La segunda caída Capítulo 11 · Hora catorce #3
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Capítulo 11 · Hora catorce #3

La puerta se cerró.

Me quedé de pie junto a la silla caída.

Vega la levantó y la colocó otra vez en su sitio.

—¿Puedo llamar a Nuria? —pregunté.

—Dentro de unos minutos —respondió Leire.

—Tengo que contarle lo de la sociedad.

—Ella ya lo sabe.

—¿Qué?

—La estamos interrogando.

El miedo llegó por fin de una forma limpia.

—¿Dónde?

—En casa.

—Dijo que estaba con Lía.

—Una agente especializada permanece con la niña.

—No pueden separar a mi hija de todos nosotros.

—No está sola.

—Quiero hablar con ella.

—Ahora no.

—No tiene nada que ver.

—Su nombre aparece en los documentos.

—El de Nuria.

—Y el suyo.

—Lía tiene siete años.

—Me refiero a usted.

Leire volvió a sentarse.

—Damián estaba preparando una denuncia o, al menos, una estrategia para responsabilizarla de las operaciones ilegales de su empresa. También contemplaba utilizar esa documentación en un procedimiento de separación y custodia.

—Él lo había hecho todo.

—Puede ser.

—Me obligaba a firmar.

—¿Cómo?

—Dejaba los papeles sobre la mesa.

—Eso no es obligarla.

—No entiende cómo era.

—Explíquemelo.

—No.

—Mara.

—Quiero un abogado.

—Lo tendrá.

—Entonces deje de preguntarme.

Leire cerró la carpeta azul.

—No necesito hacer más preguntas por ahora.

—¿Puedo irme?

La inspectora miró a Vega.

La subinspectora salió de nuevo.

Esta vez comprendí adónde iba.

—No —dijo Leire.

—¿Estoy detenida?

—La fiscal ha solicitado su detención provisional mientras se practican diligencias urgentes.

La sala se inclinó.

Me agarré al borde de la mesa.

—¿Por qué?

—Por riesgo de destrucción de pruebas y contradicciones relevantes en su declaración.

—No he destruido nada.

—El teléfono azul apareció en un bidón con documentos quemados.

—Lo tenía Iván.

—Después de una llamada realizada desde su casa.

—No fui yo.

—Eso tendrá que determinarse.

—Tengo una hija.

—Lo sé.

—No puede detenerme y dejarla sola.

—Está con su tía.

—También la están interrogando.

—Cuando terminen podrá hacerse cargo de ella.

—¿Y si detienen a Nuria?

—No hay motivo en este momento.

—Su nombre está en los papeles.

—No investigamos únicamente los papeles.

La puerta se abrió.

Vega entró acompañada por una agente uniformada.

Llevaba en las manos una pequeña bolsa de plástico y un documento.

—Mara Sanz —dijo—, queda detenida provisionalmente por su posible relación con la muerte de Damián Llorca.

No escuché el resto.

Derecho a guardar silencio.

Derecho a abogado.

Derecho a comunicar la detención.

Las palabras se parecían a las que me habían leído horas antes, pero esta vez ya no había ninguna parte voluntaria.

La agente se acercó.

—Deme sus objetos personales.

—No tengo nada.

—Pendientes, anillos, cordones.

Miré mi mano.

Llevaba la alianza.

Sangre seca se había quedado atrapada junto al borde interior, una línea oscura que nadie había limpiado.

—Quítesela —dijo la agente.

Tiré.

El dedo estaba hinchado.

La alianza no salía.

—Puede utilizar jabón.

—No.

—Mara —dijo Leire.

—No voy a quitármela.

—Debe hacerlo.

—Es lo único que me queda de mi marido.

La inspectora miró el anillo.

Durante unas horas, todos habían creído que yo protegía a Damián porque todavía lo amaba.

Quizá también Leire.

—Puede guardarse como efecto personal —dijo—. Se la devolverán cuando salga.

—¿Cuándo será eso?

No contestó.

La agente me acompañó al baño. Me puso jabón en el dedo y giró la alianza poco a poco hasta que atravesó el nudillo. Dolió más de lo que debería.

Cuando cayó en la bolsa, quedó manchada de espuma y sangre.

Firmé el inventario.

Otra firma.

Mara Sanz.

La misma que aparecía en las facturas, las transferencias, las sociedades y los documentos con los que Damián pensaba quitarme la casa, el dinero y quizá a Lía.

La agente cerró la bolsa.

—¿A quién desea comunicar su detención?

—A mi hermana.

—Está hablando con la policía.

—Entonces a mi hija.

—No puede comunicárselo directamente a una menor.

—Quiero que sepa dónde estoy.

—Su hermana se lo explicará.

—No quiero que se lo explique ella.

—Tiene que darme el nombre de un adulto.

Miré la carpeta azul.

Damián había preparado cada hoja para que mi firma demostrara que yo era culpable.

Ahora estaba muerto y seguía consiguiéndolo.

—Nuria Sanz —dije.

La agente anotó el nombre.

Leire permanecía junto a la puerta.

—Yo no maté a mi marido —dije.

No se lo dije a la policía.

Se lo dije a la cámara apagada, a la carpeta, a la alianza dentro de la bolsa y a la parte de mí que empezaba a comprender cuánto debía parecerse una inocente a la mujer que todos esperaban ver.

Leire recogió los documentos.

—Eso ya lo ha dicho muchas veces.

—Porque es verdad.

—Entonces vuelva a decirlo cuando tenga un abogado.

La agente me condujo al pasillo.

Al fondo había una puerta metálica.

Antes de cruzarla, miré hacia atrás.

La inspectora seguía en la sala, con una mano apoyada sobre la carpeta que llevaba mi nombre.

—Leire.

Levantó la vista.

—Damián no estaba preparando su separación.

—¿No?

—Estaba preparando mi condena.

La inspectora me observó durante unos segundos.

—Eso también es un motivo.

La puerta metálica se cerró entre las dos.