La segunda caída Capítulo 8 · Hora ocho #2
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Capítulo 8 · Hora ocho #2

—Entonces ¿qué problema hay?

La doctora pasó una página.

—La lesión superior presenta un hundimiento localizado con bordes relativamente definidos. No corresponde bien con la superficie de los peldaños.

Pensé en el tejado de la casa de bronce.

—El premio cayó con él.

—Podría explicar la forma.

—Entonces ya está.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque no podemos determinar todavía si el objeto lo golpeó al caer, si cayó después sobre él o si fue utilizado antes.

—¿Utilizado?

Orduña no suavizó la palabra.

—Para golpearlo.

Me apoyé en el respaldo de una silla.

—Nadie golpeó a Damián.

—Todavía no lo sabemos.

—Yo sí.

Leire habló:

—Usted no vio caer el objeto.

—No.

—Tampoco vio la caída.

—No.

—Entonces no puede saber cómo se produjo la herida.

—Sé que nadie entró en casa.

—Eso nos deja pocas posibilidades.

La miré.

—¿Me ha traído aquí para acusarme?

—No.

—Pues se le parece bastante.

La doctora cerró la carpeta parcialmente.

—Hay algo más.

—Claro que sí.

—La herida compatible con el objeto pesado presenta hemorragia vital.

No comprendí.

—¿Qué significa?

—Que Damián estaba vivo cuando se produjo.

—Eso es evidente. Estaba vivo cuando cayó.

—Sí. Pero también observamos que alrededor de esa lesión no hay signos claros de abrasión por desplazamiento.

—No sé qué quiere decir.

—Que pudo ser un impacto directo.

—O el premio le cayó encima.

—También.

—Entonces no demuestra nada.

—No todavía.

Aquella palabra volvía siempre.

Todavía.

Todo era provisional salvo la forma en que me miraban.

—¿Qué más? —pregunté.

Orduña se quitó las gafas.

—Las lesiones no parecen haberse producido en una única secuencia continua.

Sentí que la silla se alejaba.

—¿Cómo pueden saber eso?

—No podemos afirmarlo con absoluta certeza. Pero hay dos grupos de impactos con patrones diferentes. Las heridas del tramo superior podrían corresponder a un primer episodio y las fracturas más graves de tórax y pelvis a una caída posterior desde mayor altura o con otra posición corporal.

—Rebotó en el descansillo.

—Es posible.

—Entonces eso explica los dos grupos.

—Puede explicarlos.

—¿Y qué más quieren?

Orduña volvió a ponerse las gafas.

—Hay una ausencia.

—¿De qué?

—De lesiones compatibles con un rodamiento continuo por los ocho peldaños inferiores.

—No entiendo.

—Su marido presenta golpes severos, pero no una distribución uniforme. Parece haber caído con el cuerpo más rígido o desde una posición distinta en el segundo tramo.

—Estaba herido.

—Sí.

—Pudo quedar inconsciente.

—También.

—Entonces todo encaja.

La doctora no respondió.

Leire abrió su carpeta.

—Su hija dice que hubo una pausa.

—Mi hija no es forense.

—No. Pero su relato coincide con lo que observa la doctora.

—Mi hija oyó ruidos. Nada más.

—También escuchó a Damián pronunciar su nombre.

—Una palabra no convierte una caída en asesinato.

Era la primera vez que alguien lo decía en aquella habitación.

Asesinato.

Ninguna de las dos me corrigió.

—¿Qué encontraron bajo sus uñas? —pregunté.

Leire miró a Orduña.

—Tejido y fibras.

—Mías.

—Las fibras coinciden visualmente con el camisón. El ADN tardará.

—Lo agarré.

—Usted afirma que él la agarró.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Cuando estaba abajo.

—La distribución de sangre en sus dedos plantea dudas.

—¿Qué dudas?

Orduña respondió:

—Hay sangre en las puntas y bajo las uñas, pero menos en la palma. Si hubiera cerrado la mano alrededor de su brazo mientras yacía sobre una superficie ensangrentada, esperaríamos otro patrón.

—No soy una superficie.

—No me refiero a usted.

—Entonces explíquese mejor.

La doctora mantuvo la calma.

—Puede haber agarrado su ropa antes de que sus manos quedaran cubiertas de sangre.

—¿Antes de estar abajo?

Leire dejó que la pregunta permaneciera.

—No —dije—. Me agarró abajo.

—¿Con cuál mano? —preguntó Orduña.

—La izquierda.

—Tiene fracturas en dos dedos de esa mano.

—Ya me lo han dicho.

—Además, una lesión importante en la muñeca.

—Podía moverla.

—Quizá.

—La movió.

—¿Lo vio cerrar los dedos?

—Lo sentí.

—¿Miró su mano?

—Estaba mirando su cara.

—Entonces no sabe cómo la sujetó.

—Sé que me dejó esto.

Me subí la manga y mostré el hematoma.

Orduña se acercó, pero no lo tocó.

—La marca es compatible con una sujeción.

—Gracias.

—Eso no establece dónde ocurrió.

Me bajé la manga.

—¿Algo más?

La doctora miró de nuevo a Leire.

Fue un intercambio mínimo, pero lo vi.

—¿Qué? —pregunté.

Leire recogió el vaso de café.

—Hay lesiones antiguas.

—¿En Damián?

—Sí.

—Trabajaba en obras.

—Una fractura costal consolidada. Lesiones en los nudillos. Una fisura antigua en la mano derecha.

—Se peleó con un cliente el año pasado.

—¿El que le rompió la nariz?

—Sí.

—Según el parte médico, Damián no tenía lesiones en la mano aquel día.

—Entonces sería otra vez.

—¿Se peleaba a menudo?

—No.

—¿La golpeó alguna vez?

Miré a la doctora.

—Pensé que esto no era un interrogatorio.

—Puede no responder —dijo Orduña.

Leire permaneció quieta.

—No me golpeaba.

—Su hermana habló de marcas.

—Me agarró una vez.

—¿Solo una?

—Sí.

—¿En marzo?

—Sí.

—¿Con qué mano?

—No lo sé.

—¿La derecha?

—Puede ser.

—¿Le golpeó después?

—No.

—¿Alguna vez dio puñetazos a una pared?

—No.

—¿A una puerta?

Pensé en el despacho.

En la marca junto al marco, tapada durante meses por una estantería baja que Damián hizo instalar después.

—Una vez —dije.

Leire no anotó nada.

—¿Cuándo?

—Hace años.

—¿Durante una discusión con usted?

—No recuerdo.

—¿Lía estaba presente?

—No.

—¿Le tenía miedo?

—No.

—¿Temía que pudiera hacerle daño?

—No.

—¿Entonces por qué su hermana creyó que la maltrataba?

—Porque Nuria veía lo que quería ver.

—¿Y qué quería ver?

—Un motivo para que yo lo dejara.

—¿Por qué quería que lo dejara?

—Porque no se llevaban bien.

—¿Desde cuándo?

—Siempre.

—¿Antes del episodio de marzo?

—Sí.

—¿Sabía que Damián pensaba separarse?

—No.

—¿Se lo había contado usted?

—No.

—¿Sabía que él quería la custodia de Lía?

—No quería la custodia.

—Usted declaró que dijo que la niña no estaba segura con usted.

—Lo dijo para herirme.

—¿Por qué funcionaría si no existía ninguna posibilidad?

—Porque era su padre.

—¿Tenía pruebas contra usted?

—No.

—¿Podía fabricarlas?

Sentí algo muy parecido al miedo.

No el miedo a Leire.

Otro.

Más antiguo.

—Damián podía conseguir que cualquier cosa pareciera culpa de otro.

—¿También en la empresa?

La pregunta llegó demasiado rápido.

—No sé a qué se refiere.

—Usted manejaba facturas y nóminas.

—A veces.

—Su ordenador está siendo examinado.

—No tienen derecho.

—Tenemos una autorización judicial.

—Mi trabajo no tiene relación con la caída.

—Eso dependerá de lo que encontremos.

—¿Qué buscan?

—Un motivo.

Lo dijo sin elevar la voz.

No asesinato.

No culpable.

Motivo.

La palabra consiguió lo que las otras no habían podido. Me senté.

Orduña cerró su carpeta.

—Mi trabajo aquí ha terminado.

—¿Cuál es la causa de la muerte? —pregunté.

La doctora se detuvo junto a la puerta.

—Traumatismo craneoencefálico y torácico severo.

—Por la caída.

—Como consecuencia de varios impactos.

—Eso no responde.

—La causa está clara. La manera en que se produjo, no.

—¿Accidente?

Orduña miró a Leire antes de contestar.

—No podemos clasificarla como accidental en este momento.

—¿Entonces qué van a poner?

—Pendiente de investigación.

—¿Y si el golpe del premio ocurrió durante la caída?

—Se incluirá cuando podamos demostrarlo.

—¿Y si no pueden?

—Seguirá pendiente.

La doctora abrió la puerta.

—Lo siento.

—No lo siente.

Se marchó sin responder.

Leire y yo quedamos solas.

El café continuaba intacto en su mano.

—Se le va a enfriar —dije.

Lo dejó sobre la mesa.

—Ya estaba frío.

—¿Puedo irme?

—Su abogado viene de camino.

—Entonces sí.

—Espere.

—Llevo horas esperando.

—Mara, necesito que entienda la situación.

—La entiendo perfectamente. Mi marido se cayó por una escalera defectuosa, un objeto cayó con él y ahora ustedes necesitan convertirlo en algo más complicado.

—Damián sufrió un golpe focal en la cabeza. Después hubo, probablemente, una primera caída. Permaneció vivo y consciente el tiempo suficiente para sujetar a alguien o intentar hacerlo. Luego recibió una segunda serie de lesiones.

—Rebotó.

—Quizá.

—¿Qué alternativa tiene?

—Que alguien lo golpeara.

—No.

—Que cayera hasta el descansillo.

—No se detuvo.

—Que intentara levantarse.

—No.

—Que pronunciara su nombre.

—Lía oyó mal.

—Y que después alguien provocara la segunda caída.

Me puse de pie.

—No.

—Esa posibilidad existe.

—No.

—No estoy diciendo que fuera usted.

—No había nadie más.

Leire guardó silencio.

Había caído en la misma trampa que yo llevaba toda la noche denunciando. La casa cerrada. La puerta sin forzar. Lía arriba. Yo con él.