La segunda caída Capítulo 9 · Hora diez #2
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Capítulo 9 · Hora diez #2

Damián había llegado el martes con barro en los zapatos y una mancha de polvo blanco en el abrigo.

Se sirvió un whisky antes de quitarse la chaqueta y dijo que Iván se estaba convirtiendo en un problema.

No explicó cuál. Tampoco necesitó hacerlo.

Para Damián, un hombre se convertía en un problema cuando dejaba de obedecer.

—¿Qué dijo exactamente? —preguntó Leire.

—Que Iván había perdido la cabeza.

—¿Por qué?

—Por dinero.

—¿Le debía salarios?

Melero intervino:

—No sabemos si existía relación laboral.

Leire no lo miró.

—Mara.

—Iván decía que Damián le debía una parte de una obra.

—¿Cuál?

—La residencia de Valdemora.

—¿Cuánto dinero?

—No sé.

—¿Miles?

—Supongo.

—¿Decenas de miles?

—Puede ser.

—¿Amenazó a su marido?

—No lo sé.

Leire sacó el teléfono y pulsó la pantalla.

Una voz masculina llenó la sala.

—No vuelvas a esconderte detrás de tus papeles. Te lo digo por última vez, Damián. Lo que me debes es mío. Y si intentas cargarme lo de Valdemora, vas a lamentar haberme conocido.

El mensaje terminó con una respiración fuerte y un golpe seco.

Reconocí la voz de Iván.

Melero dejó de tocarme el hombro.

—¿Cuándo se envió? —preguntó.

—El miércoles a las diecinueve doce.

—No contiene una amenaza de muerte.

—No he dicho que la contenga.

Leire reprodujo otro.

Esta vez Iván gritaba.

—Tú crees que porque vives en esa casa y firmas cheques puedes hacer lo que quieras. Algún día te vas a caer desde tan alto que no va a recogerte nadie.

El audio terminó.

Nadie habló.

La frase era peor fuera del teléfono. En la sala, después de una noche repitiendo caída, escalera y segundo impacto, parecía preparada para nosotros.

—Eso no significa nada —dije.

Leire levantó la vista.

—¿Lo sabía?

—¿Qué cosa?

—Que había enviado estos mensajes.

—Damián me dijo que Iván lo amenazaba.

—Antes afirmó que no sabía si lo había amenazado.

—No conocía las palabras exactas.

—Pero sabía que existían mensajes.

—Sí.

—¿Por qué no lo contó?

—Lo he mencionado desde el principio.

—Dijo que discutieron delante de todos.

—Y que Iván tenía motivos.

—No dijo que hubiera amenazas grabadas.

—No sabía que seguían en el teléfono.

Leire se acercó.

—¿Por qué no iban a seguir?

—Damián borraba cosas.

—¿Qué cosas?

—Mensajes desagradables.

—¿A menudo?

—No sé.

—¿Borró alguno de Iván?

—No lo vi.

—Entonces ¿por qué lo ha dicho?

—Porque lo hacía.

—¿Con mensajes de quién más?

Pensé en Ariadna.

—De clientes.

—¿De mujeres?

Melero se colocó entre las dos.

—Se acabó.

Leire dio un paso atrás.

—De acuerdo.

Guardó el teléfono.

—Iván Corbacho afirma que anoche estuvo en su casa desde las diez.

—Entonces no pudo hacerlo —dije.

—Su teléfono se conectó a una antena situada a menos de dos kilómetros de su vivienda a las veintitrés treinta y cuatro.

Melero frunció el ceño.

—Eso cubre una zona amplia.

—También hay una cámara de tráfico.

La inspectora puso otra fotografía sobre la mesa.

Un vehículo oscuro circulaba por la avenida que llevaba a nuestra urbanización. La matrícula no se distinguía completa, pero los últimos caracteres eran visibles.

Reconocí la furgoneta.

Iván había aparcado delante de casa muchas veces. Traía planos, herramientas, muestras de materiales. Lía se subía al asiento del conductor y tocaba el claxon hasta que Damián se enfadaba.

—¿Es su vehículo? —preguntó Leire.

—Parece.

—Pasó por allí a las veintitrés treinta y siete.

—La caída fue casi veinte minutos después.

—Veintiuno, según la primera llamada.

—Podía dirigirse a cualquier sitio.

—Vivía en dirección contraria.

Melero recogió la fotografía sin tocar la superficie impresa.

—¿Han hablado con él?

—Estamos intentándolo.

—Ha dicho que afirma estar en casa.

—Se lo dijo por teléfono a un agente. Después dejó de responder.

—¿No está localizado?

—Todavía no.

La palabra consiguió que todos miráramos hacia la puerta, como si Iván pudiera estar al otro lado.

—¿Tenía llaves de nuestra casa? —pregunté.

Leire tardó un instante en responder.

—Eso iba a preguntarle.

—No.

—¿Nunca?

—Durante la obra, quizá.

—La casa se terminó hace doce años.

—Seguía viniendo a reparar cosas.

—¿Podía tener una copia?

—No lo sé.

—¿Conocía la alarma?

—No estaba conectada.

Melero me miró.

—¿Por qué?

—Damián decía que fallaba.

—¿Desde cuándo?

—Semanas.

Leire anotó.

—¿Iván sabía que fallaba?

—Podía saberlo.

—¿Cómo?

—Venía a casa.

—¿Cuándo fue la última vez?

—Hace un mes.

—¿Por qué?

—La barandilla.

La inspectora dejó de escribir.

—¿Qué pasa con la barandilla?

—Damián le pidió que la revisara.

—¿La escalera donde murió?

—Sí.

—¿Qué dijo Iván?

—Que había que desmontar una parte.

—¿Lo hizo?

—No.

—¿Por qué?

—Damián no quería pagar.

Leire cerró la libreta.

—Entonces Iván conocía el defecto de la escalera, tenía un conflicto económico con su marido, lo amenazó con una caída, pasó cerca de su casa y podía saber que la alarma no funcionaba.

—Eso parece —dije.

Melero volvió a apretarme el hombro.

Demasiado tarde.

Leire observó mi cara.

—¿Le alivia?

—¿Qué?

—Saber que otra persona pudo hacerlo.

—Nadie hizo nada. Damián se cayó.

—Hace unos minutos estaba convencida de que Iván no podía haber entrado.

—No he dicho eso.

—Dijo que la puerta estaba cerrada.

—También dije que podía estar equivocada.

—Después de conocer los resultados de la autopsia.

—Después de pasar seis horas respondiendo preguntas.

—¿Cree que Iván mató a su marido?

—No sé.

—Pero cree que podía hacerlo.

—Acaba de explicarlo usted.

La inspectora guardó las hojas dentro de la carpeta.

—Es una explicación posible.

—Más posible que yo.

—No he comparado posibilidades.

—Lo hace cada vez que me mira.

Melero abrió la puerta.

—Mi cliente se marcha.

Esta vez Leire se apartó.

—No salga de la ciudad.

El abogado se detuvo.

—Sigue siendo testigo.

—Es una recomendación.

—¿O una advertencia?

—Por ahora, una recomendación.

Caminé hacia el pasillo.

—Mara —dijo Leire.

No quería volverme.

Lo hice.

—Iván Corbacho sabía que la alarma no funcionaba porque alguien se lo contó.

—Lo vio cuando vino.

—Según el registro de mantenimiento, la desconexión se produjo hace nueve días.

—Entonces vino después.

—Usted ha dicho que no venía desde hacía un mes.

Melero respondió antes que yo:

—Mi cliente está agotada y no recuerda las fechas con precisión.

Leire no apartó los ojos de mí.

—¿Le contó usted a Iván que la alarma estaba desconectada?

—No.

—¿Habló con él esta semana?

—No.

—¿Está segura?

—Sí.

—Necesitaremos su teléfono.

—Ya lo tiene la policía.

—El que encontramos en la casa, sí.

Melero me miró.

Leire continuó:

—Pero su compañía telefónica registra una segunda línea a su nombre.

Sentí que el pasillo se estrechaba.

—Es de la empresa.

—No estaba en la casa.

—La habrá cogido Damián.

—La última conexión se produjo anoche a las veintitrés cuarenta y dos, cerca de su vivienda.

—Entonces estaba allí.

—¿Dónde?

—No lo sé.

—¿Quién utilizaba esa línea?

—Cualquiera de la oficina.

—Está registrada a su nombre.

—Damián registraba todo como le convenía.

—¿Iván tenía ese número?

No respondí enseguida.

Melero cerró la puerta para que las personas del pasillo no escucharan.

—No conteste.

—No lo sé —dije.

—¿Le escribió desde esa línea?

—He dicho que no lo sé.

Leire sostuvo mi mirada.

—La encontraremos.

—Hágalo.

—Eso estamos haciendo.

Salimos.

La luz de la mañana entraba por las ventanas de la recepción y hacía que todo pareciera más sucio que durante la noche. Había periodistas al otro lado de las puertas de cristal. No muchos. Cuatro o cinco personas con cámaras, teléfonos y vasos de café.

Al verme, se levantaron.

—¿Es la esposa?

—Mara, ¿la policía investiga un homicidio?

—¿Su marido la maltrataba?

La pregunta me hizo detenerme.

Melero puso una mano en mi espalda.

—No responda.

—¿Había denunciado agresiones anteriores?

No sabía de dónde había salido aquello.

Nuria.

Los sanitarios.

Algún policía.

O quizá bastaba un hematoma fotografiado para que el mundo inventara el resto.

Leire permanecía detrás de nosotros.

—¿La han dejado en libertad? —gritó alguien.

No estaba detenida, quise decir.

No había libertad que devolverme.

Melero me empujó suavemente hacia la salida lateral. Dos agentes abrieron paso. Las cámaras disparaban desde el otro lado de la cinta.

—Mara —llamó una mujer—, ¿Damián quería quitarle la custodia de su hija?

Giré la cabeza.

La periodista tenía el teléfono extendido y el rostro expectante. No parecía cruel. Solo hambrienta.

—No —respondí.

Melero intentó apartarme.

—¿Es cierto que discutieron antes de la muerte?

—No maté a mi marido.

El ruido se detuvo durante una fracción de segundo.

No era lo que me habían preguntado.

Otra vez.

Después llegaron todas las voces juntas.

—¿Por qué dice eso?

—¿La policía sospecha de usted?

—¿Fue golpeado antes de caer?

—¿Qué ocurrió en la escalera?

Melero me introdujo en un coche y cerró la puerta.

Las preguntas continuaron al otro lado del cristal.

No maté a mi marido.

La frase había sonado clara.

Convencida.

Más clara que cualquier cosa que hubiera dicho durante la noche.

Mientras nos alejábamos, mi abogado recibió una llamada. Miró la pantalla y rechazó la comunicación.

—¿Quién era?

—La empresa.

—¿Qué ocurre?

—Nada que debas resolver ahora.

—Jorge.

—Han detenido a Iván.

Me volví hacia él.

—¿Dónde estaba?

—En una nave de Llorca Proyectos.

—¿Qué hacía allí?

Melero guardó el teléfono.

—Quemando documentos.

Miré por la ventanilla.

La comisaría desaparecía detrás de nosotros, rodeada de cámaras. Por primera vez desde la caída, la policía tenía a un hombre que había amenazado a Damián, que había pasado cerca de nuestra casa y que destruía papeles pocas horas después de su muerte.

Debería haber sentido alivio.

En cambio, lo primero que pensé fue que Iván siempre había sido incapaz de hacer algo sin dejar suciedad detrás.