La segunda caída Capítulo 17 · Hora veintinueve
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Capítulo 17 · Hora veintinueve

La entrevista de Lía duraba cuarenta y siete minutos.

Yo solo pude soportar nueve antes de pedir que la detuvieran.

—No —dijo Leire.

Estábamos en una sala sin ventanas, frente a una pantalla demasiado grande. Celia se encontraba a mi derecha, con una libreta abierta sobre las rodillas. Leire había elegido sentarse al otro lado de la mesa, desde donde podía observar al mismo tiempo la grabación y mi cara.

La cámara mostraba una habitación que pretendía no parecer una dependencia policial.

Había paredes amarillas, una alfombra con animales, una caja de lápices y dos sillones pequeños. En una esquina descansaba una casa de muñecas. Todo estaba limpio, ordenado y colocado con tanto cuidado que resultaba más inquietante que una sala de interrogatorios.

Lía aparecía sentada en el suelo.

Llevaba el pijama amarillo de la noche anterior y una sudadera de Nuria que le quedaba demasiado grande. El conejo estaba tumbado sobre sus piernas. Le acariciaba una oreja mientras una mujer de pelo rizado se sentaba frente a ella.

Eva.

La especialista.

—¿Sabes por qué estamos hablando? —preguntaba en la grabación.

Lía asintió.

—¿Puedes decírmelo?

—Porque papá se murió.

—Sí. Lo siento mucho.

—Todo el mundo lo siente.

Eva esperó unos segundos.

—También queremos entender qué ocurrió.

—Se cayó.

—¿Tú lo viste?

—No.

—Entonces ¿cómo lo sabes?

—Mamá me lo dijo.

Celia escribió algo.

Leire miró hacia mí.

—Deténgalo —pedí.

—Acaba de empezar.

—Mi hija no debería estar hablando de esto.

—La entrevista ya se realizó.

—Entonces no necesito verla.

—Su abogada solicitó acceso.

Miré a Celia.

—Era necesario conocer su contenido antes de la comparecencia judicial.

—No quiero escucharla.

—Yo sí —respondió.

Leire volvió a pulsar la pantalla.

Eva no llevaba papeles. No anotaba. Mantenía las manos abiertas sobre las rodillas y hablaba con una voz que habría tranquilizado a cualquier niño. Eso era lo peligroso. No parecía estar buscando nada. Parecía dispuesta a esperar hasta que Lía se lo entregara.

—¿Mamá te dijo cómo se cayó papá?

—Por la escalera.

—¿Te contó por qué?

—Tropezó.

—¿Tú viste que tropezara?

—No.

—¿Entonces cómo lo sabes?

Lía acarició el conejo.

—Mamá dice que fue así.

—¿Cuándo te lo dijo?

—Muchas veces.

Sentí la mirada de Leire.

—Eso es normal —dije—. Una niña pregunta qué ocurrió y su madre se lo explica.

—No haga comentarios —advirtió la inspectora.

—Estoy con mi abogada.

—Y esto no es una declaración.

—Entonces puedo hablar.

Celia apoyó una mano sobre la libreta.

—Escuchemos primero.

En la pantalla, Eva sacó tres muñecos de una cesta. Una mujer, un hombre y una niña.

—¿Puedes enseñarme dónde estabais?

Lía colocó a la niña sobre una cama de madera.

Después puso a la mujer junto a ella.

—¿Y papá?

Dejó al hombre en la planta inferior de la casa de muñecas.

—Abajo.

—¿Qué hacía?

—Estaba enfadado.

—¿Cómo sabes que estaba enfadado?

—Porque hablaba fuerte.

—¿Qué decía?

—No sé.

—¿A quién hablaba?

Lía señaló a la mujer.

—A mamá.

—Pero mamá está aquí, en la habitación contigo.

Mi hija miró los muñecos.

Cogió a la mujer y la llevó hasta el pasillo de la casa.

—Salió.

—¿Cuándo?

—Antes.

—¿Antes de qué?

—Del ruido.

—¿Qué ruido?

Lía dejó caer el muñeco del hombre por la escalera de madera.

Golpeó dos peldaños y quedó boca abajo.

El sonido fue pequeño, hueco.

Mi cuerpo lo reconoció.

—¿Eso escuchaste? —preguntó Eva.

—Más fuerte.

—¿Un solo ruido?

Lía tomó el muñeco, lo colocó otra vez arriba y volvió a soltarlo.

—Primero hizo así.

Después lo levantó del suelo, lo puso en el descansillo de la casa y lo dejó caer por el tramo inferior.

—Y después así.

—¿Hubo silencio entre los dos?

—Sí.

—¿Cuánto?

Eva abrió los brazos.

—¿Así?

Esperó un segundo.

Lía negó.

—¿Más?

Eva esperó tres.

Mi hija siguió negando.

Cinco segundos.

Lía inclinó la cabeza.

—Un poco más.

Celia dejó de escribir.

—Los niños no calculan el tiempo correctamente —dije.

Leire mantuvo los ojos en la pantalla.

—Nadie ha dicho que lo hagan.

Eva esperó diez segundos.

En la grabación, el silencio se volvió insoportable. Lía empezó a mover los pies y a tirar de un hilo de la sudadera.

—¿Así? —preguntó la mujer.

—Puede.

—¿Qué ocurrió durante ese silencio?

—Papá dijo «Mara».

—¿Algo más?

—Creo que dijo «para».

Sentí que algo se cerraba dentro de mí.

La palabra no había aparecido antes.

No en la llamada.

No en el dibujo.

No en ninguna de las versiones que Leire me había repetido.

—Deténgalo —dije.

Esta vez la inspectora obedeció.

La imagen quedó congelada con Lía mirando el muñeco.

—¿Por qué no me habían contado eso?

—Porque no estamos seguros de que lo dijera.

—Mi hija acaba de decirlo.

—Ha dicho que cree haberlo oído.

—¿Qué palabra?

—Puede ser para. También basta, Mara, espera o cualquier sonido similar.

—¿Por qué lo ocultó?

—No se le ocultó. La entrevista infantil se realiza bajo condiciones de protección.

—Estoy detenida por esa entrevista.

—No únicamente.

—Pero la han utilizado.

Celia intervino:

—¿La palabra figura en la solicitud de prisión?

—Como manifestación no concluyente.

—Quiero copia completa del vídeo y la transcripción.

—La tendrá.

—Antes de la comparecencia.

—Sí.

Miré otra vez a Lía.

Tenía la cabeza inclinada y el pelo pegado a la mejilla. Nadie se lo había recogido como yo. Nuria siempre tiraba demasiado del cepillo y mi hija terminaba quitándose las gomas.

—¿Qué más dijo? —pregunté.

Leire reprodujo el vídeo.

—¿Dónde estaba mamá cuando papá habló? —preguntaba Eva.

Lía colocó el muñeco de la mujer en la habitación.

Después lo retiró.

Después volvió a colocarlo.

—No sé.

—Está bien no saberlo.

—Estaba conmigo.

—¿La viste?

—Sí.

—¿Dónde?

—En la puerta.

—¿Dentro o fuera?

—Dentro.

—¿Qué hizo?

—Me dijo que papá se había caído.

—¿Antes o después del segundo ruido?

Lía dejó de acariciar el conejo.

—Antes.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Qué palabras utilizó mamá?

Mi hija levantó la cabeza.

—«Papá se ha caído. Yo estaba aquí contigo».

Celia escribió la frase completa.

Yo no podía apartar la mirada de la pantalla.

—¿Por qué te dijo que estaba contigo? —preguntó Eva.

—Porque estaba conmigo.

—¿Necesitaba recordártelo?

—No sé.

—¿Tú habías preguntado dónde estaba?

—No.

—¿Te pidió que se lo contaras a alguien?

—No.

El aire regresó a mis pulmones.

—¿Te dijo qué debías decir a la policía?

—No.

—¿A la inspectora Leire?

—No.

—¿A la tía?

—No.

—¿Te dijo alguna vez que papá se había caído una sola vez?

—Sí.

—¿Cuántas?

Lía levantó cuatro dedos.

Después añadió otro.

—Muchas.

—¿Y tú qué le decías?

—Que habían sido dos.

—¿Qué hacía mamá?

—Se ponía triste.

—¿Se enfadaba?

—Un poco.

—¿Cómo sabes que estaba enfadada?

—Ponía la voz tranquila.

Leire me miró.

No necesitaba hacerlo.

La llamada del día anterior ya había demostrado qué significaba aquella frase para Lía.

Eva colocó el muñeco de la madre cerca de la niña.

—¿Mamá te explicó por qué escuchaste dos ruidos?

—Dijo que papá rebotó.

—¿Sabes qué significa rebotar?

Lía cogió una pelota de goma de la cesta y la dejó caer.

La pelota golpeó la alfombra y apenas se levantó.

—Así.

—¿Crees que papá hizo eso?

—No.

—¿Por qué?

—Las personas no rebotan.

Sentí una risa breve escaparse de Celia.

No era diversión. Era sorpresa.

—Una caída puede tener muchos golpes —dije.

—Mara —advirtió.

—No estaba hablando con la inspectora.

—Está explicando el caso durante una grabación en la que su hija contradice esa explicación.

—Mi hija tiene siete años.

—Lo sabemos.

En la pantalla, Eva recogió la pelota.

—¿Mamá te contó algo más de la caída?

—Que el premio cayó con él.

—¿Qué premio?

Lía señaló la casa de muñecas.

—La casa pequeña.

—¿La viste caer?

—No.

—¿La viste en algún momento esa noche?

Mi hija tardó en responder.

—Mamá la tenía.

—¿Cuándo?

—Antes.

—¿Antes de qué?

—De que papá se cayera.

—¿Dónde estaba mamá?

Lía llevó el muñeco de la mujer hasta la escalera.

Le puso entre los brazos una pieza de madera de la casa.

—Aquí.

—¿La viste desde tu habitación?

—Sí.

—¿Estaba la puerta abierta?

—Sí.

—¿Qué parte del pasillo puedes ver desde la cama?

Eva le ofreció una hoja.

—¿Quieres dibujarlo?

Apareció el dibujo que ya conocíamos.

La cama.

El pasillo.

La figura alta.

El objeto triangular.

Pero la grabación mostraba cómo había nacido.

Lía dibujaba deprisa, sin detenerse. Primero la cama, después a ella misma, luego la puerta. Cuando llegó a la figura de Mara, dudó.

—¿Dónde estaba mamá? —preguntó Eva.

—Aquí.

—¿La viste o la escuchaste?

—La vi.

—¿Qué llevaba?

—El premio.

—¿Estás segura?

Lía miró la casa de muñecas.

—Puede que no.

—Está bien. ¿Por qué crees que lo llevaba?

—Porque después estaba abajo.

—¿Viste a mamá cogerlo?

—No.

—¿Viste que lo tuviera en la mano?

—No sé.

—Antes dijiste que sí.

—Lo vi después.

—¿Después de qué?

—Cuando la policía lo metió en una bolsa.

Eva no corrigió nada.

No señaló la contradicción.

Solo retiró la pieza de madera de las manos del muñeco.

—Entonces vamos a separar las cosas. Una cosa es lo que viste esa noche y otra lo que viste después. ¿De acuerdo?

Lía asintió.

—Esa noche, ¿viste el premio en la mano de mamá?

Mi hija miró el dibujo.

—No sé.

—Eso está muy bien. No saber también es una respuesta.

—Pero creo que sí.

—¿Por qué?

—Porque mamá dijo que se cayó con papá.

—¿Te lo dijo antes o después de que la policía encontrara el premio?

—Después.

La inspectora detuvo el vídeo.

—Ahí está —dijo Celia.

—¿Qué?

—La imagen del objeto está contaminada. La niña vio la escultura dentro de la bolsa, escuchó la explicación de su madre y la incorporó al dibujo.

—Es una posibilidad —admitió Leire.

—No una posibilidad. Acaba de decirlo.

—También sostiene que vio a Mara en el pasillo antes de que se produjera el segundo ruido.

—Eso es otra parte del relato.

—Sí.

—No pueden seleccionar las respuestas que les convienen.

—Tampoco la defensa.

Celia señaló la pantalla.

—La especialista no debería haber utilizado la casa de muñecas después de que la menor viera la escena llena de técnicos. Está reconstruyendo con imágenes posteriores.

—La entrevista cumple el protocolo.

—Lo discutiremos ante el juez.

Sentí una primera grieta de alivio.

Pequeña.