé.
—No la dejes sola con internet.
—Sé cuidar a Lía.
—No eres su madre.
El silencio cayó entre las dos.
Celia me sostuvo el teléfono lejos de la mano.
—No —dijo Nuria—. Pero ahora mismo soy la persona que puede estar con ella.
Colgó.
Me quedé mirando la pantalla apagada.
—No debía decir eso —dijo Celia.
—Es verdad.
—No ayuda.
—Todo el mundo está muy preocupado por lo que ayuda al caso.
—El caso decide si podrá volver a ser su madre fuera de una prisión.
La puerta de la habitación se cerró cuando Celia se marchó.
Me quedé sola.
La bolsa de Nuria estaba sobre la cama. Dentro había ropa interior, un pantalón, dos camisetas, un cepillo de dientes, desodorante y el jersey azul que Lía decía que me hacía parecer triste.
En el fondo encontré su conejo.
No el de verdad.
Un dibujo.
Lía lo había hecho en una hoja arrancada de un cuaderno. Aparecíamos las dos de la mano. Yo llevaba un vestido rojo. Ella, uno amarillo. Encima había escrito:
MAMÁ VUELVE.
No sabía si Nuria había metido el dibujo sin que Lía lo supiera.
Si mi hija lo había preparado para mí.
Si entregármelo incumplía la orden.
Lo apreté contra el pecho.
Después miré la puerta.
No había policías.
No había cámaras visibles.
No había una inspectora esperando que corrigiera una palabra.
Era libre.
Podía caminar por la habitación.
Abrir la ventana.
Ducharme.
Pedir comida.
Salir a la calle siempre que no me acercara a mi casa, a la empresa, a Ariadna, a Iván, al colegio o a menos de cien metros de mi hija.
La libertad tenía una lista de lugares prohibidos.
Me senté en la cama y volví a mirar el dibujo.
Dos figuras.
Dos vestidos.
Una sola frase.
Mamá vuelve.
No decía cuándo.
No decía cómo.
Tampoco decía qué tendría que recordar Lía para que me permitieran hacerlo.