La segunda caída Capítulo 11 · Hora catorce
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Capítulo 11 · Hora catorce

La voz recuperada del teléfono azul se parecía a la mía.

Eso fue lo peor.

No era clara. Había ruido de fondo, interferencias y una especie de zumbido constante que cortaba algunas palabras.

Pero se parecía lo suficiente como para que Iván la reconociera, Leire me observara mientras la escuchábamos y yo sintiera que una parte de mí había entrado en la sala antes que el resto.

—Damián quiere que vengas —decía la grabación.

Después se perdían unos segundos.

—No, a la oficina no.

Otro corte.

—A casa. Sobre las once y media.

Melero levantó una mano.

—Detenga la reproducción.

Leire dejó que avanzara un segundo más.

—No llames al otro teléfono —continuó la voz—. Utiliza este número.

La inspectora pausó el audio.

Estábamos de nuevo en la sala de declaraciones. La cámara permanecía apagada, al menos según la luz roja de la esquina. Vega se encontraba junto a la pared con los brazos cruzados. Melero había obligado a que constara que yo seguía allí voluntariamente y que no respondería preguntas formales.

La grabación no era una pregunta.

—¿De dónde procede? —dijo Jorge.

—Del dispositivo encontrado en la nave.

—Ha estado parcialmente quemado.

—Sí.

—¿Han verificado la integridad del archivo?

—Está en proceso.

—Entonces no sabemos si fue alterado.

—No hay indicios de manipulación.

—Todavía.

Leire me miró al pronunciar la palabra.

Por primera vez, parecía disfrutarla.

—No soy yo —dije.

Melero se volvió.

—No respondas.

—Se parece, pero no soy yo.

—Mara.

—No he llamado a Iván.

Leire reanudó la grabación.

La voz masculina se escuchaba más lejos.

—¿Qué coño quiere ahora?

Iván.

No había duda.

—Hablar de Valdemora —respondía la mujer.

—Que me llame él.

—No puede.

—Pues que se joda.

—Iván, ven a la casa.

—¿Está solo?

La grabación se interrumpía durante cinco segundos. Al regresar, la voz de la mujer hablaba más bajo.

—Yo estaré.

Leire detuvo el audio.

—Es suficiente —dijo Melero.

—Quedan diecinueve segundos.

—Mi cliente ha manifestado que no reconoce la llamada. No seguirá escuchando una prueba cuya autenticidad no se ha acreditado.

—No he dicho que no la reconozca —respondí.

El abogado cerró los ojos.

—Mara, no hables.

—Reconozco a Iván.

—Eso ya lo sabemos.

Leire dejó el teléfono sobre la mesa.

—¿Y la voz de la mujer?

—Se parece a la mía.

—Mucho.

—Pero no recuerdo esa conversación.

—No le he preguntado si la recuerda.

—Entonces no pregunte cosas que ya ha decidido.

—¿Utilizaba alguna otra persona el teléfono azul?

—Damián.

—¿Alguien más?

—La gente de la oficina.

—Dé nombres.

Melero golpeó la mesa con un dedo.

—No responderá.

—No es una declaración.

—Es una pregunta en una dependencia policial relativa a una investigación por homicidio. Puede llamarlo como quiera.

La palabra volvió a aparecer.

Homicidio.

Ya nadie fingía que podía tratarse únicamente de una caída.

—Podía utilizarlo Silvia —dije.

Jorge se recostó, derrotado.

Leire abrió la libreta.

—¿Quién es Silvia?

—La administrativa.

—¿Apellido?

—Méndez.

—¿Trabajaba ayer?

—Hasta las seis.

—La llamada se produjo a las diez y catorce.

—Podía llevarse el teléfono.

—¿Lo hacía?

—A veces.

No sabía si era verdad.

Silvia se llevaba carpetas, facturas y alguna vez el portátil cuando había cierres contables. Nunca la había visto guardar el teléfono azul en el bolso, pero tampoco me había fijado.

—¿Por qué llamaría a Iván imitando su voz? —preguntó Leire.

—No la imitaba. Puede que ustedes crean que soy yo porque él lo ha dicho.

—He escuchado varias horas de su voz desde anoche.

—Entonces sabrá que no sueno así.

La inspectora pulsó de nuevo el archivo.

—Yo estaré.

Esta vez la frase me pareció más mía.

No porque recordara haberla dicho.

Porque reconocí la forma en que la voz bajaba al pronunciar estaré. La misma manera en que yo intentaba que una promesa pareciera más segura de lo que era.

Melero se inclinó hacia mí.

—¿Damián te pidió que llamaras a Iván?

—No.

—Piénsalo antes de responder.

—No.

—¿Utilizaste el teléfono de la empresa anoche?

—No.

—¿Durante el día?

—No recuerdo.

—Mara.

—He dicho que no recuerdo.

Leire observaba el intercambio.

—¿Habló con Iván esta semana?

—No.

—¿El mes pasado?

—No.

—¿Cuándo fue la última vez?

—Cuando vino a revisar la barandilla.

—Hace un mes.

—Sí.

—Según el registro telefónico, hubo cuatro llamadas entre una línea a su nombre y la de Iván durante los últimos nueve días.

Miré la bolsa que contenía el teléfono quemado.

—Las haría Damián.

—Una se produjo el martes a las once y ocho de la mañana.

—¿Y?

—Damián estaba reunido en el ayuntamiento. Hay seis personas que lo sitúan allí.

—Podía salir a llamar.

—Su teléfono personal registró actividad durante la reunión.

—Tenía dos manos.

Vega apartó la mirada, quizá para ocultar una sonrisa.

Leire no.

—La segunda llamada fue el miércoles a las dieciséis treinta y dos.

—No sé dónde estaba Damián.

—En una obra a cuarenta kilómetros. El teléfono azul se conectó a una antena situada junto a su vivienda.

—Podía haberlo dejado en casa.

—Y alguien lo utilizó.

—Sí.

—¿Quién estaba allí?

Pensé en Sonia.

En Lía.

En mí.

—No lo sé.

—Su hija estaba en el colegio. Sonia terminó de limpiar a las tres. Usted no salió de la urbanización hasta las cinco y diez.

—¿Cómo lo sabe?

—Las cámaras de acceso.

—Entonces estaba en casa.

—Sí.

—Eso no significa que llamara.

—No.

—Podía hacerlo cualquiera.

—¿Quién?

—Alguien que entrara.

—No tenemos registro de visitas.

—Las cámaras no cubren el sendero trasero.

—¿Quién conoce ese acceso?

—Todo el mundo que vive allí.

—¿Iván?

—Sí.

—¿Pudo entrar para llamar a su propio teléfono?

La pregunta era absurda.

No encontré una respuesta que no lo fuera.

Melero intervino:

—Las conexiones telefónicas no acreditan quién utilizó un dispositivo.

—No —admitió Leire—. Pero ayudan.

—¿Qué quiere de ella?

—Saber por qué llevaba nueve días hablando con Iván.

—No hablaba con él.

La inspectora volvió a mirarme.

—¿Y si la grabación es suya?

—No lo es.

—¿Y si el análisis de voz indica que sí?

—Estará equivocado.

—¿Y si encontramos sus huellas en el teléfono?

—Era de la empresa. Lo he tocado cientos de veces.

—¿ADN?

—Lo mismo.

—¿Mensajes eliminados?

—No los envié yo.

—¿Aunque estén firmados con su nombre?

No respondí.

Leire apoyó las manos sobre la mesa.

—Iván dice que usted lo llamó porque Damián quería ofrecerle un acuerdo sobre Valdemora.

—No sabía nada de ningún acuerdo.

—Dice que le pidió acudir a las once y media, pero que al llegar recibió un mensaje indicándole que no entrara.

—¿A qué hora llegó?

—Veintitrés cuarenta y tres.

—La caída fue después.

—Sí.

—Entonces él estaba cerca.

—Eso demuestra que pudo hacerlo.

La inspectora no reaccionó.

—¿Dónde esperó? —pregunté.

—En el camino de servicio detrás de la urbanización.

—Desde allí se llega a nuestra casa sin pasar por las cámaras.

—Sí.

—Entonces pudo entrar.

—Él afirma que no lo hizo.

—Y usted le cree.

—No he dicho eso.

—Lo ha detenido quemando documentos y aun así continúa mirándome a mí.

—Porque los documentos que quemaba no guardan relación directa con la muerte.

—¿Cómo lo sabe?

—Hemos recuperado algunos.

—¿Qué eran?

—Listas de trabajadores, pagos en efectivo y partes internos de Valdemora.

—Estaba destruyendo pruebas.

—De delitos laborales.

—Por los que Damián iba a culparlo.

—Probablemente.

—Entonces tenía motivo.

—Sí.

—Estaba cerca.

—Sí.

—Conocía el acceso trasero.

—Sí.

—Amenazó a Damián.

—Sí.

—Y lo último que recibió fue un mensaje que le decía que no entrara.

—Correcto.

—¿Por qué obedeció?

Leire se tomó unos segundos.

—Porque vio un coche estacionado junto a su casa.

—¿Qué coche?

—No lo sabe.

—¿Cómo que no lo sabe?

—Oscuro. Grande. Dice que podía ser un todoterreno.

—Hay veinte en la urbanización.

—Sí.

—¿Vio a alguien?

—No.

—¿Escuchó la caída?

—Afirma que no.

—Miente.

—Es posible.

—¿Cuánto tiempo estuvo allí?

—Hasta las doce y siete.

—Entonces seguía cerca cuando llegó la ambulancia.

—Sí.

—¿La vio?

—Vio las luces y se marchó.

—Eso lo hace parecer culpable.

—También asustado.

—Quemó documentos por la mañana.

—Sí.

—¿Y todavía cree que los papeles no tienen relación con la muerte?

—Sé que usted quiere que la tengan.

La frase me hizo callar.

—¿Qué significa eso?

—Que mencionó a Iván antes de que nadie le hablara de la amenaza concreta, del vehículo o de la nave. Sabía exactamente dónde debíamos mirar.

—Porque conocía los problemas de Damián.

—Pero ocultó que existían llamadas entre ambos.

—No sabía que existían.

—Y cuando encontró una explicación alternativa, la aceptó muy deprisa.

—Mi marido está muerto. Claro que quiero saber quién pudo hacerlo.

—Ayer no creía que nadie lo hubiera hecho.

—Ustedes me han dicho que lo golpearon.

—La autopsia ha dicho que recibió un impacto.

—Con el premio.

—Posiblemente.

—Y alguien llamó a Iván para atraerlo a casa.

Leire asintió.

—Eso parece.

—Entonces quizá Damián quería hablar con él y acabaron peleando.

—Iván asegura que nunca entró.

—Iván también asegura que yo lo llamé.

—Exacto.

Melero cerró la carpeta con fuerza.

—Esto ha terminado. Si la policía quiere formular una acusación, que lo haga. En caso contrario, mi clienta se marcha.

Leire miró a Vega.

La subinspectora salió de la sala sin decir nada.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

—Nada.

—Ha ido a buscar a alguien.

—Probablemente.

—¿A la fiscal?

—Puede ser.

Melero se puso de pie.

—No esperaremos.

La puerta se abrió antes de que llegara a tocarla.

Vega regresó con una carpeta azul.

No era grande. Tenía las esquinas gastadas y una etiqueta blanca en el lomo. Mi nombre aparecía escrito con la letra de Damián.

MARA SANZ.

Había visto aquella letra en miles de notas.

Comprar leche.

Llamar a Melero.

Revisar presupuesto.

Firmar.

Siempre escribía mi nombre en mayúsculas.

Vega dejó la carpeta sobre la mesa.

—Esto fue intervenido en el despacho de la vivienda —dijo.

Melero no volvió a sentarse.

—¿En virtud de qué autorización?

—Registro judicial concedido a las seis y veintisiete.

—Quiero copia inmediata.

—La tendrá.

Leire abrió la carpeta.

Dentro había separadores, sobres transparentes y documentos marcados con notas adhesivas. Algunas amarillas. Otras rojas.