Capítulo 14 · Hora veinte #3
—Hace unas horas dijo que la discusión terminó en la cocina y que subió con Lía. Después dijo que salió de la habitación para hablar con Damián desde el pasillo. Ahora afirma que él la agarró junto al primer peldaño antes de que subiera con la niña.
—Eso ocurrió.
—¿Dónde estaba Lía?
—Arriba.
—Antes dijo que estaba en el salón cuando su marido llegó.
—Subió sola con la tableta.
—¿A qué hora?
—No sé.
—¿Antes o después de que Damián entrara?
—Antes.
—En la declaración dijo que la acompañó.
—La acompañé después para acostarla.
—Entonces Damián la agarró, él subió y usted permaneció abajo.
—Un momento.
—¿Cuánto?
—No sé.
—¿Vio la escultura?
—Estaba sobre la consola.
—¿La tocó?
—No.
—¿Vio a Damián tocarla?
—No.
—¿Cuándo escuchó que entraba en el dormitorio?
—No lo escuché.
—Pero sabe que entró porque encontramos el zapato.
—Sí.
—Después usted subió con Lía.
—Sí.
—Salió otra vez al pasillo.
—Sí.
—Habló con Damián.
—Sí.
—¿Dónde estaba él?
—Abajo.
—¿Cómo bajó sin que lo oyera?
—No lo sé.
—¿Con un solo zapato?
—Sí.
—¿Y volvió a subir?
—Debió de hacerlo.
—¿Otra vez sin que lo oyera?
—La película estaba encendida.
Leire se quedó mirándome.
—Su nueva versión obliga a Damián a subir dos veces, bajar una, cambiarse parcialmente, discutir en tres lugares distintos y agarrarla antes de sufrir una caída dividida en dos secuencias.
—Yo no controlo lo complicado que fue.
—No.
La inspectora se puso de pie.
—Pero lleva veinte horas simplificándolo.
Celia cerró la carpeta.
—Mi clienta realizará una ampliación formal, no continuará respondiendo de este modo.
—De acuerdo.
Leire abrió la puerta.
—Prepare la sala.
La agente salió.
Antes de seguirla, la inspectora se volvió hacia mí.
—Hay algo que debe saber.
—¿Qué?
—Su hermana ha confirmado que usted le habló de agresiones anteriores.
Sentí alivio.
Breve.
Intenso.
—Entonces sabe que digo la verdad.
—Ha confirmado dos episodios. Uno en marzo y otro hace dos años. En ambos casos usted le dijo que Damián la había agarrado durante una discusión.
—No le contaba todo.
—También ha dicho que nunca la vio con un ojo morado, una herida abierta ni una lesión que necesitara atención médica.
—No todos los maltratadores rompen huesos.
—Lo sé.
—No parece.
Leire ignoró el comentario.
—Carmen dice que la vio llorando varias veces. Sonia escuchó a Damián humillarla. Silvia afirma que controlaba sus cuentas y revisaba sus mensajes.
—Entonces ¿qué quiere?
—La verdad.
—Se la estoy dando.
—No. Está ampliando una historia justo cuando la necesita.
La frase me golpeó con más fuerza que si me hubiera llamado asesina.
—¿Cree que lo estoy inventando?
—Creo que Damián podía ser controlador, cruel y abusivo. También creo que usted lleva horas decidiendo cuánto de eso contar en función de lo que encontramos.
—Porque tenía miedo.
—¿De él?
—Sí.
—Está muerto.
—El miedo no.
Leire se quedó quieta.
Aquella respuesta también fue perfecta.
Y también era cierta.
Solo que el miedo ya no era a Damián.
La inspectora salió.
Celia esperó a que la puerta se cerrara.
—No vuelva a improvisar.
—No he improvisado.
—Acaba de cambiar el orden completo de la noche.
—Estoy recordando.
—Pues recuerde conmigo antes de hacerlo delante de la policía.
Se puso el abrigo.
—Voy a preparar la ampliación. Le traerán algo de comer.
—Quiero llamar a Lía.
—Lo intentaré.
—No lo intente. Consígalo.
Celia recogió los vasos. Dejó el mío porque no lo había tocado.
—Hay otra cosa.
—¿Qué?
—La historia del maltrato ya está en todos los medios.
—¿Cómo?
—La vecina ha hablado. También alguien de la empresa.
—¿Qué han dicho?
—Que Damián era posesivo. Que usted quería dejarlo. Que existían discusiones.
—Eso es verdad.
—También circula que pidió ayuda varias veces y después se retractó.
—Nunca pedí ayuda formal.
—Ahora ya no importa.
—Claro que importa.
—No para la opinión pública. La historia ya está construida.
La puerta permaneció abierta detrás de ella.
En el pasillo, la agente esperaba.
—¿Qué historia? —pregunté.
Celia me miró durante un segundo.
—La esposa maltratada que quizá se defendió.
—Yo no me defendí.
—Lo sé.
—No lo maté.
—Entonces tendremos que impedir que esa historia la salve de un crimen que usted asegura no haber cometido.
Se marchó.
La agente me condujo de vuelta a la celda.
La mujer de al lado seguía despierta.
—Eh, escalera.
No respondí.
—Ahora dicen que era un monstruo.
Me senté sobre el colchón.
—No sabe nada.
—Lo dicen todos.
Apoyé los codos sobre las rodillas y miré el dedo sin alianza.
Durante años había permitido que Damián decidiera cómo se contaba nuestra vida. Él era el arquitecto brillante. El empresario que daba trabajo. El padre que pintaba uñas los domingos. Yo era la mujer que firmaba, organizaba cenas y aparecía sonriendo en las fotografías.
Incluso muerto seguía teniendo ventaja.
Su despacho.
Sus carpetas.
Sus correos.
Sus abogados.
Todo preparado para hablar por él.
La mujer golpeó suavemente la pared.
—¿Te pegaba de verdad?
Tardé en responder.
—Sí.
La palabra sonó distinta dentro de la celda.
Más sólida.
Más fácil.
Me tumbé y miré la luz.
A partir de aquella mañana, Damián ya no sería únicamente el hombre que había caído por la escalera.
También sería el hombre del que yo había tenido que sobrevivir.
Y, por primera vez desde que murió, decidí dejar de protegerlo.