Capítulo 16 · Hora veinticinco #2
—¿Cómo?
—Pudo intentar levantarse.
—Tenía una lesión craneal importante.
—Estaba consciente.
—Sí.
—También una muñeca lesionada.
—Podía moverse.
—Posiblemente.
—Entonces se incorporó, perdió el equilibrio y volvió a caer.
Vidal se sentó por primera vez.
—Es una posibilidad.
—Gracias.
—Pero no explica algunas marcas.
—¿Cuáles?
El especialista abrió otra imagen.
La pared del descansillo.
Una rozadura gris, irregular, a unos noventa centímetros del suelo.
—Aquí encontramos partículas metálicas.
—¿De la barandilla?
—No. Bronce.
La casa de Damián apareció en la pantalla.
La pequeña escultura estaba fotografiada desde todos los ángulos. El tejado tenía sangre. La base, cabello. Una de las esquinas mostraba una zona más clara, como si hubiera rozado una superficie áspera.
—La composición coincide con el objeto —dijo Vidal.
—Entonces cayó con él.
—Eso no explica cómo llegó al descansillo y después terminó debajo de la consola.
—Rebotó.
—El objeto pesa tres kilos y medio. Para producir esa marca tuvo que impactar contra la pared con cierta fuerza.
—Durante la caída.
—Después de golpear la cabeza de Damián.
—Sí.
—¿Y luego salió despedido hacia la planta baja?
—Sí.
—Pero apareció debajo de un mueble situado en dirección contraria.
—Alguien lo movió.
—Los sanitarios lo niegan.
—Podían no recordarlo.
—Todos coinciden.
—Entonces fue Ariadna.
Leire se acercó al ordenador.
—Ariadna no estaba dentro.
—Eso dice ella.
—No hay huellas suyas en el tramo superior ni en el descansillo.
—Tocó el premio.
—Anteayer.
—Pudo entrar anoche, golpear a Damián, tirar el objeto y salir.
—¿Sin que usted la viera?
—Yo estaba con Lía.
—¿Sin que Damián gritara su nombre?
—Dijo Mara porque me necesitaba.
—¿Y usted no acudió?
—No lo escuché.
—Pero su hija sí.
—Ya hemos hablado de esto.
Leire pulsó otra tecla.
Apareció el plano de la planta superior.
La habitación de Lía.
El pasillo.
El dormitorio principal.
La escalera.
—La acústica de la casa permite localizar aproximadamente el origen de una voz. Hemos realizado pruebas con tres hombres situados en distintos puntos.
—¿Han hecho que desconocidos griten mi nombre en mi casa?
—Sí.
La palabra sonó peor por la naturalidad con que la dijo.
—Desde la habitación de Lía, la voz pronunciada en la planta baja se percibe amortiguada y parece provenir del hueco general de la escalera. Desde el descansillo, en cambio, se escucha clara y lateral.
—¿Y?
—Lía señaló el descansillo.
—Porque después vio sangre allí.
—Lo señaló antes de conocer los hallazgos.
—Vio la gota.
—Después.
—No puede saber qué vio una niña en mitad de todo aquello.
—No. Pero su descripción coincide con el análisis.
—Su análisis está construido para coincidir con ella.
Vidal cerró el portátil.
—Señora Sanz, no estamos tratando de demostrar que una persona concreta provocó la segunda caída.
—Claro que sí.
—Intentamos establecer si pudo producirse de manera accidental.
—Y pudo.
—Sí.
La respuesta me sorprendió.
Leire también lo miró.
Vidal continuó:
—Damián pudo caer hasta el descansillo, quedar desorientado, intentar incorporarse y precipitarse por el segundo tramo sin intervención de nadie.
—Eso ocurrió.
—Es físicamente posible.
—Entonces pueden soltarme.
—La dinámica física no resuelve los demás indicios —dijo Leire.
—Pero elimina el asesinato.
—No. Introduce una alternativa.
—Una alternativa razonable.
—Quizá.
—¿Qué falta?
La inspectora colocó una fotografía nueva sobre la mesa.
No estaba en el ordenador.
Era una ampliación de la barandilla.
En la parte interior, casi oculta bajo el pasamanos, aparecían cuatro manchas alargadas.
—Sangre de Damián —dije.
—Sí.
—Se agarró.
—Eso creemos.
—Entonces estaba intentando no caer.
—Sí.
—Y perdió la fuerza.
—Puede ser.
—¿Qué más?
Leire puso otra fotografía al lado.
El hematoma de mi brazo.
Cuatro dedos oscuros.
La misma forma.
—Las distancias entre las marcas son compatibles con la mano izquierda de Damián.
—Ya lo dije.
—Sí.
—Me agarró abajo.
—Eso afirmó primero. Después dijo que la marca se produjo antes de que subiera.
—Me agarró dos veces.
Celia giró la cabeza.
La frase ya estaba fuera.
—¿Dos veces? —preguntó Leire.
—Sí.
—Nunca mencionó una segunda sujeción.
—Porque no la recordaba.
—¿Cuándo ocurrió?
—En la discusión. Me agarró junto al primer peldaño. Después, cuando lo encontré abajo, volvió a hacerlo.
—¿Sobre el mismo lugar del brazo?
—Sí.
—¿Con la misma mano?
—No sé.
—¿Dejó dos marcas superpuestas?
—Puede ser.
Leire esperó.
—Mara —dijo Celia—, no continúe.
—Damián me agarraba siempre del mismo brazo.
—¿Por qué? —preguntó la inspectora.
—Porque era diestro.
—La mano derecha estaba fracturada al final de la caída.
—Antes no.
—Entonces la primera sujeción sería con la derecha.
—Sí.
—Pero el patrón del hematoma coincide mejor con una mano izquierda colocada desde atrás.
No comprendí.
Leire se levantó y se colocó a mi espalda.
—No me toque.
—No voy a hacerlo.
Extendió su mano izquierda en el aire, junto a mi brazo.
—Si alguien está frente a usted y la agarra con la mano derecha, el pulgar queda hacia el interior. Sus marcas muestran el pulgar en la parte posterior.
Vidal se acercó.
—Es más compatible con una persona situada a su izquierda o detrás, intentando sujetarla mientras ella se aleja.
Me cubrí el hematoma.
—No es una fotografía exacta de una mano.
—No.
—Pudo girarse.
—Sí.
—Pudo sujetarme abajo de cualquier forma.
—También.
—Entonces no demuestra nada.
—No por sí solo.
La inspectora regresó a su sitio.
—Pero en el descansillo, Damián dejó sangre al agarrarse a la barandilla con la mano derecha. Bajo las uñas de la izquierda había fibras de su camisón.
—Me agarró al pie de la escalera.
—Su mano izquierda tenía muy poca sangre en la palma.
—Ya lo sé.
—Eso sugiere que agarró su ropa antes de llegar al charco inferior.
—No.
—En el descansillo.
—No estaba allí.
—O en el tramo superior.
—No.
—¿Dónde, entonces?
—Abajo.
—El patrón no encaja.
—A veces los patrones se equivocan.
—Los patrones no. Las interpretaciones, sí.
—Pues su interpretación está mal.
La puerta se abrió.
Vega apareció con una hoja en la mano.
No dijo nada. Se acercó a Leire y se la entregó.
La inspectora leyó.
Después volvió a mirar mi brazo.
—¿Qué ocurre? —preguntó Celia.
Leire dejó el papel sobre la mesa.
—Han identificado la segunda impresión del descansillo.
—¿De quién es? —pregunté.
La inspectora no respondió inmediatamente.
—No coincide con Ariadna.
Sentí una decepción inmediata.
—¿Con Iván?
—No.
—¿Entonces?
Leire deslizó la hoja hacia Celia.
Mi abogada la leyó.
Sus labios se separaron apenas.
—¿Qué? —insistí.
Celia volvió la página hacia mí.
Había una fotografía de una suela.
Pequeños cuadrados en la parte delantera.
Una curva lisa junto al talón.
Debajo aparecía la imagen de unas zapatillas.
Las reconocí.
No eran las que llevaba en comisaría.
Eran unas zapatillas grises, viejas, con una mancha de lejía en un lateral. Las utilizaba dentro de casa cuando hacía frío. Habían aparecido en el armario del recibidor.
—La huella es parcial —dijo Celia—. No pueden afirmar una coincidencia absoluta.
—La talla, el dibujo y el desgaste del talón son compatibles —respondió Leire.
—Cientos de zapatillas tendrán esa suela.
—Probablemente.
—Yo estaba descalza —dije.
La inspectora me miró.
—Eso declaró.
—Las zapatillas estaban guardadas.
—En el armario del recibidor.
—Sí.
—Una de ellas tenía restos de sangre en la suela.
La habitación se quedó inmóvil.
—¿De Damián?
—El análisis rápido es positivo para sangre humana. El ADN tardará.
—Pisé después.
—Dijo que estaba descalza.
—Me las puse en algún momento.
—¿Cuándo?
—No recuerdo.
—Los sanitarios la encontraron descalza.
—Entonces me las quité.
—¿Por qué?
—Podían molestarme para hacer la reanimación.
—¿Se quitó las zapatillas antes de llamar?
—No lo sé.
—¿Dónde las dejó?