La segunda caída Capítulo 18 · Hora treinta y tres #3
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Capítulo 18 · Hora treinta y tres #3

—Es una alternativa coherente con los indicios conocidos. Damián había discutido por el objeto con Ariadna anteayer. Ella estaba esperando fuera. Él podía llevar la escultura para devolvérsela o utilizarla en la negociación sobre la carpeta.

—No encontramos la carpeta —dijo Leire.

—Precisamente.

—¿Cree que la escondió junto con el premio?

—Creo que la investigación tiene más de una explicación posible.

La inspectora volvió a mirar las fotos.

—Damián llevaba un teléfono en el bolsillo, las llaves y probablemente la carpeta. ¿También transportaba una escultura de tres kilos y medio con un solo zapato?

—La carpeta no apareció —señaló Celia.

—El teléfono sí.

—Entonces podía llevar solo el premio.

—¿Por qué se quitó un zapato?

—Le molestaba.

—¿Y decidió bajar sin terminar de descalzarse?

—Había bebido.

—La alcoholemia no era elevada.

—Había tomado zolpidem.

—La cantidad detectada es terapéutica.

—Mezclado con alcohol.

—Sí.

—Eso afecta al equilibrio.

—Puede afectarlo.

—Y a la coordinación.

—Sí.

Celia cerró la carpeta.

—Un hombre que había bebido, había tomado medicación, caminaba por una escalera defectuosa con un objeto pesado en las manos y un zapato menos. Parece una explicación bastante razonable para una caída.

Leire no respondió.

Por primera vez, la teoría no parecía construida únicamente para negar.

Tenía piezas.

El zapato.

El alcohol.

La medicación.

Ariadna esperando.

El premio disputado.

La escalera insegura.

Incluso la pausa podía explicarse: Damián cae hasta el descansillo, permanece consciente, intenta incorporarse, el objeto lo golpea o cae sobre él y después pierde el equilibrio.

Nadie necesitaba estar allí.

Nadie necesitaba decidir nada.

—¿Puedo irme? —pregunté.

Celia me miró.

—No depende de la inspectora.

—Pero esto cambia el caso.

Leire recogió las fotografías.

—Añade una posibilidad.

—Duda razonable.

—Todavía no estamos en juicio.

—Estoy detenida.

—Comparecerá ante el juez en unas horas.

—¿Y usted qué dirá?

La inspectora guardó la imagen del tejado ensangrentado.

—Que la escultura pudo caer con Damián.

Sentí que podía respirar.

—También diré que alguien la había levantado aquella mañana, conocía el defecto de la escalera, mintió sobre cuándo la tocó y dejó una huella en la parte exacta desde la que se sujetaría para utilizarla como arma.

El aire volvió a detenerse.

—No se sujeta por el tejado para golpear a alguien —dije.

—No.

—Entonces su teoría ni siquiera tiene sentido.

—La huella no está sobre el borde. Está en la cara opuesta.

Leire colocó la fotografía por última vez frente a mí.

Señaló la línea negra.

—Si se agarra la base con una mano y se estabiliza el tejado con la otra, los dedos quedan exactamente ahí.

Celia observó la imagen.

Yo también.

—Así no se puede golpear con fuerza —dije.

—Se puede empujar el borde contra una superficie.

—¿Empujar?

—O contra una cabeza que está más baja.

Damián en el descansillo.

De rodillas.

Intentando levantarse.

No permití que la imagen permaneciera.

—No estaba allí.

—Eso tendrá que decidir el juez.

Leire se dirigió a la puerta.

—Hay algo más —dijo antes de salir.

No quería oírlo.

—¿Qué?

—La impresión del tejado no está completa.

—Ya lo sabemos.

—Falta una parte porque la sangre de Damián la cubrió después.

La sala quedó en silencio.

—¿Qué significa? —preguntó Celia.

—Que Mara tocó esa zona antes de que la sangre llegara al objeto.

Mi abogada tardó un instante en responder.

—Lo tocó por la mañana.

—Sí.

—Entonces sigue teniendo una explicación inocente.

—Sí.

Leire abrió la puerta.

—Pero también significa que, cuando la escultura golpeó a Damián, sus huellas ya estaban exactamente donde habrían quedado si la hubiera sostenido.

Se marchó.

Celia permaneció observando la fotografía.

—La colocó por la mañana —dije.

—Sí.

—Sonia lo confirma.

—Sí.

—Eso explica la impresión.

—Sí.

—Entonces ¿por qué pone esa cara?

Mi abogada cerró la carpeta sobre las imágenes.

—Porque una explicación inocente no impide que también sea cierta la otra.

La agente me condujo de vuelta a la celda.

Antes de que cerrara la puerta, pregunté:

—¿Han detenido a Ariadna?

—No lo sé.

—¿E Iván?

—Sigue aquí.

—Entonces no soy la única.

La agente no respondió.

Me senté en el colchón.

La mujer de la celda contigua estaba despierta.

—¿Qué han encontrado ahora? —preguntó.

—Nada.

—Siempre encuentran algo.

Miré mis manos.

Habían limpiado la sangre, pero aún podía recordar el peso de la casa de bronce. Tres kilos y medio. La base sostenida entre las palmas. El tejado rozando los dedos.

Sonia había visto cómo la colocaba sobre la consola por la mañana.

Eso era bueno.

Explicaba las huellas.

La convertía en un objeto cotidiano.

Inofensivo.

Un premio viejo que cualquiera podía tocar.

Cerré la mano derecha.

Imaginé la base apoyada sobre ella.

La izquierda estabilizando el tejado.

El borde opuesto orientado hacia delante.

Leire tenía razón en una sola cosa.

Así podía sostenerse.

Pero poder sostener un objeto no significaba haberlo utilizado.

Poder imaginar una muerte no significaba haberla cometido.

Y que una huella tuviera dos explicaciones no convertía la peor en verdadera.

La convertía en indemostrable.