Capítulo 16 · Hora veinticinco #3
—En el recibidor.
—Aparecieron juntas dentro del armario.
—Alguien las guardó.
—Los sanitarios niegan haberlo hecho.
—Nuria.
—Llegó después.
—Un policía.
—Nadie reconoce haberlas tocado.
—Entonces las guardé yo.
Celia cerró los ojos.
Leire se inclinó hacia delante.
—¿Antes o después de llamar?
—No lo sé.
—¿En los dos minutos que faltan?
—No.
—¿Cuándo?
—No recuerdo.
—¿Subió al descansillo con esas zapatillas?
—No.
—La suela dice que sí.
—La huella podía ser anterior.
—Está sobre sangre.
—Sonia pudo moverlas durante la limpieza.
—Sonia no llevaba ese calzado.
—Pudo utilizar mis zapatillas.
—¿Por qué?
—No sé.
—¿Damián?
—No le servían.
—¿Lía?
—Tampoco.
Leire señaló la imagen.
—La sangre está parcialmente diluida, como si la suela hubiera pisado una zona recién limpiada o húmeda.
—Sonia fregó por la mañana.
—La sangre no estaba allí por la mañana.
—Entonces no sé.
—Nos ha dado cinco explicaciones en menos de un minuto.
—Porque ustedes quieren una explicación para algo que no recuerdo.
—¿Se puso las zapatillas antes de subir detrás de Damián?
—No.
—¿Llevaba la escultura?
—No.
—¿Lo encontró vivo en el descansillo?
—No.
—¿La agarró allí?
—No.
—¿Lo ayudó a levantarse?
—No.
—¿Lo empujó por el segundo tramo?
—No.
La última palabra salió más fuerte.
Más limpia.
Leire no apartó la mirada.
—Entonces alguien utilizó sus zapatillas, pisó la sangre de Damián en el descansillo, bajó, se las quitó, las guardó juntas dentro del armario y dejó que usted hiciera la llamada descalza.
—Sí.
—¿Quién?
—Ariadna.
—No coinciden con su talla.
—Pudo usarlas igual.
—Son dos números más pequeñas.
—Iván.
—Cuatro números.
—No sé.
—¿Damián?
—No.
—¿Lía?
Me puse de pie.
—No pronuncie su nombre.
—Es la única otra persona que estaba en la casa.
—Mi hija no pisó esa sangre.
—Entonces queda usted.
—No.
—La huella está en el descansillo.
—No subí.
—Su camisón tenía una astilla de allí.
—Me apoyé al bajar.
—Bajaba descalza.
—Sí.
—Pero la huella corresponde a sus zapatillas.
—No sé cómo llegó.
—Su hija la dibujó llevando el premio hacia arriba.
—Está confundida.
—La vecina oyó dos secuencias.
—Está equivocada.
—Damián tenía sus fibras bajo las uñas antes de llegar abajo.
—Me agarró en la planta baja.
—La sangre de su suela está en el descansillo.
—No es mía.
—La zapatilla sí.
—No significa que la llevara yo.
—No.
Leire también se puso de pie.
Quedamos frente a frente.
—Pero cada vez hay menos cosas en esa casa que puedan explicar otra persona.
Celia se colocó entre las dos.
—La entrevista ha terminado.
La inspectora recogió las fotografías.
—Declara ante el juez mañana a primera hora.
—Solicitaré su libertad —dijo Celia.
—Por supuesto.
—La reconstrucción admite una segunda caída accidental.
—También admite una provocada.
—No hay prueba directa.
—Todavía.
Celia guardó sus papeles.
Leire se dirigió a la puerta.
—Inspectora —dije.
Se volvió.
—Damián estaba vivo en el descansillo.
No era una pregunta.
Leire esperó.
—Eso cree.
—Sí.
—¿Consciente?
—Probablemente.
—¿Podía hablar?
—Sí.
—¿Podía levantarse?
—Tal vez.
—Entonces pudo caer solo.
—Sí.
La respuesta me calmó.
No mucho.
Lo suficiente.
—¿Y por qué sigue mirándome como si supiera que no lo hizo?
Leire sostuvo la carpeta contra el pecho.
—Porque alguien guardó sus zapatillas después de que él terminara de caer.
La puerta se cerró.
Me quedé mirando la fotografía de la huella que Celia todavía tenía sobre la mesa.
Pequeña.
Incompleta.
Una curva, algunos cuadrados y una línea de sangre diluida.
—Pudo ser anterior —dije.
Mi abogada no respondió.
—La técnica puede estar equivocada.
—Sí.
—Sonia pudo ponerse mis zapatillas.
—Sí.
—O alguien las utilizó para incriminarme.
Celia guardó la hoja.
—Sí.
Todas las explicaciones eran posibles.
Eso debía bastar.
En una investigación no importaba cuál historia parecía más limpia. Importaba cuál podían demostrar.
—Mara —dijo Celia—. Necesito hacerle una pregunta y quiero que piense antes de responder.
—No subí.
—No le he preguntado eso.
—Pero va a hacerlo.
—¿Sabía antes de hoy que Damián había quedado vivo en el descansillo?
La respuesta correcta era no.
La sabía.
—No.
Celia me observó.
—¿Completamente segura?
—Sí.
Guardó la carpeta.
No dijo que me creyera.
La agente regresó para llevarme a la celda.
Mientras caminábamos por el pasillo pensé en el vídeo del maniquí. En la forma en que quedaba detenido en el centro del descansillo, con una pierna colgando sobre el segundo tramo.
Damián no había quedado así.
Damián había intentado incorporarse.
Había apoyado la mano derecha en la barandilla.
Había pronunciado mi nombre.
Y alguien había estado lo bastante cerca para que pudiera arrancarle fibras grises con la mano izquierda.
Todo eso era lo que la policía creía.
Todo eso era lo que podían demostrar a medias.
Pero entre estar vivo en un descansillo y caer por segunda vez cabían muchas posibilidades.
Una pérdida de equilibrio.
Un mareo.
Una barandilla defectuosa.
Una mano.
La diferencia entre ellas podía durar menos de un segundo.
Y ningún especialista podía reconstruir una decisión.