La segunda caída Capítulo 18 · Hora treinta y tres #2
43%

Capítulo 18 · Hora treinta y tres #2

—¿Han analizado la sangre del camisón? —preguntó.

—Sí.

—¿Hay proyección de alta velocidad?

—No.

—¿Gotas compatibles con un impacto cercano?

—Hay sangre transferida y salpicaduras producidas durante la reanimación.

—¿Alguna gota en la parte posterior del cuerpo de mi clienta?

—Dos pequeñas manchas en el hombro.

—¿Pueden haberse producido durante las compresiones?

—Sí.

—¿Pueden demostrar que estaba junto a Damián cuando recibió el golpe de la escultura?

—No.

Mi abogada anotó algo.

—Entonces esa será nuestra posición.

Leire me miró.

—¿Cuál?

Celia respondió:

—Mara tocó la escultura durante la mañana. Damián la manipuló al llegar o durante la discusión. El objeto cayó con él, golpeó la pared superior, le provocó la lesión craneal y terminó desplazado durante las maniobras de emergencia o por su propia trayectoria.

—Los sanitarios niegan haberlo movido.

—Nadie puede asegurar dónde colocó cada pie, maletín o silla durante nueve minutos de reanimación.

—La escultura apareció debajo de la consola, detrás de una silla.

—Precisamente. El mobiliario se desplazó.

—La silla estaba delante antes de que llegaran.

—¿Cómo lo saben?

—Por la grabación de la llamada.

Leire pulsó una tableta.

La colocó frente a nosotras.

No había imagen. Solo sonido.

Mi voz.

La respiración.

La operadora.

Y después, mientras intentaba girar a Damián, un ruido fuerte de madera arrastrándose.

—Eso es la silla —dijo la inspectora.

—Entonces se movió —respondió Celia.

—Hacia la consola.

—Pudo empujar la escultura debajo.

—El objeto ya estaba allí.

—¿Cómo puede saberlo sin imágenes?

Leire adelantó el audio.

Se escuchó algo más.

Un golpe metálico.

Pequeño.

Cercano.

La casa de bronce contra el suelo.

—¿Qué es eso? —pregunté.

—Se produce diecisiete segundos después de iniciarse la llamada.

—Entonces la escultura todavía se estaba moviendo.

—O alguien la movió.

—Yo estaba hablando con la operadora.

—También estaba junto al cuerpo.

—No levanté el premio.

—No he dicho que lo hiciera durante la llamada.

Celia pidió escuchar otra vez.

El ruido.

Un roce.

El sonido metálico.

Mi respiración.

—Puede ser material de la casa —dijo—. Un objeto de los sanitarios no, porque todavía no habían llegado. Pero una llave, un teléfono, una hebilla, cualquier cosa.

—La escultura produce un sonido similar al golpear el suelo —respondió Leire.

—Similar.

—Sí.

—No pueden identificarlo.

—No de forma absoluta.

—Entonces no lo presentarán como si lo hubieran hecho.

Leire detuvo el audio.

—Hay una segunda grabación.

—¿De dónde? —preguntó Celia.

—La cámara exterior de una vivienda vecina.

El miedo apareció sin avisar.

—No apunta a nuestra casa —dije.

—No. Solo registra sonido.

—Entonces es lo mismo que Carmen.

—Con una ventaja: tiene hora exacta y no depende de la memoria.

Leire reprodujo el archivo.

Primero se escuchaba viento.

Un perro ladrando.

Un coche lejano.

Después un estruendo.

La primera caída.

El sonido era distinto del que recordaba. Más profundo. Con varios golpes seguidos y uno final contra madera.

Luego silencio.

Ocho segundos.

Una voz masculina.

No se distinguía la palabra.

Después un ruido seco.

No una caída completa.

Un golpe.

Tres segundos más tarde, la segunda secuencia.

Más fuerte.

Más larga.

El cuerpo bajando el tramo inferior.

Celia pidió repetirlo.

Lo escuchamos otra vez.

Primera caída.

Silencio.

Voz.

Golpe.

Pausa.

Segunda caída.

—¿Qué es el golpe intermedio? —preguntó.

Leire miró la fotografía del premio.

—Creemos que la escultura contra la cabeza de Damián.

Sentí un sabor metálico en la boca.

—No.

—Es una hipótesis.

—El premio lo golpeó durante la primera caída.

—La secuencia sonora sitúa un impacto aislado después.

—Puede ser otra cosa.

—Sí.

—La barandilla.

—Podría.

—Damián intentando levantarse.

—También.

—El premio golpeando la pared.

—Sí.

—Entonces no diga que fue un golpe en la cabeza.

—He dicho creemos.

—Pues creen mal.

Leire apagó el audio.

—La autopsia indica que la herida del objeto se produjo antes de las lesiones más graves del tramo inferior.

—Eso ya lo sabíamos.

—No sabemos si antes de la primera caída o durante la pausa.

—Durante la primera.

—¿Por qué?

—Porque yo no estaba allí.

La inspectora no apartó la mirada.

—Esa no es una razón física.

—Es la verdad.

—Entonces alguien más tuvo que golpearlo durante esos ocho segundos.

—Ariadna.

—No hay indicios de que entrara.

—Iván.

—Tampoco.

—Damián pudo golpearse solo.

—¿Con una escultura?

—Pudo intentar apartarla, levantarla, utilizarla para sujetarse.

—¿Por qué estaría en el descansillo?

—La llevaba desde abajo.

—¿Para qué?

—No sé.

—¿Para hablar con Ariadna?

—Puede.

—¿Para entregársela?

Recordé el proyecto de Los Olivos.

El premio que también pertenecía a ella.

—Sí.

La respuesta llegó con una claridad inesperada.

—Ariadna estaba fuera. Le había pedido que saliera con la carpeta. Damián pudo coger el premio para devolvérselo o provocarla. Subió al dormitorio, dejó un zapato, recogió algo y volvió. Cuando bajaba, cayó con la escultura.

Leire me observó.

—Esa teoría no la había mencionado.

—No sabía que Ariadna quería el premio.

—Lo supo hace horas.

—No había relacionado las cosas.

—Ahora sí.

—Sí.

Celia habló despacio: