Capítulo 14 · Hora veinte
La celda no tenía reloj.
Eso era lo primero que te quitaban: no los cordones, ni la alianza, ni el teléfono. El tiempo.
Había una plancha metálica atornillada a la pared, un colchón cubierto de plástico azul y un inodoro sin tapa detrás de un muro que no llegaba hasta el techo.
La luz permanecía encendida. No era intensa, pero tampoco lo bastante débil como para olvidarla.
Cada vez que cerraba los ojos seguía viéndola, una mancha blanca suspendida detrás de los párpados.
No sabía cuánto tiempo había pasado desde que Ariadna dijo que Damián nunca me había pegado.
Podían ser veinte minutos.
Podían ser dos horas.
Me había tumbado sin quitarme el jersey y había intentado continuar el recuerdo desde el punto exacto donde lo dejé.
Damián en el descansillo.
Una mano sobre la barandilla.
Un zapato todavía puesto.
—Mañana se termina esto —había dicho.
—Sí.
Después subió.
Eso era lo siguiente.
Subió los seis peldaños restantes hasta el dormitorio, cerró la puerta y me dejó abajo. Yo recogí la botella de agua, limpié la marca que había dejado sobre la encimera y comprobé que Lía continuaba en su habitación.
Eso ocurrió.
Tenía que haber ocurrido.
La memoria no funciona como una cámara. Leire repetía las horas, los objetos y las palabras como si mi cabeza hubiera grabado la casa desde cuatro ángulos distintos.
Pero yo no había contado los pasos de Damián.
No había mirado el reloj. No sabía cuándo se quitó el zapato ni cuánto tiempo permaneció arriba.
Solo sabía que después había escuchado la caída.
Y que, cuando bajé, mi marido estaba muriéndose.
Me giré sobre el colchón.
El plástico crujió bajo mi cuerpo.
Desde otra celda llegó una voz.
—Eh.
No respondí.
—La de la escalera.
Abrí los ojos.
—¿Qué?
Una mujer se rio al otro lado de la pared.
—Eres tú, ¿no?
No podía verla. Solo su voz, ronca y cansada.
—No sé de qué habla.
—Has salido en la tele.
Me incorporé.
—¿Qué han dicho?
—Que te cargaste a tu marido.
La frase no me hizo sentir nada al principio.
Después llegaron todas las cosas juntas: la ventana de Lía, las cámaras de la comisaría, el hombre preguntando si era la esposa, mi cara cubierta por el pelo mientras Melero me empujaba hacia el coche.
—No lo maté.
La mujer volvió a reírse.
—A mí me da igual.
—Entonces cállese.
—También dicen que él te pegaba.
La luz de la celda pareció intensificarse.
—¿Dónde lo ha visto?
—En las noticias.
—¿Qué canal?
—No sé. El que tenían los polis.
Me levanté y golpeé la puerta.
—¡Agente!
No ocurrió nada.
—¡Necesito hablar con mi abogada!
—No grites —dijo la mujer—. Te hacen menos caso.
Golpeé otra vez.
—¡Agente!
Una mirilla se abrió.
Solo apareció un ojo.
—¿Qué ocurre?
—Quiero hablar con mi abogada.
—Cuando venga.
—Necesito llamarla.
—Ya ha realizado una llamada.
—Eso fue antes.
—Cuando venga.
La mirilla se cerró.
—Te lo dije —canturreó la mujer.
Volví a sentarme.
—¿Qué dijeron exactamente?
—¿Ahora sí quieres hablar?
—Sobre mi marido.
—Que era arquitecto. Que teníais una casa de esas que parecen clínicas. Que os estabais separando.
—¿Han dicho el nombre de mi hija?
—No me acuerdo.
—Piense.
—No me mandes.
—Tiene siete años.
Hubo un silencio.
—Creo que no.
Apoyé la espalda contra la pared.
—¿Quién dijo que me pegaba?
—Una vecina.
Carmen.
Tenía que ser Carmen.
Carmen, que fumaba escondida en la terraza y sabía cuándo llegaban los coches, cuánto duraban las visitas y qué bolsas dejábamos junto al contenedor.
Carmen había visto una vez a Damián romper una maceta en el jardín.
Otra, me encontró llorando dentro del coche.
Yo le dije que acababa de discutir con mi hermana.
No me creyó.
La gente como Carmen no necesitaba conocer la verdad. Le bastaba con una escena incompleta.
—¿Mostraron una foto mía? —pregunté.
—Sí.
—¿Cuál?
—Una con tu hija.
Sentí náuseas.
—¿Se veía su cara?
—No sé.
—Por favor.
La mujer tardó unos segundos.
—Creo que la taparon.
Cerré los ojos.
—Gracias.
—¿Lo hiciste?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—Mi ex también se cayó una vez.
No pregunté.
Ella continuó de todas formas.
—Por una ventana.
Abrí los ojos.
—¿Está detenido por eso?
—Yo no estaba allí.
La respuesta la hizo reír otra vez.
Me tumbé de lado y me tapé los oídos con las manos.
El plástico siguió crujiendo.
No dormí.
Cada vez que estaba a punto de hacerlo, una puerta se abría en el pasillo, alguien gritaba un apellido o una tubería temblaba dentro de la pared. El cuerpo no podía descansar allí. Permanecía preparado para levantarse, responder o defenderse.
No sé cuánto tiempo después apareció la agente.
—Sanz.
Me senté.
—Su abogada.
La llevaron hasta una sala pequeña donde Celia me esperaba con el abrigo puesto y dos vasos de máquina. Dejó uno frente a mí.
—Es chocolate.
—No quiero.
—No ha comido desde ayer.
—¿Han dicho el nombre de Lía en televisión?
Celia abrió la carpeta.
—No.
—¿Está segura?
—Sí.
—Han enseñado una fotografía.
—Con el rostro de la niña pixelado.
—¿De dónde la han sacado?
—De las redes sociales de Damián.
—Yo le pedí que no publicara fotos de ella.
—Eso ahora no importa.
—A mí sí.
—Mara, la fiscal va a solicitar prisión provisional.
El vaso de chocolate soltaba un hilo de vapor entre las dos.
—¿Cuánto tiempo?
—Hasta que declare ante el juez y se resuelva.
—¿Cuándo?
—Probablemente mañana por la mañana.
—No puedo pasar otra noche aquí.
—Puede.
—Mi hija acaba de perder a su padre.
—Lo sé.
—Necesita verme.
—Nuria está con ella.
—Nuria también está siendo investigada.
—Como administradora de una sociedad que, por ahora, parece instrumental. No como sospechosa de la muerte.
—Por ahora.
Celia sostuvo mi mirada.
—Deje de repetir esa expresión.
—No la he inventado yo.
—No.
El chocolate empezó a formar una película oscura en la superficie.
—¿Qué argumentos tiene la fiscal? —pregunté.
—Los mismos, pero mejor ordenados.
—Me alegro por ella.
—Motivo económico. Separación inminente.
Posible conflicto por la custodia. Mentiras durante la primera declaración.
Un objeto compatible con la herida. Restos de su ropa bajo las uñas de Damián.
Dos minutos y medio antes de la llamada.
Una línea telefónica a su nombre utilizada para atraer a Iván a las inmediaciones.
—La voz no es mía.
—Todavía no hay un informe pericial.
—Entonces no puede utilizarla.
—Puede mencionarla como indicio.
—Ariadna también estaba allí.
—Sí.
—Tenía sangre en el coche.
—La prueba preliminar ha determinado que no es sangre humana.
Me quedé quieta.
—¿Qué era?
—No lo saben. Probablemente restos de carne. Dice que transportó comida para su perro.
—Conveniente.
—El botón de Damián sí es real.
—Entonces estuvo en el coche.
—Ariadna ha reconocido que mantuvieron relaciones allí varias veces.
Sentí que algo me apretaba la garganta.
No eran celos.
No podían ser celos después de verlo muerto.
—¿Y las huellas del premio?
—Son antiguas o, al menos, no pueden fecharse.
—Estuvo en casa anteayer.
—Sí.
—Lo levantó.
—También.
—Pudo volver anoche.
—No hay indicios de que entrara.
—No hay indicios de que yo estuviera con Damián.
Celia abrió otra hoja.
—Está su hija.
—Lía no me vio.
—Precisamente.
—¿Qué quiere decir?
—Que no puede confirmar que usted permaneciera en la habitación durante toda la secuencia.
—Estaba conmigo.
—Dice que salió.
—Unos segundos.
—Primero afirmó que no salió.
—No recordaba haberlo hecho.
—Luego dijo que fue al baño.
—Necesitaba respirar.
—El baño no había sido utilizado.
—No dije que utilizara el lavabo.
—Después admitió que habló con Damián desde el pasillo.
—Sí.
—Y ahora no sabemos cuándo regresó a la habitación.
—Antes de la caída.
—Eso lo dice usted.
—Porque es verdad.
Celia me observó.
No con la quietud de Leire. Ella buscaba algo distinto. No una contradicción, sino el punto exacto donde yo dejaba de comprender el peligro.
—La fiscal también utilizará la cuenta secreta —dijo.
—No saben que existe.
—Se lo contó a su abogada dentro de una comisaría.
—Nuestra conversación era privada.
—Lo era.
—Entonces ¿cómo lo sabe la fiscal?
—No lo sabe. Pero tenemos que decidir si entregamos nosotros la documentación antes de que la encuentren.
—No.
—Puede demostrar que Damián preparaba un fraude contra usted.
—También que llevaba meses reuniendo material.
—Para defenderse.
—Eso diríamos.
—¿No es cierto?
—Sí.
Celia bajó el bolígrafo.
—Entonces deje de responder como si necesitara recordar cuál es la verdad.
—Estoy cansada.
—Lo sé.
—Todo el mundo lo sabe y sigue haciendo preguntas.
—Porque un hombre está muerto.
—Mi marido.
—Sí.
—El padre de mi hija.
—Sí.
—Y yo soy la única persona a la que no dejan llorarlo porque todos están demasiado ocupados decidiendo cómo lo maté.
La voz empezó a temblarme.
No quería llorar delante de Celia. Leire había convertido las lágrimas en otra prueba: cuándo aparecían, a quién pertenecían, si eran por Damián o por Lía.
Celia sacó un pañuelo.
No lo cogí.
—La prensa dice que me pegaba —añadí.
—Ha habido una filtración.
—¿De la policía?
—Puede proceder de los sanitarios, de un vecino o de alguien que escuchó la conversación con su hermana.
—Ariadna ha dicho que es mentira.
—Sí.
—¿También se lo ha dicho a la policía?
—Sí.
—Entonces utilizarán eso contra mí.
—Depende de lo que usted cuente.
—Damián me hacía daño.
Celia no escribió.
—Necesito que sea exacta.
—¿Qué significa exacta?
—Que no diga que le pegaba si la empujó. Que no diga que la estranguló si la agarró de la nuca. Que no convierta una frase cruel en una amenaza de muerte.
—¿Por qué supone que exageraría?
—Porque ya ha minimizado y modificado varios episodios.
—Lo protegía.
—¿De qué?
—De esto.
Señalé la puerta.
—De que todo lo que hizo se utilice ahora para explicar por qué está muerto.
—Eso no es protegerlo.
—¿No?
—Es proteger la imagen que usted tenía de su matrimonio.
La frase dolió porque se acercaba demasiado.
—No sabe nada de mi matrimonio.
—Por eso pregunto.
Me llevé las manos a la cara.
El corte de la palma se había cerrado, pero la piel tiraba al doblarla.
—No empezó pegándome —dije.
Celia esperó.