La segunda caída Capítulo 18 · Hora treinta y tres
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Capítulo 18 · Hora treinta y tres

La casa de bronce tenía mis huellas.

Leire me lo comunicó como si hubiera estado esperando desde la primera noche para pronunciar aquella frase. No dijo que habían encontrado huellas en el arma, ni que mis dedos aparecían sobre el objeto que probablemente había roto el cráneo de Damián.

Dijo:

—La casa de bronce tiene sus huellas.

Yo llevaba despierta casi todo el tiempo desde la entrevista de Lía. No sabía si era de mañana o de noche. La celda conservaba siempre la misma luz, el mismo olor y la misma temperatura. El cuerpo terminaba dejando de preguntar qué hora era. Solo esperaba el ruido de la puerta.

Celia estaba conmigo.

Habían colocado sobre la mesa varias fotografías de la escultura. Una de frente, otra de perfil, dos ampliaciones del tejado y una imagen tomada desde abajo. En cada una aparecían pequeñas marcas de colores junto a las zonas donde el laboratorio había identificado rastros.

Amarillo para huellas.

Rojo para sangre.

Azul para fibras o cabello.

Parecía un plano de obra de Damián.

Todo clasificado.

Todo señalado.

Todo preparado para demostrar que alguien sabía más que quien miraba.

—Vivía en nuestra casa —respondí—. Claro que tiene mis huellas.

Leire señaló la primera fotografía.

—La impresión más completa está en la base.

—Por donde se coge.

—Sí.

—Entonces no entiendo el problema.

—Hay otras dos en la parte posterior.

—También la tocaba.

—Y una parcial en el tejado.

Miré la imagen.

El tejado era la zona más estrecha y afilada de la escultura. La parte que tenía sangre de Damián en uno de los bordes.

—Pude rozarlo.

—¿Cuándo?

—No sé.

—Ayer aseguró que no recordaba cuándo lo había tocado por última vez.

—Sigue siendo cierto.

—Sonia sí lo recuerda.

Celia levantó la vista.

—¿Han vuelto a interrogarla?

—Sí.

—¿Con abogado?

—No está investigada.

—Todavía —dije.

Leire ignoró el comentario.

—Sonia ha declarado que la mañana anterior a la muerte limpió la consola del recibidor. Retiró la escultura, la dejó en el suelo y usted volvió a colocarla en su sitio.

Recordé el peso.

El frío del metal.

La pequeña muesca en el tejado.

No había sido un recuerdo oculto. Estaba allí. Lo había contado dentro de mi cabeza, mientras reconstruía la última mañana de Damián, pero no delante de ellas.

—Puede ser.

—¿Puede?

—No recuerdo cada objeto que levanto durante el día.

—Sonia dice que hablaron sobre el peso.

—Hablábamos de muchas cosas.

—Y sobre la barandilla.

—Sí.

—Ella comentó que un día alguien acabaría cayéndose.

La frase produjo un silencio demasiado limpio.

—Era una forma de hablar —dije.

—¿Usted qué respondió?

—No lo recuerdo.

Leire abrió una declaración.

—Según Sonia: «Ya se lo he dicho. Díselo tú. A ti te escucha».

Era exactamente lo que había ocurrido.

Hasta la respuesta de Sonia.

A mí me escucha porque me paga.

No comprendía cómo la mujer podía recordar una conversación tan pequeña después de un día entero limpiando otras casas.

—¿Eso es una amenaza? —pregunté.

—No.

—¿Una planificación?

—No he dicho eso.

—Entonces ¿por qué importa?

—Porque demuestra que conocía el defecto de la escalera y que manipuló la escultura pocas horas antes de la muerte.

—La coloqué sobre una consola.

—Por la base.

—Sí.

—Entonces ¿cómo dejó una huella en el tejado?

—Pude sujetarla mal.

—Sonia dice que usted la levantó con las dos manos por la base.

—Sonia estaba recogiendo sus cosas.

—La estaba mirando.

—¿Por qué?

—Dice que vio la muesca y le preguntó si Damián se enfadaría.

No recordaba esa parte.

Quizá no había ocurrido.

O quizá Sonia había mirado la pequeña marca después, mientras la policía fotografiaba la escultura, y su memoria la había colocado por la mañana.

Los recuerdos hacían eso.

Leire lo sabía cuando se trataba de Lía.

Solo dejaba de saberlo cuando el recuerdo me perjudicaba a mí.

—No me preguntó nada —dije.

—¿Está segura?

—Sí.

—Hace un momento no recordaba haber levantado el objeto.

—Ahora recuerdo que Sonia no me preguntó por la muesca.

—¿Cómo funciona eso?

Celia cerró su bolígrafo.

—Inspectora, no convertirá las variaciones normales de memoria en indicios independientes.

—No necesito hacerlo. Ya tengo los indicios.

—Tiene huellas de una mujer sobre un objeto de su propia casa.

—Objeto que presenta sangre y tejido del fallecido.

—Y huellas de otras personas.

Leire señaló los círculos amarillos.

—Damián dejó una impresión en una de las paredes laterales.

—Era su premio.

—Sí.

—Ariadna también lo tocó.

—Hay una impresión parcial compatible con ella en la parte inferior de la base.

—Compatible.

—Sí.

—¿Y ninguna en el tejado?

—No.

—¿Sonia?

—Dos huellas en la base y una en la cara trasera.

—Entonces la tocó.

—La limpió.

—¿Con guantes?

—Según ella, sí.

—Pues no muy bien.

—Las huellas pueden ser anteriores.

—Exactamente.

Leire volvió hacia mí.

—Las suyas también.

—Eso llevo diciendo desde que entró.

—Pero hay una diferencia.

Puso una ampliación sobre las demás.

El tejado de bronce ocupaba toda la imagen. Junto al borde ensangrentado aparecía una línea curva resaltada con polvo negro.

—Esta impresión está parcialmente superpuesta a una zona limpiada.

—No entiendo.

—Alguien pasó un paño por el objeto y después usted lo tocó.

—Sonia lo limpió. Yo lo coloqué en la consola.

—Eso explica la huella.

—Entonces ¿qué problema hay?

—Que está muy cerca del borde de impacto.

—Cerca no significa encima.

—No.

—Y una persona puede coger un objeto sin utilizarlo para matar a nadie.

—Sí.

—Entonces sus pruebas demuestran que toqué una cosa dentro de mi casa.

Leire reunió las fotografías con calma.

—También demuestran que mintió cuando dijo que no recordaba haberla tocado.

—No mentí. No lo recordaba.

—Ahora sí.

—Porque me lo ha contado.

—Como a Lía.

La frase me irritó más que cualquier acusación directa.

—No compare esto con mi hija.

—Ambas han incorporado información posterior a sus recuerdos.

—Yo soy adulta.

—Eso no siempre ayuda.

Celia intervino antes de que respondiera.

—¿Cuál es el resultado exacto del estudio del objeto?

Leire sacó un informe.

—La sangre pertenece a Damián. También el tejido hallado en la muesca del tejado. La forma y las dimensiones del borde son compatibles con la lesión superior del cráneo.

—¿Compatibles o coincidentes? —preguntó mi abogada.

—Compatibles con un grado alto.

—Eso no establece el mecanismo.

—No.

—¿Puede haberse producido si la escultura cayó durante el accidente?

—Sí.

La palabra volvió a abrir un pequeño espacio.

—¿Puede haberse producido si alguien la lanzó desde el tramo superior? —continuó Celia.

—También.

—¿Y si estaba sobre la consola y el cuerpo la desplazó?

—La trayectoria es menos probable.

—Pero posible.

—Físicamente, sí.

—¿Puede demostrar que alguien la sostuvo al golpear a Damián?

Leire no respondió.

—No —dijo Celia por ella.

—Todavía no.

—No hay marcas de agarre que puedan fecharse, sangre proyectada sobre la mano de mi clienta ni testigos de una agresión.

—Hay una niña que la sitúa con el objeto.

—Una niña que después reconoce haberlo incorporado al recuerdo al verlo dentro de una bolsa.

—También dice que Mara llevaba las zapatillas manchadas.

—No estamos hablando de las zapatillas.

—Todo forma parte de la misma secuencia.

—Solo si primero se acepta la secuencia que ustedes quieren demostrar.

Leire abrió el informe por otra página.

—Hay microgotas de sangre en la parte posterior de la escultura.

Celia se inclinó.

—¿Proyección?

—Podrían serlo.

—¿Podrían?

—La cantidad es muy pequeña.

—¿También podrían haberse producido al rodar junto al cuerpo?

—Sí.

—¿Al caer sobre sangre ya depositada?

—Con ese patrón, es menos probable.

—Pero no imposible.

—No.

Mi abogada volvió a recostarse.

—Entonces sigue sin existir una forma de establecer si el objeto fue blandido, lanzado o arrastrado durante la caída.

—No de manera concluyente.

—Perfecto.

No había nada perfecto, pero agradecí escuchar la palabra.

Leire cerró el informe.

—Hay otro resultado.

Celia no mostró sorpresa.

Yo sí.

Siempre había otro resultado.

—¿Qué han encontrado?

—Un fragmento de pintura blanca en la base.

—La consola está junto a una pared blanca.

—La composición no coincide con la pintura del recibidor.

—¿Entonces?

—Coincide con la pared del tramo superior de la escalera.

Miré la fotografía.

La base negra tenía una pequeña línea clara junto a una esquina.

—Golpeó la pared mientras caía —dije.

—Sí.

—Eso confirma que cayó con Damián.

—Confirma que el objeto estuvo en el tramo superior o en el descansillo.

—¿Dónde más iba a estar si cayó con él?

—En la mano de alguien que subió con él.

Celia colocó su carpeta sobre el informe.

—Eso es una interpretación.

—Sí.

—No una prueba.

—No todavía.

Me levanté.

—Estoy cansada de esa palabra.

—Siéntese —dijo Celia.

—No.

La agente de la puerta dio un paso.

Mi abogada levantó una mano.

—No hace falta.

Volví a mirar las fotografías.

—¿Dónde estaba exactamente la pintura?

—En la esquina inferior de la base —explicó Leire.

—Entonces el objeto golpeó la pared por abajo.

—Sí.

—Si alguien lo llevaba en la mano, podría haberlo golpeado de cualquier manera.

—También.

—Pero si cayó, la base chocó primero con la pared.

—Es posible.

—Después el tejado golpeó a Damián.

—El orden no puede determinarse.

—Entonces pudo ocurrir así.

—Sí.

—Y después siguió bajando.

—La escultura apareció bajo la consola.

—Rebotó.

Leire negó muy suavemente.

—El problema sigue siendo la dirección.

—Las cosas no caen en línea recta.

—No.

—Golpean paredes, peldaños, cuerpos.

—Sí.

—Entonces terminó debajo de la consola.

—En dirección contraria al recorrido principal.

—Puede ocurrir.

—Puede.

Sentí que la rabia me calentaba el rostro.

—Todo puede ocurrir hasta que me favorece.

—No. Todo puede ocurrir. Lo que cambia es la probabilidad.

—¿Y quién la decide?

—La física, los indicios y, finalmente, un juez.

—No había cámaras.

—No.

—Nadie vio quién sostenía el premio.

—No.

—Mis huellas tienen una explicación.

—Sí.

—Las de Ariadna también.

—Sí.

—La sangre también.

—Varias.

—Entonces no tienen nada.

Leire no respondió.

Eso me dio más miedo que si hubiera enumerado otra vez las huellas, la llamada, las zapatillas y la voz de Lía.

Celia me hizo sentarme.