La segunda caída Capítulo 13 · Hora dieciocho #2
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Capítulo 13 · Hora dieciocho #2

—Mara, estoy cerrando.

—¿Estuvo aquí?

—Tienes que hablar con él.

—Eso intento.

Silvia colgó.

Volví a llamar.

No respondió.

A las siete, Lía empezó la película en el salón. La detuvo para cenar y la reanudó después. A las nueve la llamé al baño. Protestó porque faltaba poco para que los animales llegaran al río.

—La has visto veinte veces.

—Pero no hoy.

—Puedes terminarla en la cama.

—¿De verdad?

—Es viernes.

Se lavó los dientes, eligió el pijama amarillo y subió corriendo con la tableta bajo el brazo.

—No corras por la escalera.

—Papá corre.

—Papá no debería.

—Dice que no resbala.

—Tu padre cree que nada puede pasarle.

Lía se detuvo en el descansillo.

—¿Estás enfadada con él?

—No.

—Tienes la cara.

Volvió a imitarme.

No me reí.

A las diez y veintisiete llegó el mensaje.

Llegaré tarde. No me esperes despierta.

Dejé el teléfono sobre la encimera.

A las diez y treinta y uno abrí el cajón de la mesilla de Damián. La caja de zolpidem estaba casi llena. Faltaban tres comprimidos de un blíster nuevo.

No sabía cuándo los había tomado.

Damián los utilizaba durante temporadas. A veces partía una pastilla. Otras veces tomaba una entera después de beber y se quedaba dormido en el sofá con el teléfono en la mano.

Cerré el cajón.

Entré en el vestidor y volví a comprobar la maleta roja.

Después bajé.

A las diez y cuarenta y cinco llamaron desde el control de acceso.

—Señora Sanz, hay un vehículo con código autorizado.

—¿De quién?

—Ariadna Vives.

El corazón me golpeó una vez.

—No la deje entrar.

—El código está activo.

—Es mi casa.

—El código fue generado por el señor Llorca.

—Pues cancélelo.

—Necesitamos confirmación del titular.

—Yo soy la titular.

—Figura el señor Llorca como administrador del acceso.

Miré hacia la escalera.

La música de la película bajaba desde la habitación de Lía.

—¿La señora Vives ha dicho que viene aquí?

—No. Solo ha accedido a la urbanización.

—¿Puede decirme adónde va?

—No podemos seguir los vehículos.

—Entonces ¿para qué tienen cámaras?

El hombre no respondió.

—Cancele el código.

—Haré la solicitud.

Colgué.

A las diez y cincuenta y seis escuché el coche de Damián.

No miré por la ventana.

Seguí de pie junto a la encimera, con los brazos cruzados.

Entró a las diez y cincuenta y ocho.

Llevaba la camisa azul, la corbata suelta y el abrigo doblado sobre el brazo. Olía a vino y al perfume de Ariadna. No sabía qué perfume utilizaba ella, pero decidí que tenía que ser aquel: algo limpio, seco, con un fondo que recordaba a madera mojada.

Damián dejó las llaves en el cuenco.

No vio la casa de bronce.

O no pareció verla.

—¿Lía duerme?

—Está arriba.

—Te pregunté si duerme.

—Está viendo una película.

—Es casi medianoche.

—Son las once.

—Mañana se levantará a las siete.

—Mañana es sábado.

Se quitó el abrigo.

—¿Has enviado las hojas?

—Las llevé a la oficina.

—Te dije que no fueras.

—No estabas.

—Precisamente.

—Silvia las recibió.

—No tenías que involucrarla.

—Trabaja allí.

—No en esto.

—¿Qué es esto?

Damián abrió la nevera.

—¿Hay agua fría?

—En la puerta.

Sacó la botella y bebió directamente.

—¿Has cenado con Ariadna?

No se volvió.

—Sí.

La respuesta me sorprendió más que una mentira.

—¿Por qué?

—Porque necesitaba hablar con ella.

—¿De qué?

—De trabajo.

—La besaste.

Damián cerró la nevera.

—¿Me estás siguiendo?

—No hace falta. Hay cámaras.

Comprendió enseguida.

—¿Quién te ha enviado algo?

—Nadie.

—Entonces ¿cómo sabes que la besé?

—Porque siempre haces lo mismo.

—Eso no es una respuesta.

—Tampoco lo tuyo.

Dejó la botella.

—La relación se terminó.

—¿Cuál de todas?

—No empieces.

—Llevas meses acostándote con ella.

—No voy a discutir delante de Lía.

—Lía está arriba.

—Esta casa se escucha entera.

La frase me hizo mirar hacia la escalera.

—Entonces baja la voz.

—No estoy gritando.

—Nunca necesitas gritar.

Damián sonrió.

No con alegría.

—Has estado hablando con Nuria.

—No.

—Utilizas sus frases.

—¿Qué frases?

—Las de mujer maltratada.

Sentí un calor en la cara.

—No he dicho eso.

—Todavía.

—¿Qué significa todavía?

—Que sé lo que estás preparando.

Se dirigió hacia la mesa y cogió la carpeta con las copias firmadas.

—¿Qué preparo?

—Tu versión.

—No necesito una versión.

—Todo el mundo necesita una cuando llega el divorcio.

La palabra apareció entre nosotros.

No por primera vez.

Pero aquella noche sonó distinta.

—¿Vas a irte? —pregunté.

—Sí.

—¿Con Ariadna?

—Eso no te importa.

—Soy tu mujer.

—Por unas semanas más.

—¿Semanas?

Damián abrió la carpeta, comprobó las firmas y volvió a cerrarla.

—Mañana hablarás con Jorge.

—¿Melero?

—Sí.

—¿Para qué?

—Para explicarte cómo se hará.

—¿Cómo se hará qué?

—La separación.

—No puedes organizar mi divorcio sin mí.

—No he organizado tu divorcio. He organizado el mío.

—La casa es de los dos.

—La casa está hipotecada a través de la empresa.

—Mentira.

—Lee los papeles que firmas.

Sentí que el aire cambiaba.

—¿Qué has hecho?

—Nada que no autorizaras.

—No sabía lo que firmaba.

—Ese no es mi problema.

—Me obligabas.

Damián soltó una risa breve.

—Te dejaba documentos sobre la mesa.

—Me presionabas.

—Te pedía que hicieras una tarea.

—¿Y si no la hacía?

—Nunca lo averiguaste.

Lo odié por aquella frase.

Porque era verdad.

—No vas a quedarte con la casa —dijo—. Y tampoco con la empresa.

—No quiero la empresa.

—Pues has firmado como si la quisieras.

—Tú utilizaste mi nombre.

—Tú firmaste.

—¿Para qué era la carpeta?

Por primera vez, Damián perdió una fracción de su calma.

No mucho.

Lo suficiente.

—¿Qué carpeta?

—La que tiene mi nombre.

—No sé de qué hablas.

—Claro que sí.

—¿Has entrado en el despacho?

—Vivo aquí.

—¿Has forzado el cajón?

—No.

—Entonces no has visto nada.

—¿Vas a denunciarme?

—Voy a proteger lo que he construido.

—¿De mí?

—De tus errores.

—Tus errores.

—No hagas esto más difícil.

—¿Qué vas a decir de Lía?

Damián recogió la botella.

—Mañana.

—No. Ahora.

—Está arriba.

—Dijiste que no estaba segura conmigo.

—No lo está si decides convertirla en un arma.

—Eres tú quien la está utilizando.

—Mara.

—No te la vas a llevar.

—No he dicho que vaya a llevármela.

—No te la vas a llevar.

—Baja la voz.

—No.

—La vas a despertar.

—Está despierta.

Damián miró la escalera.

—Perfecto.

—¿Adónde vas?

—A verla.

Me interpuse.

No lo toqué.

Solo me coloqué entre él y el primer peldaño.

—Ahora no.

—Apártate.

—Has bebido.

—He tomado dos copas.

—Y las pastillas.

—No he tomado nada.

—La caja está abierta.

Sus ojos cambiaron.

—¿Has revisado mi cajón?

—Buscaba un cargador.

—En la caja del zolpidem.

—No sabía dónde estaba.

—No sabes mentir.

—Tú sí.

Damián dio un paso.

—Apártate.

—No entres en su habitación así.

—¿Así cómo?

—Enfadado.

—No estoy enfadado.

—Yo sí.

—Ya lo veo.

—Eres un cabrón.

La palabra subió por la escalera.

Lo supe en cuanto la pronuncié.

Damián miró hacia arriba.

Después volvió a mirarme.

—No vas a quedarte con todo, Mara.

—No quiero todo.

—Quieres la casa, la niña, el dinero y el papel de pobre esposa engañada.

—Solo quiero que dejes de decidir por todos.

—Pues empieza a decidir algo por ti misma.

Se apartó de mí y fue hacia la consola.

Cogió las llaves.

La casa de bronce quedó a pocos centímetros de su mano.

—¿Adónde vas?

—Al dormitorio.

—Lía está despierta.

—No voy a verla.

—Has dicho que ibas a subir.

—Voy a cambiarme.

—Damián.

No respondió.

Subió el primer peldaño.

Después el segundo.

La barandilla crujió bajo su mano.

Yo permanecí junto a la consola, con la casa de bronce a mi derecha y el ruido de la película descendiendo desde la habitación de Lía.

Damián llegó al descansillo.

Se volvió.

—Mañana se termina esto.

—Sí —dije.

Por primera vez en toda la noche, estábamos de acuerdo.