La segunda caída Capítulo 16 · Hora veinticinco
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Capítulo 16 · Hora veinticinco

Me despertaron para enseñarme cómo había caído mi marido.

La agente abrió la celda y pronunció mi apellido. Durante unos segundos no recordé dónde estaba. Vi la luz amarillenta, el colchón de plástico y el inodoro detrás del muro, pero mi cabeza seguía en la habitación de Lía. En su cama. Con la película reproduciéndose entre las dos.

—Sanz.

Me incorporé.

—¿Qué hora es?

—Las doce y media.

—¿De la noche?

La mujer no respondió.

Era mediodía.

Había dormido quizá veinte minutos.

—Su abogada la espera.

Me condujeron a la misma sala donde había hablado con Lía. Celia estaba junto a la ventana, aunque la ventana no daba al exterior. Era un cristal opaco que separaba la habitación de un pasillo administrativo. Llevaba el abrigo sobre el brazo y una carpeta mucho más gruesa que la anterior.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

—Van a practicar una reconstrucción en la casa.

—¿Ahora?

—Ya han empezado.

—Quiero estar.

—No.

—Es mi casa.

—Está precintada.

—La escalera es mía.

Celia dejó la carpeta sobre la mesa.

—La escalera pertenece a la escena investigada.

—No es una escena. Es mi casa.

—Mara.

—¿Está Lía allí?

—No. Sigue con Nuria.

—Entonces quiero llamarla.

—No vamos a volver a hablar de su hija por teléfono mientras la policía escucha.

—¿Cómo está?

—Ha comido algo. Durmió unas horas.

—¿Ha vuelto a hablar con Eva?

—No que yo sepa.

Me senté.

—¿Por qué me han traído?

—Porque la inspectora quiere mostrarle los resultados preliminares antes de que declare ante el juez.

—¿Para asustarme?

—Para observar su reacción.

Miré la cámara de la esquina.

—¿Está encendida?

—Probablemente.

—No tiene luz.

—Eso no significa nada.

La puerta se abrió.

Leire entró acompañada por el hombre de barba canosa que había examinado la barandilla. Ahora llevaba un traje gris, sin corbata, y una carpeta rígida bajo el brazo.

—Señora Sanz —dijo—. Soy Ernesto Vidal, especialista en reconstrucción de accidentes.

—No fue un accidente, según ustedes.

Vidal miró a Leire.

—Mi trabajo es determinar la dinámica física, no la intención.

—Entonces determine que se cayó y déjeme volver con mi hija.

Celia me tocó la rodilla bajo la mesa.

Leire colocó un ordenador portátil frente a nosotras.

—No tiene obligación de hacer comentarios —dijo—. Solo queremos que vea esto.

—¿Y después?

—Después podrá decidir con su abogada si desea ampliar declaración.

—No deseo.

—Escuche primero.

Vidal conectó el equipo a la pantalla de la pared.

Apareció una fotografía de nuestra escalera.

La habían tomado desde el salón. Sin Damián, sin sanitarios y sin personas moviéndose alrededor, parecía más grande. Las manchas estaban señaladas con círculos, flechas y números. Habían colocado una silueta roja en el descansillo y otra al pie del tramo inferior.

—Hemos realizado varias pruebas con un maniquí articulado de peso y altura aproximados a los del señor Llorca —explicó Vidal—. No pretendemos reproducir cada lesión, sino analizar recorridos posibles.

—¿Han tirado un muñeco por mi escalera?

—Sí.

—¿Cuántas veces?

—Doce.

Pensé en Nuria escuchando los golpes desde su casa, aunque ya no estaba allí. En los vecinos detrás de las ventanas. En los periodistas esperando que una figura con el peso de Damián apareciera rodando por los escalones.

—En ninguna de las pruebas —continuó Vidal— una caída iniciada desde la parte superior produjo la posición final en la que se encontró el cuerpo.

—Un maniquí no es una persona.

—No.

—Entonces no demuestra nada.

—Aporta información.

Pulsó una tecla.

Apareció un vídeo.

Un muñeco vestido con ropa oscura estaba de pie en la parte superior. Alguien lo empujaba desde fuera de cuadro. El cuerpo caía de lado, golpeaba dos peldaños y quedaba atrapado contra la barandilla antes de llegar al descansillo.

Segundo vídeo.

Esta vez lo inclinaban de espaldas.

El maniquí rodaba hasta el descansillo, giraba y se detenía allí, con una pierna colgando sobre el segundo tramo.

Tercer vídeo.

Lo lanzaban con más fuerza.

El cuerpo atravesaba el descansillo y continuaba bajando, pero terminaba pegado a la pared, no donde habían encontrado a Damián.

—¿Y? —pregunté.

Vidal congeló la imagen.

—La escalera tiene dos tramos con direcciones distintas. Para que una persona continúe desde el superior hasta el inferior sin detenerse, debe conservar suficiente impulso y cambiar aproximadamente noventa grados en el descansillo.

—Eso hizo.

—Es posible.

—Entonces ya está.

—Pero en ese caso esperaríamos un patrón de transferencia más continuo.

—No sé qué significa.

Vidal mostró otra fotografía.

Sangre sobre la barandilla.

La gota que Lía había visto.

—En el tramo superior hay una pequeña mancha, fibras de la camisa y una rozadura en la pared. En el descansillo encontramos sangre, una marca de rodilla, dos impresiones parciales de calzado y señales de contacto en la barandilla.

—¿De quién son las huellas?

—Una coincide con el zapato derecho de Damián.

El único que seguía puesto.

—Entonces estuvo allí.

—Sí.

—Cayó allí.

—Probablemente.

—¿Y la otra?

Leire respondió:

—Todavía no ha sido identificada.

—¿De qué tamaño?

—Menor que la de Damián.

Celia se inclinó.

—¿Coincide con el pie de mi clienta?

—No llevaba calzado —dijo Leire.

—Entonces no.

—La impresión corresponde a una suela.

—Podía ser antigua.

—Está parcialmente superpuesta a sangre diluida.

Miré la fotografía.

No se distinguía una huella completa. Solo líneas, una curva y pequeños cuadrados.

—Sonia —dije—. Limpió esa mañana.

—Ya hemos tomado sus zapatillas de trabajo.

—¿Coinciden?

—No.

—¿Nuria?

—Tampoco.

—¿Ariadna?

Leire no respondió enseguida.

—Estamos comparando.

—Entonces era ella.

—No lo sabemos.

—Entró anteayer. Tocó el premio. Pudo llevar esos zapatos.

—Ariadna afirma que permaneció en la planta baja.

—Ariadna miente.

—Eso también lo sabemos.

Vidal pasó a otra imagen.

Una fotografía de la mano derecha de Damián.

—La lesión de la muñeca se produjo antes de algunas de las fracturas torácicas.

—¿Cómo pueden saber eso?

—Por el patrón de inflamación y hemorragia.

—Estaba vivo durante toda la caída.

—Sí. Pero el orden importa.

El especialista señaló la muñeca.

—Creemos que esta lesión pudo producirse al agarrarse a la barandilla del descansillo.

La imagen cambió.

La madera mostraba una mancha oscura y dos pequeñas marcas paralelas.

—¿Intentó detenerse? —preguntó Celia.

—Eso parece.

—Entonces la primera caída no lo dejó inconsciente.

—No necesariamente.

Sentí un hormigueo bajo el hematoma.

—Lía dijo que habló —añadió Leire—. Esto lo hace físicamente posible.

—Siempre fue posible.

—Usted insistió en que no pudo detenerse ni levantarse.

—Porque vi cómo estaba abajo.

—Después del segundo tramo.

—Después de caer entero.

Vidal reprodujo otro vídeo.

Esta vez el maniquí estaba tumbado en el centro del descansillo. Lo colocaron de lado, con la cabeza orientada hacia la pared de cristal. Alguien levantó una pierna y dejó que el cuerpo se deslizara por el tramo inferior.

Llegó al suelo con una posición parecida a la de Damián.

Brazo derecho bajo la espalda.

Pierna izquierda cruzada.

Cabeza cerca de la alfombra.

—Eso no demuestra que estuviera tumbado allí —dije.

—No.

—Solo que lo colocaron como necesitaban.

—La posición reproduce mejor el recorrido de las lesiones inferiores.

—Porque ya conocen dónde terminó.

—Precisamente.

Otra vez aquella palabra.

—¿Qué pretenden decir? —pregunté.

Vidal cerró el vídeo.

—Que la caída pudo tener dos fases.

—Rebotó.

—Una fase desde el tramo superior hasta el descansillo. Una pausa. Y una segunda caída desde el descansillo hasta el recibidor.

—Eso es un rebote.

—Un rebote dura una fracción de segundo.

—Lía no sabe cuánto duró el silencio.

—La llamada de su vecina aporta un intervalo.

—Carmen estaba fuera.

—Oyó una primera secuencia, una voz y después un segundo impacto —dijo Leire.

—Oyó la televisión.

—La película no contiene ninguna voz masculina que pronuncie Mara en esos minutos.

Me quedé callada.

No había pensado que revisarían la película.

Por supuesto que lo harían.

Todo podía convertirse en una prueba si alguien tenía tiempo suficiente para colocarlo bajo una luz blanca.

—¿Cómo saben en qué minuto estaba? —preguntó Celia.

—El historial de reproducción conserva la posición aproximada en la que se detuvo.

—Aproximada.

—Sí.

—¿Y no hay ninguna palabra parecida?

—No.

—¿Un golpe?

—Hay música. No coincide temporalmente con las secuencias descritas.

Celia tomó notas.

—¿Han determinado cuánto tiempo pudo permanecer Damián en el descansillo?

Vidal miró una hoja.

—No con precisión. El intervalo mínimo compatible con los testimonios sería de varios segundos. El máximo, quizá algo más de un minuto.

—Dos minutos —dije.

Leire me miró.

—¿Qué?

—Llevan todo el día diciendo que tardé dos minutos en llamar.

—Dos minutos y treinta segundos entre el aviso de Carmen y su llamada.

—Entonces ese tiempo pudo ser la pausa. Damián estaba cayendo, se detuvo y después siguió. Yo bajé cuando terminó.

La inspectora permaneció inmóvil.

Celia dejó de escribir.

Comprendí demasiado tarde lo que acababa de hacer.

Había llenado el intervalo.

—¿Cómo sabía que existía una pausa tan larga? —preguntó Leire.

—No lo sabía.

—Acaba de situar esos dos minutos entre las dos caídas.

—Estoy utilizando sus datos.

—Hasta ahora afirmaba que la caída fue continua.

—Porque eso creía.

—Y ahora acepta que pudo detenerse.

—Acepto que ustedes dicen que pudo.

—¿Por qué no llamó después del primer impacto?

—Porque no sabía qué era.

—Su hija dice que entró en la habitación y anunció que Damián se había caído.

—Está confundida.

—Entonces usted no sabía qué había ocurrido.

—No.

—Pero acaba de sugerir que permaneció en el descansillo durante el tiempo que falta antes de su llamada.

—No he dicho eso.

—Ha dicho que el intervalo podía corresponder a la pausa.

—Como hipótesis.

—Una hipótesis nueva.

Celia cerró el bolígrafo.

—Mi clienta no responderá más.

Leire seguía mirándome.

—No era una respuesta —dije—. Solo intento entender lo que me enseñan.

—¿Lo está entendiendo?

—Sí.

—¿Qué entiende?

—Que Damián cayó hasta el descansillo, quedó allí unos segundos y después continuó bajando.

—¿Solo?

—Sí.