Capítulo 11 · Hora catorce #2
—¿Reconoce esto? —preguntó.
Melero respondió:
—Mi clienta no declarará.
La inspectora sacó una transferencia.
Mi firma aparecía al pie.
—No la reconozco.
—Acaba de mirarla medio segundo.
—Firmaba muchas cosas.
—Treinta y dos mil euros a Construcciones Montalbán.
—No conozco esa empresa.
—No existe.
—Entonces Damián la inventó.
—La transferencia fue autorizada desde su usuario.
—Él tenía la contraseña.
—¿También firmó por usted?
—Puede haberlo hecho.
Leire colocó otro documento.
Una factura por setenta y ocho mil euros.
Mi firma.
Un sello de Llorca Proyectos.
Una anotación manuscrita en el margen.
Mara confirma.
—No escribí eso.
—La letra parece de Damián.
—Entonces pregúntele a él.
La frase salió antes de recordar que ya no podían.
Nadie dijo nada.
Leire añadió otra hoja.
Un contrato de servicios con una sociedad llamada Solmer Gestión.
Mi firma aparecía en todas las páginas.
—Solmer recibió más de cuatrocientos mil euros durante dos años —dijo.
—No sé qué es.
—Una sociedad administrada por la hermana de Iván Corbacho.
Miré el documento.
—Entonces pregúntele a Iván.
—Él dice que no conocía las transferencias.
—Miente.
—Quizá.
—Otra vez.
Leire pasó varias hojas.
—La cuenta receptora enviaba después parte del dinero a otra sociedad.
—¿Cuál?
—Mareta Consultores.
—No me suena.
—Está administrada por una persona llamada Nuria Sanz.
Sentí que el nombre tardaba en llegar a mí.
—Mi hermana no tiene ninguna sociedad.
—Figura como administradora desde hace cuatro años.
—Es imposible.
—La dirección fiscal corresponde a un piso que heredaron de sus padres.
—Está alquilado.
—Sí.
—Nuria no sabe nada.
—¿Está segura?
—Completamente.
Melero se sentó al fin.
—Quiero ver los estatutos.
Vega sacó varias copias.
Jorge comenzó a leer.
Yo miraba la firma de Nuria.
Se parecía.
No era exactamente la suya, pero se parecía.
Como la voz de la grabación.
—Damián utilizó nuestros nombres —dije.
Nadie respondió.
—Nos hacía firmar papeles y creó sociedades.
—¿Sin que ustedes lo supieran? —preguntó Leire.
—Sí.
—¿Durante cuatro años?
—Sí.
—¿Nunca recibió correspondencia?
—Damián controlaba el correo de la empresa.
—La sociedad está a nombre de su hermana.
—Él podía hacerlo.
—¿Con qué documentos?
—Tenía copias de todo.
Melero levantó la vista.
—Mara, ¿Nuria firmó algo para Damián?
—No lo sé.
—Piénsalo.
—Quizá cuando compramos la casa. O cuando murió mamá. Firmamos muchas cosas.
—¿Le prestó el documento de identidad?
—Podía tener una copia.
El abogado cerró los estatutos.
—Esto no demuestra que las sociedades fueran operativas ni que ellas conocieran las operaciones.
—No —dijo Leire—. Pero Damián reunió las pruebas.
Extrajo un sobre.
Dentro había impresiones de correos electrónicos. Mi dirección aparecía como remitente.
Autoriza el pago.
Pásalo por Mareta.
Iván no puede figurar.
Destruye el original.
Leí cada frase.
—Yo no escribí eso.
—Proceden de su cuenta.
—Damián tenía acceso.
—¿A su correo personal?
—A todo.
—¿Por qué?
—Porque era mi marido.
—Eso no es una explicación técnica.
—Usábamos los mismos dispositivos.
—¿La misma contraseña?
—A veces.
—¿También era el cumpleaños de Lía?
No contesté.
Leire deslizó el último correo.
La fecha era de hacía tres días.
Destinatario: Jorge Melero.
Asunto: Responsabilidad Mara.
El mensaje era de Damián.
Adjunto relación de operaciones firmadas por M.
Sanz. Necesito preparar estrategia para desvincular la administración antes del lunes.
La situación de Valdemora puede precipitarse.
Si Mara intenta utilizar a Lía o la vivienda como presión, tendremos documentación suficiente para solicitar medidas cautelares.
Leí el texto dos veces.
Después miré al abogado.
—Lo sabías.
Melero no contestó.
—Te lo envió a ti.
—No puedo hablar de comunicaciones con mi cliente.
—Está delante de nosotros.
—No importa.
—Ibas a ayudarlo a quitarme a Lía.
—No he dicho eso.
—Medidas cautelares.
—Es una expresión jurídica amplia.
—¿Qué significa?
—Puede significar muchas cosas.
—¿Qué te pidió Damián?
—No puedo responder.
Me levanté.
La silla cayó hacia atrás.
Vega dio un paso, pero Leire levantó la mano.
—¿Qué te pidió? —repetí.
Melero permaneció sentado.
—Que revisara la documentación.
—¿Para denunciarme?
—Para proteger la empresa.
—¿De mí?
—De las consecuencias de determinadas operaciones.
—Que él había hecho.
—Eso habría que demostrarlo.
—Y pensabas utilizar mis firmas.
—Mara.
—¿Cuándo ibais a presentar esto?
El abogado cerró el sobre.
—No lo sé.
—Mientes.
—No puedo continuar representándote.
La frase consiguió detenerme.
—¿Qué?
—Existe un conflicto de intereses.
—Ha existido desde que llegaste.
—Ahora es formalmente evidente.
—Eras el abogado de mi marido.
—Y de la empresa.
—Y has escuchado todo lo que he dicho.
—No revelaré nada protegido por secreto profesional.
Leire observaba en silencio.
—¿Vas a dejarme sola ahora?
—Te asignarán un abogado o puedes designar otro.
—Tú sabes qué preparaba Damián.
—Precisamente por eso no puedo seguir.
—Nuria te llamó para que me ayudaras.
—No conocía el contenido exacto de la investigación.
—Conocías la carpeta.
—Conocía parte de la documentación.
—Sabías que quería culparme.
—Sabía que existían operaciones con tu firma.
—No es lo mismo.
—Ante un tribunal puede serlo.
Lo miré durante varios segundos.
Jorge no apartó la vista.
No parecía satisfecho.
Tampoco avergonzado.
Parecía preocupado por haber quedado atrapado en una habitación donde cada persona conocía una parte distinta de la verdad.
—Vete —dije.
—Mara.
—Vete.
Recogió el maletín.
Antes de salir, se detuvo junto a Leire.
—Mi antigua clienta no realizará nuevas manifestaciones hasta que disponga de asistencia letrada independiente.
—Tomamos nota.
—Y solicito que se deje constancia de que ha comparecido voluntariamente.
—Así será.
Melero abrió la puerta.
—Jorge.
Se volvió.
—¿Damián cenó contigo anoche?
Tardó demasiado.
—No.
—¿Lo viste?
—No puedo responder a eso.
—Acabas de hacerlo.
Salió.