Capítulo 10 · Hora doce
Iván Corbacho había amenazado con que nadie recogería a mi marido cuando cayera y, sin embargo, lo detuvieron por quemar nóminas.
—No eran nóminas —dijo Melero.
Íbamos en su coche, detenidos frente a un semáforo que llevaba demasiado tiempo en rojo.
Jorge sostenía el volante con una mano y el teléfono con la otra.
Había realizado tres llamadas desde que salimos de comisaría y en todas había repetido las mismas frases: no entreguéis nada, no firméis nada, esperad a que llegue yo.
—Has dicho que quemaba documentos.
—Documentos internos.
—¿Qué clase de documentos internos?
—Todavía no lo sé.
—Entonces podrían ser nóminas.
—Podrían ser cualquier cosa.
—Las personas no queman cualquier cosa a las ocho de la mañana.
Melero dejó el teléfono sobre el asiento, pero volvió a cogerlo antes de que la pantalla se apagara.
—Iván tenía acceso a una de las naves de Valdemora.
—Lo sé.
—¿Desde cuándo?
—Desde siempre.
—No. Desde que Damián le retiró las llaves, no debería haber podido entrar.
—Tendría una copia.
El semáforo cambió. Jorge no avanzó hasta que el conductor de atrás tocó el claxon.
—Todo el mundo parece tener copias de todo —dijo.
—¿Qué significa eso?
—Que la empresa era un desastre.
—La empresa facturaba millones.
—Una cosa no impide la otra.
—Damián decía que tenías controlados los contratos.
—Los contratos. No las llaves de una nave, los teléfonos que faltan ni las conversaciones privadas de tu marido.
—No era un teléfono privado.
Melero me miró un segundo.
—¿Cuál?
—La segunda línea.
—La policía dice que está a tu nombre.
—Era de la empresa.
—Eso ya lo sé.
—Entonces deja de llamarla segunda línea como si la utilizara para comprar veneno.
Jorge volvió la vista hacia la carretera.
—No hagas bromas así.
—No era una broma.
—Peor.
Habíamos dejado atrás la comisaría, pero no íbamos hacia casa de Nuria. Reconocí la avenida que conducía al centro.
—¿Adónde me llevas?
—A mi despacho.
—Quiero ver a Lía.
—Tu hermana la ha llevado a su casa. Hay periodistas frente a la urbanización y la vivienda sigue precintada.
—Entonces llévame con Nuria.
—Antes tenemos que hablar.
—Llevamos hablando desde que llegaste.
—No. Tú llevas respondiendo lo primero que se te ocurre y yo intento averiguar qué has dicho.
—He dicho la verdad.
—Has mencionado a Iván, Ariadna, irregularidades contables y una carpeta con tu nombre sin saber qué contiene.
—La policía ya la había encontrado.
—Eso no significa que tuvieras que confirmar que Damián podía estar preparándose para culparte.
—Era cierto.
—¿Lo sabías antes de anoche?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
Jorge condujo dos calles sin decir nada.
—¿Damián te habló de Valdemora? —preguntó.
—Dijo que Iván se había convertido en un problema.
—¿Algo más?
—Que iba a encargarse.
—¿Qué significa encargarse?
—Con Damián podía significar despedirlo, denunciarlo o invitarlo a comer hasta que aceptara cargar con todo.
—¿Cargar con qué?
—Eso deberías saberlo tú.
Melero apretó la mandíbula.
—Hubo un accidente.
—En las obras siempre hay accidentes.
—Este no constaba como accidente laboral.
Lo miré.
—¿Quién resultó herido?
—Un trabajador llamado Moussa Diallo.
El nombre no me resultaba completamente desconocido. Lo había visto escrito en alguna parte, quizá en una transferencia o en una lista de trabajadores que Damián dejó sobre la mesa.
—¿Está muerto?
—No. Perdió parte de la movilidad de una mano.
—¿Qué ocurrió?
—Cayó una placa de hormigón.
—¿Y qué tiene que ver Iván?
—Era el encargado.
—Damián era el responsable de la obra.
—Administrativamente, sí.
—Administrativamente y de verdad.
—Eso no siempre coincide ante un juez.
Pensé en la carpeta cerrada con mi nombre.
—Damián iba a culpar a Iván.
—Iba a demostrar que Iván había contratado trabajadores por su cuenta y omitido medidas de seguridad.
—¿Era verdad?
—En parte.
—¿Qué parte?
—La que podía documentarse.
—No te he preguntado eso.
Melero frenó frente a su edificio. Apagó el motor, pero no abrió la puerta.
—Damián utilizaba personas como Iván porque podía negar que trabajaban para él cuando algo salía mal. Iván lo sabía. Lo aceptó durante años porque ganaba mucho dinero y porque él también contrataba gente sin papeles.
—Entonces los dos eran culpables.
—Culpable no es una categoría única.
—Qué suerte ser abogado.
—Mara, necesito que entiendas por qué estaba quemando documentos. No necesariamente porque matara a Damián. Puede estar destruyendo pruebas de delitos laborales.
—Eso no lo vuelve inocente.
—Tampoco asesino.
—Pasó cerca de nuestra casa.
—Cerca no es dentro.
—Tenía una copia de las llaves.
—Eso lo has supuesto tú.
—Conocía la alarma.
—Eso también.
—Amenazó a Damián con una caída.
Melero se volvió hacia mí.
—Y tú acabas de salir de una comisaría después de contar a una periodista que no mataste a tu marido cuando nadie te había hecho esa pregunta.
Aparté la mirada.
Había gente entrando en una cafetería. Un hombre sostenía la puerta para que pasara una mujer con un carrito.
Dos camareros colocaban mesas en la acera.
La mañana había comenzado sin Damián y, salvo para quienes se detenían frente a las pantallas de los móviles, no parecía diferente de ninguna otra.
—Me estaban acusando —dije.
—Te preguntaron si habíais discutido.
—Era lo que querían decir.
—No importa lo que querían decir. Importa lo que respondiste.
—¿Qué debería haber dicho?
—Nada.
—Parece que esa es tu única estrategia.
—A menudo funciona mejor que intentar resolver el caso delante de las cámaras.
Abrió la puerta.
—Sube. Después te llevo con Lía.
—Ahora.
—Necesito explicarte qué va a ocurrir cuando interroguen a Iván.
—No tengo nada que ver con él.
—Eso espero.
El despacho de Melero ocupaba la segunda planta de un edificio antiguo, encima de una gestoría y una clínica dental. Había estado allí dos veces. La primera para firmar la compra de un terreno. La segunda, cuando Damián necesitó que yo autorizara una ampliación de capital.
Las dos veces había salido sin comprender del todo qué había firmado.
La recepcionista no estaba. Melero encendió las luces y me condujo a una sala de reuniones con una mesa demasiado grande para cuatro sillas.
—¿Café?
—No.
—Deberías comer algo.
—Quiero ver a mi hija.
—Ya te he oído.
Jorge abrió su portátil.
—La policía ha intervenido los servidores de la empresa.
—¿Pueden hacerlo?
—Pueden copiar la información relacionada con los hechos que investigan.
—¿Y quién decide qué está relacionado?
—Ellos primero. Un juez después, si tenemos suerte.
—¿Qué van a encontrar?
—Eso te estoy preguntando.
—No trabajaba allí.
Melero se reclinó.
—Mara.
—Ayudaba con algunas cosas.
—Tu usuario autorizó pagos durante cinco años.
—Porque Damián utilizaba mi contraseña.
—¿Tenía acceso?
—Claro.
—¿Por qué?
—Porque me la pidió.
—¿Cuál era?
—No importa.
—¿Podía adivinarla?
—Era el cumpleaños de Lía.
Melero cerró los ojos.
—Maravilloso.
—Él ya lo sabía.
—Todo el mundo que conoce a vuestra hija lo sabe.
—No todo el mundo tenía mi usuario.
—¿Iván?
—No.
—¿Ariadna?
—No.
—¿Sonia?
—¿La mujer que limpia?
—Tiene acceso a la casa.
—No a los ordenadores.
—¿Estaban protegidos?
—Sí.
—Con el cumpleaños de Lía.
—El mío era distinto.
—¿Cuál?
No contesté.
Damián.
El nombre de Damián y el año en que nos conocimos.
Lo había elegido cuando todavía me parecía romántico utilizarlo para entrar en los lugares privados.
—No importa —dijo Jorge—. Cámbialo si sigues teniendo acceso a algo desde el teléfono.
—La policía tiene mi teléfono.
—El principal.
—No tengo otro.
Melero levantó la vista del ordenador.
—La línea de la empresa.
—No sé dónde está.
—¿Cuándo la utilizaste por última vez?
—Hace semanas.
—El operador registra actividad anoche.
—Entonces la usó Damián.
—¿Desde qué dispositivo?
—El de la oficina.
—Ese teléfono no ha aparecido.
—Estará en casa.
—La policía ha buscado.
—No en todas partes.
—¿Dónde podría estar?
Pensé en el despacho, en los cajones, en los archivadores, en la pequeña caja metálica donde Damián guardaba las tarjetas antiguas y las llaves que ya no recordaba qué abrían.
—No lo sé.
—¿Tenía código?
—Sí.
—¿Cuál?
—No lo recuerdo.
Melero cerró el portátil.
—La línea llamó a Iván ayer.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque me lo acaba de confirmar la asesoría de la empresa.
—¿A qué hora?
—Diez y catorce de la noche.
Damián todavía no había llegado.
Yo estaba en la cocina.
Lía veía la película.
—Sería él —dije.
—Damián estaba en el restaurante.
—Podía llevarse el teléfono.
—¿Lo hacía?
—No sé.
—¿Qué duración tuvo la llamada?
—Cuarenta y tres segundos.
—Pudo decirle cualquier cosa.
—También hubo dos mensajes.
Sentí un movimiento bajo las costillas.
—¿Qué mensajes?
—La asesoría no tiene contenido. Solo los registros.
—Entonces no sabemos quién los envió.
—No.
—Pues ya está.
—Uno se envió a las once y diecisiete.
—Damián ya estaba en casa.
—Sí.
—Entonces lo envió él.
—¿Dónde estabas tú?
—En la cocina.
—Con Damián.
—Sí.
—¿Viste el teléfono?
—No.
—¿Discutisteis antes o después de las once y diecisiete?
—No miré el reloj.
—Inténtalo.
—Llegó cerca de las once. Se quitó la chaqueta. Hablamos.
—Discutisteis.
—Sí.
—¿Tenía algún teléfono en la mano?
—El suyo.
—¿Cuál?
—El personal.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Cómo distingues los dos?
—El de la empresa tenía una funda azul.
—¿Y el personal?
—Negra.
—Entonces te fijaste.
—Damián siempre llevaba el teléfono en la mano.
—¿Viste la funda negra?
La pregunta me obligó a regresar a la cocina.
Su chaqueta.
La corbata floja.
El vaso.
Un rectángulo oscuro sobre la encimera.
—Creo que sí.
—No podemos trabajar con crees.
—No soy una cámara.
—La policía tampoco necesita que lo seas. Solo necesita que te contradigas.
El móvil de Melero vibró sobre la mesa.
Leyó el mensaje y se puso de pie.
—Tenemos que volver a comisaría.
—No.
—Iván ha pedido hablar.
—Que hable.
—Ha dado tu nombre.
No sentí sorpresa.
O quizá estaba demasiado cansada para sentirla.
—Todo el mundo da mi nombre.
—Dice que tú lo llamaste anoche.
—Miente.
—La línea está a tu nombre.
—La utilizaba Damián.
—Eso tendrás que explicarlo.
—Ya lo he explicado.
—A mí.
—¿Quién te ha escrito?
—Leire.
—¿Desde cuándo te informa?
—Desde que le dije que no volverías a responder sin mí.
—Entonces no voy.
—Si no vas, te citarán formalmente.
—Que lo hagan.
Melero guardó el portátil.
—Mara, Iván pasó cerca de tu casa, tenía motivos, amenazó a Damián y después quemó documentos. Es el primer sospechoso serio que tiene la policía. Si dice que tú lo llamaste, debemos saber por qué antes de que convierta eso en una historia.
—No hay ninguna historia.
—Perfecto. Vamos a escucharla.
—Quiero ver a Lía.
—Después.
Golpeé la mesa con la palma.
El corte volvió a abrirse.
Una pequeña gota de sangre apareció en el centro de la mano.
Melero la miró.
—No vuelvas a hacer eso.
—No me digas qué hacer.
—Tu marido tiene una herida producida por un objeto pesado y tú llevas los nudillos inflamados. Procura no presentarte en comisaría sangrando otra vez.
Me limpié con un pañuelo.
—No lo golpeé.
—No he dicho que lo hicieras.
—Todos lo decís aunque no lo digáis.
—Entonces deja de responder a las frases que nadie pronuncia.
El trayecto de vuelta fue más corto porque Melero condujo demasiado deprisa. Esta vez entramos por el aparcamiento subterráneo para evitar a los periodistas. Un agente nos esperaba junto al ascensor.
—La inspectora está en la segunda planta.
—¿Mi cliente vuelve a declarar como testigo? —preguntó Jorge.
—No lo sé.
—Pues averígüelo.
El agente pulsó el botón.
Cuando se abrieron las puertas del ascensor escuchamos gritos.
No distinguí las palabras al principio. Una voz masculina, áspera, furiosa, acompañada por pasos y el roce de unas esposas.
Iván apareció al final del pasillo entre dos agentes.
Llevaba el pantalón manchado de hollín, una camiseta térmica y la barba cubierta por pequeñas partículas negras. Tenía un corte sobre la ceja y una mano vendada. No parecía un hombre que hubiera pasado la noche en casa.
Parecía alguien al que habían sacado de un incendio.
Al verme se detuvo.
Los agentes tiraron de sus brazos.
—Sigue andando.
Iván no se movió.
—Mara.
No respondí.
Hacía un mes que no lo veía. Había adelgazado. Tenía los ojos hundidos y la piel gris. No se parecía al hombre que dejaba a Lía tocar el claxon de la furgoneta.
—¿Qué les has contado? —preguntó.
—No hable con ella —ordenó un agente.
Iván volvió a tirar.
—¿Qué coño les has contado?
Melero se colocó delante de mí.
—Mi cliente no va a responder.
Iván soltó una carcajada sin humor.
—Tu cliente.
—Continúen —dijo Jorge a los agentes.
—Pregúntale por qué me llamó.
—Yo no te llamé —respondí.
Melero cerró los ojos.
Iván me señaló con la mano vendada.
—Tú dijiste que Damián quería hablar.
—Es mentira.
—Me dijiste que fuera a la casa.
—No.
—Y después me mandaste que no entrara.
Los agentes volvieron a empujarlo.
—Ya está.
—¡Pregúntale por el teléfono azul! —gritó Iván—. ¡Pregúntale dónde lo escondió!
La puerta del ascensor se abrió detrás de él. Lo introdujeron dentro. Iván siguió mirándome mientras las hojas metálicas comenzaban a cerrarse.
—Tú sabías que yo estaba allí —dijo.
La última palabra quedó cortada por las puertas.
El pasillo recuperó el silencio.
Melero se volvió hacia mí.
—No digas nada.
Al fondo, Leire salió de una sala con una bolsa transparente en la mano.
Dentro había un teléfono pequeño con una funda azul. Una esquina estaba quemada y la pantalla, completamente negra.
—Lo encontraron en la nave —dijo.
Miré la bolsa.
—Entonces lo tenía Iván.
—Eso afirma usted.
—Estaba donde lo detuvieron.
—Dentro de un bidón en el que quemaba los documentos.
Leire levantó la bolsa a la altura de mis ojos.
—Pero Iván dice que lo recibió anoche de manos de Damián.
—Miente.
—También dice que la voz que lo llamó desde este teléfono era la suya.
—Miente.
—Y que usted le pidió que acudiera a su casa a las once y media.
—No.
—¿Está segura?
—Completamente.
La inspectora observó mi cara con la misma paciencia de toda la noche.
—Bien —dijo—. Porque hemos recuperado parte de la grabación de la llamada.
Melero se interpuso.
—Mi cliente no escuchará nada sin que se aclare su situación.
Leire no apartó la mirada de mí.
—No hace falta que la escuche.
Bajó la bolsa.
—Iván ya ha identificado la voz.