Capítulo 9 · Hora diez
Jorge Melero llegó a comisaría con una corbata mal anudada y la expresión de un hombre al que habían despertado para informarle de que su problema más importante acababa de morir.
No preguntó cómo estaba yo.
Preguntó dónde estaban los ordenadores.
—Buenos días, Mara.
—¿Buenos?
—Ya me entiendes.
Cerró la puerta de la sala y dejó el maletín sobre la mesa. Vestía el mismo traje azul que llevaba siempre que venía a casa a hablar con Damián, aunque la camisa estaba arrugada y tenía una mancha oscura junto al puño. No sabía si era café o sudor.
—Nuria me ha dicho que la policía se ha llevado documentación de la empresa.
—También se han llevado mi ropa.
—Eso es normal en estas circunstancias.
—¿Qué circunstancias?
Melero me observó por primera vez.
—Siéntate.
—Llevo sentada toda la noche.
—Entonces quédate de pie.
Abrió el maletín y sacó un cuaderno, dos bolígrafos y una carpeta vacía. Todo colocado en ese orden. Damián confiaba en las personas que ordenaban sus cosas antes de hablar. Decía que permitía saber quién pensaba con claridad.
—Necesito que me cuentes exactamente qué has declarado.
—Que se cayó.
—Eso ya lo sé.
—Pues la policía parece tener dificultades para entenderlo.
—Mara.
—¿Qué?
—No estoy aquí como amigo de la familia.
—Nunca lo has sido.
Melero apretó los labios.
—Estoy aquí porque tu hermana ha pedido que te asista y porque la situación de la empresa podría verse afectada.
—Mi marido acaba de morir.
—Precisamente.
—¿Precisamente qué?
—Damián era administrador único de Llorca Proyectos. Hay obras abiertas, contratos pendientes, pagos, empleados. Si la policía ha intervenido los equipos, tenemos que saber qué está buscando.
—Un motivo para acusarme.
—¿Te han acusado formalmente?
—Todavía no.
—¿Estás detenida?
—Dicen que no formalmente.
Melero miró la puerta cerrada.
—Eso no existe. O estás detenida o no lo estás.
—No puedo marcharme.
—¿Te lo han impedido físicamente?
—Hay dos agentes fuera.
—No te he preguntado eso.
—La puerta no tiene manilla por dentro.
El abogado se acercó y probó. Se abrió.
—Sí tiene.
Me quedé mirando la puerta.
No la había tocado. Había visto el picaporte plano, metálico, y había asumido que no funcionaba desde dentro.
Melero volvió a cerrarla.
—Estás agotada. No vuelvas a declarar sin mí.
—Ya he declarado.
—Lo sé.
—Y he firmado.
—También lo sé.
—Sin leer.
Él me miró.
—Damián te habría matado por eso.
No sonrió al decirlo.
La frase quedó entre nosotros, inapropiada y precisa.
—No uses esa palabra.
—Lo siento.
—No, no lo sientes.
Melero abrió el cuaderno.
—¿Qué les has contado de la empresa?
—Nada.
—Nuria dice que mencionaste irregularidades.
—Le dije que Damián tenía enemigos.
—Eso no es lo mismo.
—También les hablé de Iván Corbacho, Héctor Barcia y Ariadna.
El bolígrafo dejó de moverse.
—¿Ariadna Vives?
—¿Conoces otra?
—¿Por qué la mencionaste?
—Porque Leire me preguntó quién podía querer matarlo.
—Y tú dijiste Ariadna.
—Sí.
—¿Sabes algo que yo no sepa?
Me acerqué a la mesa.
—Tú sabías que se acostaban.
Melero tardó un instante en responder.
—No sé de qué hablas.
—Claro.
—Mara, este no es el momento.
—¿Cuándo era el momento? ¿Cuando empezaron? ¿Cuando ella se marchó de la empresa? ¿Cuando Damián seguía pagando hoteles con la tarjeta de una sociedad que yo administraba?
—No tengo conocimiento de ninguna relación.
—Eres un abogado magnífico.
—Y tú estás a punto de convertir un asunto personal en una línea de investigación que puede destruir la empresa.
—Damián ya no necesita protegerla.
—Tú sí.
No entendí la frase de inmediato.
Melero bajó la voz.
—Si existen delitos contables y tu firma aparece en los documentos, la muerte de Damián no los hace desaparecer.
—Él me hacía firmar.
—Eso no es una defensa suficiente.
—No sabía lo que eran.
—Has trabajado en administración durante años.
—No trabajaba.
—Hay nóminas, correos y transferencias autorizadas desde tu usuario.
—Porque Damián me lo pedía.
—Y acabas de decir que no sabías lo que firmabas.
—No sabía todo.
—Él podía responsabilizarte.
—Eso estaba haciendo.
Melero se quedó inmóvil.
—¿Qué quieres decir?
—Encontraron una carpeta con mi nombre.
No pareció sorprendido.
Fue apenas una pausa. Una ligera rigidez en la mandíbula. Pero estaba allí.
—Sabías que existía.
—No.
—Jorge.
—Damián guardaba decenas de carpetas.
—Esta estaba cerrada con llave.
—También cerraba los recibos del aparcamiento con llave.
—Tenía copias de transferencias y facturas firmadas por mí.
—Eso no significa que preparara nada contra ti.
—Anoche dijo que Lía no estaba segura conmigo.
Melero cerró el cuaderno.
—¿Qué más dijo?
—Que se marchaba. Que no iba a dejarme la casa. Que yo no podía quedarme con todo.
—¿Mencionó la empresa?
—No recuerdo.
—Inténtalo.
—Llevo toda la noche intentando recordar para gente que ya ha decidido que miento.
—Yo no soy la policía.
—No. Tú eres el hombre que redactaba las mentiras antes de que Damián las firmara.
Su cara cambió.
No mucho. Melero nunca perdía el control. Pero la mancha del puño pareció extenderse cuando cerró la mano.
—Ten cuidado.
—¿Eso es una amenaza?
—Es un consejo profesional. No sabes qué documentos han encontrado ni cómo pueden interpretarlos. Tampoco sabes qué me contó Damián sobre vuestra separación.
La palabra me golpeó.
—¿Te habló de ella?
—Sí.
—¿Cuándo?
—No puedo revelar conversaciones con mi cliente.
—Tu cliente está muerto.
—El secreto profesional no muere con él.
—Y yo soy su esposa.
—Eso no te convierte en heredera de sus confidencias.
Me aparté de la mesa.
—¿Iba a pedirme el divorcio?
Melero no respondió.
—¿Había preparado los papeles?
—No estamos aquí para hablar de eso.
—¿Iba a pedir la custodia de Lía?
—Mara.
—Contéstame.
—No puedo.
—Entonces sí.
—No he dicho eso.
—No hace falta.
Me senté porque las piernas volvieron a fallarme.
Damián no había llegado a casa borracho y enfadado para lanzar una amenaza vacía. Había hablado con Melero. Había preparado documentos. Había colocado mi nombre sobre una carpeta y esperaba hasta la mañana para abrirla delante de mí.
—¿Cuándo ibais a reuniros? —pregunté.
Melero abrió otra vez el cuaderno.
—Tenemos que concentrarnos en la investigación.
—¿Esta mañana?
—No responderé.
—Por eso cenó con clientes. Por eso llegó tarde. Ya lo teníais todo preparado.
—No cenó con clientes.
Lo dijo demasiado rápido.
Levanté la cabeza.
—¿Qué?
Melero miró el bolígrafo.
—No sé con quién cenó.
—Acabas de decir que no eran clientes.
—He dicho que yo no puedo confirmarlo.
—No. Has dicho que no cenó con clientes.
—Es una forma de hablar.
—¿Estaba contigo?
—No.
—¿Con Ariadna?
—No lo sé.
—¿Con quién?
Llamaron a la puerta antes de que pudiera responder.
Leire entró acompañada por Vega. Las dos llevaban vasos de café. El de Leire parecía nuevo, pero tampoco lo había probado.
—Señor Melero —dijo—, entiendo que representa a la señora Sanz.
—Sí. Y antes de continuar quiero que se aclare su situación procesal.
—Continúa como testigo.
—Entonces se marcha.
—Puede hacerlo.
La miré.
—¿Qué?
Leire se volvió hacia mí.
—No está detenida.
—Llevo tres horas pidiendo irme.
—Le pedimos que esperara a conocer los primeros resultados.
—Me dijeron que no podía abandonar el edificio.
Vega intervino:
—Se le indicó que permaneciera disponible.
—Había agentes en la puerta.
—Porque se trataba de una sala reservada.
Melero guardó los bolígrafos.
—Perfecto. Nos vamos.
Leire no se apartó de la puerta.
—Antes necesitamos informarla de que su vivienda permanecerá precintada durante varias horas.
—Mi hija está allí.
—Su hermana puede llevársela.
—Quiero volver con ella.
—Podrá recoger lo necesario con acompañamiento policial.
—¿Cuándo?
—Cuando terminen las pruebas de trayectoria.
—¿Van a tirar un cuerpo por mi escalera?
—Utilizarán un maniquí.
—No.
—No necesitamos su autorización.
Melero se puso de pie.
—Inspectora, mi cliente ha colaborado durante toda la noche. Cualquier nueva pregunta se realizará en mi presencia y con la debida citación.
—Por supuesto.
—Y quiero copia de la declaración.
—La tendrá.
—También del inventario de lo intervenido.
—Cuando esté completo.
Leire seguía mirando hacia mí.
No había venido solo a dejarnos marchar.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
—Hemos localizado a algunas de las personas que mencionó.
Melero cerró el maletín.
—Mi cliente no responderá.
—No iba a preguntarle nada.
La inspectora entró y dejó una fotografía sobre la mesa.
Era Damián delante de una obra. Llevaba casco blanco, chaleco reflectante y una sonrisa que utilizaba únicamente en las fotografías profesionales. A su lado había seis hombres con ropa de trabajo. Reconocí a cuatro.
Leire señaló al más alto.
—Iván Corbacho.
—Sí.
—¿Cuánto tiempo trabajó con Damián?
—Once años.
Melero me tocó el hombro.
—No respondas.
—No es una declaración —dijo Leire.
—Todo lo que diga mi cliente puede incorporarse.
—Entonces incorpórelo usted. Su empresa dispone de contratos y archivos laborales.
La inspectora miró al abogado.
—Ese es precisamente el problema.
Sacó otra hoja.
Era una lista de nombres, fechas y cantidades. Algunos pagos aparecían resaltados.
—Iván no figura como trabajador de Llorca Proyectos desde hace dieciocho meses.
—Trabajaba como autónomo —dijo Melero.
—No está registrado como proveedor.
—Podía facturar a través de una subcontrata.
—¿Cuál?
—Tendría que revisar la documentación.
—Hemos revisado una parte. Durante dieciocho meses recibió transferencias periódicas desde una cuenta personal de Damián y varios pagos en efectivo.
—Eso no demuestra una relación laboral.
—Tampoco la oculta muy bien.
Melero recogió la hoja.
—¿Qué relación tiene con la muerte?
Leire me miró.
—La señora Sanz dijo que Damián planeaba despedirlo.
—No exactamente —respondí.
El abogado cerró los ojos.
—Mara.
—Dije que habían discutido.
—¿Cuándo? —preguntó Leire.
—Esta semana.
—¿Qué día?
—El martes.
—¿Estuvo presente?
—No.
—¿Cómo lo sabe?
—Damián me lo contó.
Era cierto.
No todo.