La segunda caída Capítulo 12 · Hora dieciséis #2
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Capítulo 12 · Hora dieciséis #2

Asentí.

Nos llevaron a una sala distinta. No era la misma de las primeras declaraciones. Tenía una pantalla grande fijada a la pared y tres fotografías sobre la mesa.

En la primera, Damián salía de un restaurante.

Ariadna caminaba detrás.

La conocía bien a pesar de haberla visto en persona solo cuatro veces.

Pelo oscuro hasta los hombros, cuerpo delgado, ropa siempre demasiado sencilla para ser barata.

Había envejecido desde la última fotografía que encontré, pero seguía teniendo aquella forma de mirar a Damián como si conociera algo que los demás ignorábamos.

En la segunda imagen estaban junto a un coche. Damián le sujetaba el brazo.

No con violencia.

Con intimidad.

En la tercera, se besaban.

La imagen estaba tomada desde una cámara situada sobre la puerta del restaurante. El beso no parecía una despedida. Damián tenía una mano detrás de la nuca de Ariadna y ella lo agarraba por la chaqueta.

—La cena terminó a las veintidós veintiséis —dijo Leire—. No era una reunión con clientes.

—Ya lo veo —respondí.

Celia me tocó la muñeca.

No hables.

—¿Le dijo su marido con quién iba a cenar?

Guardé silencio.

Leire dejó las fotografías.

—Ariadna afirma que la relación había terminado tres semanas antes.

Miré el beso.

—No parece.

—También afirma que Damián le pidió reunirse porque necesitaba recuperar unos documentos.

La inspectora encendió la pantalla.

Apareció una captura de mensajes.

ARIADNA: Se termina hoy. O lo cuentas tú o lo cuento yo.

DAMIÁN: No hagas ninguna estupidez.

ARIADNA: La estupidez fue confiar en ti.

DAMIÁN: Mañana lo arreglaremos.

ARIADNA: No hay mañana.

El último mensaje se había enviado a las veintidós cuarenta y nueve.

Poco más de una hora antes de la caída.

—¿Qué debía contar Damián? —preguntó Celia.

—Según Ariadna, una falsificación relacionada con Valdemora.

—¿Según ustedes?

—Todavía no lo sabemos.

—¿Podía referirse a la relación?

—También.

—¿Damián llevaba los documentos?

Leire colocó una fotografía de una carpeta marrón.

—Ariadna afirma que se los quitó durante la cena.

—¿Dónde están?

—No han aparecido.

—Entonces puede tenerlos ella.

—Dice que Damián se marchó con la carpeta.

—¿La encontraron en casa?

—No.

—¿En el coche?

—Tampoco.

Celia me miró brevemente. No hablé.

—Ariadna siguió a Damián —continuó Leire—. Su vehículo entró en la urbanización a las veintitrés treinta y uno.

Sentí que el corazón me golpeaba una vez contra las costillas.

La inspectora deslizó otra fotografía.

Un coche gris cruzaba la barrera de acceso. La matrícula se veía con claridad.

—¿Cómo entró? —preguntó Celia.

—Utilizó un código temporal asociado a la vivienda de los Llorca.

—¿Quién se lo dio?

—Damián.

—¿Cuándo?

—El código llevaba activo casi dos meses.

Dos meses.

Ariadna podía haber entrado en la urbanización cualquier noche.

Podía haber esperado frente a nuestra casa mientras yo acostaba a Lía, ordenaba la cocina o dormía junto a mi marido.

—¿Fue a la vivienda? —preguntó Celia.

—Dice que no.

No pude evitar una risa.

Leire me miró.

—¿Quiere decir algo?

Celia respondió:

—No.

—Ariadna afirma que aparcó en el camino de servicio —continuó la inspectora—. El mismo lugar donde esperaba Iván Corbacho.

—¿Se vieron?

—Ambos lo niegan.

—¿A qué hora llegó Iván?

—A las veintitrés cuarenta y tres.

—Entonces Ariadna ya estaba allí.

—Sí.

—¿Cuándo salió?

Leire mostró el registro.

—A las doce y seis.

—Después de la llamada a emergencias.

—Sí.

—¿Vio la ambulancia?

—Afirma que escuchó las sirenas y se marchó por miedo a quedar implicada.

—Muy razonable —dije.

Celia me apretó la muñeca.

La inspectora se sentó frente a mí.

—Ariadna sostiene que no se acercó a la casa. Quería recuperar la carpeta y esperar a que Damián saliera de nuevo.

—¿Por qué iba a salir?

—Porque ella se lo pidió por mensaje.

Leire mostró otra captura.

ARIADNA: Estoy fuera. Trae la carpeta.

Damián no había respondido.

El mensaje se envió a las veintitrés cuarenta.

La segunda línea llamó a Iván dos minutos después.

Todos estaban allí.

Ariadna.

Iván.

Damián.

Yo.

La casa no parecía ya un lugar cerrado. Parecía el centro de una cita que alguien había organizado sin decir a los demás quién acudiría.

—¿Ariadna escuchó algo? —preguntó Celia.

—Dice que no.

—La vivienda está a menos de cien metros del camino.

—Con árboles y un muro entre ambos.

—Iván tampoco oyó la caída.

—Eso declara.

—Los dos mienten o ninguno estuvo realmente allí.

—Las cámaras confirman los vehículos.

—No a las personas.

—Ariadna aparece conduciendo.

—¿E Iván?

—También.

—Entonces estaban allí.

Leire asintió.

—Pero ninguno reconoce haberse acercado a la casa.

Celia se inclinó hacia delante.

—¿Han registrado el coche de Ariadna?

—Sí.

—¿La carpeta?

—No.

—¿Sangre?

—No.

—¿Algún objeto de Damián?

—Un botón.

La abogada se quedó callada.

—¿Qué botón?

Leire colocó una bolsa transparente sobre la mesa.

Dentro había un pequeño botón oscuro con un trozo de hilo azul.

—Apareció bajo el asiento del acompañante.

Reconocí la camisa de Damián.

La mujer de los guantes había cortado esa camisa durante la reanimación, pero recordaba los botones. Negros, planos, demasiado pequeños.

—Podía llevar meses ahí —dijo Celia.

—Ariadna afirma que Damián no había subido a su coche desde hacía más de un año.

—También afirma que la relación terminó hace tres semanas.

—Sí.

—No parece una testigo muy fiable.

—No.

—¿La han detenido?

—No todavía.

La respuesta me hizo levantar la vista.

Leire lo vio.

—¿Le sorprende?

—Tiene más motivos que yo.

—¿Celos?

—Damián pensaba dejarla.

—Según ella, fue Ariadna quien terminó la relación.

—Según ella.

—¿Cree que miente?

—Creo que miente en casi todo.

Celia soltó mi muñeca.

Ya había empezado a hablar. No tenía sentido seguir fingiendo.

—¿Por qué? —preguntó Leire.

—Porque conocía a Damián. No aceptaba que una mujer lo abandonara.

—Sin embargo iba a abandonarla a usted.

—Eso era distinto.

—¿Por qué?

—Porque conmigo creía que tenía derecho.

La inspectora guardó silencio.

—¿Ariadna estuvo alguna vez en su casa? —preguntó.

—No que yo sepa.

—Ella dice que sí.

Sentí una presión detrás de los ojos.

—¿Cuándo?

—Anteayer.

—Eso es imposible.

—¿Dónde estaba usted entre las diecisiete y las diecinueve?

Recordé la consulta del dentista de Lía.

La compra.

El atasco al volver.

—Fuera.

—Según Ariadna, Damián la invitó para hablar de la carpeta de Valdemora.

—Podían hablar en la oficina.

—No quería que quedara registro.

—¿Entró en nuestra habitación?

La pregunta salió antes de que pudiera frenarla.

Leire no respondió enseguida.

—Dice que no.

—Entonces entró.

—¿Por qué piensa eso?

—Porque ha especificado que no.

Celia intervino:

—Esto no conduce a ninguna parte.

—Sí conduce —dije—. ¿Qué tocó?

Leire abrió otra carpeta.

—Ariadna reconoce haber discutido con Damián en el recibidor.

—¿Junto a la escalera?

—Sí.

—¿Vio la barandilla rota?

—Dice que sí.

—¿Tocó el premio?

La inspectora me observó.

—¿Por qué pregunta eso?

—Porque el premio era también suyo.

—Ariadna ha dicho lo mismo.

—Claro.

—Afirma que lo levantó de la consola durante la discusión.

La casa de bronce apareció en mi cabeza.

El tejado afilado.

La base negra.

La sangre seca.

—¿Por qué?

—Porque Damián lo recibió por un proyecto diseñado por ambos. Ella quería llevárselo.

—¿Se lo llevó?

—No. Damián se lo quitó.

—Entonces sus huellas estarán allí.

—Hay una impresión parcial en la base que podría pertenecerle. Aún deben compararla.

—La sangre es de Damián.

—Sí.