La segunda caída Capítulo 19 · Hora treinta y seis #3
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Capítulo 19 · Hora treinta y seis #3

—¿Por qué le dijo tantas veces que su padre había caído una sola vez?

—Porque era lo que yo creía.

—¿Y ahora?

—Ahora sé que pudo detenerse en el descansillo y volver a caer.

—¿Cambió su recuerdo después de conocer la reconstrucción?

—Cambió mi comprensión.

—No es lo mismo.

—No.

—¿Estuvo usted en el descansillo?

Celia se puso de pie.

—Mi clienta se acoge a su derecho a no declarar sobre los hechos.

La jueza no apartó los ojos de mí.

—No —respondí.

—Mara.

—No estuve allí.

—¿Llevaba las zapatillas grises?

—No.

—¿Cogió la escultura durante la noche?

—No.

—¿Golpeó a su marido?

—No.

—¿Lo empujó?

—No.

La fiscal tomó notas.

Celia permaneció de pie, inmóvil.

—¿Por qué mintió sobre el momento en que se produjo el hematoma? —preguntó la jueza.

—Porque me daba vergüenza.

—¿Por qué?

—Porque Damián me había agarrado durante una discusión y yo sabía que, si lo decía, todos pensarían que lo había matado.

—Después amplió los episodios de violencia cuando fue detenida.

—Porque comprendí que protegerlo no me estaba protegiendo a mí.

—¿La golpeaba habitualmente?

—Sí.

La palabra salió con facilidad.

Ya tenía un lugar dentro de la historia.

—¿Puede acreditarlo?

—Mi hermana conoce algunos episodios. Sonia escuchó cómo me humillaba. Silvia sabía que revisaba mis mensajes y controlaba el dinero.

—Eso acredita control y maltrato psicológico. No necesariamente agresiones físicas.

—Las agresiones ocurrían cuando estábamos solos.

—¿También la noche de la muerte?

—Me agarró del brazo.

—¿En la planta baja?

—Sí.

—¿Una sola vez?

Recordé lo que había dicho ante Leire.

Dos veces.

La mano al pie de la escalera.

La mano abajo.

El hematoma superpuesto.

—No estoy segura.

Celia cerró los ojos.

—¿Cómo puede no estar segura de cuántas veces la agarró pocas horas antes de morir?

—Porque después intenté reanimarlo. Me tocó. Yo lo toqué. Todo ocurrió muy rápido.

—La marca se produjo antes de la llegada de los sanitarios.

—Sí.

—¿Abajo o antes de la caída?

—Antes.

—Entonces no fue durante la reanimación.

—No.

—¿Por qué dijo que quizá la agarró abajo?

—Porque al principio intenté explicar las fibras bajo sus uñas.

La jueza se quedó quieta.

Había dicho demasiado.

—¿Intentó explicar una prueba antes de que se la comunicaran?

—Me dijeron que tenía sangre y tela bajo las uñas.

—Después de su primera declaración.

—Sí.

—Y fue modificando la secuencia en función de los resultados.

—Fui recordando.

—¿O adaptando?

—Recordando.

La jueza miró a Celia.

—No tengo más preguntas.

Mi abogada se sentó lentamente.

No me miró.

La comparecencia terminó poco después.

La jueza anunció que dictaría resolución tras un receso. Nos llevaron de nuevo a la sala pequeña.

En cuanto la puerta se cerró, Celia dejó la carpeta sobre la mesa.

—Le dije que no declarara.

—Tenía que verme.

—Ya la estaba viendo.

—No como una persona.

—Su trabajo no consiste en verla como una persona. Consiste en decidir si existen motivos para mantenerla encerrada.

—Necesitaba entender que no abandonaría a Lía.

—Acaba de admitir que cambió su versión para explicar una prueba.

—No dije eso.

—Dijo exactamente eso.

—Dije que intentaba comprenderla.

—No.

Celia caminó dos veces hasta la pared y volvió.

—Cuando le preguntaron por qué modificó la historia del agarre, respondió que intentaba explicar las fibras.

—Porque fue así.

—Una persona inocente no construye retroactivamente una escena para acomodar resultados forenses.

—Una persona asustada sí.

—Eso diremos.

—Porque es verdad.

Celia me miró.

—No vuelva a ayudar.

Pasaron cincuenta y tres minutos.

Los conté con el reloj de la pared.

Cada uno parecía una decisión distinta.

En el minuto diecisiete escuchamos gritos en el pasillo. En el treinta y uno, alguien abrió por error y volvió a cerrar. En el cuarenta y seis, Celia recibió un mensaje y no me dijo de quién.

—¿Nuria? —pregunté.

—No.

—¿Lía?

—No.

—¿La prensa?

—Mara.

—Solo quiero saber qué ocurre afuera.

—Afuera ya existen dos grupos. Uno cree que mató a un maltratador. El otro que está inventando el maltrato para librarse.

—¿Y usted?

—Estoy intentando que ninguna de las dos versiones decida antes que la jueza.

—No ha respondido.

—No era una pregunta jurídica.

En el minuto cincuenta y cuatro, regresó el funcionario.

Nos llevaron de nuevo a la sala.

La jueza no leyó todo el auto. Explicó la parte esencial.

No prisión.

Libertad provisional.

Sentí que mi cuerpo se aflojaba antes de comprender las condiciones.

Comparecencias diarias en el juzgado.

Entrega del pasaporte.

Prohibición de abandonar la provincia.

Prohibición de comunicarse con Iván Corbacho y Ariadna Vives.

Prohibición de acceder a los servidores, oficinas y documentación de Llorca Proyectos.

Y, de manera temporal, prohibición de mantener contacto directo o indirecto con Lía sin supervisión profesional.

—No —dije.

Celia me agarró de la muñeca.

—Silencio.

—Es mi hija.

La jueza siguió leyendo.

La medida se revisaría cuando la especialista evaluara el impacto y estableciera un régimen de visitas que evitara interferencias. Nuria asumiría el cuidado provisional.

—No he hecho nada a mi hija.

—Señora Sanz —dijo la jueza—, no se la está protegiendo de usted como madre. Se está protegiendo su libertad para declarar.

—Ya ha declarado.

—Puede necesitar ampliar o aclarar.

—La están destruyendo.

—La medida también busca reducir su ansiedad.

—Separándola de mí.

—Será temporal.

—¿Cuánto?

—No puedo concretarlo.

—Entonces no es temporal.

Celia tiró de mi brazo.

—Mara.

—No puedo salir y dejarla aquí.

La jueza se quitó las gafas.

—La alternativa solicitada por la fiscal era su ingreso en prisión.

La frase me hizo callar.

—Si incumple cualquiera de las medidas —continuó—, se revisará su situación y puede ordenarse la prisión provisional.

—¿Puedo hablar con Nuria?

—No sobre el testimonio de la menor ni para transmitirle mensajes relacionados con los hechos.

—¿Puedo preguntarle cómo está?

—Sí.

—¿Puedo verla por videollamada?

—No hasta que se establezca supervisión.

—¿Puede oír mi voz?

—No de forma directa por ahora.

—¿Puedo escribirle?

—Las comunicaciones deberán ser revisadas y autorizadas.

Sentí que me arrancaban algo con cada respuesta.

La fiscal pidió que se incluyera expresamente la prohibición de acercamiento al colegio y al domicilio de Nuria. La jueza aceptó una distancia de cien metros, salvo autorización.

Cien metros.

Podía estar en la misma calle y no abrazarla.

Podía ver su ventana y no llamar.

Podía salir de una celda y seguir sin volver con mi hija.

Firmé las medidas.

Otra firma.

Mara Sanz.

La funcionaria retiró el papel.

—Queda en libertad provisional.

La frase no produjo nada.

Nos devolvieron a la sala para recoger mis efectos. Me entregaron una bolsa con la alianza, los pendientes, los cordones y el contenido de mis bolsillos. El teléfono seguía intervenido. También las llaves de casa.

Me puse el anillo.

El dedo seguía inflamado. Tuve que empujarlo hasta la base.

—No debería —dijo Celia.

—¿Qué?

—Llevarlo.

—Es mío.

—La prensa lo interpretará.

—Todo lo interpretan.

—Exactamente.

Me até las zapatillas.

No las grises.

Las que llevaba cuando me detuvieron.

No tenían sangre.

Antes de salir, Celia habló con los agentes. Había periodistas en la entrada principal y en el aparcamiento. Nos permitirían utilizar una salida lateral.

—¿Adónde voy? —pregunté.

—A un hotel.

—Quiero ir a casa.

—Sigue precintada.

—A casa de Nuria.

—Tiene prohibido acercarse.

—Entonces ¿dónde?

—He reservado una habitación.

—No tengo ropa.

—Nuria ha preparado una bolsa.

—¿Va a traerla?

—La dejará en recepción.

—Quiero verla.

—No puede.

—A ella sí.

—A su hermana, sí. Pero no conviene que se encuentren hoy. Hay periodistas siguiéndola y la fiscal vigilará cualquier intento de contacto indirecto con Lía.

—No voy a utilizar a Nuria.

Celia no respondió.

La salida lateral daba a una calle estrecha. Había dos coches oficiales y una furgoneta de reparto. Durante un segundo creí que habíamos evitado a la prensa.

Después aparecieron.

Salieron desde la esquina y corrieron hacia nosotras.

—¡Mara!

—¡Ha quedado en libertad!

—¿La jueza cree que actuó en defensa propia?