La segunda caída Capítulo 17 · Hora veintinueve #3
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Capítulo 17 · Hora veintinueve #3

La inspectora apagó la pantalla.

El reflejo desapareció y durante un instante vimos nuestras caras sobre el cristal negro.

—La especialista concluye que Lía no debe volver a ser interrogada por ahora —dijo—. Presenta un nivel alto de ansiedad y siente que debe elegir entre su recuerdo y el regreso de su madre.

—Eso lo han provocado ustedes.

—Lo hemos provocado todos.

—Yo intentaba protegerla.

—La corrigió desde el primer minuto.

—Porque decía que su padre había caído dos veces.

—Y ahora sabemos que probablemente fue así.

La frase me atravesó.

—No como ella cree.

—¿Cómo lo cree?

—Como si alguien hubiera estado allí.

—Alguien estaba.

—Damián.

—Y quizá usted.

Me levanté.

—No.

—Su hija la sitúa en la habitación después del primer impacto. Dice que llevaba las zapatillas que dejaron una huella en el descansillo. Afirma que usted anunció la caída antes de que se produjera el golpe final.

—También dijo que vio el premio porque yo le expliqué después que había caído.

—Sí.

—Dijo que el maltrato existía porque lo escuchó de Nuria.

—Sí.

—Dijo que el perfume era de Ariadna porque me oyó decirlo.

—Sí.

—Entonces todo su recuerdo está contaminado.

Leire se puso de pie.

—No todo.

—La parte que le conviene, no.

—La parte que apareció antes de que nadie conociera los resultados técnicos.

—¿Cuál?

La inspectora reunió las hojas.

—Las zapatillas.

Sentí el hematoma bajo la manga.

—Yo no las llevaba.

—De acuerdo.

—No estuve en el descansillo.

—De acuerdo.

—No anuncié la caída antes de que terminara.

—De acuerdo.

—¿Por qué responde así?

—Porque no necesito convencerla.

—Ni yo a usted.

—No.

Leire se acercó a la puerta.

—Tendrá que convencer al juez de que su hija imaginó exactamente la única secuencia compatible con la sangre de la suela.

Se marchó.

La puerta no llegó a cerrarse del todo. Un agente esperaba fuera para devolverme a la celda.

Celia guardó la libreta.

—La entrevista nos ayuda y nos perjudica.

—No puede utilizarse.

—Puede.

—La niña está confundida.

—Sí.

—Entonces no vale.

—La confusión no borra cada detalle.

—Yo no llevaba las zapatillas.

—Ya la he oído.

—¿Me cree?

Mi abogada sostuvo el cierre de la carpeta entre dos dedos.

—Creo que la fiscal tiene una niña traumatizada, una huella parcial y demasiadas interpretaciones.

—No es lo que he preguntado.

—Es lo que importa mañana.

Me condujeron al pasillo.

Antes de cruzar la puerta metálica miré la pantalla apagada.

Ya no aparecía Lía.

Solo mi reflejo.

El jersey oscuro.

El pelo sin peinar.

El brazo cubierto.

La mujer que mi hija había dibujado junto a la escalera.

Cuando regresé a la celda, encontré una bandeja sobre el colchón. Un bocadillo, una botella de agua y una manzana. No tenía hambre.

La mujer de al lado golpeó la pared.

—Eh, escalera.

No respondí.

—En la tele ha salido tu niña.

Me levanté de golpe.

—¿Qué?

—No la cara. Un dibujo.

Golpeé la puerta.

—¡Agente!

La mirilla no se abrió.

—Dicen que te vio con el arma —continuó la mujer.

—No era un arma.

—Tenía sangre.

—Cállese.

—También dicen que él te pegaba.

—Cállese.

—Y que tu hija te está defendiendo.

Golpeé la puerta con las dos manos.

—¡Quiero hablar con mi abogada!

Esta vez apareció un agente.

—¿Qué ocurre?

—Han filtrado la entrevista de mi hija.

—No sé nada.

—Su dibujo está en televisión.

—Hable con su abogada.

—Acaba de irse.

—Entonces mañana.

—No.

—Apártese de la puerta.

—Mi hija tiene siete años.

—Señora, apártese.

No lo hice.

El agente abrió. Entraron dos personas y me hicieron retroceder. No utilizaron fuerza al principio. Solo manos abiertas, instrucciones y aquella calma que convertía cualquier resistencia en un espectáculo inútil.

—Quiero llamar a Nuria.

—Ahora no.

—Quiero saber si Lía lo ha visto.

—Ahora no.

—No pueden hacerle esto.

—Siéntese.

—No.

Uno de ellos me sujetó del brazo izquierdo.

Exactamente sobre el hematoma.

Grité.

Me soltó enseguida.

—No la he apretado.

—Me ha hecho daño.

—Tiene una lesión previa.

—Mi marido me la hizo.

Los dos agentes se miraron.

La frase funcionó.

No como una acusación.

Como una orden.

Me dejaron espacio.

Me senté en el colchón y abracé el brazo contra el pecho. Uno retiró la bandeja del suelo y la colocó a mi lado.

—Intentaremos localizar a su abogada —dijo.

La puerta volvió a cerrarse.

La mujer de la celda contigua guardó silencio unos segundos.

—Sí que te pegaba —murmuró.

No contesté.

Miré las marcas de los dedos.

Damián me había sujetado allí.

Eso era verdad.

Lo había hecho con fuerza.

Eso también.

Todo dependía del lugar.

De si ocurrió en la planta baja, mientras discutíamos.

Al pie de la escalera, cuando intentaba ayudarlo.

O en el descansillo, mientras él trataba de no caer por segunda vez.

Lía solo había escuchado ruidos.

Solo había visto unas zapatillas.

Solo había repetido una frase.

No era una testigo.

Era una niña que necesitaba que su madre volviera.

Apoyé la cabeza contra la pared.

A esas alturas, ya no importaba qué recordara de verdad.

La policía le había enseñado que los recuerdos podían encerrarme.

Yo tenía que enseñarle algo más importante.

Que también podían dejarme salir.