La segunda caída Capítulo 12 · Hora dieciséis #3
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Capítulo 12 · Hora dieciséis #3

—Y Ariadna tocó el objeto cuarenta y ocho horas antes.

—Sí.

—Después amenazó con contarlo todo, siguió a Damián hasta nuestra urbanización, permaneció allí durante la muerte y se marchó cuando oyó las sirenas.

Leire asintió.

—Todo eso es cierto.

—¿Y yo sigo detenida?

—Usted estaba dentro de la casa.

—Ariadna podía entrar.

—No hay registro de que utilizara la puerta principal.

—Existe un sendero trasero.

—La puerta trasera estaba cerrada por dentro.

—Damián pudo abrirle.

—Entonces tendríamos que explicar por qué nadie escuchó la puerta.

—Lía veía una película.

—Pero escuchó caer a su padre.

—Porque fue más fuerte.

—Y usted estaba con ella.

—Sí.

—Salvo cuando salió de la habitación.

—Fueron segundos.

—Suficientes para hablar con Damián.

—Desde arriba.

Leire acercó el rostro.

—¿Vio a Ariadna en la casa?

—No.

—¿Sabía que estaba en la urbanización?

—No.

—¿La llamó desde el teléfono azul?

—No.

—¿La invitó Damián?

—No lo sé.

—¿Por qué reuniría la misma noche a su encargado, su antigua socia y amante, y su esposa?

—Pregúnteselo a él.

La inspectora se recostó.

—Eso intentamos.

La puerta se abrió y Vega apareció en el umbral.

Se acercó a Leire y le susurró algo. La inspectora escuchó sin apartar los ojos de mí.

—¿Qué pasa? —preguntó Celia.

Vega dejó una hoja sobre la mesa.

Leire la leyó.

—Han terminado la comparación preliminar del material hallado en el premio.

—¿Y? —dije.

—La sangre pertenece a Damián.

—Ya lo sabíamos.

—Los cabellos adheridos a la base no son suyos.

—¿De quién?

—Uno es de Ariadna Vives.

Celia se inclinó.

—Estuvo en la casa anteayer. Eso lo explica.

—Puede explicarlo —dijo Leire.

—¿Y el resto?

—Hay un segundo cabello.

La inspectora levantó la hoja.

—Pertenece a una mujer, pero no coincide con Ariadna ni con Mara.

—Sonia —dije.

—Necesitamos una muestra.

—Limpia la casa.

—Sí.

—Entonces será suyo.

—Probablemente.

—¿Qué más?

Leire miró a Vega.

—Han encontrado una pequeña mancha de sangre en el interior del coche de Ariadna.

La sala quedó quieta.

—Antes dijo que no había sangre —señaló Celia.

—No visible. Ha reaccionado en una prueba preliminar.

—¿De quién?

—Todavía no lo sabemos.

—Ariadna pudo cortarse.

—Eso dice.

—¿Dónde está la mancha?

—En el tirador interior de la puerta del acompañante.

Pensé en el botón bajo el asiento.

En Damián dentro del coche.

En Ariadna siguiéndolo.

Por primera vez desde que la policía había encontrado el premio, pude imaginar otra mano sujetándolo.

Otra mujer de pie junto al descansillo.

Otra voz llamándolo por su nombre.

—¿Van a detenerla? —pregunté.

Leire dobló la hoja.

—La fiscal está valorándolo.

—Pero a mí sí me detuvieron inmediatamente.

—No inmediatamente. Pasaron catorce horas.

—Porque tardaron catorce horas en encontrar algo que pudieran utilizar.

Celia volvió a colocar una mano sobre mi brazo.

—Se acabó la entrevista.

Leire no discutió.

Nos llevaron de vuelta al pasillo de los calabozos. Antes de cruzar la puerta metálica, aparecieron dos agentes al fondo acompañando a Ariadna.

No llevaba esposas.

Vestía un pantalón beige, una camisa blanca y el mismo abrigo oscuro de las fotografías. Caminaba erguida, aunque tenía los ojos rojos y el pelo recogido deprisa. Al verme se detuvo.

Durante años había imaginado aquel encuentro.

En un hotel.

En la oficina.

En nuestra cocina.

Nunca en una comisaría, después de que una de las dos hubiera compartido la última noche de Damián y la otra hubiera encontrado su cadáver.

Ariadna miró mi ropa, mis manos y el hematoma que asomaba bajo la manga.

No pareció sorprendida.

—Mara —dijo.

—No hable con mi clienta —advirtió Celia.

Ariadna no apartó los ojos de mí.

—¿Estuviste en mi casa anteayer?

No respondió.

—¿Entraste en nuestra habitación?

Uno de los agentes tiró suavemente de su brazo.

—Siga andando.

—Dime si entraste.

—No.

—Mientes.

Ariadna dio un paso, pero volvió a detenerse.

—Damián también te mentía a ti.

—Lo sé.

—No. No sabes ni la mitad.

La agente insistió.

—Señora Vives.

Ariadna miró otra vez mi brazo.

—¿Les has dicho que te pegaba?

Sentí que Celia se tensaba a mi lado.

—No es asunto tuyo.

—Entonces sí.

—¿Qué quieres?

Ariadna sonrió apenas.

No con burla.

Con cansancio.

—Entender por qué estás utilizando ahora la única mentira que él no dejó preparada.

No comprendí la frase.

O fingí no comprenderla.

—¿Qué mentira?

Los agentes comenzaron a llevársela.

Ariadna caminó de espaldas durante dos pasos.

—Damián era un cabrón —dijo—. Pero nunca te pegó.

La puerta del pasillo se cerró tras ella.

Celia me miró.

Yo me cubrí el hematoma.

—No sabía cómo era dentro de casa.

—No —respondió la abogada—. Pero acaba de decirlo con mucha seguridad.

Al otro lado del muro, una puerta metálica se abrió y volvió a cerrarse.

Ariadna había mentido sobre la relación, la carpeta, el coche y las horas que pasó cerca de nuestra casa. Tenía sangre en el vehículo, un botón de Damián bajo el asiento y sus huellas sobre el objeto que podía haberle roto el cráneo.

Sin embargo, lo único que consiguió hacerme sentir miedo fue la forma en que miró mi brazo antes de decir que Damián nunca me había pegado.