Capítulo 19 · Hora treinta y seis
Me llevaron ante la jueza con las manos esposadas a la espalda.
Celia había pedido que me permitieran llevarlas delante porque tenía el brazo lesionado. El agente dijo que el traslado se realizaba según protocolo. Mi abogada respondió que el protocolo no podía empeorar una lesión documentada. Discutieron durante cuatro minutos junto a la puerta del calabozo.
Al final me pusieron las esposas delante.
Aquella fue la primera victoria del día.
El furgón no tenía ventanas. Solo una abertura estrecha cubierta por una rejilla, demasiado alta para ver la calle.
Durante el trayecto sentí cada curva, cada frenazo y cada cambio de superficie bajo las ruedas.
Intenté calcular por dónde íbamos, pero había perdido la orientación antes de salir del aparcamiento.
—Cuando entremos —dijo Celia desde el asiento de enfrente—, no mire a las cámaras.
—No hay cámaras dentro de un juzgado.
—Las habrá fuera.
—¿Han seguido hablando de Lía?
—Sí.
—¿Qué han dicho?
—Que es la testigo clave.
—No es una testigo.
—No discuta eso con los periodistas.
—No pienso hablar con ellos.
Celia me sostuvo la mirada.
—Ayer tampoco pensaba hacerlo.
Bajé los ojos hacia mis manos.
Las esposas rodeaban mis muñecas, pero no estaban demasiado ajustadas. La derecha tenía una pequeña marca roja donde el metal rozaba al moverme. La izquierda quedaba cerca de los dedos oscuros del hematoma.
—¿La jueza ha visto las fotografías? —pregunté.
—Todo el atestado preliminar.
—¿También el brazo?
—Sí.
—¿Y la declaración de Nuria?
—Sí.
—Entonces entenderá.
—No sabemos qué entenderá.
—Damián me maltrataba.
Celia no respondió.
—¿Va a decirlo?
—Voy a explicar que existía un contexto de control económico, humillación, agresiones y miedo. También que usted intentó ocultarlo por vergüenza y protección familiar.
—No intenté ocultarlo.
—Mara.
—No al principio.
—Lo negó expresamente.
—Porque estaba muerto.
—Eso no mejora la frase.
El furgón frenó.
Escuchamos una puerta exterior, voces y el golpe de varios objetivos contra la carrocería.
Las cámaras.
Celia se inclinó hacia mí.
—No diga que él la golpeó si le preguntan por la noche de la muerte. Diga exactamente lo que ha declarado: la agarró del brazo durante la discusión.
—Me agarró más veces.
—Eso puede explicarlo después.
—¿Después de qué?
—De salir.
La puerta se abrió.
La luz me obligó a cerrar los ojos.
Los agentes bajaron primero. Celia salió detrás. Cuando me tocó a mí, escuché mi nombre repetido desde distintos lugares.
—¡Mara!
—¿Mató a Damián Llorca?
—¿Fue en defensa propia?
—¿Su marido la maltrataba?
—¿Qué vio su hija?
El agente colocó una mano sobre mi cabeza para ayudarme a bajar, como si pudiera golpearme con el marco. Las cámaras estaban detrás de una valla. Había más personas que en la comisaría. Algunas sostenían micrófonos. Otras teléfonos.
Una mujer levantaba una pancarta.
NINGUNA MUJER DEBE MORIR PARA SER CREÍDA.
No sabía si se refería a mí.
Al lado, un hombre gritaba que las asesinas también mentían.
—¡Mara! —volvió a llamar una periodista—. ¿Lo empujó para proteger a su hija?
No miré.
No respondí.
Solo caminé.
Dentro del edificio olía a papel, polvo y café. Nos condujeron por un pasillo lateral hasta una sala pequeña donde retiraron las esposas. Había dos sillas, una mesa y una imagen institucional en la pared.
Me froté las muñecas.
—¿Cuánto falta? —pregunté.
—No mucho —dijo Celia.
—Eso no significa nada.
—La fiscal está terminando de revisar el informe forense.
—¿Va a pedir prisión?
—Sí.
—¿Y usted?
—Libertad provisional.
—¿La jueza puede decidir que vuelva a casa?
—Puede.
—¿Hoy?
—Sí.
—¿Y Lía?
Celia abrió la carpeta.
—La fiscal pedirá que no tenga contacto con ella.
Creí haber entendido mal.
—¿Qué?
—Mientras se determine si usted ha intentado influir en su relato.
—Es mi hija.
—Lo sé.
—No pueden prohibirme verla.
—Pueden imponer medidas cautelares para proteger una prueba.
—Lía no es una prueba.
—Para la fiscal, parte de su testimonio sí.
Me levanté.
—No voy a aceptar eso.
—No tiene que aceptarlo.
—Entonces dígales que no.
—Lo haré.
—No. Dígales que si salgo, vuelvo con ella.
—Mara, si plantea la libertad como una elección entre la celda y el contacto inmediato con Lía, la fiscal utilizará eso para justificar la prisión.
—¿Por qué?
—Porque parecerá que su prioridad es hablar con la testigo principal.
—Mi prioridad es abrazar a mi hija.
—Ya lo sé.
—No parece.
Celia dejó la carpeta.
—Escúcheme. La llamada de ayer fue grabada. En ella corrigió a Lía, le pidió que confirmara que usted estaba con ella y discutió el orden de los sonidos. La especialista ha señalado un riesgo alto de contaminación del recuerdo.
—La policía ya lo contaminó.
—Eso lo argumentaremos.
—Nuria también habló delante de ella.
—Sí.
—La televisión enseñó el dibujo.
—Sí.
—Entonces ¿por qué solo me prohíben hablar?
—Porque usted es la investigada.
—No significa que sea culpable.
—No. Pero significa que la jueza puede limitar el contacto si cree que existe riesgo para el procedimiento.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Hasta que se emita un informe o se establezca un régimen supervisado.
—¿Días?
—Probablemente.
—¿Semanas?
—Puede.
Me senté otra vez.
La libertad dejó de parecer una puerta.
Era otra celda, solo que más grande.
—No puedo dejarla con Nuria —dije.
—¿Por qué?
—Ya se lo expliqué.
—Me dijo que no quería que su hermana la criara. Eso no es una explicación.
—Nuria habla demasiado.
—La policía ya le ha indicado que no converse con la niña sobre los hechos.
—No sabe callarse.
—¿Ha intentado influir antes en Lía?
—No.
—¿Le habla mal de usted?
—No.
—¿La pone en peligro?
—No.
—Entonces no existe una base para impedir que se haga cargo temporalmente.
—Soy su madre.
—Y su madre necesita salir de prisión antes de discutir la custodia provisional.
La puerta se abrió.
Un funcionario pronunció mi nombre.
—Es el momento.
La sala no se parecía a las de televisión.
No había un estrado alto ni bancos llenos de público.
Era un despacho grande adaptado para la comparecencia.
La jueza se sentaba detrás de una mesa cubierta de expedientes.
A su derecha estaba la fiscal. Leire ocupaba una silla al fondo, junto a Vega y un hombre del juzgado que escribía en un ordenador.
La jueza se llamaba Irene Olmedo.
Tendría poco más de cincuenta años. Llevaba gafas de montura fina y el cabello sujeto con una pinza. No tenía expresión severa ni amable. Parecía alguien que había escuchado demasiadas versiones de una misma noche antes de que yo entrara.
Me indicaron dónde sentarme.
Celia quedó a mi lado.
La fiscal se llamaba Patricia Mares. La reconocí porque había aparecido en una fotografía de un periódico. Era más joven de lo que esperaba y hablaba sin mirar los papeles durante largos fragmentos.
Primero confirmaron mi identidad.
Nombre.
Dirección.
Estado civil.
—Casada —respondí.
La palabra produjo una pausa.
La funcionaria corrigió:
—Viuda.
No debería haberme afectado.
Lo hizo.
La jueza explicó que podía declarar o acogerme a mi derecho a no hacerlo. Celia había insistido en que guardara silencio. La fiscal ya tenía mis contradicciones. Cada nueva explicación abría otra puerta.
—No declararé —dije.
La jueza asintió.
Después habló la fiscal.
No levantó la voz.
No necesitaba hacerlo.
—Los indicios reunidos hasta este momento permiten sostener que Damián Llorca no sufrió una caída única y accidental, sino dos precipitaciones separadas por un intervalo durante el cual permaneció consciente en el descansillo de la escalera de su vivienda.
Colocó una fotografía delante de la jueza.
No podía verla desde mi lugar, pero sabía cuál era.
La sangre en la barandilla.
La mano.
El descansillo.
—Durante ese intervalo —continuó—, el fallecido pronunció el nombre de la investigada y sufrió un impacto craneal compatible con una escultura de bronce hallada posteriormente bajo una consola del recibidor.
Celia anotaba.
Yo miraba a Leire.
Ella no me miraba.
—En el objeto aparecen huellas de la señora Sanz, incluida una impresión parcial situada en una posición compatible tanto con la manipulación cotidiana como con la sujeción utilizada para presionar el borde contra la cabeza de una persona situada a menor altura.
La jueza hojeó el informe.
—¿Existe proyección de sangre sobre la investigada? —preguntó.
—No concluyente. El camisón presenta transferencia y salpicaduras atribuibles en parte a las maniobras de reanimación.
—¿Se puede determinar que la escultura estaba en la mano de alguien cuando produjo la lesión?
—No de manera definitiva.
La jueza levantó la vista.
—Entonces no puede afirmarse que fuera utilizada como arma.
—Puede afirmarse que es compatible con el arma y que la dinámica accidental propuesta presenta dificultades.
—Compatible no es utilizada.
—No, señoría.
La primera grieta.
Pequeña.
Celia no me miró, pero movió el pie hasta tocar el mío.
La fiscal continuó.
Habló de las zapatillas.
De la sangre en la suela.
De la huella parcial en el descansillo.
De la declaración inicial en la que yo aparecía descalza durante toda la secuencia.
—La investigada ofreció cinco explicaciones distintas sobre cómo pudo llegar el calzado al armario —dijo.
—No ofrecí cinco —murmuré.
Celia me apretó la rodilla.
La jueza levantó los ojos.
—¿Desea declarar?
—No.
—Entonces no interrumpa.
La fiscal habló de Lía.
No utilizó su nombre al principio. Dijo la menor. La hija común. La testigo infantil.
Parecía referirse a una persona distinta.
—La menor distingue dos secuencias de caída, una pausa, una voz masculina y la presencia de su madre en la habitación antes del segundo impacto. Afirma que la investigada anunció que el padre se había caído antes de producirse el ruido principal.
—La entrevista contiene contradicciones graves —intervino Celia.
—Tendrá su turno.
—La fiscal está presentando como hechos conclusiones que la propia especialista califica como recuerdos susceptibles de contaminación.
La jueza miró a mi abogada.
—Déjela terminar.
Patricia Mares no pareció molesta.