La segunda caída Capítulo 13 · Hora dieciocho
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Capítulo 13 · Hora dieciocho

La última mañana de Damián empezó con una tostada quemada.

No debería recordarlo. De todos los detalles que podían haber quedado atrapados en mi cabeza —su voz, la camisa azul, la forma en que cerró la puerta—, recuerdo el olor del pan y la manera en que raspó la superficie negra sobre el fregadero con un cuchillo.

—No cuesta tanto vigilar una tostadora —dijo.

Yo estaba preparando la mochila de Lía.

—La has puesto tú.

—Precisamente. Porque tú estabas tardando.

—Entonces vigílala tú.

—Estaba buscando las llaves.

—Siempre estás buscando algo.

Damián dejó el cuchillo.

No lo lanzó. No levantó la voz. Solo lo apoyó sobre la encimera con más cuidado del necesario.

—Buenos días a ti también.

Lía entró en la cocina con un calcetín puesto y otro en la mano.

—No encuentro el zapato.

—Está junto al sofá —dije.

—No.

—Lo dejaste allí.

—No está.

Damián miró el reloj.

—Vamos tarde.

—Quedan veinte minutos.

—Eso es tarde cuando todavía no está vestida.

—Tiene siete años.

—Precisamente.

La palabra era una de sus favoritas. La utilizaba para convertir cualquier cosa en una evidencia.

Precisamente porque Lía era pequeña había que exigirle más.

Precisamente porque yo no trabajaba a jornada completa debía ocuparme mejor de la casa.

Precisamente porque él ganaba el dinero tenía derecho a saber en qué se gastaba.

No necesitaba gritar.

Las personas como Damián no gritaban cuando podían hacerte sentir incompetente hablando despacio.

Encontré el zapato debajo de la mesa del salón. Lía se lo puso mientras mordía una galleta. Damián observó las migas caer sobre la alfombra.

—Acaba de limpiar Sonia.

—Las recogeré.

—Siempre recoges después.

—¿Después de qué?

—Después de que algo ya esté sucio.

La respuesta no tenía sentido, pero Damián conseguía que las frases sin sentido parecieran principios morales.

Cogió la chaqueta.

Antes de salir se inclinó para besar a Lía en la cabeza.

—Esta noche llego tarde.

—¿Otra cena? —preguntó ella.

—Trabajo.

—Siempre cenas por trabajo.

—Alguien tiene que pagar tus zapatos perdidos.

Lía se rio.

Yo no.

Damián abrió la puerta.

—Firma las hojas de la cocina —me dijo.

—Primero quiero leerlas.

—Son renovaciones de proveedores.

—Entonces puedo leerlas.

—Haz lo que quieras, Mara. Pero tienen que estar antes de mediodía.

Se marchó.

Las hojas estaban junto a la cafetera, sujetas con una pinza negra.

Había cuatro marcas amarillas donde debía firmar.

La primera página pertenecía a una sociedad que no reconocí.

La segunda contenía una tabla de cantidades.

En la tercera aparecía el nombre de Iván Corbacho, aunque no figuraba como trabajador ni como proveedor. Solo como responsable de supervisión.

Leí dos párrafos.

No entendí ninguno.

Hice fotografías con el teléfono y envié las imágenes a la cuenta que Damián no conocía.

Después firmé.

Eso era lo que hacía siempre.

No porque me obligara con una pistola o una mano cerrada alrededor del cuello.

Firmaba porque él dejaba los documentos allí a las ocho y a las nueve y media llamaba para preguntar si estaban listos.

Si decía que no, me explicaba que una obra podía paralizarse, veinte personas quedarse sin cobrar y un cliente perder cientos de miles de euros porque yo necesitaba sentirme importante leyendo palabras que no comprendía.

Firmar duraba cinco segundos.

Discutir podía ocupar toda la mañana.

A las nueve llevé a Lía al colegio.

A las diez regresé.

Sonia estaba limpiando el recibidor. Había colocado la casa de bronce sobre el suelo para quitar el polvo de la consola.

—Pesa muchísimo —dijo.

—Déjala. Damián ni siquiera la mira.

—Si la dejo abajo, me mata.

Sonrió al decirlo.

Todo el mundo utilizaba aquella palabra con Damián.

Me mata.

Te mata.

Nos mata.

Nunca significaba realmente matar.

—La barandilla sigue moviéndose —añadió Sonia.

La agarró y la sacudió.

La madera cedió con un chasquido.

—No hagas eso.

—Un día se va a caer alguien.

—Ya se lo he dicho.

—Pues díselo otra vez.

—Díselo tú. A ti te escucha.

Sonia soltó una carcajada.

—A mí me escucha porque me paga.

—A mí también me paga, según parece.

Ella dejó de sonreír.

—No quería decir eso.

—Ya lo sé.

Agarré el premio y lo coloqué sobre la consola.

La base estaba fría. El bronce tenía una pequeña muesca en una esquina del tejado, una marca que no recordaba haber visto antes. Pensé que Sonia la habría golpeado alguna vez con la aspiradora.

—¿Quieres café? —pregunté.

—No puedo. Tengo otra casa después.

—¿La de Carmen?

—Los jueves.

—Hoy es viernes.

Sonia miró el teléfono.

—Es verdad.

Nos reímos.

Recuerdo aquella risa porque fue la última vez que me sentí dentro de una mañana normal.

A mediodía llamó Damián.

—¿Has firmado?

—Sí.

—¿Has enviado las copias?

—No.

—Te dije que las enviaras.

—Me dijiste que firmara.

—Mara, por favor.

Lo decía así, con cansancio, como si llevara toda la vida intentando enseñarme una tarea sencilla.

—¿A quién?

—A Silvia.

—Puedo llevarlas después.

—Escanéalas.

—La aplicación no funciona.

—Funciona perfectamente.

—A mí no.

—Porque haces las fotos torcidas.

—Las llevaré.

Hubo un silencio.

—No vengas a la oficina.

—¿Por qué?

—Porque no hace falta.

—Acabas de decir que hacen falta.

—He dicho que las envíes.

—Puedo entregarlas en persona.

—No voy a estar.

—¿Dónde vas?

—Tengo reuniones.

—¿Con quién cenas?

La pregunta salió demasiado rápido.

Damián tardó apenas un instante.

—Con clientes.

—¿Qué clientes?

—Los de la promoción nueva.

—¿Cómo se llaman?

—Mara.

—Solo pregunto.

—No parece.

—¿A qué parece?

—A lo de siempre.

—No sé qué es lo de siempre.

—Claro que sí.

Escuché voces detrás de él. Una mujer preguntó algo. Damián cubrió el micrófono, pero reconocí el tono. No la voz. El tono de alguien que estaba cerca y esperaba una respuesta.

—¿Estás con Ariadna? —pregunté.

El silencio cambió.

—¿Qué?

—Nada.

—No. Dime qué has dicho.

—He preguntado si estás con Ariadna.

—Estoy en una obra.

—He oído a una mujer.

—Hay mujeres en las obras, Mara.

—No muchas que te hablen así.

—¿Así cómo?

—Como si tuviera derecho a interrumpirte.

Damián soltó el aire.

—No empieces.

—No he empezado nada.

—Llevo toda la mañana resolviendo problemas.

—Yo también.

—¿Qué problema has resuelto tú?

La frase llegó sin énfasis.

No necesitaba ninguno.

—He firmado tus papeles.

—Eso no es resolver un problema.

—Para ti parecía importantísimo hace una hora.

—Porque si no los firmas tú tengo que perder tiempo buscando otra persona autorizada.

—Entonces autoriza a Silvia.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque no es socia.

—Yo tampoco.

—Tienes poderes.

—Que no recuerdo haber aceptado.

—Los firmaste delante de Melero.

—También firmé una hipoteca y eso no me convierte en banco.

—No tengo tiempo para esto.

—¿Ariadna está contigo?

—No.

La respuesta fue limpia.

Tan limpia como la mía cuando Leire preguntó si había empujado a Damián.

—Bien —dije.

—Bien.

—Entonces esta noche cenarás con clientes.

—Sí.

—¿Volverás tarde?

—Sí.

—¿Muy tarde?

—No me esperes despierta.

Colgó.

A las dos recogí a Lía.

Comimos en un bar cerca del colegio porque tenía dentista a las cuatro y no valía la pena regresar a casa. Pidió croquetas, patatas y una bebida que sabía a fresa. Yo pedí una ensalada y no la terminé.

—¿Estás enfadada? —preguntó.

—No.

—Tienes la cara de enfadada.

—¿Qué cara es esa?

Lía apretó los labios y frunció el ceño hasta que pareció una anciana pequeña.

Me reí.

—No pongo esa cara.

—Sí.

—Estoy cansada.

—Papá dice que siempre estás cansada.

—Papá dice muchas cosas.

—¿Está enfadado?

—¿Por qué?

—Esta mañana.

—No.

—Parecía.

—Papá habla así.

—¿Cómo?

No supe explicárselo.

El dentista encontró una caries. Lía lloró antes de que la tocaran y después salió orgullosa porque no le había dolido. Compramos un helado aunque le habían dicho que evitara el azúcar.

—No se lo diremos a papá —dijo.

—No tenemos que esconderle cosas.

—Tú escondes cosas.

La miré.

—¿Qué escondo?

—El chocolate en el cajón de los paños.

Me reí otra vez.

—Eso es para que no te lo comas.

—Y las carpetas.

El helado se derritió entre sus dedos.

—¿Qué carpetas?

—Las que guardas en la maleta roja.

Sentí un frío breve.

—¿Has abierto mi maleta?

—Buscaba el disfraz.

—No tienes que tocar mis cosas.

—No la abrí. Estaba abierta.

No lo estaba.

La cerraba siempre.

Guardaba la maleta en la parte alta del armario del vestidor, detrás de dos mantas. Dentro había copias de transferencias, fotografías de documentos y una memoria externa. Nada que una niña pudiera comprender. Nada que tuviera que explicarle.

—No vuelvas a buscar allí.

—Vale.

—Promételo.

—Lo prometo.

—Y no se lo cuentes a papá.

Lía sonrió.

—Has dicho que no escondemos cosas.

—Esto es distinto.

—¿Por qué?

—Porque es una sorpresa.

—¿Para papá?

—Sí.

—¿Qué sorpresa?

—Si te lo digo deja de serlo.

La respuesta la dejó satisfecha.

A mí no.

Cuando regresamos, comprobé la maleta.

Seguía cerrada.

Las mantas estaban como las había dejado.

Sin embargo, uno de los sobres interiores aparecía girado. No podía asegurar que alguien lo hubiera tocado. Quizá fui yo. Quizá lo había colocado así la última vez.

Revisé los documentos.

No faltaba nada.

En la memoria externa había copias de correos, pagos y mensajes. También la fotografía de Damián con Ariadna reflejados en el espejo.

No la abrí.

No necesitaba verla otra vez.

A las seis preparé la cena de Lía y dejé parte de los macarrones para mí. Puse demasiada sal. Me di cuenta cuando probé la salsa, pero no añadí agua ni empecé de nuevo.

Mientras cocinaba recibí un mensaje desde un número que no tenía guardado.

Esta noche lo sabrás todo.

No había nombre.

Respondí:

¿Quién eres?

El mensaje no llegó a enviarse. El número había sido desconectado o bloqueado.

Pensé en Ariadna.

Después en Iván.

Después en Damián, porque casi todos los caminos terminaban allí.

Llamé a la oficina.

Silvia contestó.

—Llorca Proyectos.

—Soy Mara.

—Hola.

Su voz cambió. No por miedo. Por precaución.

—¿Está Damián?

—No.

—¿Ha estado esta tarde?

—Se marchó a las cinco.

—¿Con quién?

—No sé.

—¿Con Ariadna?

Silencio.

—Silvia.

—No puedo ayudarte.

—Solo te he hecho una pregunta.