La segunda caída Capítulo 14 · Hora veinte #2
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Capítulo 14 · Hora veinte #2

—Al principio eran cosas pequeñas. Comentarios.

Cómo colocaba los platos. Cómo hablaba con los clientes.

Si me reía demasiado. Si estaba demasiado callada.

Si la comida tenía poca sal, decía que lo hacía a propósito porque sabía que la odiaba así.

Si tenía demasiada, dejaba el tenedor y preguntaba si pretendía enfermarlo.

—¿Alguna vez la golpeó por eso?

—Una noche tiró el plato contra la pared.

—Eso ya me lo contó.

—No le conté lo de después.

La abogada no apartó la vista.

—¿Qué ocurrió?

—Fui a recoger los trozos.

Recordaba el plato roto bajo la mesa. La salsa sobre la pared. Damián de pie, respirando por la nariz.

—Me dijo que lo dejara.

—¿Y usted?

—Seguí recogiendo.

—¿Por qué?

—Lía podía bajar.

—¿Qué hizo él?

—Me agarró del pelo.

Celia escribió una palabra.

—¿Con fuerza?

—Sí.

—¿La levantó?

—Me hizo ponerme de pie.

—¿La golpeó?

—Me empujó contra la encimera.

—¿Se lesionó?

—La espalda.

—¿Fue al médico?

—No.

—¿Fotografías?

—No.

—¿Se lo contó a alguien?

—A Nuria, pero no todo.

—¿Cuándo ocurrió?

—Hace dos años. Tal vez tres.

—Necesito una fecha aproximada.

—Era invierno.

—¿Lía estaba en casa?

—Dormía.

—¿Hubo otros episodios?

Asentí.

—¿Cuántos?

—No lo sé.

—¿Más de cinco?

—Sí.

La mentira no estuvo en la respuesta.

Estuvo en la facilidad con que apareció.

Me quedé mirándola un instante, como si la palabra hubiera pertenecido a otra persona.

Celia seguía esperando.

—¿Más de diez? —preguntó.

—No sé.

—Piense.

—No los contaba.

—¿La abofeteó?

—Sí.

—¿Puñetazos?

—No.

—¿Patadas?

—No.

—¿La agarraba?

—Sí.

—¿La empujaba?

—Sí.

—¿La amenazó con quitarle a Lía?

—Muchas veces.

—¿Antes de preparar la separación?

—Sí.

—¿Le dijo que nadie la creería?

Pensé en Damián en la cocina.

No sabes mentir.

Pensé en los papeles, en la contraseña, en las firmas.

—Sí.

—¿Exactamente esas palabras?

—No recuerdo las exactas.

—No diga que lo hizo si no está segura.

—Me decía que todo llevaba mi nombre. Que si alguna vez intentaba irme, terminaría sin casa y sin mi hija.

—¿Eso sí lo recuerda?

—Sí.

Era verdad.

No lo dijo durante una agresión. Lo dijo una tarde en el despacho, señalando las carpetas, después de que yo amenazara con contarle a Melero que algunas facturas eran falsas.

Pero era verdad.

Celia apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—¿Por qué no lo contó desde el principio?

—Porque quería a mi marido.

—Eso no basta.

—Porque me daba vergüenza.

—¿De qué?

—De haberme quedado.

La respuesta fue tan perfecta que me hizo llorar.

No tuve que fingir.

Lloré porque estaba detenida. Porque Lía no sabía dónde estaba. Porque Damián me había dejado una carpeta capaz de enviarme a prisión incluso después de muerto. Porque Ariadna se había acostado con él en un coche y había entrado en mi casa. Porque ya no llevaba la alianza.

Todo eso cabía dentro de la vergüenza.

Celia dejó el bolígrafo y esperó.

Cuando conseguí respirar, señaló el hematoma.

—¿Esa marca se la hizo él?

—Sí.

—¿Cuándo?

Miré los dedos impresos sobre mi brazo.

—Anoche.

La abogada no mostró sorpresa.

—Antes de la caída.

—Sí.

—¿Por qué no lo dijo?

—Porque no quería que pensaran que habíamos peleado.

—Habían peleado.

—Discutimos.

—¿Cómo la agarró?

—Cuando intenté impedir que subiera a ver a Lía.

—¿Con qué mano?

—La izquierda.

—La mano izquierda de Damián estaba lesionada.

—Después de la caída.

—Claro.

Celia volvió a escribir.

—¿Dónde ocurrió?

—Junto a la escalera.

—¿En la planta baja?

—Sí.

—¿La sujetó una sola vez?

—Sí.

—¿La empujó?

—No.

—¿Utilizó la escultura?

—No.

—¿La cogió usted?

—No.

—¿La tocó?

—No.

—¿Subió detrás de él?

—No.

La abogada levantó los ojos.

—Mara.

—No.

—Piénselo.

—No subí detrás de él.

—Su piel pudo quedar bajo sus uñas cuando la agarró abajo.

—Sí.

—Eso explica las fibras.

—Sí.

—Y el hematoma.

—Sí.

—Pero no explica la astilla del descansillo en su camisón.

—Me apoyé al bajar.

—Ni por qué apenas hay huellas de sus pies en el tramo inferior.

—Corrí.

—Precisamente.

—No sé cómo pisé.

Celia cerró la carpeta.

—Voy a pedir que conste formalmente la existencia de violencia previa.

Sentí un tirón en el estómago.

—¿Ahora?

—Sí.

—¿No parecerá una defensa?

—Lo parecerá porque es una defensa.

—No quiero que piensen que lo cuento para salir.

—Lo cuenta para explicar el contexto, las lesiones y las contradicciones. Después decidirán qué creen.

—Ariadna dirá que miento.

—Ariadna no vivía con ustedes.

—Me conocía.

—Hace años.

—Conocía a Damián.

—Como amante. No como esposa.

Miré el vaso.

El chocolate ya estaba frío.

—¿Qué pasará con Lía?

—Si el juez decreta prisión, Nuria solicitará hacerse cargo provisionalmente.

—No.

—Es su familiar más cercano.

—No quiero que la críe ella.

Celia frunció el ceño.

—Estamos hablando de unos días, quizá semanas.

—No.

—¿Hay algún problema con su hermana?

—No.

—Entonces ¿por qué?

No podía explicarlo.

Nuria amaba a Lía. La llevaba al cine, le compraba regalos y sabía las fechas de todas las excursiones del colegio. Pero también hablaba demasiado. Decía lo que sentía. Confundía sinceridad con bondad.

Si Lía empezaba a recordar otra versión, Nuria la escucharía.

No la corregiría.

—Mi hija me necesita —dije.

—Eso es evidente.

—Entonces sáqueme de aquí.

—Haré lo posible.

—No es suficiente.

—Es lo que hay.

La puerta se abrió.

Leire apareció acompañada por una agente.

—Se ha terminado el tiempo.

Celia recogió la carpeta.

—Quiero ampliar declaración con presencia letrada.

La inspectora me miró.

—¿Sobre qué?

—Violencia habitual dentro del matrimonio.

Por primera vez, Leire pareció no tener preparada una respuesta.

Su mirada bajó hacia mi brazo.

Después volvió a mi cara.

—Hace unas horas dijo que Damián no la golpeaba.

—Lo protegía.

—Está muerto.

—Precisamente.

La palabra salió con el tono de él.

Lo notamos las tres.

Leire entró y cerró la puerta.

—¿Qué ha cambiado?

—Todo.

—Necesito algo más concreto.

—Ya no quiero seguir mintiendo por él.

La inspectora se sentó frente a mí.

—¿La golpeó anoche?

—Me agarró.

—Eso ya lo sabíamos.

—Antes de caer.

Leire permaneció inmóvil.

—Usted afirmó que el hematoma se produjo cuando intentaba ayudarlo abajo.

—Mentí.

—¿Por qué?

—Porque había discutido con él. Porque me había amenazado con quitarme a Lía. Porque sabía que, si contaba la verdad, ustedes pensarían exactamente lo que están pensando ahora.

—¿Qué estoy pensando?

—Que lo maté.

—¿Lo hizo?

—No.

No vacilé.

No lloré.

No aparté la mirada.

—¿Dónde la agarró? —preguntó.

—Junto al primer peldaño.

—¿Antes o después de subir al dormitorio?

—Antes.

—¿Por qué?

—Quise impedir que fuera a ver a Lía.

—Después declaró que él subió para cambiarse.

—Eso dijo.

—¿Y usted le creyó?

—No.

—¿Por qué?

—Porque cuando bebía podía ponerse cruel con ella.

—¿Cruel cómo?

—La hacía llorar. Le decía que era una inútil, que se parecía a mí.

Leire bajó la vista hacia la mesa.

—¿Alguna vez golpeó a Lía?

—No.

—¿La agarró?

—Una vez.

—¿Cuándo?

—No quiero hablar de mi hija.

—Acaba de mencionarla.

—Para explicar por qué intenté detenerlo.

—¿Lo empujó?

—No.

—¿Él la empujó a usted?

—No. Me agarró y me apartó.

—¿Con la mano izquierda?

—Sí.

—¿Siguió subiendo?

—Sí.

—¿Y usted?

—Fui con Lía.

—¿Inmediatamente?

—Sí.

—Entonces esta discusión ocurrió antes de que usted entrara por primera vez en su habitación.

La frase llegó con precisión.

Celia intervino:

—La señora Sanz se encuentra reconstruyendo una secuencia traumática.