La segunda caída Capítulo 12 · Hora dieciséis
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Capítulo 12 · Hora dieciséis

Ariadna Vives llevaba siete meses acostándose con mi marido.

Yo lo sabía desde hacía cinco.

No se lo había contado a la policía porque no quería que la última versión de mi matrimonio fuera esa: la esposa engañada, el marido que anuncia que va a abandonarla y, media hora después, un cuerpo al pie de la escalera.

Era una historia demasiado sencilla. Una historia que podía repetirse delante de una cámara sin necesidad de explicar las facturas, la custodia de Lía ni la carpeta azul.

Una historia en la que solo faltaba colocarme un objeto pesado en la mano.

—Tendría que haberlo dicho —aseguró Celia Navas.

Era la tercera abogada que entraba en mi vida aquella mañana y la primera que parecía entender que yo no necesitaba compasión.

Tendría unos cuarenta años, el pelo muy corto y unas ojeras que no intentaba ocultar.

No llevaba maletín. Había llegado con una carpeta de cartón, un bolígrafo mordido y un vaso de café que terminó antes de sentarse.

Nos habían dejado en una sala reservada junto a los calabozos. La mesa estaba atornillada al suelo y la puerta tenía una franja de cristal. Cada vez que alguien pasaba al otro lado, la luz cambiaba sobre la pared.

—¿Quién la ha llamado? —pregunté.

—Su hermana.

—¿Cómo consiguió su número?

—Se lo dio Melero antes de dejar de representarla.

—Qué detalle.

Celia ignoró el comentario.

—Necesito que comprenda una cosa. A partir de ahora no puede decidir qué verdades resultan humillantes y cuáles son útiles. Si sabía que Damián tenía una relación con Ariadna Vives, debía decirlo.

—La habría convertido en sospechosa.

—Exactamente.

—Y habrían pensado que yo tenía celos.

—También.

—Entonces no mejoraba mi situación.

—Ocultarlo la empeora.

Apoyé los brazos sobre la mesa. Me habían permitido conservar el jersey, pero ya no llevaba cordones en las zapatillas ni alianza. El dedo seguía hinchado y tenía una franja blanca donde el anillo había protegido la piel durante doce años.

—No estaba ocultándolo —dije—. No me lo preguntaron directamente.

Celia abrió la carpeta.

—Le preguntaron si su marido tenía una relación fuera del matrimonio.

—Dije que no lo sabía.

—Y lo sabía.

—Sospechaba.

—Acaba de decirme que lo sabía desde hacía cinco meses.

—No tenía una confesión.

—¿Qué tenía?

—Reservas de hoteles. Mensajes. Una foto.

—¿Qué foto?

—Damián dormido en una cama que no era la nuestra.

La abogada dejó de escribir.

—¿Dónde la encontró?

—En el teléfono.

—¿Se la había enviado Ariadna?

—No. La hizo él.

—¿Un autorretrato?

—Estaba reflejado en un espejo. Ella aparecía detrás.

—¿Guardó una copia?

—Sí.

—¿Dónde?

No respondí.

Celia apoyó el bolígrafo.

—Mara.

—En un correo.

—¿La policía tiene acceso?

—Al ordenador, sí.

—¿Y al correo?

—Probablemente.

—Entonces encontrarán la fotografía.

—Puede que no.

—¿Por qué?

—La envié a otra cuenta.

—¿Una cuenta secreta?

—Una cuenta que Damián no conocía.

—Eso es una cuenta secreta.

—Era mía.

—¿Para qué la utilizaba?

—Para guardar cosas.

—¿Qué cosas?

—Pruebas.

—¿De la infidelidad?

—De todo.

La abogada permaneció quieta.

—Necesito acceso.

—No.

—La policía va a encontrar la cuenta si rastrea sus dispositivos.

—No estaba abierta en ninguno.

—Entonces dígame la dirección y la contraseña.

—No.

—¿Por qué?

—Porque hay documentos de la empresa.

—Precisamente.

—Documentos que demuestran que Damián me utilizaba.

—Eso puede ayudarla.

—También pueden hundir a Nuria.

Celia cerró los ojos un instante.

—¿Su hermana sabía de la sociedad?

—No.

—¿Está segura?

—Sí.

—¿Y usted?

—Tampoco.

—Pero guardaba documentos empresariales.

—Porque empecé a desconfiar.

—¿Cuándo?

—Hace meses.

—¿Antes o después de descubrir la relación con Ariadna?

—Después.

—Entonces comenzó a reunir pruebas contra su marido cinco meses antes de su muerte.

La frase sonaba peor pronunciada por otra persona.

—Para protegerme.

—Eso tendrá que explicarlo con mucha precisión.

—Lo haré cuando sea necesario.

—Ya es necesario.

Celia pasó una página.

—La policía puede mantenerla detenida mientras practica diligencias y decide si la pone a disposición judicial.

Tiene un motivo económico, uno familiar y ahora uno sentimental.

Ha mentido sobre la discusión, el tiempo que pasó antes de llamar, el lugar donde estaba cuando cayó Damián y la existencia de la amante.

También hay una llamada desde una línea a su nombre que atrajo a un hombre con motivos para matar a su marido.

—No me está contando nada nuevo.

—Estoy ordenándolo para que entienda cómo se escucha desde fuera.

—Desde fuera todo parece más sencillo.

—Desde dentro también, cuando alguien omite la mitad.

Aparté los brazos.

—¿Ha hablado con Lía?

—No.

—¿Con Nuria?

—Brevemente. Está en su casa con la niña.

—Quiero llamarlas.

—Cuando terminemos.

—Eso dice todo el mundo.

Celia giró la carpeta hacia mí. Había escrito cuatro palabras en una hoja.

IVÁN. ARIADNA. EMPRESA. MALTRATO.

—¿Por qué ha puesto eso?

—Son las líneas que pueden apartar la investigación de usted o devolverla directamente aquí.

Señaló el último término.

—¿Damián la maltrataba?

—Me agarró alguna vez.

—No le he preguntado eso.

—No sé qué palabra quiere que utilice.

—La verdadera.

—Era controlador.

—¿Con el dinero?

—Sí.

—¿Con su ropa?

—A veces.

—¿Le impedía ver a personas?

—No directamente.

—¿La insultaba?

—Sí.

—¿La golpeaba?

Bajé la vista hacia el hematoma.

—No con el puño.

—Eso tampoco responde.

—Me empujó.

—¿Cuándo?

—Alguna vez.

—¿Cuántas?

—No las conté.

Celia me observó sin escribir.

—En comisaría dijo que solo la había agarrado una vez, en marzo.

—Porque no quería hablar de ello.

—¿Y ahora sí?

—Ahora estoy detenida por su muerte.

—Eso puede hacer que una mujer decida contar la verdad. También puede hacer que construya una defensa.

Levanté la mirada.

—¿Usted también cree que lo maté?

—No importa lo que crea.

—A mí sí.

—Entonces ha elegido mal de abogada.

No había crueldad en su voz. Solo cansancio.

—Mi trabajo consiste en conseguir que salga de aquí y evitar que entregue a la policía una cuerda cada vez que abre la boca. Para eso necesito saber qué partes de su historia son ciertas, cuáles están incompletas y cuáles piensa recordar de manera distinta dentro de dos horas.

—Todo es cierto.

—Excepto lo que ya ha cambiado.

—No recordaba bien.

—La memoria traumática existe. También las mentiras.

Nos quedamos en silencio.

Un agente pasó al otro lado del cristal. Llevaba una bandeja con dos vasos de plástico y un bocadillo envuelto en papel. El olor a café entró cuando se abrió una puerta cercana.

—Damián podía ser encantador —dije—. Por eso nadie veía lo demás.

Celia volvió a coger el bolígrafo.

—¿Qué era lo demás?

—Siempre encontraba algo mal. La comida, la casa, cómo hablaba, cómo vestía.

Si había demasiada sal, dejaba el plato y decía que ni siquiera servía para eso.

Si no había suficiente, preguntaba qué había hecho toda la tarde.

Si compraba algo, quería saber cuánto había costado.

Si no compraba nada, decía que me había abandonado.

—¿La golpeaba por la comida?

La pregunta llegó tan directa que me molestó.

—Una vez tiró el plato.

—¿Contra usted?

—Contra la pared.

—¿La alcanzó?

—No.

—¿Después la golpeó?

—Me agarró de la nuca.

Celia anotó.

—¿Cuándo?

—Hace dos años.

—¿Había testigos?

—No.

—¿Fotografías?

—No.

—¿Se lo contó a alguien?

—A Nuria, creo.

—¿Qué le dijo?

—Que Damián había perdido el control.

—¿Mencionó la nuca?

—No recuerdo.

—¿Había marcas?

—Un poco de enrojecimiento.

—¿Fue al médico?

—No.

—¿Denunció?

—No.

—¿Alguna vez llamó a emergencias?

—No.

—¿Algún mensaje en el que él se disculpara?

—Damián no se disculpaba.

La abogada escribió una línea más.

—¿Ariadna sabía cómo la trataba?

—Ariadna sabía cómo trataba a todo el mundo.

—¿Hablaron alguna vez?

—No desde que dejó la empresa.

—¿Cuándo fue eso?

—Hace seis años.

—¿La relación con Damián empezó entonces?

—No lo sé.

—Ha investigado hoteles, matrículas y fotografías. Alguna idea tendrá.

—Pudo empezar antes.

—¿Mientras trabajaban juntos?

—Probablemente.

—¿Por qué cree que ella dejó la empresa?

—Porque Damián se quedó con un proyecto que había diseñado Ariadna.

—¿Cuál?

—Los Olivos.

Pensé en la casa de bronce dentro de la bolsa transparente.

—¿El premio?

—Era por ese proyecto.

—¿Lo recibieron juntos?

—No. Damián aparecía como autor principal.

—¿Ariadna reclamó?

—Sí.

—¿La escultura podía considerarse también suya?

—Ella diría que sí.

Celia dejó de escribir otra vez.

—La policía ha encontrado sangre de Damián en ese objeto.

—Lo sé.

—¿Ariadna lo había tocado?

—Supongo que cuando se entregó.

—Han pasado cinco años.

—También pudo tocarlo en nuestra casa.

—¿Cuándo estuvo allí?

—No lo sé.

—¿Entraba?

—Damián podía llevarla cuando yo no estaba.

—¿Tiene alguna prueba?

—No.

—Entonces no lo presente como un hecho.

—No lo presentaré yo. Que se lo pregunten a ella.

La puerta se abrió.

Leire apareció sin llamar.

—¿Han terminado?

—No —respondió Celia.

—La fiscal necesita saber si su clienta desea ampliar voluntariamente la declaración.

—No.

—Hay nuevos elementos.

—Puede comunicármelos.

Leire miró la hoja con las cuatro palabras. Celia la cubrió con la carpeta.

—Hemos localizado a Ariadna Vives —dijo la inspectora.

—Me alegro por ustedes.

—Ha declarado que mantuvo una relación con Damián.

No respondí.

—¿Lo sabía? —preguntó.

Celia se adelantó.

—Mi clienta no contestará.

—Sí —dije.

La abogada me miró.

—Mara.

—Lo sabía.

Leire no pareció sorprendida.

—¿Desde cuándo?

—Cinco meses.

—En su declaración dijo que no tenía conocimiento de ninguna relación.

—No tenía una confirmación.

—¿Y ahora?

—La tengo.

—¿Qué ha cambiado?

—Usted acaba de confirmarlo.

Celia apoyó una mano sobre la mesa.

—Inspectora, cualquier nueva entrevista se realizará con grabación y dejando constancia del carácter en que comparece.

—Sigue detenida.

—Precisamente.

Leire abrió la puerta por completo.

—La sala está preparada.

—Mi clienta no va a declarar.

—No hace falta que responda. Pero debe escuchar parte de la información que fundamentará las siguientes diligencias.

Celia me observó.

—Puede escuchar. No hable.