La segunda caída Capítulo 8 · Hora ocho #3
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Capítulo 8 · Hora ocho #3

—Pudo entrar alguien —dije.

—Usted aseguró que no.

—Pude equivocarme.

—¿La puerta estaba cerrada con llave?

—No lo sé.

—Lleva horas diciendo que sí.

—La cierro siempre. Eso no significa que la cerrara anoche.

—¿Vio salir a alguien?

—No.

—¿Escuchó la puerta?

—La casa estaba llena de ruidos.

—¿Su hija?

—No sé.

—¿Carmen?

—Pregúntele.

Leire se acercó a la mesa.

—¿Quién querría matar a Damián?

La lista apareció en mi cabeza con una facilidad que me hizo sentir culpable.

No porque yo lo hubiera matado.

Porque sabía exactamente cuánta gente podía haber deseado hacerlo.

—Tenía problemas en el trabajo.

—¿Qué clase de problemas?

—Clientes descontentos.

—¿Nombres?

—Muchos.

—Déme uno.

—Héctor Barcia.

—¿Quién es?

—Compró una casa en una promoción. Hubo un desprendimiento.

—¿Víctimas?

—Su hijo resultó herido.

—¿Amenazó a Damián?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Varias veces.

—¿Por escrito?

—Creo que sí.

Leire anotó por primera vez desde que entramos.

—Otro.

—Iván Corbacho.

—¿Trabajador?

—Encargado de obra.

—¿Qué ocurrió?

—Damián quería despedirlo.

—¿Lo sabía?

—Sí.

—¿Había amenazas?

—Discutieron delante de todos.

—¿Cuándo?

—Esta semana.

—¿Por qué no lo mencionó antes?

—No me lo preguntó.

—Le pregunté quién podía haber entrado.

—No pensé en ellos.

—Ahora sí.

—Ahora me ha preguntado quién querría matarlo.

Leire siguió escribiendo.

—Otro nombre.

—No sé.

—Ha dicho muchos.

—Era una forma de hablar.

—¿Socios?

—No tenía.

—¿Antiguos socios?

—Ariadna Vives.

El bolígrafo se detuvo.

—¿Quién es?

—Arquitecta. Fundaron juntos la empresa.

—¿Por qué se separaron?

—No lo sé.

—¿Cuándo?

—Hace seis años.

—¿Seguían en contacto?

—Por trabajo.

—¿Tenían una relación personal?

La miré.

—No que yo supiera.

La mentira antigua volvió a acomodarse en su sitio.

—Necesitaré sus datos.

—Estarán en el teléfono de Damián.

—¿Usted no los tiene?

—No.

Los tenía.

Nombre completo, dirección del estudio, dos números de teléfono y hasta la matrícula del coche. Había pasado meses reuniendo detalles que nunca utilicé.

Leire cerró la libreta.

—¿Alguien más?

—No.

—¿El abogado de la empresa?

—¿Melero?

—Sí.

—¿Cómo sabe que viene?

—Su hermana nos ha avisado desde la casa.

—No tenía motivos para matar a Damián.

—No le he preguntado eso.

—Entonces ¿qué?

—Si conocía los problemas empresariales.

—Claro.

—¿Incluido el conflicto con Iván?

—Supongo.

—¿Y con Héctor Barcia?

—Sí.

—¿Y con Ariadna Vives?

—No sé.

—¿Sabía que su marido iba a separarse?

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Sabía que Damián preparaba documentos contra usted?

Me quedé inmóvil.

—¿Qué documentos?

Leire me observó con atención.

No había formulado la pregunta para obtener una respuesta.

La había formulado para ver mi cara.

—No lo sé todavía —dijo—. Pero los agentes han encontrado una carpeta en el despacho.

—¿Qué carpeta?

—Con su nombre.

—Hay muchas.

—Esta estaba cerrada con llave.

—Damián cerraba todo.

—Contiene copias de transferencias, facturas y firmas suyas.

—Yo firmaba lo que él me daba.

—Eso tendrá que explicárselo a su abogado.

—¿Me está acusando de fraude?

—No.

—Entonces ¿por qué lo menciona?

—Porque su marido pudo tener una razón para amenazarla con quitarle a su hija.

Sentí que el suelo se movía.

—No sabía que existía esa carpeta.

—Eso dice.

—Es verdad.

—Puede ser.

—Damián me hacía firmar documentos sin explicarme nada.

—Antes dijo que gestionaba facturas y nóminas.

—Ayudaba.

—¿Sabía lo que firmaba?

—A veces.

—¿Y otras no?

—Confiaba en él.

—¿La engañaba?

—Sí.

La palabra salió con una fuerza que no había previsto.

Leire se quedó quieta.

—¿En qué más?

Pensé en Ariadna.

En el dinero.

En las cuentas.

En la llamada del hotel.

En las amenazas dichas con voz baja para que Lía no las oyera.

—En todo —respondí.

La inspectora esperó.

—¿También sobre la separación?

—No sé.

—¿Podría haber preparado esa carpeta para responsabilizarla de los delitos de la empresa?

—Sí.

—¿Podría haberle dicho que perdería la casa?

—Sí.

—¿Y a Lía?

Me costó respirar.

—Sí.

—¿Eso ocurrió anoche?

No respondí.

—Mara.

—Quiero a mi abogado.

Leire asintió.

—De acuerdo.

Se dirigió hacia la puerta.

—¿Puedo marcharme mientras llega?

—No.

—Ha dicho que no estoy detenida.

—Su situación está siendo revisada por la fiscalía.

—¿Qué significa eso?

—Que debe esperar.

—¿En esta sala?

—Sí.

—¿Con la puerta cerrada?

Leire puso una mano sobre el picaporte.

—Por ahora.

—¿Puedo salir?

—Pida a la agente lo que necesite.

—Eso es estar detenida.

—No formalmente.

—¿Y qué falta?

La inspectora abrió la puerta.

Dos agentes esperaban en el pasillo.

Uno a cada lado.

Leire no miró hacia ellos.

—Que la fiscal decida si las heridas de Damián son suficientes para dejar de investigar un accidente.

—¿Y qué investigarán entonces?

La inspectora se volvió.

—Una muerte provocada.

La puerta se cerró.

No había pestillo por dentro.

Me quedé sola con una mesa, tres sillas y un café frío que no era mío.

Sobre el cristal de la ventana comenzaba a entrar la primera luz de la mañana.

A las siete y cuarenta y tres, mientras Lía seguía esperando que regresara a casa, la caída de Damián dejó oficialmente de ser un accidente.